¿Qué pasará con uno de los edificios más emblemáticos del Centro?

Por Mariana Treviño y José Ignacio Hipólito

Ilustración por Haydeé Villarreal

Entre las calles de Colón y Cuauhtémoc, por el demacrado Hotel Roosevelt, queda uno de los difuminados recuerdos más preciados del progreso y la industrialización de la ciudad de Monterrey: el Mercado del Norte, alguna vez uno de los centros sociales y comerciales más importantes de toda el área metropolitana, inclusive mucho más reconocido y popular que el Mesón Estrella y el Mercado Juárez. Pero ahora queda sólo un edificio desolado y decadente.

El imponente edificio quedó atrapado entre algunos puesteros reubicados de la calle Reforma, pequeños restaurantes y hierberías; ya no queda nada del Mercado que alguna vez fue referente de la ciudad. Tan sólo permanecen un par de puestos que no generan muchas ganancias: La norteñita (un proto-súper mercado olvidado desde la década 80), una carnicería, una tienda de abarrotes y un pequeño restaurante. Todos los demás puestos están abandonados, como un desierto post-apocalíptico en el que quedan restos de un mundo que fue y nunca volverá a ser.

Cajas de madera olvidadas, rejas cubiertas de óxido sobre la entrada de los puestos, ventanas rotas, azulejos roídos por la humedad; el polvo parece ser el único que sigue visitando constantemente el lugar. No queda nada de las descripciones que antes anunciaban el mercado: limpieza, calidad, surtido y economía. Esos días quedaron atrás, como las artesanías rotas y tiradas en una de sus esquinas.

La norteñita refleja la realidad del lugar. En el centro de todo el Mercado se encuentra uno de los primeros súper mercados de Monterrey, mucho antes de que todo ese concepto llegara a tierras mexicanas. A pesar de ser un espacio muy pequeño, el lugar tiene cuatro pasillos con estanterías llenas de productos que caducaron hace más de dos décadas: salsas, latas de chiles, aceite, bolsas de harina, de frijoles y de pasta, jabones, detergente, todo con una capa de polvo que remite a otra época; productos que ni siquiera han sido movidos de su lugar desde que los sacaron de la caja de sus proveedores.

La norteñita también cuenta con pequeños carritos de súper mercado, que ya ni siquiera se pueden mover por el óxido en sus llantas, como si alguna vez el establecimiento hubiera tenido muchos clientes. Las cuatro paredes de reja pintada de azul tienen varios niveles de estanterías de madera llenas de bebidas alcohólicas, los únicos productos que siguen teniendo algo de valor, pero que también pertenecen a otra época, o al menos eso gritan sus etiquetas.

El 6 de junio de 1930 se inaugura el edificio construido por el arquitecto Cipriano J. González Bringas y el ingeniero Miguel Osuna Treviño. Su estilo arquitectónico era moderno y neocolonial y se erguía en uno de los lugares más privilegiados de la ciudad: estaba a tan solo unos pasos de la estación de ferrocarril y enfrente de la estación de camiones Transportes del Norte. No había mejor lugar para hacer las compras semanales que en el Mercado del Norte. Era un paso hacia el progreso, un edificio innovador que opacaba a los puesteros locales y de otros estados.

Contaba con 104 puestos en el interior y 34 en el exterior. Su variedad era incomparable, no había lugar que ofreciera lo que el Mercado del Norte. Además, en la parte de arriba, contaba con dos salones para eventos especiales, ya fueran celebraciones privadas o algún festejo patrio. También había dos locales que ofrecían baños turcos, saunas y masajes, los que fueron muy famosos y son recordados como pioneros en la ciudad; en las paredes del exterior del segundo piso aún quedan anuncios difuminados de los puestos: “El vapor de agua destilada limpia y desinfecta automáticamente”.

En sus pasillos también hubo una compañía de teatro que no duró mucho, ya que el 23 de septiembre de 1930 cerraron debido a una actuación inmoral. Y no sólo eso, el Mercado también fue anfitrión del Club de cazadores de Monterrey, de la Botica del Norte, de la peluquería de Rosendo Cedillo Alemán (el luchador conocido como “el Romano”), de un famoso alfarero que se llamaba Tomás Espinosa, del Cabaret de Josefina Aréchiga, y además era uno de los pocos lugares en donde se podían conseguir vinos extranjeros.

Pero después de sus dos incendios en 1938 y en 1953, el mercado fue perdiendo prestigio y lentamente fue abandonado tanto por sus clientes como por los puesteros. Un año después del último incendio, volvió a inaugurarse, pero ya nunca fue lo mismo. No hubo un “la tercera es la vencida”, ya había otros mercados en donde comprar; el Mesón Estrella y el Mercado Juárez estaban en su apogeo.

Durante las décadas posteriores, todo fue cuesta abajo. La ciudad fue creciendo y se fue transformando, dejando olvidado al Mercado del Norte. Mientras sus alrededores cambiaban, sus paredes le negaban adaptarse.

En 2011, el edificio lo ponen a la venta por 40 millones de pesos, pero nadie parece interesado en comprarlo, ya que esto implicaría una inversión mucho mayor; siendo un edificio protegido por el Instituto Nacional de las Bellas Artes, no se puede demoler ni cambiar su giro. Se han realizado incontables intentos para restaurar el edificio, pero ninguno con éxito. Un tropiezo y te quedas atrás. 

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