¿Puede un mercadito sobrevivir al súper-desarrollo regiomontano?

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito

El precio del progreso, de la industrialización, del sueño de pertenecer al primer mundo y al libre mercado, es el olvido. El Mercado Colón es prueba de ello; el umbral que intenta evocar crecimiento y vanguardia sin perder el folclor inherente del mercadito mexicano es sólo una fachada para lo que verdaderamente pasa en sus desiertos pasillos. El silencio impera bajo el eco de la radio del puesto del alfarero que escucha las marimbas de Alberto Peña Ríos combinado con el ruido de los niños de la señora que atiende el puesto de artesanías. Todos los demás locales están cerrados; por lo menos una docena de puestos dejan de vender porque nadie compra, porque nadie visita el pequeño mercado abandonado.

En la esquina de Padre Mier y Cuauhtémoc se encuentran las memorias de lo que alguna vez fue uno de los centros comerciales y sociales más importantes del área metropolitana de Nuevo León. El Mercado Colón era incluso más popular y concurrido que el Mesón Estrella y el Mercado Juárez. Los comerciantes ofrecían de todo: frutas, verduras, especias, semillas, productos para el aseo de la casa, artesanías y juguetes; era un súper mercado antes de que el concepto llegara a tierras neoleonesas. Inclusive se ofrecían servicios como plomería, carpintería, albañilería, entre muchos otros. El Mercado Colón había sido el centro de la actividad social de Monterrey desde principios del siglo xx.

Paralelo a los mercados cercanos, el Mercado Colón alcanzó su popularidad por los años 40. El Pairán Colón, el Mesón San Carlos, el Mercado de las Flores y el Mercado del Norte eran los lugares a los que la gente acudía semana tras semanas para comprar las provisiones, pero conforme la influencia de Estados Unidos en la economía mexicana iba en aumento, la popularidad de estos mercados fue decreciendo hasta convertirse en recuerdos de otra época.

El anhelo de progreso de la ciudad de Monterrey le ganó a la tradición y a la costumbre. La necesidad de construir nuevos espacios públicos, de crear una ciudad que demostrara su crecimiento económico, dio pie a la edificación de un nuevo panorama urbano. El Mercado Colón fue derribado en 1953 para construir la Macroplaza y los Condominios Monterrey, en donde ahora se encuentra Interplaza. Los puestos se esparcieron a otros mercados o se establecieron en la calle Reforma. Algunos fueron compensados y otros reubicados, unos con mucho éxito; otros, como los que movieron a Padre Mier, extrañan los días en los que podían vivir de sus ventas.

Hoy, lo único que queda de lo que solía ser el Mercado Colón es sólo su nombre. Bajo su techo aún hay lugares antiquísimos, como la Botica la Fe o al Carnicería Lozano, lugares que todavía cuentan con una clientela frecuente, pero los demás puestos permanecen cerrados, como si se hubieran resignado al presente dejando al mercado como un pequeño fantasma de lo que solía ser.

Pero aún queda un rincón que logra evocar vida: la sección de comida que todo mercado, típica de cualquier mercado, ya sea ambulante o estacionario, de puestos o de paso; el antojito siempre tiene su lugar. El puesto de Doña Mela ofrece platillos de comida corrida con un menú que cambia todos los días. Las Comidas Paty, además de ofrecer un menú diario, también cuenta con el aliento regio por excelencia: la carne asada. El puesto del Proveedor es una opción si uno trae ganas de pedir a la carta, y si aun así la indecisión no cede, la coctelería Chapala siempre tiene una buena selección de pescado para el gusto exótico de cualquiera. Y el que quiera saludable puede ir al puesto de jugos, que es el primero en abrir; para los que madrugan y desayunan fresco.

El Mercado Colón sólo porta el nombre de lo que alguna vez fue uno de los puntos de encuentro social en el Centro de Monterrey. Es la sombra de un espectro que se va olvidando a través de las grietas del súper-desarrollo. Y a pesar de todo, siempre habrá espacio para la comida, para los antojitos y para la señora con delantal, así sea la esposa, la abuela, la seño o la doña, que ofrece arrocito y una sopita de entrada antes de las tres opciones del menú, además del agua de sabor que varía según la temporada y el día.

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