Por Ana Villarreal

Nunca había visto la plaza así…” Mi padre miró con asombro el Mercado de la Luz que tomó por sorpresa la plaza del barrio de su infancia con música, comida y gente, sobre todo mucha gente. Cientos de jóvenes, adultos y niños circulaban entre productos locales, tostadas, helados y un escenario que rotaba poetas, raperos, mimos y teatreros. Los organizadores, vecinos del Barrio de la Luz, nunca imaginaron la dimensión que tomaría el proyecto que inició en mayo de 2013. Ahora tienen bajo registro a más de 2 mil personas que buscan vender ahí su mercancía o quieren abrir un mercado similar en otras partes de la ciudad.

El Mercado de la Luz se unió a la lista de nuevos mercados que han emergido en distintos puntos del área metropolitana de Monterrey: el Mercado de la Fregonería, Todo Local, el Mercado de la Semilla, el Mercado de Diseño, EscapARTE al Sur, el reciente Mercado de la Purísima y próximamente el Happy Market. Comparten un gusto por lo local, lo hecho a mano, lo artesanal. Dada la tendencia, tengo que preguntar, ¿a qué responde esta “mercaditis”?

El primero de éstos, el Mercado de la Fregonería, cobró fuerza en 2011 con el arranque de San Pedro de Pinta, iniciativa pública que logró cerrar por primera vez una avenida para uso de ciclistas y peatones los domingos por la mañana en el municipio de San Pedro. En mi opinión, el éxito del Fregonería es inseparable de la crisis de violencia e inseguridad que redujo las opciones recreativas de sus habitantes. El temor a salir de la ciudad (e incluso del municipio) convirtió a Calzada del Valle en un refugio dominical para miles de residentes de San Pedro y de municipios aledaños que integraron este espacio a sus rutinas familiares.

Estamos recuperando la dimensión de barrio —me dijo felizmente un vendedor de almendras enchiladas mirando cientos de familias a su alrededor un domingo por la mañana.

El Mercado de la Fregonería incentivó la creación de micro-negocios de mermeladas caseras, salsas para pasta, quesos, vinagretas, entre otros. Productos similares tomaron fuerza con la creación de Todo Local, mercado gastronómico ubicado en el patio del restaurante El Tío, en el centro de la ciudad. Otros establecimientos han tenido gran éxito en casas particulares o al interior de proyectos inmobiliarios como Arboleda, pero el Mercado de la Luz se distingue por ser el primero organizado en su totalidad por ciudadanos con una propuesta comercial, gastronómica y cultural en un espacio público.

Cuánta falta nos hace esto —escuché a un hombre decir la primera vez que visité el Mercado de la Luz, en junio. Era un viernes por la noche y ahí estábamos cientos en la Plaza de la Luz en el centro de Monterrey, sin miedo. El ambiente era festivo, como lo sigue siendo cada dos semanas. Entendí que Monterrey está emprendiendo un camino para forjar nuevos espacios de convivencia ciudadana. Al adoptar el mercado como fórmula de regeneración urbana, los regiomontanos están redescubriendo la forma más antigua de establecer un lazo social.

Los primeros antropólogos ya nos decían que cuando uno intercambia bienes, intercambia más que eso. En la compra-venta a pequeña escala se tejen redes de reciprocidad y también se establecen valores comunes; en resumen, se genera la tan anhelada comunidad. Sin embargo, vale la pena preguntarnos, ¿qué comunidades estamos fomentando en estos nuevos mercados?, ¿entre quiénes?, ¿dónde? ¿Cómo encauzar estas iniciativas ciudadanas para fortalecer nuestros espacios públicos y contribuir a la construcción de una ciudad más inclusiva y humana? 

Comments

comments