“No recuerdo los días. Recuerdo las heridas”

 

Por Svetlana Alexievich

 

 

Regresé con la sensación de que quería pasarme mucho rato delante del espejo… Y peinándome el pelo…

Quería ser madre. Cambiar pañales, oír el llanto del bebé. Los médicos me lo prohibían: “Su corazón no soportará el sobreesfuerzo”. Hice caso omiso… El parto fue complicado… Me practicaron una cesárea cuando empezó el ataque cardíaco. En la clínica recibí una carta de una amiga: “Pero nadie comprenderá que hemos regresado enfermas. Dirán: ‘No es lo mismo que haber sido herido en combate’…”.

Probablemente, nadie me creerá si le cuento cómo empezó todo… Era la primavera de 1982… A mí, una estudiante de la Universidad a Distancia (cursaba tercero de Filología) me invitaron a la oficina de reclutamiento.

—Necesitamos enfermeras en Afganistán. ¿Cómo lo ve? Cobrará un sueldo y medio. Y una paga extra en vales.

—Pero es que estoy estudiando…

Después de graduarme en la Escuela Técnica de Medicina, trabajé un tiempo de enfermera, pero soñaba con otra profesión: quería ser maestra. Hay quien encuentra su vocación a la primera, yo me había equivocado.

—¿Es usted militante del Komsomol?

—Sí.

—Piense.

—Quiero acabar la carrera.

—Le aconsejamos que lo piense. Si rechaza la propuesta, llamaremos a su universidad y explicaremos qué clase de militante es. La Patria la reclama…

En el vuelo de Taskent a Kabul tuve como compañera de viaje a una chica que regresaba después de unas vacaciones.

—¿Traes plancha? ¿No? ¿Y un infernillo?

—Voy a la guerra.

—Vale, entendido: eres otra de esas tontas románticas. Has leído demasiadas novelas bélicas…

—No me gustan las novelas bélicas.

—Entonces, ¿para qué te has metido en esto?

Esa maldita pregunta, “¿para qué?”, me persiguió durante dos años.

En serio, ¿para qué?

Eso que llamaban el centro de traslado no era más que una larga hilera de tiendas de campaña. En la tienda de campaña con el rótulo COMEDOR servían gachas de alforfón, un alimento que en la Unión Soviética era escaso, y multivitaminas Undevit.

—Eres una chica bonita. ¿Para qué estás aquí? —me preguntó un oficial, un hombre ya entrado en años.

Rompí a llorar.

—Eh, pero ¿quién te ha ofendido?

—Usted.

—¡¿Yo?!

—Usted es la quinta persona que me ha preguntado hoy para qué estoy aquí.

De Kabul a Kunduz viajé en avión; de Kunduz a Fayzabad, en helicóptero. Cualquiera a quien le mencionara Fayzabad reaccionaba de la misma manera: “Pero ¿qué dices? En ese lugar disparan, matan… en fin: ¡adiós!”.

Observé Afganistán desde el cielo, vi un país grande y bello: montañas iguales que las nuestras, ríos montañosos como los nuestros (yo había estado en el Cáucaso), vastos espacios como los nuestros… ¡Me enamoré!

En Fayzabad me hice enfermera de quirófano. Mi reino era una tienda de campaña con el rótulo QUIRÓFANO. El batallón sanitario también se alojaba en esas mismas tiendas de campaña. Bromeábamos: “Bajas de tu cama plegable y ya estás en el trabajo”. La primera intervención: una herida en la arteria subclavia de una anciana afgana. ¿Las pinzas vasculares? No había pinzas suficientes. Sujeté con los dedos. Precisábamos de material de sutura… Cogía una bobina de seda y enseguida se convertía en polvo, lo mismo con la segunda, etc. Por lo visto las tenían almacenadas desde la otra guerra, desde 1941.

No obstante, salvamos a esa mujer. Por la tarde, con el cirujano, fuimos a visitarla. Queríamos saber cómo se encontraba. Estaba tumbada con los ojos abiertos, nos vio… Movió los labios… Yo creía que intentaba decirnos algo. Darnos las gracias. Pero en realidad trataba de escupirnos… En aquel momento yo no lo comprendía: ellos no tenían derecho a odiarnos. Por alguna razón esperaba recibir amor por su parte. Me quedé pasmada: la habíamos salvado y ella…

Transportaban a los heridos en helicópteros. En cuanto se oía el rugido del helicóptero, iba corriendo a mi tienda de campaña.

El termómetro marcaba 40 grados… ¡40! A veces alcanzaba los 50… En el quirófano nos faltaba el aire. Yo apenas lograba secarles el sudor a los cirujanos: les caía encima de las heridas abiertas. Los médicos auxiliares les iban dando de beber con el tubito del cuentagotas pasado por debajo de la mascarilla. Nos faltaba sangre. Llamaban a un soldado. Enseguida se tumbaba en la camilla y donaba sangre. Dos cirujanos… Dos mesas… Y una única enfermera: yo… Asistían los médicos de cabecera. No tenían ni idea de esterilidad. Yo trajinaba entre las dos mesas. De repente, se apagó la bombilla de encima de una de las mesas. Alguien se puso a cambiarla con los guantes estériles.

—¡Fuera!

—¿Qué pasa?

—¡Fuera!

En la mesa había un hombre tumbado… Le acababan de abrir el tórax…

—¡¡¡Fuera!!!

Solía pasarme un día entero delante de la mesa del quirófano; en ocasiones, dos. O bien había una avalancha de heridos, o bien de repente se sucedía una ola de automutilaciones: se disparaban a las rodillas, se lesionaban los dedos. Sangre a mares… Nos faltaba algodón…

Despreciábamos a los que se atrevían a herirse a sí mismos. Hasta nosotros, los médicos, los reñíamos. Yo misma los reñía:

—¿Los chicos están muriendo en el combate y tú te quieres ir con tu mami? Pobrecito, se ha herido la rodilla… Se le ha quedado atrapado el dedito… ¿Qué esperabas, que te enviarían a la Unión Soviética? ¿Por qué no te has disparado en la sien? Yo en tu lugar me pegaría un tiro en la cabeza.

Eso les decía, ¡lo juro! En aquel momento me parecían unos cobardes aborrecibles, sólo después de mucho tiempo he empezado a entender que tal vez aquella era su forma de protestar, de manifestar su rechazo al asesinato. Pero necesité mucho tiempo para eso.

En 1984… regresé a casa… Un conocido me preguntó como dudando:

—¿Qué opinas: ¿debemos estar allí?

Me indigné.

—Si no fuera por nosotros, los habrían invadido los americanos. Somos internacionalistas.

Como si con aquello estuviera demostrando alguna cosa…

Me sorprende lo poco que reflexionamos mientras estuvimos allí. Veíamos a nuestros chicos, torcidos, quemados. Los observábamos y aprendíamos a odiar. Pero no aprendíamos a pensar. Yo subía en el helicóptero… ¡La respiración se me entrecortaba ante tanta belleza! El desierto posee su propia hermosura, la arena no está muerta, se mueve, está viva. Hacia lo lejos se extendían las montañas cubiertas de amapolas y otras flores que no conocía… Pero yo ya no podía disfrutar de aquella belleza. Con el corazón en la mano, no podía, ya no era capaz. Me gustaba más el mes de mayo con su calor abrasador; miraba a la tierra vacía, seca, y experimentaba la satisfacción de la venganza: se lo merecen. Entregamos nuestras vidas por vosotros, por su bien, sufrimos por ustedes. ¡Cuánto odio sentía!

No recuerdo los días… Recuerdo las heridas… las heridas por armas de fuego, por minas explosivas… Los helicópteros bajaban y bajaban, uno tras otro. Traían a los heridos en camillas… Ellos yacían tapados con las sábanas y las manchas rojas se extendían por el blanco…

Reflexiono… Me hago la pregunta… ¿Cómo es que solo me acuerdo de lo horrible? También había amistad, ayuda mutua. Había heroicidad. ¿Tal vez me lo impide aquella anciana afgana? Me siento confundida… La salvamos y ella pretendía escupirnos. Lo entendí más tarde… La habían traído de un kishlak por el que habían pasado nuestros soldados de las unidades especiales… Ella fue la única superviviente. De todo el kishlak. Aunque si empezamos por el principio, desde esos kishlak dispararon y abatieron a dos de nuestros helicópteros. A los pilotos quemados los remataron en las horcas… Y si quisiéramos llegar al final, al auténtico final… Bueno, no analizábamos: ¿quién había sido el primero y quién el último? Solo compadecíamos a los de nuestro bando…

A uno de nuestros médicos le destinaron a las misiones de combate. La primera vez, al regresar, lloró:

—Toda mi vida aprendiendo a curar. Y hoy he matado… ¿Qué han hecho ellos para que los mate?

Un mes después, exponía la mar de tranquilo sus sentimientos:

—Disparas y te entran más ganas: “¡Toma esta, muérete!”.

De noche nos atacaban las ratas… Construíamos mosquiteras cosiendo trozos de telas de gasa. Las moscas eran del tamaño de una cucharilla de té. Nos habíamos acostumbrado a las moscas. No hay un animal más sufrido que el hombre. ¡No existe!

Las chicas desecaban escorpiones, los guardaban como recuerdo. Gordos, grandes, se los ponían de alfileres o los colgaban de un hilo, como adorno. Yo me dedicaba a “tejer”. Los paracaidistas me daban sus cuerdas y yo extraía los hilos. Después los esterilizaba. Con esos hilos cosíamos, remendábamos las heridas. Volvía de mis vacaciones con una maleta llena de agujas, pinzas, seda quirúrgica… ¡Como una loca! Traje la plancha para que en invierno la bata no se me tuviera que secar puesta sobre el cuerpo. Y un infernillo.

Por las noches todos nos poníamos a preparar las gasas de algodón… lavábamos y secábamos las compresas de gasa… Vivíamos como si fuéramos una familia. Ya presentíamos que al volver nos convertiríamos en una generación perdida. En los marginados, los innecesarios. Cuando empezaron a llegar las mujeres de la limpieza, las bibliotecarias, las encargadas de hoteles, al principio nos quedamos perplejos: ¿una mujer de la limpieza para un par de módulos de vivienda y una bibliotecaria para dos decenas de libros gastados? ¿Con qué fin enviaban a miles de mujeres a esa guerra? ¿Para qué? Bueno, verá… No puedo explicárselo en un lenguaje educado… En el lenguaje literario… Con su permiso, usaré palabras simples: servían para un único propósito… Para calmar a los hombres… Esas mujeres no nos habían hecho nada malo, pero igualmente las esquivábamos.

Allí me enamoré… Había un hombre a quien yo amaba… Hoy sigue vivo… No obstante, mentí a mi marido, cuando nos casamos le dije que a mi amado le habían matado. No le mataron… Fuimos nosotros los que asesinamos nuestro amor…

—¿Has estado alguna vez cara a cara con un dushmán de carne y hueso? —me preguntaron en casa—. Seguro que tenía pinta de bandido y un cuchillo entre los dientes.

—Bueno, el que yo vi en realidad era un joven muy apuesto. Había estudiado en la Universidad Politécnica de Moscú.

Mi hermano pequeño se había imaginado algo parecido a Hadji Murat, de Tolstói.

—¿Y por qué trabajabais dos o tres días seguidos? Hubierais podido hacer ocho horas y descansar.

—Pero ¡qué estáis diciendo! ¡¿De veras no lo entendéis?!

No lo entendían… Pero yo sé que en ningún otro lugar seré tan imprescindible como lo fui allí. Ahora voy a trabajar, leo libros, hago la colada. Escucho música. Pero mi vida ni de lejos tiene el mismo sentido que tenía allí. Aquí todo es a media potencia… A media voz…

 

 

*Fragmento de Los muchachos de zinc 

Comments

comments