En algún plano de la Guadalaxara de Indias, finales del siglo xviii, la antigua calle del Carmen aparece ya perfectamente asentada con trazos llanos que en mucho aluden a la primitiva retícula urbana, confeccionada ésta a regla y cordel. Perpetuada en ese esquema su añeja longitud: once cuadras del lado sur, diez del lado norte.
Tal disparidad en su extensión se justifica por la cerrada transversal que hacían las extendidas construcciones de la antigua Universidad y el templo contiguo de La Compañía, que llegaban a la altura de la calle Galeana.
En nuestros días, aquella calle del Carmen persiste, aunque distinta y crecida hacia ambos lados. A lo largo, sólo un poco. Apenas duplicando el número original de cuadras. A lo ancho, varios metros, gracias a la mutiladora ampliación que a manera de cirugía radical en los 40 ella tuvo. Intrusión donde dejó de ser calle para convertirse en avenida. Y no una avenida cualquiera, ¡no!, sino toda una señora avenida a la que los tapatíos dieron trato de diva, haciéndole creer que si bien no era la única, sí era la principal.
Antes de ese embarnecimiento, ella ya tenía otro nombre más acorde a los tiempos laicistas y es el que aún conserva: Juárez. Toda ella es Juárez. Al menos “de la Calzada pa’ca”, hasta la antes Tolsa, hoy avenida Enrique Díaz de León.
Ahora, cuando Guadalajara pareciera volverse una capital diminuta, muchos de los que en ella nacieron o radican en municipios colindantes, otrora territorios alejados, difícilmente reconocerían en la actual avenida Juárez a la estrella urbana que alguna vez fue. Algunos simplemente ni la conocen, ni en la vida la hacen.
El antiguo esplendor de la avenida Juárez comenzó a opacarse en 1969, año en que con enorme éxito y contra cualquier pronóstico adverso se inauguró Plaza del Sol, inicio de nuestra todavía no concluida evolución comercial suburbana.
Después de esa fecha, para la avenida Juárez ya nada fue igual. Los inversionistas comenzaron a esparcir hasta coordenadas nunca imaginadas otros puntos similares de atracción comercial, destinados a acaparar compradores pudientes.
Unos y otros, empresarios y compradores, emprendieron la migrante huída, alejando sus pasos de las anchas banquetas de la Juárez, sus fisgonas miradas de los céntricos aparadores y, sobre todo, sus sonantes dineros de cajas registradoras de añejos blasones y rimbombantes pedigríes.
La suburbanización tapatía no ha concluido; cada día llega a una nueva etapa más alejada, definitiva y sin vuelta de hoja.
Pero no siempre fue así. No poca de la vida social guadalajarense se realizó, fulgurante y oronda, por la Juárez. Pasarela idónea para todo lo digno de ver y oír y oler y saborear y tocar en esta ciudad.
Cualquiera hubiera podido decir que la Juárez era nuestra Fifth Avenue tapatía, nuestro propio Brodway o, al menos, nuestra Insurgentes local.
De allí que todos los días, desde su ordinario inicio entre la Calzada y la calle Grecia, las multitudes abarrotaban sus aceras. No se diga en su parte media, donde se concentraban los ires y venires de todo el mundo tapatío. Hacia el poniente, donde la avenida Juárez era más arbolada, se convertía en relajado paseo de armónico transitar.
Quizá porque no conocieron su esplendor, son escasos los que se interesen por el glorioso pasado de sus cuadras entre quienes, domingo a domingo, acuden a recorrer la Juárez en voluntario, aglomerado y retozón desfile de bicicleteros, patinadores, caminantes o simples mirones de la llamada Vía Recreactiva.
Ellos están más preocupados por descollar con sus practicadas machincuepas a bordo de una patineta, o por no perder el pedaleado equilibrio sobre flamante bika o, al menos, queriendo aparentar porte atlético a pesar de las lonjas enfundadas bajo su estrenado atuendo deportivo.
Qué van a saber ellos que, exactamente a la altura de la calle Ocampo, a finales del siglo xvii existió ahí el Colegio de San Juan Bautista, vuelto luego comandancia militar y prisión para algunos españoles ajusticiados durante la Independencia; y sitio donde el 6 de diciembre de 1810, según Manuel Moreno Castañeda, desde uno de sus balcones se hizo la lectura del Decreto de Abolición de la Esclavitud, en voz propia de Don Miguel Hidalgo y Costilla. Ninguna placa alusiva recuerda tal hecho.
Lo que ahí llegó a existir después tampoco fue poca cosa. Como el Liceo, fundado por Joaquín Angulo en 1841, la Escuela Normal y las escuelas de Música, Medicina, Ingeniería. En el siglo xx, el gobernador Zuno fundaría ahí la Escuela Industrial para Señoritas.
También en ese sitio se hizo la presentación ante la sociedad tapatía del fonógrafo de Tomás Alva Edison, a un costo de 50 centavos por boleto de ingreso personal, así como otros dos inventos subsecuentes: el teléfono y el micrófono.
Cuando mucho, de años más recientes, algunos de esos domingueros paseantes conocen la existencia del cine Variedades, inaugurado en junio de 1940 con la proyección de una película estelarizada por Marlene Dietrich; edificio que tuvo una alta y lineal fachada estilo art decó recubierta con intermitentes brillos emitidos desde iluminados tubos de neón, y cuyo interior estaba diseñado para alojar por miles a todas las clases sociales. Los de alta y media ingresaban por la puerta principal, con boletos de luneta o de primer balcón; el proletariado vil, con boletos de balcón segundo, tenía el jadeante derecho de subir por una escalera lateral hasta la altura del tercer piso donde, como asientos, esperaban sendos y comunitarios banquetones de duro y frío cemento.
Ahora ese sitio, después de estar mucho tiempo abandonado y tras fallido intento por convertirlo en el Teatro de la Ciudad, ha sido retomado como sede oficial de un proyecto denominado LARVA, que lo ha convertido en lugar alternativo de reunión juvenil y expresión artística de lo más alivianado, provisto para ello de cafetería y foro donde cualquier manifestación de tipo underground experimental, incluidos los performances gore, tienen cabida.
Sobre esa fachada, sólo la esperpéntica figura resaltada en negro de uno de los más recientes y célebres personajes de la localidad, Kraeppelin, logró capturar un poco la atención de algunos transeúntes de la actual avenida Juárez.
Al igual que el cine Variedades, en la Juárez han desaparecido infinidad de sitios más o menos memorables. Unos mejor recordados, otros de plano en el olvido. En cambio, los menos, persistentes siguen ahí. Enclavados en alguna de las orillas. Envejeciendo conjuntamente con esas calles.
Como muestra de ello, en la esquina de la calle Camarena, elegante permanece el Hotel del Parque, con su redondeada y distintiva esquina recubierta por trasparentes cristales cuadrangulares. En la planta baja, cómoda y discreta subsiste, su terraza-bar con vista a la calle.
Ese parador, en mejores tiempos, fue exclusivo albergue para personalidades de corte internacional. Como algún rey proveniente de Rumania, quien llegó muy bien acompañado de una grata y bella presencia femenina. O la del propio general Fulgencio Batista y Zaldívar, en persona, quien ya con el mote de dictador llegaría a Guadalajara en marzo de 1945 en calidad de ex-presidente cubano, aunque todavía faltaban varios años para que en las playas cubanas desembarcara la histórica expedición a bordo del Granma, comandada por Fidel Castro y Ernesto Guevara.
Batista fue recibido y atendido localmente con toda pompa y circunstancia, lo cual incluyó, entre sinnúmero de actividades, la simbólica entrega de las llaves de la ciudad, un organizado desfile civíco-militar con participación de alumnos y bandas de guerra de varios colegios incorporados, entre ellos el Luis Silva y el Cervantes, así como de ceremoniosas cortesías sociales y castrenses, todas ellas a cargo de Marcelino García Barragán, gobernador en turno.
Porque nuestra avenida Juárez, la de antes, la de ahora, la de siempre, ha tenido casi de todo. ¡Hasta cañonazos! Como los del año 1858, cuando conservadores y liberales se enfrascaron en una batalla frente al antiguo templo del Carmen; porque, debemos de recordar, el actual era sólo una capilla anexa a la desaparecida iglesia mayor.
Fue entonces cuando aquellos soldados, adelantándose a las obras de apertura y ampliación que esa calle a futuro tendría, con sus respectivas piezas de artillera, se dieron a la tarea de derribar los muros del antiguo convento carmelita, del cual ahora sólo queda exigua porción de sus otrora vastas extensiones, la mayor parte de ellas conformando enorme y lisonjeada huerta donde delicados duraznales florecían a plenitud, en compañía de veneradas ermitas.
También la Juárez tuvo, hacia el otro extremo, lugares de recreación como la Cantina-Frontón Arzápalo, justo frente a donde ahora se levanta ese monigote de construcción denominado El Parián; lugar éste donde hubo carpas vodevilescas como la Obrera, luego convertida en el también extinto Cine Juárez.
Entre Molina y Degollado existió otro teatro: el Principal, lugar donde el 10 de noviembre de 1889 el gobernador Ramón Corona, en compañía de su familia, iba a acudir a presenciar una función; sólo que no llegó ahí, lo detuvo la daga asesina portada por el brazo de Primitivo Ron.
Algunas crónicas cuentan que el Principal, más que un teatro formal, era carpa pretenciosa de medio pelo. En ese escenario había funciones de tandas y revistas, frívolas aunque decentes, con títulos como México Vacilador, Antojitos Tapatíos, A Shanghái. El boleto de luneta, válido por tres tandas, llegó a costar hasta la fabulosa cantidad de 30 centavos.
En 1933, en ese teatro se presentó Emilio Cabrera, hermano de la actriz Susana Cabrera y maestro en ese tipo de comicidad carpera, muy al estilo de Don Katarino, Pompín Iglesias senior y el Cantinflas de sus primeros tiempos. Allí, alguna vez, se estrenó una zarzuela tapatía, En la hacienda.
En 1917, ese teatro recibió una severa amonestación municipal, dado que había trascendido públicamente que a la media noche, después de terminadas sus funciones normales, a puerta cerrada y en función sólo para adultos, se proyectaban películas (¡oh, my god!) de marcado contenido “obsceno”.
La avenida Juárez también ha sido pródiga en historias sórdidas. Como la de aquella mujer de vida galante apodada “La Zandunga”, quien con saña asesinara a un sujeto cuyas señas particulares lo identificaban como chaparro, vestido de charro y apodado “El Carrizo”. Crimen ocurrido en las cercanías del antiguo Hotel Fredenhagen, edificio de dos pisos tan enanos como sus balcones y que en sus bajos funcionaran tiznadas tortillerías.
Quizás a nuestra avenida Juárez sólo le faltó tener su propio cocodrilo. Es decir un poeta de la talla de Efraín Huerta, quien con versos hiciera registro oportuno de lo que ahí se ha olvidado, o desaparecido.
Por el momento, la Juárez aún conserva el orgullo de haber motivado la creación de un neologismo: el verbo “juarear”, con su sentido original para nadie oculto de salir a jotear y, por qué no, a chichifear, dado que surgió de la charla casual entre aquellos gays que, apenas en vías de liberación, empezaron a tomar por asalto la ciudad entera a partir de su sitio favorito de requiebre cotidiano, las famosas Sombrillas que estuvieron a la sombra del Edificio Lutecia, frente a ese hermoso edificio en estilo francés, mansardas incluidas, que junto a uno de sus balcones ostenta una romántica y enigmática inscripción con dos nombres muy conocidos. Romeo – Julieta.
Inscripción para la que solicito me puedan allegar cualquier tipo de informes acerca de su historia. De lo contrario, con dedicatoria especial a nuestra querida avenida Juárez, me veré en la penosa necesidad de tener que inventarla. Ella bien lo merece.

Por Carmen Libertad Vera

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