Por Raymundo Pérez Arellano

 Quien asegure que en el infierno hace calor seguro estuvo en el desierto de Sonora.

Una de la tarde. 47 grados centígrados en el desierto. El Sásabe, una de las fronteras menos amigables para intentar cruzar a los Estados Unidos.

Un tipo vestido con botas, levis, lente oscuro y texana camina por este extremoso lugar. Tiene todo el tipo de pollero o de sheriff, pero no es ninguna de los dos. Carga un saco en la espalda y no se cansa de andar mientras busca por entre los matorrales.

Para el ojo inexperto, en el desierto de Sásabe no existe más vida que los cactus, las lagartijas y los zopilotes. Pero Prisciliano Peraza sabe dónde buscar.

Vamos por este río seco y verán que encontramos algo”, suelta. De pronto el desierto comienza a revelar sus secretos: sobre los matorrales aparecen decenas de bolsas de plástico, la única forma en la que los migrantes pueden resguardarse del sol. En esas improvisadas casas descansan, platican y esperan la noche para que el pollero pueda llevarlos a la tierra prometida: al gabacho.

Prisciliano los saluda. Ellos lo ven con desconfianza. No saben si es policía, pollero o narco.

De su saco extrae decenas de bolsitas Ziploc que contienen cloro, filtros para el agua, gasas, vida suero oral y un silbato. Después de días de caminar por el desierto, explica, pierden hasta la capacidad de hablar por el calor y la deshidratación. Para eso sirven los silbatos.

Prisciliano se quita su sombrero, se persigna y comienza a repetir la oración del migrante. Los que estaban ocultos van saliendo de sus improvisados refugios en busca de la bendición del párroco de Altar.

Por lo menos una vez a la semana, el padre Prisci —como le gusta que lo llamen— hace su viaje al desierto para defender migrantes. Les lleva enseres, reza por ellos y en ocasiones se los arrebata a los polleros, cuando ve que están heridos, deshidratados o de plano sin oportunidad de atravesar la frontera.

No es sencilla la labor, asegura este nativo de Caborca, quien pudo ser un destacado abogado pero optó por la vida sacerdotal.

El problema es que los polleros no dicen me estas quitando a Juan o a Pedro, ellos dicen me estas quitando 3 mil o 4 mil dólares que no voy a cobrar. A veces he escuchado en el pueblo que dicen ‘Pinche padrecito, me tumbó 10 mil dólares’ por los migrantes que rescato”, explica de camino al desierto.

En Altar, bajo el control del Cártel de Sinaloa, el crimen organizado cobra la cuota: 6 mil pesos por cada persona que quiera llegar a la línea. Los precios llegan hasta los 4 mil dólares para quienes quieran cruzar la frontera y pretenden llegar a ciudades como Phoenix en Arizona o Loa Ángeles en California.

Antes de cruzar la línea, hay que enfrentar no sólo al calor y a los polleros, también a la tecnología de los gringos. 100 metros antes de llegar al cruce pueden verse drones que vigilan a todo el que se acerque a la frontera. Minutos después pasaron agentes de la patrulla fronteriza en motocross. Al ver que éramos reporteros, se alejaron.

También aseguran que en la parte gringa, la Border Patrol instaló sensores de calor a ras de tierra para ubicar a los migrantes que quieran alcanzar el American dream.

En Sásabe, a diferencia de Nogales, donde se ha construido un muro de 6 metros de altura y 3 de profundidad que evita el paso de los migrantes, los ambientalistas americanos lograron que la línea divisoria fuera distinta. Ahí no hay muros, sólo una larga vía de acero instalada a un metro del suelo. Así la fauna de la región, en especial el venado bura, puede cruzar libremente a ambos lados de la frontera.

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