Por Kyzza Terrazas

No poseo siquiera una navaja suiza y jamás defendería el derecho ciudadano a portar armas de fuego, pero en mi brazo izquierdo llevo el tatuaje de una guitarra eléctrica en forma de AK-47 —así tenía una el músico jamaiquino Peter Tosh—; de niño tuve resorteras y rifles de municiones con las que cazaba pájaros; en alguna época me dio por dibujar cuchillos —a veces todavía lo hago y a veces llevan sangre—; hice una película llamada El lenguaje de los machetes y las pocas veces en que disparé un rifle o una pistola experimenté cierta efervescencia. También me emociona escuchar “Carabina 30 30”, aquel corrido villista cuya melodía retomaron los neozapatistas para su himno, o “White Riot” de The Clash. Todavía recuerdo cuando, guiado por mi tío, empuñé el .250-3000 que pertenecía a mi abuelo y jalé el gatillo: casi no tenía patada aquel rifle fabricado a principios del siglo XX.

Las armas tienen esa doble capacidad de provocarnos, a un tiempo, miedo y fascinación. Nos matan y también nos “salvan” la vida. Son o fueron utilizadas por quienes consideramos héroes, pero también por quienes detestamos, por quien a menudo arrebata la vida a nuestros seres queridos. Basta asomarse hoy día a las realidades violentas de México, a las noticias que salen del estado de Michoacán, con su delirio de Caballeros Templarios y los Grupos de Autodefensa, para intuir el panorama moralmente confuso que representa el uso de armas. Pero esos objetos terribles no estuvieron siempre allí, sino que son, en algún sentido, extensión material de nuestro pensamiento, una solución para ciertas necesidades y, también, expresión misma de la finitud a la que estamos condenados.

¿Pero qué sucede cuando pensamos en el camino de las armas como vehículo de transformación social? Podríamos argüir que si un Estado necesita las armas y la fuerza para defenderse a sí mismo —para eso está la policía y el ejército, para defender a las personas, las instituciones, la democracia, etc.—, entonces también sería válido que un grupo de ciudadanos de ese Estado decida combatirlo porque ha dejado de representar los intereses de la mayoría. Hay quien dice que la vía violenta, cualquiera que ésta sea, nunca conducirá a cambios profundos, duraderos y es posible que tengan razón.

Admiro a Martin Luther King o a San Francisco de Asís, el gesto cristiano y moralmente transformador de poner la otra mejilla, pero también me deslumbran aquellos que en algún momento han logrado “deshacerse de su necesidad de vivir” —habría dicho el Che Guevara— y han tomado las armas para luchar por el bien común. Yo soy demasiado cobarde, pero desde mi comodidad y “el triste desaliño de mis emociones confusas” —robo a Pessoa— quiero pensar que el solo hecho de sacrificar la vida propia en pos de un ideal de justicia ya subvierte el orden aparente. 

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