Por Kaizar Cantú

En Medusa, un marino emerge de su tumba en el fondo del océano para responder las preguntas de un vivo por mandato de las hechiceras. Una vez cumplido el deber, describe cómo su cuerpo servirá de alimento al mar; los peces decorarán su cráneo como a un nido y el fósforo en sus huesos nutrirá las aguas. Cuando Andrew Wiggin vuelve a la simulación con la que juegan los estudiantes de la academia militar, encuentra el cadáver del gigante que mató convertido en montaña y cubierto por chozas pequeñas. De una fantasía que vi en televisión recuerdo este hilo: hay un planeta pantanoso habitado por hombres lagarto cuya arquitectura se funda sobre los restos de lo que parecen dinosaurios y dragones.

El destino del espíritu después de la muerte nos viene velado; todo es código o misterio. Las maquinaciones de la materia inerte, en cambio, son una historia distinta, un poco más familiar. Tenemos una vaga idea de que por naturaleza somos, fuimos y seremos polvo, de que los cañones del buque de guerra se llenarán con flores marinas, de que la joyería de los reyes terminará en la guarida de algún mapache o dentro de un hormiguero como tótem de poder.

Monterrey es una ciudad de olvido fácil, como un niño que abandona sus juguetes entre el polvo que acumula la espalda del peinador; esta serie de piezas son un testimonio de ello. Monterrey olvida espacios, y el olvido de cualquier espacio es su muerte. Sin embargo, su reencarnación se antoja más pronta y terrenal.

Para nosotros, un lugar vuelve a la vida cuando la vida vuelve a él, es decir, cuando es refugio, hábitat, cuando transcurren procesos en sus entrañas. Las ruinas de una abadía escondida tras los montes se encienden con la presencia del curioso que la recorre. La piedra despierta de su letargo, aún desorientada por siglos de abismo, y exhala en vahos la atmósfera de su tiempo. Es un revivir fino, parasitario incluso, pero quizá mejor que el abandono.

Cerca de donde el puente de la Avenida Azteca cruza con la carretera Miguel Alemán y se convierte en Las Américas, yace la Plaza Madero Oriente. Es un edificio rectangular, bastante burdo en su figura. Lo llamativo está en sus paredes de ladrillo morado retocadas con líneas gruesas y blancas. Hubo una época en la que colgaba una placa gris junto a la entrada. Ahí estaba escrito el nombre de la plaza en cursiva bajo un círculo anaranjado que suponemos encarnaba el sol. De su identidad sólo quedan las palabras “Centro Comercial” pintadas en tipografía azul cerca del techo.

La puerta es altísima, ancha, coronada por una matriz de líneas rojas que forman un patrón diamantado. La preceden escalones color guindo usurpados por maleza y basura. Con cada paso del ascenso truenan las piezas de ventana esparcidas por toda la entrada, oscurecidas como espejos que reflejan sólo noche. Se siente el vacío de inmediato. La planta baja es una cámara inmensa alfombrada con polvo gris. Hay grafiti en cada pared, algunos mediocres, otros excepcionales, dignos de la mítica del símbolo arcano o la pintura rupestre. Los dedos pálidos del sol atraviesan el techo y las dos plantas para caer en medio de la habitación por una abertura cuadrangular. Por ahí también bajan la lluvia y la humedad de su melancolía; el charco es verduzco, azulado en las orillas, tan amplio como la abertura. A la izquierda hay escalinatas que se cruzan en ascenso y descenso. Del elevador sólo nos queda su vacío y la posibilidad de una caída terrible. Hacia abajo se extienden dos niveles de estacionamiento poblados por escombro, charcos y luz filtrándose en rabillos tenebrosos. Arriba hay un complejo de cámaras y cubículos tapizados con azulejo; dos o tres estallan en psicodelia. Más arriba queda la segunda planta, cubierta por escombro, bolsas de aluminio y botellas de plástico, y más arriba aún está el techo oscuro y resquebrajado.

En una de mis visitas encontré una caja con piezas de pan, varias de ellas mordidas o pellizcadas; dentro lo que cabe, parecían recientes. Cerca yacían cacerolas con patrones de flor, huesos de pollo a medio roer, latas de conserva destripadas y recipientes de plástico. Dispersos por los baños hay colchones y alfombras de cartón. Por momentos, durante minutos fugaces de las horas más opacas, hay vida.

No sabría precisar lo que habita a ratos entre los muros alegres de la Plaza Madero Oriente. Tal vez sean fantasmas, quizá de este pueblo, quizá de otros muy, muy lejanos. Clavan las uñas siempre ensangrentadas a la barriga de un tren o un camión, zumbando con los metales de la noche. Buscan refugio bajo el costillar de un cadáver, su cama es la lengua seca de una res decapitada. Viven al margen de la muerte, caminando junto a la procesión de espectros al filo del barranco, reflejando las auroras verdes en la curvatura de su ojo.

Pero incluso esa existencia desvanecida basta al ladrillo morado de la plaza para reencarnar con un bostezo y vivir de nuevo, ya no como una meca del consumo, sino como una choza humilde que espera a los desamparados, la taberna bajo la llovizna y las ventiscas al borde del mundo, donde hay fuego y compañía, relatos y un trozo de pan con ajonjolí.

Roguemos por que nuestros restos sean la mitad de útiles. 

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