Por Indira Kempis

Sentada en el Museo Casa de la Memoria, después de conversar con Doña Coco, quien vive en la comuna 13 (una de las más afectadas por las violencias y el narcotráfico en Medellín, Colombia) me queda claro que cada vez que hablemos de memoria tenemos que agregar el para qué.

Coco es una de las sobrevivientes de la dolorosa realidad de la guerra que no sólo le ha arrebatado la vida de sus familiares o la incertidumbre de no saber el paradero de sus hijos que son víctimas de desaparición forzada. A pesar de eso, Coco sonríe con una dentadura blanca que contrasta con el color brillante de su piel negra. Mientras toma de la mano de su nieto me cuenta del proyecto de comunicación comunitaria que dirige en su barrio, al cual le pusieron como nombre “Cuenta la 13”. Entusiasmada no sólo me invita al “asado” del sábado sino a que los niños me entrevisten en su programa de radio. Ella está convencida que las preguntas surjan espontáneamente de los niños es una buena técnica de hacer que piensen, que conversen.

La importancia de la conversación no sólo está en las palabras de Coco, también en un letrero que se asoma en las instalaciones del museo: “Yo me imagino una casa para conversar, porque creo que somos una sociedad que no conversa”, parece una afirmación que induce a otra pregunta que importante, ¿qué es lo que tenemos que conversar?

Esta mañana llegó la respuesta en la introducción de Ericka María Rivera, la Directora de Relaciones del museo cuando en la inauguración de nuestro evento en el marco del Foro Urbano Mundial de la ONU-Habitat, explicó la importancia de la memoria repartida en tres frases que anoté para que, igualmente, no se me olviden.

Primera: “Hace más de diez años Medellín hizo su apuesta política por la transformación que no sólo vino del gobierno sino de ciudadanos”. Es importante reconocer esa palabra que es peor que la aparición de “la llorona” por las noches, política. La política que no es politiquería y que intenta integrar a quienes en América Latina hemos perdido el poder que las constituciones confieren: los ciudadanos.

Segunda: “Todos tenemos poder, todos somos fuerza. Hay que conversar con todos esos poderes y con todas esas fuerzas”. Es eso que nos quitan con violencia, impunidad, corrupción y desigualdad. Pero que existe desde el momento en que somos capaces de reconocerlo. Un poder colectivo que es capaz de dialogar, debatir y reflexionar. Puede parecer demasiado, pero no lo es cuando entendemos las palabras del inicio: “Todos tenemos poder, todos somos fuerza”.

Tercera: “Medellín está en el conflicto. No ha superado el conflicto y estando en el conflicto hacemos un llamado al mundo para no olvidar, para que no vuelva a pasar”. Hay que aclarar que el “no” es más audible que el resto de las palabras. La entiendo perfectamente, un evento de tal impacto internacional que expone públicamente o mediáticamente el proceso de muchos años de la ciudad ante el mundo global, lo que menos quieren a quienes les ha costado tiempo, dinero y esfuerzo es que se “venda” una “panacea” o una “burbuja” o una “pastilla” en donde no existe el paramilitarismo, las desapariciones forzadas, la trata de personas, la guerrilla, el narco y todo lo demás. Tan es así que colectivos ciudadanos están preparando protestas como un foro alternativo para hacer visible las otras caras de la ciudad.

Medellín es un caleidoscopio de realidades, eso es lo que Erika con su voz a veces hasta entrecortada intenta que quede claro. Al mismo tiempo, como en la mezcla de “sabores” de la guerra, también existe esa esperanza de que lo que está pasando nos sirva de aprendizaje para crear procesos de resiliencia. Que, a pesar del conflicto que no ha dejado de estar, existen ciudadanos que asumen el reto colectivo de transformar sus barrios, su país herido. Del “miedo a la esperanza” decía la campaña de mi amigo Sergio Fajardo, quien siendo Alcalde de Medellín hace años comenzó junto al grupo Compromiso Ciudadano a ser parte de la apuesta por una ciudad como hoy la conocemos, la que en medio del conflicto hace ese gran “llamado al mundo para no olvidar, para que no vuelva a pasar”.

Se me hace un nudo en la garganta y parece que recorro en el imaginario cada pedazo de Monterrey ensangrentado, recojo los trozos y entonces esta mañana que comenzamos a trabajar con los jóvenes, escuchando sus ideas, viendo en sus ojos un mejor mundo posible, leyendo lo que escriben en el vidrio que han tomado como pared, comienzo a pegarlos como cuando estoy amaneciendo en el Laboratorio de Convivencia. Por cierto, también encuentro esperanzaen este mango que me estoy comiendo que realmente sabe a mango y no a plástico. Bien, ahora sí puedo volver a reimaginar Medellín y Monterrey.

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