Un recorrido histórico por los cafés tapatíos

Por Carmen Libertad Vera

A Lázaro Mateo Cervantes Bravo, cafetero de hueso colorado.

Nadie podría imaginar que en 1918, hace exactamente un siglo, en la prensa tapatía circulaba un curioso anuncio “La Sin Rival, única cafetería que vende sus artículos sin revolturas. –Pruébelos. Cuestan más, pero no lleva gato por liebre”.

Sin mayores datos, cualquier tapatío actual pudiera pensar que esa “cafetería” no era otra sino la hoy famosa cantina de igual nombre, considerada la más antigua de Guadalajara; pero no, ese establecimiento era una tienda de abarrotes que hasta 1938 funcionó en el interior del Mercado Corona, pasando luego a ocupar un local de la avenida Hidalgo.

Más allá de las merecidas felicitaciones que tan intrépida y jocosa publicidad merece, incluso hoy en día, lo anterior se presta para establecer una precisión que, no por obvia, resulta innecesaria.

Durante mucho tiempo, cafetería era la forma que en Guadalajara se nombraba a los expendios que distribuían granos de cafeto en sus distintos tipos de tueste, mezcla y molimiento. Por su parte, el café no era tanto un establecimiento comercial, sino más bien la bebida obtenida a partir de esos granos, después de ser éstos sometidos a un proceso de hervido o infusión en agua caliente.

Así, contra todo lo que pudiera pensarse, las cafeterías o cafés tal como los conocemos hoy en día, en esta ciudad comenzaron a popularizarse hace relativamente poco tiempo. A pesar de que ese giro consta dentro del comercio local con mucha anterioridad, ya que existe el registro de que en la Guadalajara de 1919 (cuando los molinos de café más económicos costaban alrededor de 1.75 pesos), en el domicilio de Leandro Valle 375 entonces cercano a la antigua estación de FFCC, existió un café llamado Azteca; y en 1928 existió la Cafetería Providencia, cuyo origen y destino desconozco, pero la cual seguramente estuvo ubicada en pleno centro tapatío.

De tal forma, durante mucho tiempo Guadalajara no se distinguió por la antigüedad o fama de sus cafeterías, a diferencia de otras ciudades como Veracruz, donde el famoso Gran Café La Parroquia hizo su presentación en sociedad en el lejano año de 1808; o como en el ex-DF, donde según afirma el cronista Salvador Novo, fue en 1785 cuando inauguraron el primer café de CDMX, ubicado en la esquina de Empedradillo, hoy Monte de Piedad, y la Calzada de Tlacopan, hoy Tacuba; calle ésta última donde en el número 28 y en plena refriega revolucionaria, Dionisio Molinero instaló el celebérrimo Café de Tacvba en 1912.

En contrapartida, todo indica que en Guadalajara la moda social, por llamarla de algún modo, de acudir a un establecimiento público a departir en torno de una taza de café, comenzó a tener auge bien entrados los años 20 del siglo pasado.

Avala lo anterior la inexistencia actual de cafés locales con origen decimonónico o previo, algo que en definitiva y como ya se ha mencionado sí ocurrió en la capital de la República, donde existe el comprobado registro de cafeterías ahora extintas pero que fueron tan arcaicas como La Bella Unión, el Café Nacional, El Infiernillo, La Concordia o el Café y Fonda Francesa, por cierto esta última fundada en 1856.

Todos esos cafés eran desde un inicio comercios tempraneros donde la “gente decente” acostumbraba ir a desayunar, leer el periódico o, al igual que hoy, realizar alguna junta de negocios.

Por supuesto que para confirmar o refutar con toda certeza la hipótesis de su retardada aceptación tapatía, haría falta una investigación correspondiente que descarte dentro de su universo de estudio, por razones lógicas, nuestra arraigada costumbre doméstica de acompañar algunos alimentos con senda taza de un rico café de olla, aromatizado con una raja de canela en rama y endulzado con piloncillo; así como también el todavía popular consumo callejero de esa misma bebida, por lo general ahora consumida hasta en vasitos de unicel de las máquinas instaladas en las tiendas de conveniencia, pero mucho antes servida en jarros de barro o pocillos de peltre en cualquier puestecito de X esquina barrial, al igual que otras bebidas como el atole blanco, el champurrado o la canelita con piquete.

Lo cierto es que, al parecer, la indiferencia inicial de los tapatíos hacía las cafeterías fue tan extrema, que en Guadalajara no existe uno solo de los llamados cafés de chinos, iniciados en el ex DF allá por los años 20, cuando decenas de inmigrantes asiáticos construyeron uno de los más socorridos nichos gastronómicos, a partir de un concentrado jarabe de café servido con una generosa ración de leche bronca bien caliente, acompañado con un enorme y dorado bísquet o una polveada y esponjada concha; una forma de desayuno económico que para muchos de la chilanga banda se convertiría en obligado.

Actualmente, a pesar de esa tardía popularización local, entre los sitios de reunión y convivencia social favoritos de los tapatíos, destacan dos: las cantinas y los cafés. Las primeras con mayor historia que los segundos, y cada espacio con un perfil comercial y cultural plenamente diferenciado.

Y si bien las cantinas tapatías desde un inicio surgieron con una identidad propia, en el caso de las primeras cafeterías formales de Guadalajara y con las excepciones de rigor, ellas aparecieron a hurtadillas, colándose subrepticias como un servicio “extra” ofrecido en restaurantes conocidos, algunos instalados en el interior de hoteles de prestigio.

Porque otra de las diferencias más significativas que distinguen las cafeterías tapatías de las defeñas consiste en que en su origen, las segundas surgieron a partir de la decimonónica influencia parisina imperante en el porfiriato, representando así una situación aspiracional con tintes aristócratas para la burguesía y las clases acomodadas de entonces; en cambio, las cafeterías tapatías tuvieron de inicio y en forma muy ulterior, una mayor influencia americana, lo que en gran medida las dotó de cierto espíritu liberal, cuando no demócrata republicano y, en forma especial, de un cariz de modernidad, pulcritud y eficiencia.

Lo anterior se ejemplifica con las actividades filantrópicas que la Colonia Americana realizara en 1930 en el Casino Americano, ubicado por la calle Corona, evento donde además de promocionar “partidas de bridge”, anunciaran también la instalación de una “cafetería estilo americano en la que por precios verdaderamente ínfimos servirán exquisitas viandas”.

Fue esa década en que el gusto cafetero tapatío pasó del clásico café de olla, al café tipo americano, mismo que no pocas veces fuera catalogado despectivamente como “pura agua de calcetín”, pero que en el plano económico estaba vinculado con la adquisición de los adelantos tecnológicos relacionados con el arte culinario doméstico o comercial; es decir, cafeteras eléctricas, tostadores de pan, extractores de jugos, abrelatas, rebañadores de carnes frías, mezcladores de pastas, etc.; artículos que tiendas como La Casa Eléctrica, de Medrano & Hedderich, ubicada en Colón 175 y distribuidores exclusivos de la Cia. Westinghouse Electric Internacional, pusieron a disposición del publico en el comercio local.

Por esos años, otras instituciones como el Centro Español también anunciaban el servicio de una “magnífica cafetería” como parte de sus eventos de caridad, mismos que llegaron a contar con la actuación de las hermanas Amelia y Rosita Bell, reconocidas bailarinas. Naturalmente y por obvias razones, tal cafetería se ofrecía ausente de un carácter americanizado.

En ese tipo de eventos sociales también se expresaría el tipo de alimentos, “viandas” decían entonces, que posteriormente quedaron integrados como menú distintivo de las cafeterías. En su mayoría constituido por platillos de fácil y pronta elaboración, como sandwichs y snacks, haciendo especial énfasis en la repostería pastelera y la heladería; sin olvidar la inclusión de bebidas embotelladas, además del “obligado” café tipo americano, con o sin crema.

Fue hasta el año de 1937 cuando aparece la firma Probat, anunciada como “la única cafetería en Guadalajara, que vende sus productos enteramente puros. Elabora sus productos con la maquinaria más moderna en todo el Occidente de la República”. Probat estuvo ubicada en una esquina ahora cafetera por excelencia, Santa Mónica e Independencia, contaba con servicio a domicilio y comercializaba café “Córdoba” con azúcar, y “Oro” o “Turco” sin azúcar.

Ese ahora emblemático sitio cafetero, que según algunos cuentan también fue primero el Café Hobart, se convertiría luego en La Flor de Córdoba, la firma del conocido jingle radiofónico de inconfundible tonada, “Café, café purísimo, café La Flor de Córdoba, purísimo café, La flor de Córdoba”; empresa tapatía que surgió el mismo año en que la compañía Nestlé lanzara al mercado mundial su ultra archi conocida e internacional fórmula de café instantáneo, Nescafé, surgido por la necesidad de aprovechar los grandes volúmenes excedentes de la producción cafetalera brasileña.

Todavía durante la década de los ’30, en el plano local la ingesta de café no era considerada a nivel socio-cultural como un acto autónomo, sino ligado al desayuno, el almuerzo, la merienda o la cena, y como protocolario remate de una comida, fuera esta casera o en algún establecimiento de modesto, mediano o alto rango. Motivo por el cual, en los restaurantes, los menús anunciaban siempre como última e invariable elección degustativa, la de “café o té”.

Así sucedía, por ejemplo, en los menús de Villa Florida, del Hotel Imperial de los hermanos Hecht Ochoa, cuya chef era la afamada Sra. de Bretón; del Gran Hotel Roma de Pedro Conte, en el Hotel Fénix, el Café y Restaurante Montparnasse en Juárez y 16 de Septiembre, el Salón Palacio, el restaurante Excélsior de Fonbón y Cia., ubicado frente a la antigua estación de los FFCC; incluso en El Patio Andaluz, un “Centro Nocturno para familias” ubicado en 16 de Septiembre 160, lugar donde Celso “El Negro” era anunciado como “el chef exclusivo de la casa [y] orgullo de México”; lo mismo ocurría en los banquetes ofrecidos en salones privados, como los del Casino Jalisciense.

En 1939, en el 118 de la calle Juárez, “frente al Teatro Principal”, surgió el “Restaurant Madrid”, con servicio de cafetería en un horario de 7 de la mañana a 12 de la noche; atendido por G. Jiménez, quien llegara precedido por su anterior prestigio como propietario de los restaurantes Roma y Teocali de Morelia, Michoacán.

Ese último establecimiento no debe ser confundido con el actual y conocido Café Madrid, Juárez 264, del que según cuenta la leyenda urbana, nació en 1955 como negocio dúplex debido a su venta anexa de perfumería, siendo fundado por un madrileño de nombre Miguel Tadeo Sanchís, quien cuatro años después y funcionando ya exclusivamente como café, lo vendiera a un cliente suyo, don Ramón Fluvio de la Paz, quien de la noche a la mañana se convirtió en el nuevo propietario en sociedad con el catalán Jorge Alujas; la administración actual está continuada por los herederos de don Fluvio, los hermanos David y Ramón de la Paz Peregrina.

Este café todavía funciona y se distingue por la tranquilidad de su ambiente, la exquisitez de su café, y por estar decorado desde 1960 con el mural “Ciudad de Mujeres”, pintado por Alfredo Santos en una solitaria y mítica encerrona nocturna qué ese artista tuvo, alegrada eso sí, por los etílicos vapores de una botella de ron Castillo y las alucinadas emanaciones de dos carrujos de mota [1].

Fue a finales de la década de los ’30 cuando las cafeterías tapatías comienzan a afianzar su independencia de los giros restauranteros tradicionales.

En los años ’40, aún perduraba el amalgamado concepto de café-restaurante-nevería, tal fue el caso de sitios como Mi Ranchito, Obregón 21; El Prado, en la esquina de Lafayette y Pedro Moreno; además del primer Lido, 16 de Septiembre y Ferrocarril. Un sitio cafetero de los años 40 mencionado por Emmanuel Carballo en sus memorias, resulta ser el Café Variedades, una Nevería-Pastelería-Lonchería ubicada en Ocampo 59, a media cuadra del cine de igual nombre; sitio donde el crítico acudía con su amigo Carlos Valdez, y del que cuenta fue lugar donde ellos “[comenzaron] a discutir la posibilidad de editar una revista literaria”; en esas mismas páginas, Carballo también recuerda “el puesto de don Simón [en el centro]” al que también iban “a beber café”.

En 1947 apareció en la sociedad tapatía un establecimiento con el giro comercial exclusivo de nevería y café, fue el famoso Nápoles, propiedad de Manuel Guerrero M., ubicado en su primera época y hasta 1948 en Juárez 412, luego ocuparía su lugar definitivo por la calle Galeana.

El Nápoles, al igual que la célebre Fama Italiana de Rolleri, denotaba una marcada influencia italiana. En ese popular café se realizaron controles remotos de programas radiofónicos deportivos trasmitidos por la XEDK y patrocinados por las Camisas Medalla.

Perdidos en la memoria de los años 50, cuando una de las tonadillas de moda era la de El Cafetal, ese conocido vallenato colombiano interpretado por el trío Los Panchos y el dueto de las Hermanas Águila, en López Cotilla 561 estuvo la cafetería Excelso, y en el 976 de la avenida Libertad existió el Café Caliente, una primicia del concepto “café concert”, donde por las noches presentaban audiciones musicales; aunque quizá, uno de los más exóticos casos de cafetería, fue el instalado en el hotel Estrella de Oro, Alcalde 740, donde su propietario y gerente Gonzalo Orozco ofrecía el tripartita servició de “Bar-Café-Baños”.

Eran esos años de un medio siglo de los que se dice, se cuenta y se rumora que existieron los cafés París, en Calzada Independencia Sur 168, cuya propietaria era Ramona Real; el café Florencia, en Juárez y Corona, donde bajo el patrocinio del Colegio Internacional se realizaron importantes actividades culturales, como la ocurrida en septiembre de 1965, cuando el poeta Pedro Garfias ofreció un recital.

Pero en esos años 50, fue el Café Apolo el que representó un hito inigualable para la vida cultural tapatía. Guardando las correspondientes distancias, pudiera considerarse el parangón local de aquel café París que existió en la ciudad de México, y en donde se reunía la crema y nata de la intelectualidad nacional, Paz incluido.

Cuenta Emmanuel Carballo en sus memorias: “Por el Apolo pasaban los escritores jaliscienses residentes en México cuando por algún motivo caían en Guadalajara. Entre ellos los más asiduos (y desconocidos) eran Joaquín Ríos y Rubén Espinoza; de vez en cuando se sentaban con nosotros José Luis Martínez, Alí Chumacero (heredotapatío como Ernesto Flores), Juan José Arreola y Juan Rulfo. También Xavier Icaza, quien gustaba venir a nuestra tierra a pasar cortas temporadas. Cuando el gobierno del centro nombró candidato a gobernador a Agustín Yáñez, pasaron por el café algunos de sus colaboradores más próximos como José Rogelio Álvarez, Emmanuel Palacios y Agustín Pineda. Creo que en alguna ocasión departió con nosotros don Agustín, quien como era tan codo sólo ordenó un café negro, consumo cubierto por la tertulia con cierta sorna y orgullo.”

El Apolo estuvo por la calle de Ocampo, a espaldas del Nápoles. En los altos de ese café estuvo instalado un estudio del muralista José Clemente Orozco.

Al ya citado Café Apolo se unió entonces el Café Parthenón, en Juárez 208. Ambos establecimientos, en compañía del Restaurante Cyrano, iniciaron en Guadalajara la moda de nombrar ese tipo de negocios con referencias greco-latinas, lo cual llegaría a su culmen años más tarde con el primer y famoso Café Acrópolis, esquina sur oriente de Juárez y Colón; sitio donde también se reunirían afamados artistas e intelectuales de los 50, entre ellos Juan Rulfo, Juan José Arreola y Emmanuel Carballo. Por cierto, es éste quien comparativamente describe lo siguiente:

Las nieves [del café] Nápoles eran excelentes, suntuosas en su presentación y que su sola vista producía el deseo incontrolable de consumirlas. Otra nevería de ese tipo era la Acrópolis, situada en la avenida Juárez casi esquina con la calle Colón, frente a uno de los Portales. Las nieves de esta casa eran más barrocas y menos sabrosas. Nápoles y Acrópolis eran las neverías más adecuadas para llevar a una muchacha a la cual cortejábamos y quisiéramos enternecer”.

Posteriormente, durante un largo periodo, el Acrópolis tuvo una etapa de receso en su funcionamiento, el cual concluyó el 21 de marzo de 1956, fecha en que su propietario Constantino Papas lo reinauguró como café, dulcería y nevería, en el mismo domicilio, Juárez 343.

Entre la larga lista de personajes de la cultura tapatía que Carballo registró, como asistentes frecuentes al Apolo, podemos mencionar a los escritores Adalberto Navarro Sánchez, María Luisa Hidalgo, Arturo Rivas Sainz, Ramón Rubín, Salvador Echavarría, Alfredo Leal Cortés, Olivia Zúñiga, Lola Vidrio, Ernesto Flores; y a los pintores Julio Vidrio, Gabriel Flores, Jorge Navarro y Guillermo Chávez Vega.

El clima que se vivía en ese lugar, también fue descrito en las memorias de Carballo.

Ciertos días en que el ambiente del café Apolo se volvía tenso y los problemas de convivencia llegaban a la ebullición de ciertos contertulios, nos mudábamos de sitio y nos íbamos a una nevería, Nápoles, que se encontraba a la vuelta del Apolo, en la calle de Galeana. Capitaneados por Rivas Sainz nos reuníamos en esta nevería poco propicia al diálogo de escritores. A ella concurrían las niñas y los niños bien de Guadalajara a consumir helados y malteadas y a intercambiar frases planas, a ras de tierra. Prono nos aburríamos y regresábamos al Apolo, a la mesa de Navarro Sánchez, contritos y derrotados. Era preferible una buena pelea entre nosotros que el fastidio de convivir con una clientela bella pero tonta.”

El 22 de julio de 1953, con gran éxito abrió sus puertas el Capri, un café-restaurante-nevería que tuvo longeva existencia instalado en Degollado 129; y el 30 de octubre del año siguiente, 1954, se inauguró el Manhattan, negocio similar al que agregaron servicio de bar y que se localizaba en Corona 163, frente al Hotel Fénix; también por Corona, pero el 242, frente al Hotel Morales, existió el Café Holanda; además, durante mucho tiempo, la fachada recubierta de tezontle del Astoria, Prisciliano Sánchez y Galeana, promocionó ese conocido lugar como café y restaurante. Por su parte Gemma, el paraíso de los lonches bañados, en una English Comercial Guide se publicitaba como “sidewalk cafe” en Chapultepec 303 “(formerly Lafayette)”. Por su parte, el Café Donaji funcionó en Juárez 572.

Esa fue la primera de las grandes épocas de los cafés en Guadalajara, cuando el kilogramo de café en grano en presentación mayorista de saco, tenía precio de 7.50 pesos, y de 1.50 pesos molido en venta al menudeo. Por su parte, el azúcar estándar tenía costo de 20 centavos por kilo. Los molinos de café para mostrador eran de la marca Hobart importados de Alemania, había cuatro tamaños distintos y se vendían en negocios como Motores y Máquinas, S. A. de Miguel Blanco 191, o en Representaciones Guadalajara, S. A., en Libertad 905 esquina con Tolsa.

La marca de café Moka se vendía al público en su despacho de Santa Mónica 33; y la marca Moro, se instaló en Santa Mónica e Hidalgo, donde invitaba al consumidor para que “[viera] entrar el grano a la tostadora, presencie su molienda, aspire su aroma y lleve a casa”.

En el plano internacional, el café mexicano consolidaba a nuestro país como tercer productor en el mercado exterior, presentando un 50 por ciento de incremento en el volumen de las exportaciones cafeteras, ya que las cosechas de El Salvador, entonces cuarto productor mundial, habían sufrido importantes pérdidas debido a problemas meteorológicos; garantizando por otra parte el suficiente abasto para el consumo interno nacional.

Los cafés se convirtieron entonces en la alternativa social, no siempre abstemia, de las cantinas. Establecimientos donde también surgieron y se consolidaron las peñas amigueras de cualquier índole. Desde intelectuales o pseudo intelectuales, hasta de tipo deportivo o taurino.

Ir a tomar café significó entonces el ágora bajo techo donde brotaba natural o deliberadamente el diálogo amistoso y el debate más encarnizado. Momento de reposo laboral o de inactividad permanente. Espacio de encuentro o ruptura romántica y tertulia estudiantil. Rinconeros casinos legales, con apuestas permitidas aunque no obligatorias, donde las partidas de ajedrez se dan un tiro con las de dominó o, más recientemente, con las de backgammon.

Proliferaron entonces las antiguas faunas urbanas conocidas como “vagos de café”, “filósofos de café” y “revolucionarios de café”, cuya actividad pública más evidente era deambular de manera asidua y rutinaria por sus mismos sitios de siempre, entre los mismos contertulios, hablando de los mismos temas, resultando de sobra conocidos para meseros y habituales de determinado lugar, por su inveterada costumbre de pasar horas y horas frente a una taza de café expresso, a veces la misma, hojeando y ojeando el mismo libro sobaqueado en la axila por años o, por cortesía de la casa, el periódico del día.

Al margen de la parodia anterior, la realidad es que a partir de los años 50, ¿quién en Guadalajara no tuvo o tiene su café favorito?

Muchos tapatíos llegarían a considerar su santuario personal a alguno de los hoy llamados “cafés de viejitos”. Algunos de ellos han desaparecido, pero todos, incluyendo los que aún permanecen, por costumbre urbana estuvieron o están en el centro de la ciudad; recayendo actualmente su representatividad mayor en el Madoka, de la calle Enrique González Martínez 78, sin duda alguna.

El Café Madoka se inauguró en mayo de 1959. A partir de esa fecha ha ingresado por sus puertas casi todo el tutti Guanatos más conocido y reconocido. En sus diversas etapas ha tenido distintos propietarios: su fundador y primer dueño fue Faustino Trejo de la Rosa, originario de Monterrey; luego seguirían dos etapas sucesivas a cargo de tres tocayos, ya que los segundos dueños fueron Rafael García de origen cubano y su socio Rafael Labra, el tercer propietario fue Rafael Monroy; éste último vendió el café a Antonio Asís quien, finalmente, lo revendió a Félix Flores Gómez, siendo sus hijos Félix y Gustavo quienes lo administran actualmente.

Las escasas transformaciones que a lo largo del tiempo ha tenido la ambientación del Madoka, por fortuna no han logrado desaparecer su característico estilo geométrico funcional carente de ornamentos superfluos, propio de los años 50; su decoración tipo Mid Century tropicalizado, le otorga gran similitud con algunas de las urbanas escenas interioristas filmadas por Juan Orol, Chano Ureta, Alejandro Galindo o Roberto Gavaldón.

De allí que al trasponer el encristalado umbral del Madoka, pareciera que desde algún rincón podría surgir una tonada jazzística interpretada por la orquesta de Fortino “Tino” Contreras, y que entre la concurrencia aposentada en las mesas o en la barra, encontraríamos un pachuco vestido con pantalón de trabuco, largo y holgado sacorrón de solapas anchas y hombreras, portando abrillantados zapatos de charol bicolor; un gánster con gabardina de cuello alzado y rostro semi oculto con el ala gacha de su fedora, una enlentejuada rumbera equilibrando sobre su cabeza un aparatoso tocado frutal, una femme fatale de ceja arqueada y enguantados dedos con los que sostiene una larga boquilla mientras, el mofletudo boxeador que la acompaña, presume los billetes y los trancazos obtenidos en su más reciente pelea; dos linajudos y ensombrerados hacendados de admirada gira por la capital, un ruletero de habladito tepiteño echando lío y compartiendo una malteada de doble popote con alguna uniformada famullita de no malos bigotes, un encorbatado líder sindical disfrazado de político, o viceversa, y así.

En realidad, la historia del Madoka contiene sus personajes propios. Algunos de ellos tan importantes como Juan Rulfo, quien la mayoría de las contadas veces que estuvo allí, llegó y permaneció fumando en solitario, las otras pocas estuvo reunido con su amigo Leandro Gómez Limón.

Antes de finalizar el anterior siglo, en ese café existió la llamada “mesa del poder”, donde en torno a ella o, especialmente, a la figura del influyente político Salvador Cárdenas Navarro, a la hora de la comida se reunía un grupito de diarios contertulios relacionados entre sí por sus actividades personales, o profesionales, en ramas tan disímbolas como la administración pública, la literatura, la arquitectura y las demás artes, el periodismo y la edición, la docencia universitaria, o la simple querencia al chismorreo de la grilla local.

Un personaje emblemático y clave del Madoka es “Bibi” Bertha Eduviges Solís, quien desde 1960 ha brillado ahí con luz propia, volviendo su presencia poco menos que imprescindible. Nadie mejor que ella conoce la real y fidedigna historia del Madoka. Ante sus ojos han pasado miles de clientes y decenas de empleados que ese lugar ha tenido. Conoce los tejemanejes de todas y cada una de las áreas.

Ha visto buena parte de su vida al través de los cristales que separan su mundo laboral del mundo externo. Ha sido discreta depositaria de confidencias, salvadora transmisora de encargos y mensajes, ecuánime testigo de los hechos madokianos más significativos, ¡durante más de medio siglo! Esto último, bastaría para que a ella recibiera un gran homenaje. Porque ahí sigue, con la amabilidad de siempre y sin rajarse.

Para quienes anduvieron haciendo ronda por el Café Treve, que en su primera época estuviera en Juárez 642, mudándose después a 8 de Julio 73, donde finalizaría su longevo ciclo de existencia convertido en un cyber café; recordarán la quijotesca figura de don Ray con aquella su infaltable guayabera blanca; él, primero adquirió gran experiencia trabajando en el Madoka, luego pasó a atender durante largos periodos la barra del Treve, propiedad de la familia Plascencia, entonces también dueños de La Ópera.

Tanto en la primera como en la segunda época, entre los clientes ilustres más asiduos que tuvo el Treve, se debe mencionar a don Francisco Ayón Zéster, académico, historiador y cronista, quien siempre compartía su mesa con don Jorge Munguía Martínez, su gran amigo e invitado, y quien fuera el experto regional en náhuatl y francmasonería, siendo él mismo practicante de esta última orden, habiendo llegado a obtener en ella el grado 33; la alta y corpulenta figura del profesor Munguía, al cual en 1996 la Universidad de Guadalajara le otorgó el título de “Profesor Emérito” post mortem, se caracterizó por vestir de manera invariable con traje negro, camisa blanca y corbata formal de moño; además, él fumaba pipa y usó siempre un grueso y grabado anillo de oro, joya que según trascendió entre su cerrado círculo de allegados, había sido un regalo personal que recibió de manos del general Lázaro Cárdenas del Río.

Entre los últimos sucesos importantes ocurridos en el Treve, se puede mencionar la instalación de una placa metálica sobre uno de sus muros, la que daba constancia de la mesa preferida de otro de los clientes más asiduos del lugar, don Alfonso Toral Moreno, autor del cuento Úxor, alguna vez antologado por Emmanuel Carballo en “Cuentistas mexicanos modernos”, en las Ediciones Libro-Mex.; y pariente directo de José León Toral, históricamente considerado como el magnicida material de Álvaro Obregón.

Es el mismo Carballo quien comparte algunas otras anécdotas de Alfonso Toral, mencionando en sus memorias que éste también fue asiduo parroquiano del desaparecido café Apolo, donde “poco dado al trabajo con horario fijo, corregía galeras para la revista de la Universidad de Guadalajara […]. Por esa razón estaba siempre en el café, donde daba y recibía recados. Guardaba en su cartera una tarjeta de visita en la que por un lado decía Sí y por el otro No. Si los recién llegados al Apolo le preguntaban: “¿eres pariente de José de León Toral?” enseñaba la tarjeta por el lado del Sí; si le interrogaban acerca de dónde se encontraba [Adalberto] Navarro Sánchez en ese momento mostraba la tarjeta por el lado opuesto, el del No.”

Otros cafés de esos años fueron el Colón, en el mezzanine de Colón 115; La Parroquia, en Enrique González Martínez 36, alguna vez paraíso terrenal de los jugadores dominó más empedernidos; el Café Málaga, en 16 de septiembre 214; el tapanco del Café San Remo en Independencia 466; y desde luego, la réplica más actualizada dentro de esa misma categoría de cafés tradicionales, el D’Val, en Pedro Moreno 688, café que en 1994 surge poseyendo una milagrosa tradición de “antiguo”, heredada quizá de su fundador, don José Trinidad Valdivia, mejor conocido por sus innumerables conocidos como “Trino”, o generada por el asiduo grupo de teatreros tapatíos, que en sus modalidades de actores, directores y/o dramaturgos, han hecho de ese lugar su sitio de reunión favorito, a manera de camerino o back stage públicos.

En las cercanías del Paraninfo, muchos cafeinómanos tapatíos anduvieron periqueteando en el Café Gardel de la avenida Juárez, o visitaron La Ópera de Munguía 7; y más al poniente, llegaron hasta la zona de Chapultepec, donde en el 198 de esa avenida disfrutaron del inolvidable y llorado Café Azteca, y en el 215 el Café Don Luis.

A estas alturas de la presente crónica retrospectiva, en relación al tema de los cafés tapatíos no podemos dejar de mencionar los traspolados, esos cafés que llegaron desde el defeño y arribaron a tierras neogallegas como sucursales de firmas nacionales.

Porque, ¡a ver, niéguenlo!, quién no se sintió la mar de chic en algún modernista Denny’s, o no ha probado las enchiladas suizas y el café en las vajillas estilo Talavera de Sanborn’s, o no se ha atrevido a consumir el “cortado” del Tok’s, o no ha paladeado lenta y en muy buena compañía alguna variedad caramelo, moka o rompope del espumoso capuchino de Vip’s, o no ha consumido un descafeinado instantáneo en Sandy’s.

Muy lejanos han quedado los días donde ir al café en Guadalajara implicaba, entre otras posibilidades, llegar como turista a Las Sombrillas y sentarse al aire libre a ver pasar los tapatíos de los años 70, o sentarse en la barra de la cafetería de Woolworth o de Las Fábricas de Francia para ahí, entre compra y compra, echar un ratito de chal con la comadre o la amiguis en turno, o en la terraza panorámica del Kit Kat, o en la de La Copa de Leche, o en la de Los Locos; o ir a La Olla Loca de Prisciliano Sánchez 329 o al Mayra de Juárez y 8 de Julio, dos de los pocos cafés cantantes que tuvo esta ciudad; o conoció el Brasilia en Prisciliano Sánchez 309, o estuvo en el mítico Banana’s que nació, creció y permaneció como una de las opciones cafeteras más popis, cuando lo fresa sólo significaba el nombre de una fruta.

Para quien a finales del pasado siglo XX llegó a considerar que la época de los cafés tapatíos había concluido, sobra decir que estuvo equivocado por completo.

Los “cafés de viejitos” fueron sustituidos en la preferencia juvenil por los nuevos modelos de un mismo concepto cafetero. Desde los cyber cafés, hoy en plena etapa de declive, hasta los atiborrados “laboratorios” de exóticos sublimados gourmet delicatessen con acentos orgánico-frutales cubiertos por espuma con mixtura de canela y agregado toque Chantilly, preparados por cotizados baristas profesionales con comprobada experiencia en el inigualable arte del apantalle.

Cafés que compiten entre sí por poseer la atmósfera ganadora del trofeo máximo a la originalidad, con decoraciones singulares oscilando entre los extremos del minimalismo abstracto y el rebuscamiento vintage, pasando por el high-tech; bautizados con nombres sugerentes, impactantes, extravagantes, retro, apocalípticos, deconstruidos, súper hipsters, o tan intensamente poéticos, que sus anuncios parecieran estar a punto de chorrear jarabe edulcorado.

Aunque inobjetablemente, las superestrellas milennials del mundo cafetalero son los importados y asistidos por el mercantilizado artificio de las franquicias transnacionales, cafés que llegaron avasallantes para imponer su abundante y pre fabricado catálogo de frappés, lattés, macchiatos, smoothies, tizanas y zumos, servidos siempre a muy alto precio en vasos con el añadido impreso de su publicitaria identificación de marca, refinados contenedores desechables nacidos de la más estandarizada producción en serie, pero luego convertidos ilusoriamente en objetos de culto personalizado, por obra y gracia de burdos trazos caligráficos escritos con indeleble plumón.

No podemos olvidar los llamados cafés alternativos, surgidos también al compás del nuevo milenio, transmutados en espacios de interacción artística y recreativa.

Entre ellos, es imposible dejar de mencionar en primer lugar al Rojo Café, Guadalupe Zuno 2027, el que en sus inicios allá por el año 2001, fue el restaurante Rojas de Manzano, y que a partir del 2002, impulsado por la enorme tenacidad de un reconocido músico, promotor cultural e ingeniero en electrónica, Alfredo Saras Rangel, se convirtió en el centro cultural más importante de Guadalajara. Punto referencial para los creadores artísticos no sólo locales, sino también nacionales e incluso internacionales.

Desafortunadamente, en el 2014, un desfavorable desbalance en contra de las finanzas de la empresa, propició el inesperado anuncio de su cierre definitivo, noticia que conmovió notablemente a gran parte de la sociedad tapatía, la que de inmediato manifestó su apoyo y solidaridad para evitar la desaparición de ese espacio tan significativo.

Tal apoyo y entusiasmo no fueron suficientes. Después de un breve reintento por intentar que los ingresos resultaran superiores a los obligados gastos de operación mensual, Rojo Café cerró sus puertas el 31 de marzo de 2016. Dejando tras de sí un hueco muy difícil de llenar.

Entre los espacios similares podemos considerar también como pioneros a: Les fleurs du Mort, que estuvo enfocado al público relacionado con las expresiones dark y la música alternativa o de tintes electrónico neogóticos, estuvo situado en lo alto de la 8 de Julio 5 esquina con Morelos, propiedad de David Flores; el Morgana, en Pedro Moreno 1290, casi esquina con Atenas; el Tortuga, surgido por la iniciativa de Augusto Martínez e inspirado en Casiopea, la quelonio amiga de Momo en la obra de Michel Ende; el Teu Lloc, López Cotilla 70, en una zona aledaña al exconvento del Carmen; y el Café-Galería André Bretón, que con gran constancia todavía sigue vigente en Juan Manuel 175.

De creación más reciente está el Café-Librería-Bar Palíndromo, atendido por su propietaria Samantha Saavedra, en la finca 233 de Juan Ruiz de Alarcón; el Desliz, en Lerdo de Tejada 2055; el 5 PM de Avenida Guadalupe 5181-B, en Jardines de Guadalupe; y Pícaro Barra de Café, parte del proyecto Café-Diseño-Show impulsado por el Foro Periplo, en el 790 de Prisciliano Sánchez.

Entre los antecedentes más remotos de ese concepto cultural interdisciplinario, tan vigente hoy en día en los cafés de moda de Tapatilandia, se encuentra el café-galería Itzamna, que funcionó allá por el lejano pero significativo año del 68, en Cruz Ahedo 32, a espaldas del Teatro Degollado; el Ana Campana Donuts & Coffee, perteneciente al Grupo Tulipanes, ubicado en San Ignacio 3640-B, a unos pasos de la Glorieta Chapalita; el de nombre olvidado que estuvo en la calle Nelson 246, casi esquina con la avenida México; La Máscara, en Liceo 178, entre Juan Manuel y San Felipe, que ocupara la planta alta de una casa antigua del Centro Histórico y que en su inauguración, 1999, contó con la presentación del grupo de música autóctona Tunkul; el Haus de Kunts, Pedro Moreno 1024, promovido por Helmut Köhl, galero alemán y tapatío por adopción, y su hijo Christian, siendo éste quizás uno de los más reconocidos y el de mayor importancia en el terreno de la plástica.

En ese apartado cultural, no podían faltar dos opciones bastante disímiles, la ejecutiva-cosmopolita del café-galería Los Vitrales del Hotel Hilton, en Avenida de las Rosas 2933, en plena zona de la Expo Guadalajara; y la demócrata-institucional del inolvidable Café Ágora del DIF-Fonapas, espacio aireado y estético contiguo al Callejón del ex convento el Carmen, donde el placentero ambiente de sus mesas distribuidas bajo una veranda y circundadas por cuidadas jardineras, congregó a una nutrida y bien atendida clientela, misma que tuvo repetida oportunidad de presenciar las múltiples expresiones de carácter cultural que en forma constante se presentaban en el foro anexo.

Entre toda esa barahúnda de cafés que vienen y cafés que van, tres de ellos han logrado sostener una muy buena aceptación entre los nuevos públicos y la clientela chavorruca o de jóvenes contemporáneos, La Estación de Lulio en Libertad 1980 A; el Café Benito en Juárez 451, donde fuera el ingreso al cine Variedades, hoy Centro Cultural LARVA; y las más de diez sucursales de la cadena de Cafés Chai.

Porque hoy en día, esparcidos por todos los rumbos del Área Metropolitana de Guadalajara, los nuevos cafés y su novísima variante con apodo de teterías, dan constancia de que esa infaltable bebida, (la que en el pasado algunas mentes oscurantistas llegaron a considerar incluso como un brebaje pecaminoso y maligno), llegó para sentar sus reales en el gusto tapatío.

Aunque sea en su sencilla presentación de café de olla reposado, aromatizado con una raja de canela en rama y endulzado con el moreno sabor del piloncillo.

Así que ‘tons qué, mi cuais, ¿me invitas un café, o te lo invito?

NOTAS

[1] Addams Torres, Luis. “Cafeterías de antaño”, en Ocio, la guía para vivir la ciudad, No. 885. Milenio, Diario, Jalisco, 31 de enero 2014, pp. 6-7.

Comments

comments