Por Cuauthémoc Ruiz Ortiz

La posición de Marx ante las drogas se puede sintetizar así: estaba por legalizar su comercio y producción, para que su tráfico dejara de ser un lucrativo negocio corruptor de la sociedad y el Estado, así como generador de violencia. Aunque también se manifestaba vigorosamente contra su consumo, porque “destruye, degrada y corrompe” los cuerpos y los espíritus. En 1858, desde las páginas del periódico New York Daily Tribune, denuncia la hipocresía del gobierno británico en India porque “finge no tener nada de común con el contrabando del opio e incluso concerta tratados que lo prohíbe”, aunque en realidad “impone la producción del opio en Bengala; obliga a una parte de los campesinos depauperados a cultivar la adormidera; concede créditos a otros para hacer lo mismo.” Inglaterra producía en India la droga que luego metía de contrabando en China.

La prohibición del opio en este país ocasionó que la utilidad que ocasionaba su venta ilegal se disparara en más de 600 por ciento, mucho más que la venta de cualquier otra mercancía. “En 1837, 39 mil cajas de opio valuadas en 25, 000.000 de dólares pasaron de contrabando…”.

La reacción del Gobierno chino fue “la prohibición rigurosa de dejar pasar el opio por sus aduanas” y aplicar “crueles castigos” a sus súbditos adictos. Según Marx, ambas medidas resultaron ser “igualmente ineficaces”. Además, la corrupción penetró “hasta el corazón de la burocracia del Imperio celeste” y el pago del opio “empezó a desordenar el Tesoro….”, al grado que un funcionario del país asiático pidió a los ingleses que “dejen de enviarnos tanto opio y podríamos comprar su manufactura.” Las autoridades del país asiático se dividieron alrededor del problema: un sector abogó por la legalización del comercio del opio y otro se mantuvo en su posición prohibicionista. Marx recomendó lo siguiente: “Si el Gobierno chino legalizase el comercio del opio, tolerando simultáneamente en China el cultivo de la adormidera, el Tesoro angloindio se arruinaría sin duda”.

Carlos Marx condenaba rotundamente el consumo de drogas. Una de sus frases más conocidas es que “la religión es el opio del pueblo”, es decir, una y otro son equiparables porque enajenan a las personas, les fabrican ilusiones que las evaden y postran impotentes ante un mundo lleno de miseria e injusticia. La revolución socialista y el comunismo son desalienantes, porque con ellos el pueblo se hace dueño de su destino y accede a la felicidad, sin necesidad de dioses, mesías o estupefacientes.

Marx condenaba a los traficantes de drogas por su “operación de emponzoñar” a la población con la “adormidera”, el nombre popular de la planta del opio. El revolucionario, en cambio, quería un pueblo avispado y alerta, con conciencia, es decir, que mirara de frente y entendiera a su terrible realidad, para transformarla.

El ideólogo de la liberación del proletariado compartía el juicio moral del inglés Montgomery Martin: “… la trata de esclavos era un acto de caridad comparada con el comercio del opio; no destruíamos los organismos de los africanos, porque estábamos directamente interesados en conservarles la vida; no humillábamos su naturaleza humana, ni corrompíamos su espíritu, ni destruíamos sus almas. Pero el vendedor de opio mata el cuerpo después de haber corrompido, degradado y aniquilado el ser moral de los desdichados pecadores; un Moloch insaciable se lleva cada hora nuevas víctimas, y el asesino inglés y el suicida chino compiten en ofrendar sacrificios a su altar.”

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