Por Beatriz Preciado*

Foto por Victor Hugo Valdivia “El terror Z, en Allende; Coahuila”

El pasado 25 de mayo, el subcomandante Marcos escribía desde “La Realidad zapatista” una carta abierta para anunciar la muerte de Marcos, personaje inventado como soporte mediático y voz enunciativa del proyecto revolucionario chiapatista. “Estas palabras serán las últimas antes de que deje de existir.” El mismo comunicado informa del nacimiento del subcomandante “Galeano”, del nombre del compañero José Luis Solís Sánchez “Galeano”, asesinado por los paramilitares el 2 de mayo. “Pensamos que es necesario que uno de nosotros muera para que Galeano viva. Y para que esa impertinente que es la muerte quede satisfecha, en su lugar de Galeano ponemos otro nombre para que Galeano viva y la muerte se lleve no una vida, sino un nombre solamente, unas letras vaciadas de todo sentido, sin historia propia, sin vida.” Sabemos que el mismo José Luis había tomado su nombre del autor de Las venas abiertas de América Latina. El subcomandante, que siempre ha actuado con kilómetros de distancia sobre los viejos “ególatras” del posestructuralismo francés, pone en práctica, en el dominio de la producción política, la muerte del autor que Barthes anunciaba en el espacio del texto.

En el curso de estos últimos años, los zapatistas han construido la alternativa más creativa cara a las técnicas de gobierno necropolíticas del neoliberalismo, pero también cara al comunismo. Los zapatistas, como en ningún otro movimiento, se encuentran precisamente inventando una metodología política para “organizar la rabia”. Y reinventar la vida.

Desde 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) concibe, a través del personaje del subcomandante Marcos, una nueva forma de pensar la filosofía descolonial del siglo XXI. Alejándose del tratado y de la tesis (herederos de la cultura eclesiástica y colonial del libro que debuta en el siglo XVI y declina a partir del final del siglo pasado), actúa desde la cultura oral digital tecno-indígena y recorre las redes murmurando rituales, cartas, mensajes, cuentos y parábolas. Ésta es una de las técnicas centrales de producción de la subjetividad política que nos enseñan los zapatistas: desprivatizar el nombre propio mediante el nombre prestado y deshacer la ficción individualista del rostro mediante el pasamontañas.

No tan distante del subcomandante, yo habito otro espacio político en el que se usan unas mismas fuerzas teatrales y chamánicas para desconfiar de la estabilidad del nombre propio y de la verdad del rostro como referentes últimos de la identidad personal: las culturas transexuales, transgéneros, drag-king y drag-queen. Cada persona trans tiene (o ha tenido) dos (o más) nombres propios. El que le fue asignado al nacer y con el que la cultura dominante busca normalizarlo y el nombre que indica el comienzo de un proceso de subjetivación disidente.

Los nombres trans no se contentan con significar la pertenencia a un sexo distinto: describen ante todo un proceso de des-identificación. El subcomandante Marcos, que aprende más de la pluma del autor maricón [pédé] mexicano Carlos Monsiváis que de la barba viril de Fidel, era en realidad un personaje drag-king: la construcción intencional de una ficción de masculinidad (el héroe y la voz del rebelde) a partir de técnicas performativas. Un símbolo revolucionario sin rostro ni ego, hecho de palabras y de sueños colectivos. El nombre de préstamo [d’emprunt], como el pasamontañas, es una máscara paródica que revela las máscaras que disimulan los rostros de la corrupción política y de la hegemonía. “¿Por qué tanto escándalo en torno al pasamontañas? ¿La sociedad mexicana estaría dispuesta a tirar las máscaras?” Como el rostro, con la ayuda del pasamontañas, el nombre propio es deshecho, y colectivizado.

Para los zapatistas, el nombre de préstamo y el pasamontañas funcionan como los segundos nombres, la peluca drag, el bigote y los tacones de la cultura trans: son signos intencionales e hiperbólicos de un travestismo político-sexual, pero también las armas queer-indígenas que permiten confrontar la estética neoliberal. Ello no se produce al interior del “sexo verdadero” o del nombre auténtico, sino a través de la construcción de una ficción viviente que permite resistir a la norma.

A lo que nos invitan las experiencias zapatistas, queer y trans, es a desprivatizar el rostro y el nombre a fin de transformar el cuerpo de la multitud en el agente colectivo de la revolución.

Me permito, desde esta modesta tribuna, decir al subcomandante Galeano que a partir de hoy firmaré con mi nombre trans Beatriz Marcos Preciado, recuperando la fuerza performativa de la ficción que los zapatistas han creado, y haciéndola vivir desde la vieja Europa que se desintegra: y para que la realidad zapatista sea.

 

Publicado en Artillería inminente: http://artilleriainmanente.blogspot.fr/2014/06/beatriz-preciado-marcos-for-ever.html

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