Por Kaizer Cantú

Uno suele escuchar de bocas más antiguas relatos sobre aquella época en la que Monterrey tuvo el futuro bien acomodado en la palma de la mano. Del suelo brotaban extravagantes edificios, monumentos a la capacidad del regio, a la fortaleza de sus hombros y su voluntad; el pueblo clavaba los dedos en la aridez del polvo y extraía abundancia; la noche era fresca, agradable, sin plomo ni fuego. Monterrey sólo podía elevarse, sólo podía crecer.

A aquel tiempo pertenece Gregorio Garza Guzmán, miembro del laudado panteón de benefactores regiomontanos de corte empresarial. Su nombre figura entre los que contribuyeron a la expansión del área metropolitana de Monterrey. Aún quedan rastros de su visión y obra dispersos por la ciudad: el Cine Encanto, el Cine Palacio, Cumbres. Es un legado como el de los faraones y reyes antiguos, disuelto en la autoridad de la roca, con un monumental deseo de sobrevivir al flujo de las generaciones.

De entre sus contribuciones al paisaje urbano hay que mencionar con particular interés la Maderería La Victoria, uno de los colosos arquitectónicos de mayor brillo en la zona Centro e ícono de las promesas ofrecidas por el progreso industrial y comercial.

La maderería adorna el poniente de calzada Francisco I. Madero desde 1945. Es un mastodonte de ladrillo rojo que abarca casi la mitad de la manzana flanqueada por las calles Ramón Corona y Miguel Nieto. Bordeando con el techo, se extiende una ventana de un extremo del edificio al otro. Al cristal se aferra el nombre del lugar. Cada letra es enorme y blanca, moldeada en una tipografía ancha que da la impresión de estirarse más y más hacia los lados. En una esquina, donde termina la acera y el muro de la fachada se cruza con el del costado, hay un ventanal que se eleva y parece encarar las nubes; marcos de mármol negro segmentan el vidrio en pequeños rectángulos. A nivel del asfalto, justo en medio de la estructura, está la puerta de entrada. Sus agarraderas curvas y retocadas con adornillos contrastan el estilo estrictamente geométrico del edificio, uno de los últimos ecos de la estética art deco, misma visión de la belleza que decoró las grandes urbes estadunidenses allá por los años 30. Contemplar las líneas del edificio, rectas, siempre en movimiento, trae a flote el recuerdo de uno de los tantos futuros que se perdieron en las casualidades de nuestra historia.

La obra funcionó por años como tienda de electrodomésticos y oficina promocional del entonces nuevo sector residencial “Las Cumbres”. Los panfletos publicitarios ilustraban familias pulcras y sonrientes, atentas a la posibilidad de un comienzo prometedor. “Una colonia para obreros con servicios para ricos” es el mantra que proyectaba la escritura negra sobre el papel. Aquello fue un tiempo de fantasía económica. La buena vida no era un espejismo errante para las clases medias; estaba al alcance de la mano obrera, sin el cristal irrompible de por medio.

La Victoria pregonaba el sueño del capital entre chimeneas industriales y arquitectura moderna.

Pero era inevitable encontrar las grietas en un relato tan bello. Los trabajadores de la maderería levantaron huelga en julio de 1965. El acto forzó la suspensión de actividades en la maquinaria que fue La Victoria. La huelga se extendió por poco más de una década. Los reclamos resquebrajaron la luz del edificio hasta apagarlo por completo. En 1976 murieron las esperanzas de La Victoria por ser uno de los faros del progreso regiomontano hacia las riquezas dignas de un primer mundo. Una muerte fugaz de agonía prolongada. Dos años más tarde también expira Gregorio Garza Guzmán.

Las letras todavía escriben “Maderería La Victoria” a lo largo de la pared; el paso apresurado de las épocas ha inyectado un poco de gris a su blancura. Hay grafiti sobre toda la fachada. Los garabatos más admirables están a la altura del segundo nivel, enmascarando cristal y ladrillo. No podían faltar un par de ventanas rotas. Quedan ranuras por las que entran y salen los palomos. Muchos de ellos se amontonan afuera a comer lo que puede confundirse con migajas. Los menos hambrientos cuelgan solemnes del techo o los vacíos del ventanal, contemplando con sepa qué pensamientos de ave la calzada y el resto de la ciudad a lo lejos. La puerta principal resguarda sólo una barrera de concreto. La flanquean pegotes con teléfonos y nombres desgarrados u ocultos por otros datos. La acera apesta a orina.

La estructura impone aun sin el glamour de lo que vive, sólo es cuestión de mirar. A La Victoria se acercan jovencitos curiosos y personajes de cepa académica. La rodean e inspeccionan como quien explora los restos de un monstruo marino irreconocible que encalló en la costa. Abundan los lentes fotográficos y las libretas de dibujo. Aquello es un cadáver magnético. O quizás el abandono tiene aroma y nos agrada. O será el espectáculo mórbido del fracaso, de la caída, lo que dilata las pupilas que lo reflejan.

Un Monterrey ha muerto. Habrá que ver qué sucede con este.

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