Por Guffo Caballero

Ilustración de la serie: ‘Actividades oficiales de “El Bronco” en García, Nuevo León’ por Mariana Treviño.

Bordeando la sierra, a centímetros del precipicio, una cruz blanca en cada curva nos advierte manejar a velocidad prudente. 

Hay una diminuta capilla a mitad del camino, en medio de la nada, casi adherida a una de las paredes del cerro. Me llama la atención que todas las veladoras están encendidas. Más tarde, en el pueblo, los jóvenes que representan la danza de los chicaleros me explican que son los traileros quienes mantienen las veladoras de la capilla encendidas, como ofrenda de agradecimiento; como guía en su trayecto de regreso. 

Conforme nos adentramos en la serranía, da la sensación de que las verdes paredes fueran a desplomarse sobre nosotros. Huizaches retorcidos floreando de un lado y de otro. Oyameles imponentes. Quisiera tener visión con zoom para apreciar cada detalle que se me escapa: cada insecto, cada lagarto que trepa entre las grietas de las rocas, cada pluma del gavilán agitándose con el viento. 

La entrada al poblado está bien señalizada, arbolada e iluminada, como casi todas las entradas que dan la bienvenida a pueblos modestos. Aunque es el municipio más grande del estado, pareciera un lugar pequeño; limitadísimo en todo lo que a desarrollo humano, económico y sustentable se refiere.

Cinco candidatos de distintos partidos políticos se disputaban este lugar. Qué hueva. Se nota que en muchos años no le han hecho un cariñito. Supongo que quien gana la contienda política se queda con el poco dinero que le asignan del presupuesto, porque no veo qué puedan robarle a la gente; si acaso, su tranquilidad, pues la riqueza del municipio radica en sus tradiciones y paisajes: sus cerros y su cielo; y he de confesar que me da gusto que la mayoría de ésta permanezca intacta. “Aquí puede andar en bici donde quiera: no hay gente mala”, me dice un lugareño que huele a crudo. Bueno: al menos la tranquilidad también permanece intacta. 

Accedemos al hotel entre calles sin pavimentar y señalamientos impresos en lonas quemadas por el sol. No hay turistas. Le checo el aire a las llantas de las bicicletas y echo un último vistazo a la laguna, antes de que se oculte el sol. La compañía es perfecta. Los silencios son cómodos. No hay señal y, sin embargo, hay señales por todas partes.

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