Por Carmen Libertad Vera

Al pardear la tarde, ellos llegan a su acostumbrada cita: una tertulia pública para jugar cartas. Escena por completo ajena a la de cualquier rutilante casino de Mónaco o Las Vegas, pero digna de un cuadro “costumbrista” pintado por Adriaen Brouwer o David Teniers II.

Sobra decir que en el sitio donde ellos se reúnen no hay mesas de juego recubiertas con paños afelpados, ni elegantes croupiers ceremoniosos distribuyendo fichas mediante un stick o haciendo girar el azar de las ruletas.

Sólo hay suelo. Duro, frío, cubierto con tizne perenne que en nada desentona con el cochambre similar que ennegrece el cenizo ropaje de esos jugadores. Pero ellos ahí se sientan, acuclillan o recuestan a sus anchas.

A veces, en el centro del conformado grupo, colocan pedazos de cartón pajizo. Encima de tan rupestre alfombra cortan y reparten un mazo de cartas españolas previamente barajeado de forma habilidosa; luego, cada jugador extiende en una de sus manos, a manera de desplegado abanico, las distintas cartas que en suerte le tocaron y elige aquella que al inicio debe intercambiar

Juegan conquián en partidas de apuesta mínima pagada en cash con pura morralla de baja denominación. Las cantidades de la bolsa a ganar son fluctuantes: cinco, ocho, diez pesos. ¡Lo que caiga es bueno! Una suertuda ganancia extra al final de la soportada joda del día.

Para ellos, ese momento del día es estación de paso. Un alegre alto en sus distintos caminos de marginalidad urbana y existencial. Un merecido rato de ocio para su afrentada condición social de subempleados o parias.

—¡Vas mano! ¡Apúrate, que no traigo lonche! —increpa a su compañero de juego un risueño sujeto medianamente robusto, bajito y con abundante cabellera henchida en rizos que confirman su mezclada herencia mulata.

Porque ahí se juega rápido. Con gestos decididos y en continuo. Así, desde el mazo aparecen las maltratadas cartas a tomar. ¡Pam! “Sale el dos de bastos”. ¡Pum! “Ahí va el siete de oros”. ¡Plaf! “Llegó el cuatro de copas”. ¡Zas! “Apareció el seis de oros”. ¡Papas! “¡Tómala cabrón, con esa ya te chingué!”.

Al grupo no se integran mujeres. Ni siquiera en plan de acompañantes mironas. Es Club de Toby sin sesgos conscientes de misoginia, pero donde sólo la testosterona rules. Algo similar sucede en las partidas de dominó o ajedrez que otros contertulios realizan en los cafés citadinos, cuya estampa suele ser mucho más cercana a las imágenes plasmadas en los famosos cuadros temáticos que firmara Paul Cézanne.

En cambio, a diferencia de esos jugadores de café y de los otros que acuden a la teatralidad de los casinos formales, estos ludópatas del bajo mundo son para muchos la broza nacional de más puro linaje e histórica prosapia. Especímenes sobrevivientes del arcaico vago sin oficio ni beneficio. Postmodernos remanentes nunca adecentados del cantinflesco peladito de barrio. Tahúres socarrones de poca monta. Taimados apostadores de migajas.

La imagen que la sociedad actual de ellos tiene no difiere en mucho de la que en su contra las gacetillas decimonónicas propagaron desde el alarmado amarillismo de su época. Malandros públicos. Borderlines entre la haraganería y la transgresión. Fomentadores del vicio y la concupiscencia. Atentados al pudor, la decencia y las buenas costumbres. Criminalidad latente.

No es extraño, por lo tanto, que a veces sean sometidos a “revisiones de rutina” por parejas de policías que llegan a interrumpir sus juegos. Sin mayor argumento es que intentar localizar la prueba, siempre presunta, con la que al día siguiente su capturado portador se convertiría en el malévolo rostro de portada del sensacionalista pasquín policiaco con mayor audiencia.

Es entonces cuando a esos sujetos se les puede ver de pie frente a cualquier pared, piernas separadas y brazos en alto, sometidos a un golpeteo auscultatorio que intenta situar el elemento probatorio de cualquier delito posible. También se esculcan sus exiguas posesiones. Bultos o mochilas de las que obligada y aleatoriamente sacan posesiones insignificantes; teniendo a veces necesidad de despojarse hasta de zapatos y calcetines.

Vejaciones humanas a nombre de los grandes referentes del orden social y la moral pública: familia, escuela, trabajo, ahorro, prevención del delito, además de los “eternos” valores propugnados en abstracto. Acciones ambiguas a favor de una sociedad tendiente a exaltar el buen comportamiento ciudadano, pero renuente a hablar de mejor justicia y mayor solidaridad social, o del combate frontal a la corrupción de políticos e instituciones públicas y privadas.

Por su buena suerte, hasta el momento casi todas esas revisiones “de rutina” no han pasado de ser meros “panchos”, por lo cual ellos, después de reponerse del súpito acalambramiento, prosiguen con su interrupta partida del día.

Porque, ¡en fin!, la vida ahí sigue. Y como bien dice el dicho: “Lo que en el rico es alegría, en el pobre es vagancia delincuencial”. ¿O cómo era?

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