Por Subteniente Hernández

Cualquier cosa era pretexto para ir a su casa, vivía en una vecindad como yo, en un cuarto de 3 x 3, como yo, donde se compartía la sala, el comedor, las recamaras y a un lado la cocina, con sus papas y hermanos…como yo. Nunca puse atención a sus muebles, ni a los trastes de la cocina, vaya, ni siquiera mire a sus hermanas. Lo que me obligaba estar ahí eran aquellos platos negros y con surcos de los que emanaba una música difícil de describir, pero que me atraían sin razón aparente. Aquel muchacho delgado con cabello rizado, que se ponía los pantalones más entubados que haya visto en mi vida, relajiento y abusivo, que en la secundaria me quitaba mi torta de sopa de fideos y me pegaba a la menor provocación, burlándose de mi ñoñez, pero con el que al último hacíamos las pases, descubriendo que compartíamos la misma afinidad: la música. Convirtiéndonos en los mejores camaradas. Muchas veces lo imité: las frases que tenía para cada situación me parecían tan originales que las utilicé dándome buenos resultados (él se ligó a Mireya, la más guapa del salón). Ese era luchito, como le decía su mamá. Siempre nos juntábamos para hacer la tarea en su casa, teniendo a Pink Floyd como música de fondo, por costumbre. Antes de iniciar con ese ritual del trabajo en equipo teníamos que poner un disco, ya sea el de la “vaca” (Atom heart mother) el del “puerco” (Works), el de la pared o el que hasta la fecha “me hace ver los sonidos, oler los colores y escuchar los olores”, el DARK SIDE OF THE MOON. Solíamos Lucio y yo tirarnos en el suelo a ver el techo de lámina, con un calor de 36 grados, escuchando los 43 minutos que dura el disco casi sin respirar, hasta que terminaba y yo le decía: “Chale, tu eres como Sid Barret”, a lo que me contestaba “Tu eres un pinche nerd!” Éramos de clase media bajísima, él tenía la fortuna de contar con un tocadiscos. Yo no, si quería escuchar un plato de chapopote, tenía que ir a la casa de mi tía Elfega que tenía una consolota y vivía en un departamento como a 90 kilómetros de ahí, -aunque un día ya no volví a ir con ella porque se fue a Michoacán- o ponerlo en el tocadiscos de la escuela a la hora del recreo. Como cuando se me ocurrió llevar el “1984” de Van Halen, pero a la primera o segunda canción, “Guby” la maestra de inglés, lo quitaba violentamente por las letras subversivas que obviamente sólo ella entendía y que a nadie hacían daño. Tal vez si ella hubiera visto a David Lee Roth bailar cuando tocaban esas canciones, lo hubiera pensado dos veces antes de retirarlo del tocadiscos. Con Lucio también tuve mi primer acercamiento al rock en el cine, al ver la película de la pared, precisamente la de Pink Floyd en formato Beta. La verdad me quedé sacado de onda y más cuando los chavitos caían en un molino y salían hechos carne molida (¡qué peeeedo!) pero disfrutamos de las rolas. El me conectó con grandes personajes como “El Chaco” y “La Leo”, que eran gemelos. Y Beto, su hermano mayor que tenía poliomielitis y andaba en muletas. Vivían a dos cuadras de nuestras casas y con ellos nos juntábamos cuando podíamos a escuchar a David Bowie y las arañas de Marte, a The Police y a los hombres trabajando, armábamos la gran fiesta y por ellos dejé mi peinado de rayita en medio para pararme los cabellos con fijador. Siempre andábamos buscando tocadas de rock pero a veces el ambiente era muy peligroso, por lo que nos concretábamos a subir a la azotea de su casa ya que atrás había un local al que le decían la delegación, donde todos los sábados organizaban bailes masivos con “cumbanchas”, “norteñas” y “música disco” (jiu, jiu que chistoso se oye ese termino, pero no había para más), gritando desde ahí inútilmente que nos pusieran un rock, arrojándoles piedras y uno que otro gato a los del sonido y después a correr… Una vez, después de una degustación de finas yerbas, las cuales eran cultivadas en el mismo campo del Club de Golf el Chapulín (lo que le costaría la chamba al mismo Betín años más tarde) me pidieron que los dibujara en la pared de su recamara (el Beto, el Chaco y la Leo si tenían su recamara y eso era fantástico para nosotros). Se pusieron a contra luz y yo remarqué el contorno de las sombras y después cada quien se auto iluminó a su gusto (como las vacas que pusieron una vez en la avenida Reforma del D.F. pero como veinte años antes, ja, ja,), yo me quede así como me dibujé, solo con las líneas y una que otra sombra, y no por pretensión de artista, sino porque me había cansado de trazar. “¡Que flojo eres!” me dijo La Leo, “luego vienes a terminar”. Pero ya no lo hice, así me quedé para siempre. No se si ya lo borraron, lo más seguro es que sí, pero yo creo que nunca lo olvidaremos, siempre lo llevaremos en nuestro subconsciente, bueno al menos yo. Después de eso, creo que no me despedí de ellos cuando entré al ejército y luego nos cambiamos de casa. Recuerdo haberles dicho un día “sale, luego nos vemos”; y si, si los vi, pero ya como padres de familia, calvos y ya en otra onda con sus doñas y dones. Un día de 1988 que fui a visitar a mi mamá a su trabajo, me encontré al “Chaco” y fuimos a su casa, de lejos vimos a Lucio recargado en la pared de una cancha de futbol, no recuerdo a los que estaban con él, pero de lo que si me acuerdo es que me gritó y me levantó la mano haciéndome señas que fuera con él, pero Isaac no me dejo, me dijo que había cambiado mucho y que le había dado por tomar alcohol en exageración. Esa fue la última vez que lo vi, porque en la navidad de ese año, en una posada-redada callejera, unos policías lo mataron afuera de una casa. Creo que lo confundieron con unos rufianes solo por su look ñero, nunca supe porqué, ni lo que me quería decir aquella vez en la cancha de atrás de la iglesia, pero siempre viviré con esa duda, se que algún día me lo dirá cuando volvamos a escuchar el lado oscuro de la luna. No saben que gusto me va a dar verlo otra vez, ojalá y Sid Barret ande por ahí… Remember when you were Young You shone like the sun Shine on you crazy diamond Now there’s a look in your eyes Like a black holes in the sky Shine on you crazy diamondAhhh… olvidé mencionar que solo tenía 18 años cuando falleció y que esta canción no viene en el Dark side of the moon, ni Sid Barret canta ahí; pero gracias a Pink Floyd por formar parte de mi vida y la de todos.

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