Para leer la primera parte de esta historia de la no historia, haz click aquí.

Para Lumi

Viendo que la vida en Guadalajara se volvía cada vez más insoportable, sobre todo en el aspecto económico. doña Victoria, madre de Lucha, determinó que lo mejor era huir de ahí. Llegó a la casa de una pariente suya —tía de Lucha, curiosamente también de nombre María—, con quien Lucha se llevó muy bien, y también entabló amistad con Meche, la hija de su tía; las dos se hicieron amigas inseparables.

Una vez ahí, instalados en una vecindad de la capital, Lucha Reyes encontró, aparte de la comodidad, a la figura materna que no tenía en casa, y que nunca tendría, porque su mamacita de inmediato la botó a ella y a su medio hermano Manuel y se fue a darle gusto al trago y vaya usted a saber a qué otras cosas más.

Así, poco a poco, entre cariños, mimos, risas y apapachos, Lucha empezó a recuperar la voz y se dió cuenta de que también podía reírse a carcajadas. No necesitó de medicamentos, ni tratamientos, todo lo que necesitaba era amor (aunque suene a título de canción). Pero esta no sería la única vez: ya más grande, Lucha perdió su voz una vez más.

En la nueva familia de Lucha estaba también el tío Florentino, esposo de su tía María. El tío Florentino era un músico profesional que tocaba el clarinete. Lucha lo admiraba porque, según cuentan, había trabajado para el general Álvaro Obregón. Fue gracias al tío Florentino que a Lucha le entró el gusto por la música; le enseñaba solfeo en la vecindad, ya que no pudo aprender letras. Debido a su carácter fuerte, duró sólo un día en la escuela, cuando cursaba segundo de primaria. La dieron de baja porque se ponía a canturrear en el salón a media clase, portándose muy grosera con la maestra, y como a la tía María no se le antojó inscribirla a otra escuela —pensó que el hecho de no estudiar después de todo no era tan malo—, se le hizo normal mantenerla en la vecindad. Total, la mayoría de las chamacas no estudiaban; se dedicaban a los quehaceres del hogar, y algunas hasta trabajaban, cosa normal por aquellas épocas (y no muy lejos de la realidad actual). Entre ella y su esposo decidieron preparar a Lucha para la cantada, pues no servía para otra cosa, ya que ni en los trabajos duraba. Pero sí alegraba la vecindad con su voz, la cual se mezclaba entre los gritos de las doñas, los ladridos de los perros hambrientos y el llanto de los niños lombricientos.

El verdadero golpe de suerte llegó una vez que Lucha, cuando caminaba rumbo a la Plaza de San Sebastián a dejarle la comida a su hermano, vio un cartel pegado en una pared mugrienta. En él se invitaba a la población a participar en un concurso para ganar un contrato en la carpa del salón variedades —se le decía carpas a ese espacio cultural donde la gente asistía a ver a los cómicos, obras de teatro, espectáculos musicales y hasta funciones de box, donde el toldo y paredes eran de lona gruesa y a prueba de agua, soportados por tubos, palmeras y otros detalles inimaginable que sólo el ingenio mexicano puede hacer; de ahí el nombre—. Así que, a sus 13 años, después de cantar dos canciones de su elección, Lucha gana la justa.

Su futuro, sin embargo, se volvió a empañar cuando padeció un cuadro de tifoidea, lo que le preocupa mucho, sobre todo porque perdió la voz nuevamente, a unos cuantos días del debut. Aunado a eso, se le cae el cabello en grandes cantidades, posiblemente un efecto secundario de un medicamento, pero eso no la detiene en su afán de debutar como cantante de carpa y le sirve para prepararse más, mejorar su voz. Aun en cama, Lucha ensaya, tanto con su tío como con su primo Florentino, que toca el violín, cómo distinguir las notas y sonidos, como un juego de adivinanzas que a ella le gusta. Así aprende a tener buen oído para la música. Mientras tanto, la tía María buscaba un remedio para la caída del cabello, pero como no pudo encontrar cura definitiva, y confiada en que la cabellera crecería de nuevo, y tal vez hasta más bonita, rapa a Lucha por completo.

Gracias al medicamento, a los cuidados y sobre todo a la dieta a base de tortillas gruesas empapadas de aceite y rociadas con azúcar —la enfermedad dejó a nuestra artista más flaca y débil—, Lucha se recuperó muy bien, sobre todo de la voz, que volvió más firme, más llena, con un timbre hermoso. Así, con uno de los dos vestidos (para que no se aburriera ella, ni el público) fabricado por su fan número uno (su tía María), Lucha se puso una peluca y, perfectamente maquillada por Yolanda, la joven coqueta de la vecindad, emulando a aquellas adelitas heroínas de la revolución, se lanzó al ruedo como las meras valientes.

Antes de salir, Lucha recibió la bendición de su tía y algunos consejos. Echó un último repaso a su vestuario y maquillaje, al peinado, uno que otro gorgorito. Alta como era ella, se veía muy elegante. Fue presentada como “la cantante más joven del ambiente: María de la Luz Flores Aceves”. De esta forma debutó en la carpa del salón variedades, en el receso de las peleas de box, entre contienda y contienda, aventándose un repertorio de canciones de campo y de salón, de corte finolis, esas que debían ser aceptadas por el público. A pesar de la emoción de las peleas, el público le puso mucha atención a Lucha y disfrutó del espectáculo. Ella a su vez descubrió en los ojos de los asistentes una chispa, algo difícil de describir, pero ella entendió el mensaje: a la gente le gustaba su voz, las canciones. Sintió que se mareaba de la emoción, sentimiento, calambres. Sin pensar nada, despertó del trance con fuertes aplausos y ovaciones. Como buena profesional, agachó la cabeza para agradecer, sintiendo dicha y paz. Al fondo, su tía sonreía. La emoción le duró los seis meses (del 1 de Octubre de 1919 al 31 de marzo de 1920) que duró el contrato.

Durante el tiempo que Lucha cantó en la carpa, conviviendo con mujeres más grandes y más “vividas”, aprendió también las cosas malas de la vida; porque, como dicen en mi barrio, la mejor de las escuelas está en la calle, y pues sí, puras cosas negativas les aprendió, como la bebida. Es irónico que teniendo una madre alcohólica, a quien odiaba con todo su ser, Lucha simpatizó inmediatamente con el ron y el tequila, porque ya era costumbre regresar de sus presentaciones acompañada de algún galán en turno y totalmente ebria. En una de esas, al llegar a la casa de su tía, se encontró de frente con Doña Victoria, que de inmediato reclamó sus derechos y se la llevó a rastras para el cuarto que rentaba. Pero Lucha no duró mucho. Ilusa, Lucha pensó que su mamá, ya con su presencia, iba a cambiar, pero no fue así. Entonces decidió irse para siempre. A inicios de 1922, a la edad de 16 años, completamente sola, Lucha agarró un tren con destino a Los Ángeles, a probar suerte, y vaya que la tuvo. Pero también le cayó más dolor, llanto y sufrimiento. ¡Ay dolor, ay esperanza!

Por Alex Fulanowsky

(No se pierda el gran final de esta Historia de la no Historia, la próxima semana. Gracias.)

Comments

comments