Por Kaizar Cantú

Alguna vez me puse a pensar sobre lo triste que debe ser la vida para los hombres de Estado, particularmente la de aquellos que han pasado (o están pasando) a la historia por su villanía o, en el peor de los casos, su incompetencia.

Merkin Muffley, el presidente burócrata de Dr. Strangelove, se rehúsa a presionar el botón que lanzará el primer ataque de una guerra nuclear por temor a ser recordado como el hombre que tomó la decisión de incendiar el mundo. Por supuesto, parece ignorar que si desata el fin de la civilización, no habrá memoria que lo recuerde ni libro alguno en el que su nombre aparezca impreso entre párrafo tras párrafo de infamia. Pero creo que, incluso si tuviera en mente la posibilidad de un mundo devastado casi en su totalidad por el peso de uno de sus dedos, aquel hombrecillo sufriría, por las noches y durante sus momentos de silencio, la pena de aparecer en las pesadillas de otros, de ser la cara y el nombre que hacen eco en el aire cuando se habla del apocalipsis nuclear.

Porque en la Historia abundan los demonios de caras discernibles y nombres pronunciables. Y todos ellos, como dicta el relato del hombre que dice sus plegarias justo antes de convertirse en una de las criaturas que acechan la noche, no eran más que seres mortales, de carne y huesos que se pudren, antes de ser devorados por el peso de sus propios actos a la luz del recuerdo y el lenguaje.

No es difícil imaginarse a un Stalin o a un Mussolini, a los peores hombres y mujeres de nuestra existencia, bañando las praderas con la sangre de cientos o miles o millones con la esperanza de que lo que hacen sirve un fin mayor que la vida de todos esos o incluso que la propia, un fin que les ganará un lugar privilegiado entre todos los demás mortales que se pierden en la inmensidad del tiempo. ¿Qué nos dirían todos ellos si pudiéramos hablar con sus fantasmas y mostrarles en lo que se han convertido? ¿Qué harían si supieran que para nosotros no son más que signos con los que articulamos el horror de una época y la maldad que anida en los intestinos de nuestra especie? Me los imagino vistiendo sus ropas reales o sus uniformes, todos de un azul cenizo y medio formados porque son vapor, como en algunas caricaturas. Tal vez nos escucharían con cuidado, mirándonos con la fatiga de la muerte mientras leemos en voz alta pasajes pertinentes de alguna monografía. Luego su rostro se iría deformando poco a poco y con mucha facilidad, porque son vapores, torciéndose en una mueca que pronto se volvería una espiral en cuyo centro se van hundiendo unos ojos, una boca, una nariz.

Nadie se salva de su debido juicio. Los libros están llenos de nombres que se han ganado la infamia y tal vez un poco más. Ninguno de ellos merece perdón ni perspectiva que justifique sus actos. Lo único que les debemos es un espacio en la memoria, por mucho que nos duela la presencia de su imagen. Sin embargo, no puedo evitar sentir aunque sea un dejo de tristeza al pensar en todos ellos y todas ellas, en el peso que supongo es convertirse en una mancha, indeleble y aterradoramente oscura, entre las páginas que componen ese vertiginoso libro que define a las naciones y a la especie.

No sé. Quizá ando algo sentimental.

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