¿A dónde se fueron los cholos de antes?

Por Irene Trejo

Fotografía de Laura Barragán

Chihuahua, norte de México. Sabemos lo que el estado evoca en la cabeza de muchos hoy en día: guerra, sangre, inseguridad, violencia y drogas, tal vez un buen burrito de frijoles. Historias que anteceden todo esto se encuentran prácticamente olvidadas o han mutado en algo que acabamos asociando con lo que vino después. Las historias, sin embargo, ahí están.


Fue con el fin de saciar mi curiosidad y saber lo que ha sido de una tribu urbana ya escasa pero aún característica del estado que reuní a siete cholos, de la que ellos llaman “última generación”, en el comedor de mi prima.


Contactamos al amigo del hermano de una amiga que una vez, hace unos 10 o 15 años, la había llevado a una fiesta chola, cuando estaban en su mera época. Él nos ayudo a reunir más banda que quisiera hablarnos sobre lo que verdaderamente ocurrió con los cholos, lo que es de los pocos que quedan en la ciudad y sobre las nuevas generaciones.


La cita era a las 8:00PM. Honestamente, unas horas antes yo y mi prima no sabíamos ni que esperar. ¿Tener miedo? ¿No tener miedo? En fin, Andy (nuestro contacto) es de confiar y supusimos que no nos iba a traer cuchillazos a domicilio. Sonó el timbre. Llegaron.


A pesar de ahora tener unos 35 años, los pantalones anchos, accesorios toscos, las gorras, los piercings y los tatuajes seguían formando parte de ellos, y creo que lo seguirán haciendo hasta que la vida se los permita (aunque nos dijeron que a veces sólo lo permite los fines de semana). Nos saludamos y nos sentamos. Les ofrecimos una cerveza, un cigarro y, sin decir nada, se presentaron.

Entonces todos comenzaron a hablar sobre lo pasado y todo lo que los hizo y aún los hacía ser cholos.


Todo inició hace aproximadamente cinco décadas, cuando, gracias a la influencia de nuestros adorados vecinos y compadres de los Estados Unidos, nació una de las más grandes y fuertes (en todo sentido) tribus urbanas en nuestro país. Al ser Chihuahua, y en especial Ciudad Juárez, una de las zonas donde ambas culturas de cierta forma se fusionaban, surgieron los cholos. Debido a distintas influencias, entre ellas películas de los años 70s, como Noches de Boulevard y American Me, colonias de la capital de Chihuahua comenzaron a ser protegidas por bandos de estos personajes tan característicos. Estos bandos pertenecían a diferentes barrios; algunos de ellos eran El Palomar, San Pedro y Londres (mis nuevos amigos protegían algunos de estos). Todos compartían una forma de pensar y ver la vida, pero en sí, lo que realmente los hacía -y hace- sentirse cholos es su código moral más importante: el carnalismo. Ser cholo era algo que venía desde que iban en la secundaria, donde el uniforme delataba a qué bando pertenecían, a quién había que defender y quién era el enemigo. Ya más grandes, el asunto iba cambiando y poniéndose más rudo.


“En la glorieta dábamos el rol los fines de semana, pisteando. Los carros representan gran parte de nosotros, en especial el Impala. De carro a carro se calentaba el pedo y se armaba la pelea con cadenas, cuchillos, cables, llaves. No había límites…”.


La peor influencia provenía de Estados Unidos, donde, me contaron, sacan hasta cuetes o metralletas y matan gente.


“Nos rozan, pero la cultura mexicana es más firme y más derecha. Así como los mariachis, los cholos.”


Eran jóvenes que querían pertenecer a algo, hacer cosas prohibidas y sentir el rush de adrenalina. Todo esto sin olvidar la base de su cultura, que ponía por delante de todo el proteger, ser compas y respaldar a sus amigos y familia. Pero nunca se podía ignorar las ganas de demostrar quién era el más chingón de todos, costara lo que costara.


Este grupo de hermanos cholos se conoció en un pleito de barrios. Los unió la la fidelidad que se demostraron en el campo de batalla. Y sí, en verdad se sentía cómo habían formado una relación que va más allá de todas las experiencias que habían vivido juntos. Ser cholo no es una cuestión de pura imagen. Claro que si los ven todos tatuados y con el uniforme los van a respetar y probablemente a temer, pero es más bien una cuestión de unión, de actitud (antes, la de estar jugándose la vida constantemente).


“Tuvimos diferentes etapas. En nuestra buena época nos valía madres, hacíamos pendejadas. Había varios detonantes, como irte sobre las morras de otro barrio. Te topabas con cholos y tronaba el pedo: te quitaban el pantalón, te pegaban, se hacía un desmadre… Tenías que cuidarte y andar zorra, como las zorras cazando. Se van chingando todos por el orgullo y la pasión del cholo. Uno muere y van tres a desquitar. Pasaban muchas cosas porque querías andar de cholo. Unos iban a parar el bote, unos al panteón y otros optaron por mejor desaparecer”. Yo optaba por aguantarme la pipí.


Me contaron cómo hacer cosas malas se volvía adictivo: robar, golpear, provocar y matar. Pero esto iba de la mano con algo más, pues fue poco después que comenzó la verdadera adicción, y todo se desplomó. Llegó a sus vidas una epidemia de heroína. Muchas cosas dejaron de importar. Entre todos los barrios se ayudaban a conseguir droga y se perdió la rivalidad. La nueva división era que unos vendían y otros consumían. Iban al barrio de a lado para conseguir aquello que los haría sentirse bien.


“La heroína acabo con los verdaderos cholos, así como con los punks. Unos se envolvieron hasta el fondo”.


Pasaron a ser pandilleros, narcos; hacían cosas fuera de la ley por su adicción. Era una carga todavía más fuerte de adrenalina, pues aún teniendo la droga, querían seguir robando o hacer algo porque se sentían bien y de paso conseguían dinero para continuar comprando.


“Cada vez quieres hacer algo más arriba. Empiezas tumbando a la raza, y tus compas te van poniendo a prueba. El maestro siempre quedaba hasta abajo porque el que aprendía quería más: más cosas, más gramos. Hasta llegar al picadero y tocar fondo”.


Actualmente existen pocos cholos. Ya no hay códigos ni barrios, se han perdido el sentido de respeto por tu carnal y la hermandad.
“Lo que ha cambiado son los códigos morales y lo que quieres de la vida. Ahora ya sólo se trata de mi troca, mi droga”.


Ahorita podría decirse que ya todos son de nada más ir a amenazar. El narco se llevó a los superficiales, a los que ellos describen como “no leales”.


“Los cholos de hoy son como lo que dice un corrido; quieren ser como ese wey”. Después de la heroína, fue eso.


Andy me compartió su historia en particular:


“A los 20 probé la heroína y perdí los valores y el objetivo; ya no eran lo más importante del mundo. Una vez me fui a Ciudad Juárez, donde es más fuerte la cultura chola. Fui a una fiesta y me llevé una dosis para aguantar hasta el siguiente día. Los demás chavos decidieron quedarse el fin y yo no tenía la cantidad necesaria para durar más. Me fui, caminé tres horas por los barrios más cabrones preguntando por la droga sin importarme ningún riesgo; además lo hice vestido cholo, que era como retarlos y una auto-sentencia de muerte. A mí no me importó. Yo veía y, ¿¡no mames, cómo andaba ahí!? Estaba en unas tapias con los malandros, pero pues la necesidad. Y justamente por la necesidad me trataron bien; después me tuve que ir. Cinco años atrás no habría hecho eso ni jugando. Así de cabrón estaba.


“La droga nos esclavizo y fuimos zombis. Cada día era una rutina para poder caminar; es una necesidad física muy cabrona. Se perdieron los valores que es lo que nos hacía diferentes. Murió más de la mitad de los cholos en los barrios.


“Me fue muy difícil dejar la heroína. Estuve en rehabilitación varias veces, hasta que vi que eso no era vida: es monótono y deprimente. Pasó mucho para darme cuenta. Ahora me dedico a tatuar y en cierto modo todo está bien. Evolucioné”.


Los cholos de ahora defienden una bandera, no un territorio. Hoy en día, un cholo pelea un barrio que rebasa todas las fronteras; están en Estados Unidos, México y el resto de América Latina. Realmente todo se fue dando gracias a las pandillas dentro de la cárcel.


“Nos han tocado los sicarios. Gracias a dios a nosotros nos ha dado otra oportunidad la vida y salimos”.


Este grupo en verdad quería que supiéramos lo que pasó y cómo lo vivieron. Los verdaderos cholos no solamente son una tribu urbana que lleva cierto estilo de vida, ser cholo involucra muchas cosas. Detrás de todos los estereotipos y violencia hay una base solida de hermandad y fidelidad que aún los sostiene. Era una violencia diferente, no del todo justificable, pero que sí tenía razones más personales que la droga y todo su negocio. Sin embargo, fue debido a la situación que tuvieron que cambiar para trabajar y adaptarse a la sociedad.


“Para algunos, la evolución fue una profesión; para otros, el narco; para otros más, la muerte. Somos pocos los cholos que quedan tal y como se conocía antes, con el carnalismo. Pero realmente estamos orgullosos de los que somos”.

 

Comments

comments