Por Indira Kempis

Todavía recuerdo el día que me dí de alta mi cuenta en esta red social, me desconcertaba eso de estar “conectado” y ser “amigo” de personas que apenas si conocía. Pero hace casi 10 años resultaba interesante observar nuevas formas en que nos podíamos comunicar sin necesidad de vernos a los ojos. Tiempo después se convirtió en el tema de mi tesis de una de mis maestrías y desde entonces, aunque he tenido ganas de cerrarla sigo observando qué sucede.

Principalmente, elegí esta red por ser una de las más viejas, además porque ha sido clave de procesos sociales importantes en el mundo global. Rompió en su momento el gran paradigma de las jerarquías en la comunicación y lo hizo tan bien que hoy para la misma empresa representa un reto tecnológico y financiero mantener el ritmo de su primera innovación.

Zygmun Bauman, el filósofo alemán reconocido autor de Tiempos Líquidos, admitió en una entrevista la popularidad de Facebook y de su creador Mark Zuckerberg, a tal grado que menciona que éste se convirtió en un revolucionario sin pretender serlo. Facebook, estigmatizada también por la administración y confidencialidad de sus datos, ha sido un espacio pilar para las grandes movilizaciones en el mundo. No hay duda.

Sin embargo, a pesar de convertirse en ese eje de intercambio colectivo, Bauman menciona enfático su preocupación por sociedades que caen en el juego de la interacción casi espontánea sin sentir o reflexionar al respecto. Por tanto, también nos insensibilizamos ante nuestra condición humana, dejándola al mero contacto computacional sin pasar al terreno de las relaciones humanas, que es muy distinto.

Las declaraciones de este autor, a pesar de que no tiene cuenta en Facebook, no están lejos de lo que seguramente los usuarios hemos experimentado en algún momento. Hace unos días, por ejemplo, encontraba esto en un estatus:

Me preocupa el poder de una inconsciencia individual que, gracias a las redes sociales, la transforma más rápidamente en colectiva. Ahora cualquier nota con una sensación de búsqueda de justicia, ya ni siquiera es sometida a prueba para verificar si es cierta. Una vez más, la emoción… el no reflexionar primero… el impulso… gana.

Que si el papá se robó a las niñas. Ayuden… compartan… Hagamos justicia.

Que si un taxista quería comprar los órganos de sus pasajeros. Denúncienlo. A la hoguera.

Que si cierto producto produce cáncer… No lo consumas…

Yo me pregunto: ¿Ya me tomé la molestia y el tiempo para verificar que lo que comparto es en verdad?

Admito que me clavé tanto en este texto que ni siquiera puse atención a quién lo escribió… Eso es justo lo que pasa cuando las personas no leemos con claridad mental lo que estamos viendo en la pantalla. Si bien las redes sociales pioneras como ésta están marcando a una generación de los “140 caracteres” también tenemos que repensar el reflejo o proyección de lo que somos en la realidad real, valga el pleonasmo. Así como la clase de “likectivismo” que hemos creado. Por un lado somos mensajeros con mensaje integrado, pero por otra si no somos capaces de investigar o mirarnos a los ojos para establecer esa relación entre lo que leemos y lo que es, sino investigamos para verificar la información, también puede ser un perfecto paleativo “revolucionario” que de revolución no tenga más que las fotos compartidas sosteniendo pancartas que se llenan de un “me gusta” sin sentido ni fondo ni argumentos y mucho menos impacto en la realidad. Y mire que hay quienes pierden mucho tiempo en crear una burbuja virtual la cual si bien se alimenta del mundo real, no existe.

Sin duda, como sociedades digitales no podremos dar marcha atrás. Estas formas de comunicación ya son parte de una generación que está acostumbrada en su cotidianidad a ella. Incluso, en las comunidades indígenas o las más alejadas, el internet con todas sus opciones están siendo transformadas, adoptadas y adaptadas una y otra vez. E incluso, hasta los más radicales y “contrasistema” tienen cuentas probablemente monitoreadas y no sólo por la CIA, basta conocer el flujo de las redes para saber que nuestra información una vez estando en internet no es de nadie y circula a tal velocidad que puede generar más desinformación que otra cosa.

Si no estoy a favor de la regulación estatal de las redes, debo de estar consiente de cada una de las implicaciones de tener una cuenta de Facebook o cualquier otra red social virtual. Nosotros tenemos el poder de autoregularnos, así que para la próxima que lea lo que lea, pregúntese dos, tres o las que sean necesarias, si lo que tiene ante sus ojos es realmente digno de llamarse verdad. Porque si ni siquiera es capaz de preguntárselo a sí mismo, no quiero imaginar para qué se está usando esta información, incluyendo la de esta columna. 

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