Bueno, después de unos cuantos días con el cerebro en blanco, me he despertado esta mañana y allí estaba el título, me había llegado en sueños: Los poemas de la última noche de la Tierra. Se ajustaba al contenido; poemas que hablaban de la finitud, la enfermedad y la muerte. Mezclados con otros, por supuesto. Incluso algo de humor. Pero el título funciona para este libro y para este momento. Una vez que tienes el título, todo ocupa su sitio, los poemas encuentran su orden. Y el título me gusta. Si yo viera un libro con un título como ése lo abriría e intentaría leer unas cuantas páginas. Hay títulos que exageran para atraer la atención. No funcionan porque el engaño no funciona.

Bueno, eso ya está despachado. ¿Y ahora qué? Otra vez con la novela, y más poemas. ¿Qué pasó con el relato corto? Me ha abandonado. Hay un motivo pero no sé cuál es. Si me esforzara podría encontrar el motivo, pero esforzarme no serviría de nada. Quiero decir que ese tiempo lo puedo usar para la novela o los poemas. O para cortarme las uñas de los pies.

Saben, alguien debería inventar un cortaúñas decente para las uñas de los pies. Estoy seguro de que se puede hacer. Los que nos ofrecen hasta ahora son realmente incómodos y descorazonadores. Leí en un sitio que un tipo, un vagabundo, intentó asaltar una tienda de bebidas con un cortaúñas. Tampoco a él le funcionó. ¿Cómo se cortaba las uñas de los pies Dostoievski? ¿Van Gogh? ¿Beethoven? ¿Se cortaban la uñas de los pies? No lo creo. Yo le solía pedir a Linda que me las cortara. Lo hacía de maravilla; sólo me pillaba la carne de vez en cuando. Por lo que a mí respecta, ya he soportado bastante dolor. Del tipo que sea.

Sé que voy a morirme pronto, y es algo que me parece muy extraño. Soy egoísta, me gustaría seguir con el culo aquí, escribiendo palabras. Me enciende, me lanza por el aire dorado. Pero, la verdad ¿durante cuánto tiempo podré seguir? No está bien seguir así para siempre. ¡Qué demonios!, la muerte es la gasolina que alimenta el depósito, en cualquier caso. La necesitamos. Yo la necesito. Vosotros la necesitáis. Llenamos esto de basura si nos quedamos demasiado tiempo.

Lo más extraño, para mí, es mirar los zapatos de la gente después de que se muere. Es la cosa más triste que hay. Es como si la mayor parte de su personalidad permaneciera en los zapatos. En la ropa no. Está en los zapatos. O en un sombrero. O en unos guantes. Coges a una persona que se acaba de morir. Pones su sombreo, sus guantes y sus zapatos en la cama, y los miras, y te puedes volver loco. No lo hagáis. De todos modos, ellos ahora saben algo que tú no sabes. Tal vez.

Hoy ha sido el último día de carreras. He apostado en las apuestas entre hipódromos, en Hollywood Park, por Fairplex Park. He apostado en las 13 carreras. He tenido un día de suerte. Salí totalmente refrescado y reforzado. Ni siquiera me he aburrido allí hoy. Me sentía lleno de energía, conectado. Cuando estás arriba, es cojonudo. Te das cuenta de cosas. Volviendo en el coche, por ejemplo, te fijas en el volante. El salpicadero. Te da la sensación de que estás en una maldita nave espacial. Zigzagueas entre el tráfico, con pericia, no con zafiedad; calibrando las distancias y las velocidades. Tonterías. Pero hoy no. Estás arriba y sigues arriba. Qué extraño. Pero no intentas resistirte. Porque sabes que no va a durar. Mañana no hay carreras. Las de Oaktree son el 2 de octubre. Las carreras se suceden sin parar, corren miles de caballos. Es algo tan ponderado como las mareas, y parte de ellas.

Hasta sorprendí al coche de la poli, siguiéndome por la Harbor Freeway en dirección sur. A tiempo. Reduje a 95. De repente, el poli se me descolgó. Me mantuve a 95. Casi me había sorprendido a 120. Odian los Acuras. Me mantuve a 95. Durante 5 minutos. El poli me adelantó a 140. Adiós, amigo. Odio las multas, como todo el mundo. Tienes que usar continuamente el espejo retrovisor. Es sencillo. Pero al final te acaban pillando. Y cuando lo hagan, ya puedes alegrarte de no estar borracho o colocado. Si es que no lo estás. En cualquier caso, ya tengo el título.

Y ahora estoy aquí arriba con el Macintosh, y tengo este maravilloso espacio delante de mí. Suena una música terrible en la radio, pero no se puede esperar un 100% todos los días. Si consigues un 51, has ganado. Hoy ha sido un 97.

Veo que Mailer ha escrito otra enorme novela sobre la CIA y etc. Norman es un escritor profesional. Una vez le preguntó a mi mujer: “A Hank no le gusta lo que escribo ¿verdad?”. Norman, a pocos escritores les gustan las obras de otros escritores. Sólo les gustan cuando están muertos, o si llevan mucho tiempo muertos. A los escritores sólo les gusta olisquear sus propios zurullos. Yo soy uno de ésos. A mí ni siquiera me gusta hablar con escritores, mirarles, o —peor todavía— escucharles. Y lo peor es beber con ellos; se babean de arriba abajo, son realmente patéticos, parece que anden buscando el ala protectora de su madre.

Prefiero pensar en la muerte que en escritores. Mucho más agradable.

Voy a apagar la radio. Los compositores a veces también la cagan. Si tuviera que hablar con alguien creo que preferiría, con mucho, a un técnico de ordenadores o al director de una funeraria. Bebiendo o sin beber. A poder ser, bebiendo.

Por Charles Bukowski

*Fragmento de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998).

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