¿Cada mascota es un reflejo de su dueño?

Por Laura Carolina Herrera

Ilustración por Cristina Guerrero

I

Regina quiere mucho a sus bebés. Es una mujer risueña, de piel bronceada, con dientes inmaculados y pelo castaño muy largo. El día que cumplen años Azul y Ámbar, sus dos perritas chihuahuas, les organiza unas animadas fiestas caninas.

Me reuní con ella el 27 de octubre de 2013 en su casa. Esa tarde tomamos té y me mostró en su tablet las fotos de los festejos de sus perritas. Las fiestas caninas siempre son en casa. Como Azul y Ámbar nacieron en primavera, pueden festejarse en el jardín sin que el clima arruine el ánimo de los presentes. Los invitados reciben una invitación electrónica que ella misma diseña. Pone una fecha límite para las confirmaciones, y en base a eso se encarga de los preparativos. Los que acuden encuentran el jardín de Regina así:

Primero pasan bajo un arco de globos entrelazados con los colores que, supongo, son los favoritos de las festejadas, porque hacen gala de sus nombres. Después saludan a Regina y felicitan a las cumpleañeras, luego pasan a dejar el regalo en una mesa rectangular y eligen asiento en una de las dos mesas con mantelitos de encaje color hueso. Esto, por supuesto, lo hicieron los bípedos. Los perritos desde un comienzo llegaron a inspeccionar el jardín; sólo algunos se dejaron poner el gorrito festivo.

Cada mesa tiene un adorno al centro. Es una canasta rodeada con un listón ámbar (o azul) que contiene tres paletas de bombón en forma de huellitas de perro, dos pelotas de plástico, cuatro huesos artificiales color café atados por un listón y un perrito de peluche. El espacio libre está relleno con chocolates Snickers que, supongo —junto con las paletas— son para los amigos de Regina, porque se ocupan manos para desenvolver las envolturas.

Como ninguna piñata puede estar exenta de dinámicas, Regina nos tiene juegos. El jardín está rodeado por recipientes transparente llenos de pelotas de tenis color azul y blanco y otras también blancas pero con el impreso de dos huellas miniatura color ámbar. Los humanos lanzan las pelotas, los perritos las regresan; al humano no le parece bien tocar fluidos salivales con la mano con la que está comiendo su quequito de perrito fondant. Se acaba el juego cuando se agotan las pelotas de los recipientes. Los perritos se quedan mordiéndolas.

Hay platitos de croquetas de colores y huesos Milk-Bone. De postre hay golosinas Bark Bars (como una barra de Hershey’s, pero no es chocolate). Las festejadas y sus semejantes no comen pastel, pero sí se toman fotos con éste y sus velitas azules en forma de hueso encima.

Regina me dijo que, además de Azul y Ámbar, había otros cinco perros, todos de complexión pequeña. Le pregunté si invitaba a amigos que no tuvieran canes.

—Sí, pero les tienen que gustar los perros. Obvio.

Cuando se terminaron el álbum y la narración de Regina, supongo que mi rostro estaba iluminado por la curiosidad saciada, pero oscurecido al no saber qué opinar. Es la primera vez que veía algo así y aún estaba callada. Ella se dio cuenta.

—Jajá, ya sé, estoy enferma.

Le dije que no… Bueno, que no sabía.

II

Naciste como una villa que el futuro acogió

Las primeras familias ricas nuevoleonesas vivían en la calle Zaragoza y junto a las calles de Hidalgo, Morelos y Padre Mier. Las familias de menores ingresos —por conveniencia laboral— empezaron a establecerse cerca de esta zona. Las calles Matamoros, Allende y 15 de Mayo ya eran territorio turbio y ruidoso; artesanos, comerciantes, en fin, una saturación de gente se convirtió en señal de alarma para el buen gusto y la decencia: las grandes familias ricas tuvieron que trasladarse.

Los negocios y las industrias aseguraban el empleo de toda una población, pero la contaminación de la urbe era un obstáculo para el estilo de vida que las familias más importantes de Monterrey querían tener.

Así que, al otro lado de la loma, nuestras familias descubren el encanto de los paisajes de Garza García, que, hace 417 años, Diego de Montemayor, “El Mozo”, estableció como la Hacienda de los Nogales, que tres siglos después se convertiría en Villa, luego sería denominada municipio y, a partir de 1998, elevada a categoría de ciudad. La ciudad de San Pedro Garza García.

Sueños y promesas de superación
Te hicieron crecer con decisión
Familias y sus raíces, se arraigaron en ti…

Desde ese momento comenzaron a referirse entre ellos como “sampterinos”. Junto a esta denominación también germinó un sentido de identidad y pertenencia exclusiva entre los habitantes de estas latitudes. Es decir, ya no sólo se hacía énfasis en el contraste socioeconómico con los demás municipios, sino que, por ingenio propio, empezaron a pulirse como arquetipo del ciudadano distinguido y noble, o en palabras de María Teresa García Segovia de Madero: “los sampetrinos aportamos ideas creativas y trabajo fecundo, generamos una cultura política y social que ha hecho de la democracia una experiencia vivencial en un marco de libertad y de justicia que fundamenta su estructura en la solidaridad y subsidiaridad”.

Los sampetrinos tienen una obsesión por la novedad, por todo aquello que represente una tendencia y que los evidencie como ciudadanos del mundo. Esta visión cosmopolita de adoptar los últimos cambios del momento como filosofía de vida me lleva a cuestionarme hasta qué punto el prestigio y la frivolidad definen su comportamiento estético y social.

III

Se trata de comparar el pedigrí, lo hace una competencia. Es más interesante, jajá.

Me lo dice sonriente y tintineando los hielos de su vaso de whiskey con naturalidad, o con muy ensayada técnica.

Una amiga, novel actriz, y su equipo de trabajo pidieron permiso a los dueños de una residencia en la zona más acomodada del sector Garza García para grabar un corto dentro de su propiedad. Mientras ella terminaba de grabar las últimas escenas, yo tuve que esperarlos en el recibidor.

De esa visita voy a recordar dos cosas: el aroma a sándalo y vainilla que se impregnaba en el espacio interior y las palabras del dueño más joven de la casa después de que le pregunté sobre los dos perros que aparecían en una de las fotografías que adornaban las mesitas de caoba y los muebles de marfil. El joven abandonó el recibidor para guiar a mi amiga y a su equipo por la casa (cerciorarse de que no se robaran nada). Su manera de andar, de hablar y expresarse acerca de los perros despedía la característica pero ineludible esencia de los que son parte de las familias que se posicionan en el ranking de las más ricas de México.

Sierras y valles se juntan aquí
Para ser tus fronteras
Y el lecho de tu fundación…

Calzada del Valle, un café, un conocidísimo establecimiento de café. Corredores (o escultores del cuerpo), modelos y princesas. Argentinos con sandalias romanas (o italianas, que para el caso es lo mismo), fumadores de piel exquisita, patinadores, tenis, iPhones, muchos. Un juego: la seducción del verse joven y creerse joven; mujeres de entonación ronca, hombres de shorts y micas de marca, sonriéndose. La maravilla de entenderse sus referencias, su humor y su condición. En fin, el encanto que se descubre mientras se espera y se observa en una mesa exterior del Starbucks de Calzada.

Mi entrevistada llega. Nora Valdés, de ascendencia polaca, con una pasión por la historia, y siendo sampetrina de nacimiento, es la cronista consagrada a su barrio, Centrito Valle.

Nora —así me pidió que me refiriera a ella— platica que el programa gubernamental San Pedro de Pinta es el “socialito” de los domingos. Todo se trata de un “a quién saludo y a quién conozco”. Pero también destacó sus cualidades, porque para ella San Pedro es sinónimo de seguridad, al menos en Nuevo León. Dice que es una forma de convivir para mucha gente, en especial para los niños y los ciclistas. Reconoce que como la zona industrial de la ciudad ha crecido exponencialmente, los espacios urbanos de este tipo se celebran. Además, San Pedro de Pinta es una oportunidad para los negocios. (El sampetrino no descansa, ni siquiera los domingos).

Me enumeró datos cualitativos sobre el estilo de vida del sampetrino. Evocó una añoranza por los tiempos pasados —orígenes de la elegancia y el buen gusto—, destacó la labor de los agentes municipales y condenó los prejuicios clasicistas. Aunque estuvo de acuerdo en el baile de máscaras que se interpreta en algunas tradiciones sociales, pero no generalizó.

Por otro lado, reconoció que hay una peculiar atracción por este municipio “porque las personas piensan que aquí la gente es más bonita, más rica. Todos quieren juntarse con gente así.”

—Dime cómo fuiste educado y te diré de dónde vienes.

La diferencia entre San Pedro y las otras ciudades “fresas”, me dice, radica en la forma de ser. En el D.F. hay lugares más bonitos, es más turístico y también vive gente con mucho dinero; acá no es que seamos más “fresas” ni cerrados, simplemente no fuimos educados bajo el mismo contexto cultural. Ellos son más extrovertidos, folclóricos y cálidos. “Nosotros no. No es por sangrones, pero somos más parecidos a los estadounidenses en ese sentido; somos más independientes, más educados, más corteses. Hay una constante necesidad de querer relucir los buenos modales.”

San Pedro Garza García es un lugar para vivir segura y cómodamente, pero el verle como una comunidad primermundista es una equivocación.

IV

Gente, Municipio de logros y afán
Trabajan para hacerte triunfar
Tu gente inteligente, ha escogido luchar

Parque de Bosques del Valle. Han pasado nueve razas de perros distintas. Nuestro primer cuadrúpedo, un husky siberiano, viene acompañado de una mujer de aproximadamente 35 años, rubia de tez bronceada y magnífico atuendo deportivo. Los dos trotan cinco vueltas al parque. Ninguno parece dejarse vencer por el cansancio.

El border collie es bicolor (negro y blanco). Es muy juguetón con su dueña, una mujer de 21 años con shorts y tenis Nike; su acento tiene el inconfundible tono rasposo de las fumadoras sociales. Su novio pasea un pastor australiano. Los dos caninos eran machos porque no dejaban de acercársele a una dorada cocker spaniel con correa rosa y collar brillante. Su dueña la estaba descuidando por una llamada.

El golden retriever es apenas un cachorro, prefiere jugar entre las piernas de su dueño que correr. Lo acompaña un hombre que parece estar en sus 20’s, de complexión mediana y con vestimenta más sencilla que los demás: unos simples pants, sudadera y tenis negros.

Una pareja de perros chihuahua no paraba de ladrar. Quizá perseguían algo entre el oscuro paisaje de esa hora apenas alumbrado por los faroles en cada esquina.

El protagonista de la noche llegó. Entre la poca luz que había pude distinguir un perro de tamaño descomunal; su fisonomía era impactante y su porte exquisito. No pude contenerme y dejé mi lugar de observación. Me tomó un rato alcanzarlos, pero una vez que estuve a menos de dos metros del imponente animal y su dueño, llamo a este último para tener su atención. A tan poca distancia, me arrepentí. El gran danés, el espléndido Fritz, era inmenso. Su amo, Alejandro, estudiante de último semestre en administración, medía casi 1.90 y tenía cuerpo atlético, por supuesto. Alejandro me advirtió que Fritz es muy juguetón y le gusta oler a todos. Me di cuenta.

—Ah, tocaste un tema sensible. A los ojetes de aquí no les importan sus perros. No los entrenan, no los cuidan como es debido y por eso son agresivos.

Alejandro alude a sus vecinos que sólo exhiben a sus perros como adornos y no se preocupan por ellos en cuanto a darles un estilo de vida adecuado, es decir, sacarlos a pasear y alimentarlos de acuerdo a la condición y estructura de cada perro.

A mediados del siglo XIX, en el Reino Unido, la cría de perros comenzó a practicarse como un deporte. ¿Las reglas del juego? Crear nuevas razas y perfeccionarlas. Los animales que antaño se desempeñaron como cazadores, vigilantes de ganado, guardianes de familias y nobles compañeros, se convirtieron en objetos de exhibición.

El aspecto físico fue la obsesión perenne de aristócratas y burgueses, y ésta trascendió muchos años después a las clases sociales más altas del municipio más rico de Latinoamérica.

El situar la estética por encima de la funcionalidad ha sido un tema muy debatido en todas las áreas, pero en el caso de los perros, ignorar las consecuencias que el ir contra-natura pueden provocar es una irresponsabilidad para el que se supone es el único animal racional.

El hombre puede hacer con su cuerpo lo que desee, puede decidir hacerlo; los perros no. El someter a estos animales a prácticas endogámicas para preservar el pedigrí no sólo es querer controlar una parte de la naturaleza, lo que vendría siendo la selección natural. Lo realmente preocupante es que al hacerlo se están modificando estructuras anatómicas y creando nuevas enfermedades congénitas. Como pequeñas criaturas de Frankenstein, pero estos sí salen bonitos.

Cuando se tiene conocimiento del árbol genealógico de cada cachorro que uno acepta en su familia, se puede predecir qué rasgos (altura, peso, tamaño, forma de patas, color de colas, etcétera) y qué patrones conductuales van a heredar de su ascendencia. El pedigrí es un control absoluto sobre la especie, pero es también una etiqueta.

Su valentía y nobleza sin parar
Han forjado un Municipio
Un pueblo ejemplar…

La moda sampetrina de mostrar a sus perros sólo por su pedigrí no es más que una extensión del narcisismo del individuo que desde niño está acostumbrado encontrar placer no sólo en mirar (las cosas armónicas, lo bonito, lo elegante, lo innovador), sino también, y más aún, en que lo miren. Este culto al “yo” se ve mediante ornatos-pertenencias, en este caso sus perros. La gracia y originalidad que son naturales en estos animales se pervierte cuando se conoce a los dueños (no a todos). Y es una lástima.

—Fritz es adoptado. Aunque no creo que encuentres aquí muchos perros adoptados. Son unos mamones que sólo van a casas de crianzas.

Los sampetrinos adoptan muy poco. Sus acuerdos de adopción son exclusivos entre amigos o conocidos por especificaciones del pedigrí de sus perros. Pero esto cualquiera lo sabe y no les importa, o lo aplauden.

—En el Sierra Madre son unos careros. Se aprovechan que no hay mejor sitio por la zona.

¿Será?

V

Las instalaciones del hospital veterinario Sierra Madre son, quizá, las mejores de todo Nuevo León. He visto cómo y cuántos pacientes atienden por día, sé qué marcas de productos de higiene, alimentación y entretenimiento venden, y además, por la zona en el que está ubicado, la afirmación sobre los costos de servicio elevados podría ser atinada.

Sin embargo, calumniarle de clasicista y ventajoso es un error. No hay discriminación cuando hacen las consultas; si son amables y profesionales, lo son con todos. Si hay un trato especial con algún perro, nada tiene que ver con la cartera del dueño, sino con su sensibilidad. Con gente demasiado apegada a su perro, lo mejor es seguirle el juego.

Lo cierto es que el Sierra Madre ha estado involucrado en programas de apoyo canino, han hecho donaciones importantes y ahí se han atendido casos que se clasifican como insalvables. El más reciente es el de Bali, can al que le arrancaron sus dos extremidades traseras, dejándolo en un estado muy grave (no sólo perdió la capacidad para moverse, por la magnitud de su caso, Bali podría ser dependiente a las medicaciones de por vida. Eso representaría un daño para su organismo interno). Bali fue operado en el Hospital Veterinario Sierra Madre. La prótesis que necesitaba fue donada por un médico sampetrino, y en este momento se está recuperando en el hospital.

Es evidente que tienen los recursos, pero también saben cómo y en qué utilizarlos.

Por otra parte, ¿es la gente de San Pedro irremediablemente frívola?

San Pedro, gran San Pedro Garza García
Hombres y mujeres hechos con fuerza y amor
Valientes que quieren verte crecer…

15 de enero de 2014. Conocí a Daniel A. Vázquez hace un par de meses. Él y su novia están involucrados en el rescate de animales. De hecho fue Sara quien recogió a Thor —perro amarrado de una pata trasera, atado y colgado de un tubo; ahí lo violentaron con un gato hidráulico en la cabeza y el torso— y lo llevó a su casa para curarlo y esperar su rehabilitación.

Daniel me contó de cuando creyó haber perdido a una de los canes que rescató y que ahora viven con él. Su favorita, la coqueta y cariñosa Biela.

Apenas empezaban como rescatistas. Sara estaba colaborando con una señora de Fundación Luca que tenía una labrador en un hogar temporal en Apodaca. El hogar temporal dijo que ya no podía cuidarla más. Sara le dice a Daniel que tienen que ir por ella porque si no la van a dormir.

Salen a Apodaca, recogen a la perra y se regresan a casa de Sara. Al día siguiente, Daniel se va al trabajo y recibe una llamada de su mamá preguntando por Biela.

En efecto, como en San Pedro “hay mucha seguridad”, a la puerta del patio nunca se le había puesto candado. Daniel no supo si la abrieron ellas (era cuando tenía las tres perras: Chula, Siete y Biela) o si alguien les abrió. El caso es que se escaparon las tres y Biela no regresó.

Había pasado mucho tiempo (unas 16 horas desde que se salieron rumbo a Apodaca), así que no tenía sentido buscarla. Hizo cartelones, los pegó en toda la colonia y se quedó viendo cómo los del municipio los iban quitando uno a uno.

—Y me enojaba. Y me dolía más. A los pocos días la di por perdida para siempre. Mi consuelo era que ya estaba esterilizada y no iba a criar más perritos.

Decidió no pensar en ella para que no le doliera.

Sara le habló un día, pasado un mes de que Biela se había perdido. En Adopta Monterrey subieron una foto de una perrita encontrada en Lomas del Valle y Alfonso Reyes.

Era Biela.

La había encontrado una chica que vive en Centrito Valle; no pudo dejarla en la calle. La agarró y la bañó, la metió en su casa y buscó a sus dueños.

Cuando se reunió con Daniel, la mujer no dejó que le diera una compensación, sólo le dijo que la cuidara bien. Daniel compró un candado, por supuesto.

VI

San Pedro, gran San Pedro Garza García
Templo del progreso de Nuevo León y
En México…

Lunes 18 de noviembre. Mercado de Garza Ayala y el Centro de Control Antirrábico del Municipio de San Pedro Garza García.

Frente a un parque con juegos desgastados y césped seco está el Mercado de Garza Ayala. Bajando por esa misma calle y antes de salir a la Av. Morones Prieto se ubica el Centro de Control Antirrábico.

La primera vez que fui a la perrera (o la antirrábica) de San Pedro, estaba cerrada por la conmemoración de la Revolución Mexicana. El lugar está rodeado por dos metros de alambrados metálicos con púas. Las camionetas que se encargan de recoger a los perros estaban estacionadas, pero no había señal de que en el establecimiento hubiera alguien. En mi labor de periodista —y sin poder hacer otra cosa— recorrí la parte externa del lugar. A primera vista la camionetas no se diferencian de las “convys” Chevrolet modernas. Sólo acercándote puedes distinguir que son vehículos de transporte canino por los dibujos de perros en sus partes laterales y traseras. En el costado derecho se puede ver el contorno de un bulldog, sin color y plasmado con la técnica de lo que se conoce como “tallado con un cuchillo” sobre la pintura blanca.

Escuché ladridos atrás de las rejas y los toldos azules que cubrían el interior del establecimiento donde guardan a los perros. Sólo pude ver a un dálmata y a un golden retriever negro asomados por entre los delgados hilos metálicos.

En el Mercado Garza Ayala, que, como todos los tianguis, ocupa toda una calle por medio día completo, se olía el aroma de la mezcla de jugo de naranja y gorditas de azúcar.

En el tianguis hay de todo. Por ejemplo, las croquetas para perro que se venden dentro de bolsas de plástico transparente cuestan 70 pesos más baratas que las que venden en las veterinarias y en los supermercados. Los accesorios para mascotas caninas iban desde los 70 hasta los 270 pesos. Todas las correas de piel, unas teñidas de rosa, otras con picos y colchoncitos de lana; diseños no muy innovadores, sí, pero diferentes y destacables por su manufactura.

En un puesto de ropa usada —una joven sampetrina de 21 años decidió deshacerse de su ropa vieja y pagó 50 pesos para conseguir el permiso de venderla ahí—Trinidad Carrizales estaba viendo con su hija unos jeans desgastados. Trinidad es dueña de dos perritas chihuahuas, Nikki y Camila. En todos mis recorridos por los parques y veterinarias de San Pedro Garza García (a excepción de la perrera), fue la primera vez que escuché ladridos. Sentí y pensé lo mismo cuando vi jugar a los niños en ese parque con sus juegos rechinantes (a falta de aceite) y de instalaciones descuidadas: los niños estaban solos, jugando entre ellos, pero no había papás cerca. Se veían más independientes, más relajados.

Dos días después me enteré que a pesar de todo, la perrera de San Pedro es un poco “más humana” que el resto. Los perros que llegan duran una semana antes de ser sacrificados (en el resto el límite es de 72 horas.), y si se hace es con jeringa. Los duermen, en otros lados los electrocutan. La vacuna antirrábica es gratuita, y por 50 pesos te desparasitan a tu perro.

***

Esta crónica inició con la idea de demostrar el tema a través de otro tema, el de los perros. Quise hablar de San Pedro Garza García y su estilo de vida. Pretendí exaltar-denunciar-comprobar algo (bueno o malo), pero mis observaciones durante todo este recorrido fueron muy variadas, y reconozco, al menos desde esta perspectiva, que es imposible generalizar. Algunos sampetrinos se consideran herederos de un tesoro histórico por la ascendencia de sus familias. Les gusta olvidarse de lo efímero, les produce placer ver que el perro que tienen es el más bonito del vecindario, gastan miles de pesos en ellos mensualmente y hasta les organizan fiestas de cumpleaños.

Pero no todos.

Y tampoco son los únicos con excentricidades. En el municipio de Guadalupe hay gente que organiza desfiles de moda para sus perros. Una perrita en Contry tiene su propio guardarropa, y conozco a una mujer que mandó esterilizar a su mascota, no por las razones evidentes y justificadas que cualquiera de nosotros conoce, sino para evitar que su “nena” sufriera los traumas del embarazo y el parto; es mi vecina. Existen personas que gastan 80 mil pesos en un cachorro de bulldog con pedigrí, pero eso pasa en todo México, en todos lados. En todas partes hay complejos de inferioridad, patologías y ansias por enseñar quién tiene la correa más ostentosa.

No puedo decir que estoy decepcionada de lo que investigué ni de las anécdotas que escuché porque, quizá, si hubiera comprobado mi tesis, el resultado me habría parecido en extremo desafortunado. Ahora, respecto a la relación entre dueño-perro: simplemente hay gente que se preocupa y gente que no, tengan o no dinero.

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