Por Marcela Turati

hoy van a ser ocho días que mi hijo desapareció

y no sé nada de él
y me estoy muriendo,
me muero

Él era estudiante,
tenía sus ilusiones de triunfar en la vida, de ser un profesionista, no se metió con nadie,
y me lo quitan,
se lo llevaron,

Perdón pero tengo ganas de gritar,
no sé donde está
qué le están haciendo
dónde lo tengan.

Por qué mi hijo
me tocó esta vez a mí.
Pido justicia, que ya se haga algo.
(
Ezequiel Chávez Adán. Vendía yogurts en Iguala para pagarse la prepa. 17 años.)

La mujer lanza alaridos de tristeza y horror. Aúlla su tragedia presintiéndose una Piedad como las que caminan a su lado y lloran al escucharla. Por experiencia saben que en esta tierra los que desaparecen son hallados en fosas. Los demonios perdonan la vida a pocos. Iguala es una tierra maldita sembrada de huesos jóvenes, huesos-fermento.

Llevamos semanas ya subiendo al cerro todos los días sin alimento, sin beber agua, pero la lucha de nosotros es por hallar a nuestros familiares. Si usted nos acompañara y viera el dolor. Tapados con ramas, con piedras, hacen corralitos de piedra y basura y así están (los cuerpos), como animales. Eso no es enterrar. No escarbamos mucho y ahí están (…) Fueron a aventarlos ahí donde se arma la zopilotera”. (Madre de Carlos Escovar Bastián. Desaparecido el 5 de enero del 2014. 39 años)

Ochenta años de vida y la mujer sube como cualquiera los cerros a remover con sus manos la tierra. Uñas, piedras, varillas, todo sirve para buscar a un hijo arrancado. Sin agua, plasta en vez de saliva, a tragos de buches de arena. A escarbar y excavar donde se pueda. No son animales, era mi hijo. Abriendo hoyos ahí donde la corazonada dicta, donde el rumor sugiere, donde la esperanza crea espejismos. Hasta que aparece algún esqueleto anónimo. No me importa la justicia, sólo quiero tenerlo junto a mí.

Hijo mientras no te entierre te seguiré buscando”, reza la leyenda de las camisetas negras-luto que visten estos dolientes que integran el Comité de Familias Víctimas de Desaparición Forzada que, cuando se presentan ante extraños, explican que son las familias de los otros desaparecidos: los que no son los 43 famosos, pero aprovecharon esa triste fama para salir de entre las grietas y lanzar sus gritos-silenciados-añejoscavernosos e iniciar en estampida, a corazón abierto, la búsqueda de los suyos. No son sólo 43, nosotros somos los casos aislados de lo mismo. Somos muchos, desgarrados por el desenterradero de los cadáveres que, como no pertenecían a los 43 buscados, eran regresados a la fosa común de la indiferencia, esos otros también eran jóvenes, eran hijos o padres de familia, alguien los espera. ¿A ellos no los van a identificar?

Tristes otros. Los ajenos. Los marginales. Los distintos a nosotros. La mera presencia del otro suscita preguntas tanto si se le ayuda como si se le ignora (Lévinas). El otro es el infierno (Sartré). El otro es al mismo tiempo el prójimo (Lacán). Yo es otro (Rimbaud). Yo es otro.

*Publicado en Periodistas con Ayotzinapa

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