¿Por que una sociedad que se jacta de su cultura de trabajo se olvida de sus trabajadores?

 

El rugir motorizado de camiones urbanos y automóviles es la música de fondo que acompaña a Jaime Marcelino y Juan Ángel, afuera de una fábrica abandonada en la colonia Moderna de Monterrey. Cuando aún está fresca la mañana, los tres conversan sentados en la escalera del edificio de fachada blanca con celeste.

Aunque en uno de sus muros hay un señalamiento en rojo que ordena: “No manchar la pared”, el viejo edificio de la Lechería La Perla está grafiteado con marcas de las pandillas locales. A medida que pasa el tiempo y el sol de Monterrey pega más fuerte, los tres hombres se arrejuntan hacia la única sombra que brinda el lugar, a un lado de lo que solía ser el cuarto frío de la pequeña industria.

En una banca de madera pandeada y un bote de pintura vacío, se sientan a descansar. Es mediodía y ya se desprende el olor a carbón en el aire: el vecino acaba de abrir su puesto de hamburguesas en la esquina. Los tres hombres que llevan más de cinco horas frente al viejo edificio son obreros. Y están en huelga.

La imagen de David y Goliath aplica en este caso. Son tan sólo tres obreros cansados, afuera de una fábrica gigante. En sus rostros hay calor y aburrimiento. El termómetro advierte 37 grados centígrados aunque la sensación es de un baño sauna con el termostato al máximo. Traen los periódicos del día para leer en los lapsos en que se agotan los temas de conversación personales. Se enjugan el sudor, caminan en vaivén, miran a la gente pasar y observan el cielo. Todo se resume a una espera que parece eterna.

Jaime, de 52 años, es un hombre de un metro 60 de estatura que lava su Atos rojo y conversa con Marcelino, quien lo escucha recargado en la pared. En la banqueta, sobre el bote de pintura, descansa Juan Ángel, que observa el entorno en silencio. Algunos vecinos y trabajadores de negocios aledaños a la calle Magnolia los saludan. De lejos parecen tres hombres sin oficio en un edificio abandonado.

Sin embargo, la causa de Jaime, Marcelino y Juan Ángel va mucho más allá de lo que aparenta. Son los centinelas de la lechería La Perla desde que ésta cerró sus puertas en diciembre del 2011. Al igual que un perro cancerbero, protegen las puertas del lugar y resguardan los alrededores. En varias ocasiones han evitado que otras personas se metan a la vieja productora de leche a saquear la maquinaria más ligera o a embargar los muebles del lugar.

Los tres obreros vigilan pero también se sienten vigilados. El 30 de mayo de 2013, desde la acera de enfrente de La Perla, donde está un taller mecánico, un fotógrafo desconocido capturó con su cámara la lechería y a los tres guardianes. “Quieren que desistamos”, dice Jaime. Pero ellos no están dispuestos a renunciar: desde que cerró, todos los días acuden a su antiguo lugar de trabajo.

A partir de las ocho de la mañana se quedan ahí hasta las cuatro de la tarde. Antes iban también en las noches, pero la guerra en Monterrey los obligó a desistir.

Por el momento, los tres obreros ingenian formas para subsistir. Vienen hasta acá desde sus barrios: Jaime de la colonia Valles del Pedregal en el municipio de Apodaca; Marcelino de la colonia Azteca; y Juan Ángel de Tres Caminos, en Guadalupe. No es fácil hacer una huelga en una ciudad que obsesivamente se niega a reconocerlas.

Proteger La Perla es un homenaje al tedio cotidiano.

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La Perla fue una de las lecherías más importantes de Monterrey. En su época dorada abastecía a miles de familias de la zona noreste de México. Ahora sólo es un edificio inerme. Cuando La Perla cerró, sin declararse en bancarrota, dejó a 15 de sus trabajadores sin liquidación, entre ellos Jaime, Marcelino y Juan Ángel. Los

tres cuidan el lugar, mientras el resto de los trabajadores que pudieron conseguir otro empleo se mantienen al tanto de las noticias en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, dependencia de gobierno encargada de solucionar conflictos laborales. Para poder liquidar los derechos de los trabajadores de La Perla, la institución debe embargar los bienes de la empresa.

“Lo que nosotros queremos es trabajar. Pero nos dicen que no nos movamos”, explica Jaime. Sus 52 años de vida han girado en torno a La Perla.

Su papá Humberto y los cinco varones de sus ocho hermanos también laboraron ahí. José Ángel, el primer varón de la familia, perdió la vida dentro de las instalaciones cuando tenía 19 años. En su hora de descanso tomaba una siesta en el piso de la bodega y fue atropellado por una maquinaria pesada. Jaime tenía 15 años cuando murió su hermano, pero todavía recuerda con nitidez el desconsuelo de sus padres. En ese entonces, Jaime ya trabajaba en la lechería. Lo hacía desde los ocho años de edad. Venía de una familia humilde y tenía la necesidad de ayudar en su casa, en aquel entonces ubicada a unos cuantos metros de La Perla. Apoyaba a su papá con lo que ocupara y realizaba tareas sencillas, propias de un niño obrero. Cuando cumplió la mayoría de edad, Simón Garza, uno de los fundadores de La Perla, contrató oficialmente a Jaime quien, al igual que su padre, fue el encargado de la pasteurización y otros procesos de la leche hasta que cerraron la empresa. Ahora, aún en el 2013, Jaime no puede desprenderse del lugar.

Hoy Jaime viste con tenis, pantalón negro y una playera blanca con mangas azules. Aun y cuando toda su vida trabajó solo y silenciosamente en el cuarto de las máquinas, se trata de un hombre muy extrovertido. A Norma, su esposa, la conoció en una clínica que está frente a La Perla, donde laboraba como enfermera. Tuvieron dos hijos: Yoselin de 19 años, quien es estudiante de enfermería y Jaime Humberto de 12, quien cursa segundo de secundaria. Jaime busca trabajo, pero se enfrenta a la realidad de que en las empresas sólo contratan a personas hasta los 40 años de edad.

Juan Ángel viste con tenis, pantalón de mezclilla, una playera blanca regalada en una campaña política del PRI y una gorra azul rey con la leyenda: “Leche La Perla”. Lo suyo era estar detrás del volante. Juan Ángel recorría kilómetros de asfalto. Transportaba la leche bronca en la pipa desde los ranchos ubicados en diferentes municipios de Nuevo León hasta Monterrey. Trabajó 20 años en La Perla. Tiene una esposa, dos hijas y dos nietos de 18 años. Tanto su esposa, que es jefa de recamareras en un hotel, como sus dos hijas que tienen un matrimonio solvente, lo apoyan económicamente. Pero Juan Ángel también pinta casas o lava carros para conseguir algo de dinero extra.

Marcelino viste con una playera de Tigres, pantalón de mezclilla y tenis. Es un hombre alto, de tez morena, circunspecto y modesto. Él era el lechero. Durante 18 años recorrió las colonias de la ciudad en su camión y distribuía la leche en las casas y los comercios de su ruta. Tiene una esposa y dos hijos casados. Marcelino, cuando no está en La Perla, le ayuda a su esposa con la venta de quesos caseros.

Ese día está Gabino, uno de los hermanos de Jaime que también forma parte de la huelga. Gabino sigue viviendo en la casa donde creció junto con sus ocho hermanos, por lo que es relativamente fácil vigilar desde ahí la lechería en las tardes y en las noches, cuando los tres guardianes se van a sus casas. También acaba de llegar Mario, otro huelguista que los visita en ocasiones. Él es ahora repartidor de La Grange, una de las 109 productoras independientes de leche de vaca que subsisten en Nuevo León, de acuerdo con la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA).

Nuevo León no se distingue por ser una entidad lechera, a diferencia de otros sitios como Coahuila, Jalisco y Durango que producen más de un millón de litros de leche al año. En Nuevo León son sólo alrededor de 40 mil litros. Actualmente, la producción de leche en México alcanza los 11 millones de litros por año.

Antes de la huelga, los tres guardianes de La Perla sólo eran compañeros de trabajo, pocas veces convivieron dentro o fuera de la lechería. Ahora los une la misma causa: una indemnización justa.

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En la oficina de Conciliación y Arbitraje de Nuevo León se siente tensión. Tanto en los cuellos de los servidores públicos, apretujados por gruesas corbatas, como en las decenas de trabajadores dentro y fuera de la dependencia, que esperan horas para que les digan algo sobre sus demandas. Entre estos muros burocráticos parece no haber descanso. Una funcionaria que salió a comer volverá dentro de 20 minutos para ocupar su puesto de nuevo. Montones de papeles apilados atavían los escritorios desde donde rostros sin sonrisas atienden a otras caras similares. El bullicio no cesa: pisadas de dedos en teclados de computadoras, celulares sonando, el golpe de los tacones en el piso caminando de un lado a otro y trabajadores charlando mientras sostienen legajos en sus manos. En la entrada está sentada una mujer policía de tez morena: vigila la situación con un ojo abierto. Muere de sueño.

Afuera, los abogados coyotes ofrecen sus servicios de manera discreta a los obreros. Tan discretamente que parecería que están proponiendo vender alguna sustancia ilegal. Además abundan los taxistas y puestos de comida de tacos, tortas y gorditas para cuando llegue el hambre de los funcionarios y los trabajadores. Algunas personas, mientras siguen esperando, pasean en La Pulga Río, situada a solo una cuadra.

La tercera semana de mayo de 2013, Jaime acudió a Conciliación y Arbitraje y le dijeron que ya habían ganado el caso, ya que nunca hubo respuesta por parte de los propietarios de La Perla. Sin embargo, la conclusión del procedimiento legal es lenta. “El caso de los trabajadores de La Perla ya está muy avanzado –dice en entrevista Jaime Leal, Director de Asuntos Colectivos de la Junta de Conciliación y Arbitraje Nuevo León- Lo que falta es agilizar el procedimiento de embargo de los bienes para que los trabajadores acudan a la audiencia de remate [donde se evaluarán los bienes y se les pagará sus derechos]”. Esa es la mayor esperanza de recuperar cierta ganancia por parte de los trabajadores, a través de lentos trámites que realizará el abogado del sindicato.

“No hay huelgas en Monterrey”, es una de las muletillas oficiales que repiten orgullosos los burócratas. Sin embargo, en términos legales, la situación de La Perlaes una huelga no estallada –señala Leal-. Una huelga no estallada, aunque suena a un eufemismo, es el nombre que se le da a una demanda tanto colectiva como de cada uno de los trabajadores para llegar a un acuerdo con su patrón, sin que se suspendan las actividades laborales en la empresa. Si no hay arreglo, estalla. En el caso de La Perla, la fábrica está cerrada y como nunca se presentaron los directivos ante Conciliación y Arbitraje,noalcanzó a estallar la huelga.

Para proceder una huelga debe haber dos demandas –colectiva e individual- en contra del patrón ante la Junta de Conciliación y Arbitraje. Luego se fija un plazo para la respuesta de la empresa. Se pactan audiencias para llegar a un acuerdo y si no hay arreglo estalla la huelga, se colocan las banderas rojinegras en el recinto y se suspenden las actividades laborales. Después se realiza el trámite de embargo y concluyen en la audiencia de remate con la presencia de los trabajadores, donde se evalúan los bienes embargados y se paga los derechos de los demandantes. Hacer guardia, como lo hacen Jaime, Juan Ángel y Marcelino, es parte del proceso. Es común que los patrones intenten llevarse los bienes de la propiedad a través de uertas escondidas o por salidas ocultas del edificio. Por eso los obreros tienen que quedarse todos los días a asegurar que no suceda nada.

La huelga, explica Ernesto Villarreal Landeros, ex dirigente del sindicato de la Universidad Autónoma de Nuevo León, es un instrumento creado a raíz de la expedición de La Ley Federal del Trabajo, que está al alcance de los trabajadores a través de los sindicatos, organizaciones que defienden los intereses de los empleados. Muchos sindicatos son como una mafia, afirma Villarreal Landeros. “Históricamente han existido sindicatos rojos y blancos. Los rojos servían al gobierno y los blancos a las empresas, aunque en realidad, ninguno defendía plenamente los derechos de los trabajadores”. Conseguir trabajo en Monterrey era difícil cuando pertenecías a un sindicato rojo, en muchas empresas no los contrataban. “Actualmente, ya no hay colores pero sigue siendo lo mismo –advierte el experto- son sindicatos corruptos que extorsionan y abusan de los trabajadores para su propio beneficio”.

Aunque también existen sindicatos independientes y democráticos que se esfuerzan y luchan por los trabajadores. Villarreal Landeros pone como ejemplo del de la Universidad Autónoma de Nuevo León, el de la Escuela Normal Superior, la Sección 67 y la Liga de Soldadores. Los empleados de La Perla pertenecen al sindicato de la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), el sindicato respaldado por el régimen del PRI junto con la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) y la Confederación General del Trabajo (CGT).

“En Nuevo León, autoridades y empresarios presumen constantemente el hecho de que en 15 años no ha habido huelgas, pero no es porque los trabajadores estén más contentos y tengan mejores condiciones laborales -señala el abogado Villarreal Landeros-. Los sindicatos han acordado tanto con el gobierno como con los patrones no promover ninguna huelga, a cambio de utilidades políticas y económicas para ellos mismos”.

La mafia no se detiene ahí. Los trabajadores también tienen que lidiar con los abogados. Según Villarreal Landeros hay tres tipos: los defensores de los trabajadores, los del sindicato y los de la empresa. Además, están los “coyotes”, supuestos representantes de la ley que acuerdan con los sindicatos para extorsionar a los obreros.

En la Secretaría de Trabajo de Nuevo León afirman que no hay una sola huelga en Monterrey, aunque demandas de huelga hay muchas…

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En la Corporación para el Desarrollo Agropecuario de Nuevo León, en la sección Pecuaria, no hay ningún registro de La Perla. Tampoco en la Cámara de Comercio de Nuevo León. Representantes del Instituto Mexicano del Seguro Social declararon que tenían una dirección fiscal de un lugar llamado La Perla, pero que estaba en el municipio de Apodaca, no en la colonia Moderna.

A excepción de los trabajadores de La Perla y de unas cuantas personas que recuerdan haber bebido esa leche, pareciera que nadie la conoce. Ni siquiera su último dueño, Miguel Ángel Garza Vela, nieto del fallecido fundador Simón Garza, que nunca se ha presentó a las audiencias en Conciliación.

La huelga de La Perla es aún más desconocida. De no ser por los vecinos o por los trabajadores de los negocios alrededor que observan a los tres guardianes todos los días, pasa completamente desapercibida en Nuevo León. En un año y medio ningún medio de comunicación local ha informado sobre la situación de La Perla.

Además, los ex empleados de la lechería nunca se acercaron a ellos por temor de decir algo que fuera a entorpecer el proceso. Esa es la razón por la que en esta crónica se han omitido sus apellidos y en las fotografías de los obreros no se muestran sus rostros.

La historia de La Perla es similar a la de otras empresas en Nuevo León: se asociaron dos familias para crearla. Una era la familia de Simón Garza y la otra era de Ruperto Garza. En sus inicios, La Perla era la segunda lechería más importante de la ciudad, luego de la leche Las Mitras, comprada por el monopolio de LALA en el

2007. Comenzaron procesando más de 300 mil litros de leche bronca pero fue disminuyendo hasta producir solamente ocho mil litros con menos calidad. Al final ya no procesaban leche bronca, sino costales de un polvo blanco que pudiera ser leche de vaca pulverizada o la llamada fórmula, composición química que tiene todas las proteínas de la leche.

Fueron tres los factores que llevaron a La Perla a su quiebra. El primero fue la mala administración. Personas allegadas a Simón cuentan que era amable, caritativo pero demasiado dadivoso con sus hijos y sus nietos. Además de que los integrantes de la familia de Ruperto recibían gran parte de esa jugosa ganancia. El segundo fue la competencia. LALA contaba con recursos que nunca tuvo La Perla, como las promociones y los millones de pesos invertidos en publicidad y distribución. El tercero, y el definitivo, fue la inseguridad. Gerardo, un empresario amigo de la familia de Garza Vela, afirma que los propietarios huyeron del país y al igual que muchos otros regiomontanos encontraron un nuevo hogar en alguna ciudad de Texas, Estados Unidos.

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Jaime tuvo un infarto en julio del 2012. Además, en el mismo lapso de tiempo, su cuñado murió, su suegra se

enfermó y a uno de sus hermanos le cortaron un dedo del pie, por el alto porcentaje de azúcar en su sangre. “Dicen que dios aprieta pero no ahorca. Lo malo es que nosotros ya estamos casi ahogados”, cuenta Jaime con tristeza. Lo que le causa más dolor es no tener para las copias que le piden en la escuela a su hijo o para el camión de su hija, también estudiante. Durante este tiempo han sobrevivido con la liquidación que le dieron a su esposa en el último trabajo, pero el dinero ya comienza a escasear.

-En la casa te aceptan por un tiempo pero luego comienzan las presiones por el dinero. Este tipo de situaciones separan a las familias, se pierde el respeto, el amor. Se pierde todo, no nada más el trabajo- relata. Si Jaime hubiera sabido lo que le depararía el futuro, no se habría quedado horas extras, ni los fines de semana en La Perla, como lo hizo siempre, pensando en que su trabajo sería mejor valorado. Si hubiera sabido que a final de cuentas sus patrones lo dejarían a la intemperie, habría procurado pasar más tiempo con su familia, descansar y divertirse con ellos. Ahora su pensión no será como él pensaba, tendrá que comenzar de nuevo.

Pero es difícil. En Monterrey, el hecho de haber participado en una huelga disminuye las posibilidades de encontrar un empleo bien pagado y con todas las prestaciones de ley. Aún en 2013, luchar por tus derechos laborales en la capital de Nuevo León significa correr el riesgo de ser vetado de cualquier empleo o de ser incluido en una ilegal lista negra de las empresas de Nuevo León, a pesar de lo que prescriben las normas de trabajo internacionales respecto al derecho de los trabajadores. En este estado sigue mandando el empresario, en convivencia con el gobierno.

Luego de salir de su trabajo, Norma, la esposa de Jaime acudió a una entrevista en una clínica. Le advirtieron que no la podían contratar si había laborado en diferentes empresas, entre ellas La Perla. Les comentó sobre la situación de su esposo, y quedaron en hablarle para analizar la situación.

Tiene muchos obstáculos en frente, pero Jaime no quiere desistir. Con el dinero que reciba, que tal vez sea muy inferior a lo que merecería por sus 34 años de ardua labor, quiere poner un negocio de comida. Entretanto, cada mañana, junto a los otros dos centinelas asiste a la lechería. Escuchan el ruido de los autos y perciben el aroma de las hamburguesas que no pueden comprar. Se enjugan el sudor, caminan en vaivén, miran a la gente pasar y observan el cielo. Esperan. Mientras Marcelino atiende un mandado de su esposa, en la vieja fábrica Jaime y Juan Ángel se comen unos fritos y toman CocaCola. Cuentan muy serios que la verdad, ya no les gusta la leche.

Aunque allí esté toda su vida.

FOTOS: VÍCTOR HUGO VALDIVIA

 

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