Por Emiliano Ruiz Parra

Ilustraciones por Óscar Hernández

A Ernesto Núñez Albarrán

Ciudad del Carmen, Campeche. La noche del lunes 22 de octubre de 2007, Alfredo de la Cruz vio un reportaje sobre los accidentes en las plataformas petroleras de la Sonda de Campeche. Unos días antes, informó la televisión, había muerto un trabajador en el incendio de una barcaza. Alfredo, a quien lo conocían como Pensamiento desde hacía una década, se fue a dormir con la seguridad de que a él nunca le ocurriría un accidente de esa naturaleza.

Los trabajadores del departamento de mantenimiento se reunían en el camarote del ingeniero José Ramón Granadillo para platicar o ver las telenovelas y los noticiarios. La charla era su recompensa después de 12 horas de trabajo intenso a bordo de la Plataforma Auto-Elevable (PAE) Usumacinta, que unos días antes se había situado a 18 kilómetros al norte de Frontera, Tabasco, en el Golfo de México, para intervenir los pozos KAB-101 y KAB-121.

Luego de ver el noticiario, a Pensamiento le entraron unas enormes ganas de irse a dormir, no sólo por el agotamiento, sino porque, al igual que cuando estaba en altamar, era en los sueños en donde se encontraba a su mujer, a sus hijos y sus nietos, y a su primer bisnieto, que había llegado a su vida hacía un año. Ni él ni ninguno de los 73 trabajadores de Usumacinta imaginaban que estaban a unas horas de convertirse en náufragos.

Granadillo les había avisado a sus empleados que el frente frío número cuatro se acercaba al Golfo de México. De acuerdo con las prácticas de Petróleos Mexicanos (PEMEX) y la capitanía de puerto, los frentes fríos no eran motivo de desalojo de las plataformas petroleras de la Sonda de Campeche. Sólo los huracanes ameritaban la evacuación de los 18 mil obreros que trabajaban en las ellas, como había ocurrido con la llegada de Dean en agosto del año pasado.

La vida en Usumacinta —de la empresa Perforadora Central, contratista de PEMEX— era similar a la de cualquier plataforma móvil de la Sonda de Campeche. Se trabajaba en jornadas de 12 horas y guardias de 14 días en la plataforma por 14 en tierra, salvo los trabajadores a prueba, que llegaban a acumular 38 días en altamar. Los obreros, conocidos como ATP (ayudante de trabajo de perforación), cumplían de 07:00Am a 7:00PM o de 7:00PM a 07:00AM. Los trabajadores especializados, como los mecánicos y electricistas, debían estar disponibles las 24 horas aun cuando hubieran cumplido con su jornada diurna.

Usumacinta era autosuficiente. Disponía de un módulo habitacional con cuartos colectivos para los obreros y habitaciones individuales para los oficiales, un helipuerto, cuatro horarios distintos en el comedor y un sistema de potabilización de agua salada. Una vez a la semana, un barco conocido como Comisaria le surtía alimentos congelados que la cocinera María del Carmen Aguilar guisaba con buena sazón

En su calidad de plataforma móvil, Usumacinta navegaba pesadamente las aguas del golfo hasta llegar a su destino e instalarse como una isla flotante para perforar o dar mantenimiento a los pozos petroleros fijos de la Sonda de Campeche. El jueves 18 de octubre llegó a la plataforma fija KAB-101 para terminar de perforar uno de sus tres pozos, y desde el domingo 21 desplegó una trompa de acero llamada cantiléver, desde donde se hacían los trabajos de perforación. Sin embargo, batalló inusualmente para asentarse porque el suelo marino no correspondía con lo que reportaban los planos. Buzos y barcos remolcadores tuvieron que estar haciendo ajustes durante tres días.

A las 9:00AM del martes 23, la sacudió el golpe del frente frío. Sergio Córdoba, El Negro, sintió el movimiento oscilatorio, el temblor suave que provocaba el golpe de las olas y el sonido metálico de las cuñas de acero rozando las patas de la plataforma.

Granadillo y El Negro acudieron al cuarto de radio. No había dudas, el frente frío entraba con la fuerza de un huracán categoría uno; la máquina registraba rachas de viento de 136 kilómetros por hora. El jefe de mantenimiento ordenó a sus trabajadores evitar las labores en la cubierta y concentrarse en los cuartos de trabajo.

¡Hay una fuga de gas sulfhídrico en el contrapozo! —gritó el soldador Guadalupe Momenthey pasadas las 11:00AM.

El olor a huevo podrido llegó pronto al módulo habitacional. El Negro vio una cortina de humo blancuzco y amarillento que salía del pozo y soplaba como una manguera de aire comprimido.

Pensamiento temió que el gas sulfhídrico, más pesado que el aire, se concentrara debajo de la plataforma y la volara en pedazos con una chispa. Al mismo tiempo recordó que una breve exposición al gas sulfhídrico podría ser mortal. Eso mismo lo sabían todos los tripulantes de Usumacinta.

La alarma de Momenthey fue el inicio del caos. Los obreros dejaron sus herramientas y corrieron al helipuerto, identificado como la zona segura de la plataforma en caso de fuga o incendio. El Negro y su ayudante, Rigoberto Mendoza, desenergizaron la plataforma y se colocaron a la espalda sendos tanques de oxígeno conocidos como “equipos de respiración autónoma”. El Negro alcanzó a ver que dos trabajadores bloqueaban la salida del módulo habitacional.

¡Déjenlos salir, no se queden ahí! ¡Acuérdense de la Piper Alpha! —gritó.

La Piper Alpha era una plataforma en el Mar del Norte donde murieron asfixiadas 62 personas en el módulo habitacional.

Los trabajadores sintieron la furia del viento del que habían huido cuando el huracán Dean. En pocos minutos se escucharon gritos y llantos.

¡Nos vamos a morir! —gritó alguno.

¡Este tanque está vacío y la cascada no tiene oxígeno! —se quejó un trabajador de su equipo de respiración autónoma.

La empresa de seguridad industrial Vallen abandonó la plataforma cuatro días antes porque se había agotado su orden de servicio e inhabilitaron el sistema de relleno de los tanques de oxígeno, la llamada “cascada”.

De la fuga brotaban borbotones de aceite que manchaban los cuartos de trabajo, el módulo habitacional y los botes salvavidas.

La población de Usumacinta se concentró en el helipuerto. Los trabajadores se acostaron o se arrodillaron aferrados a la malla dispuesta en el piso para amortiguar el descenso de las naves.

La fuga de aceite y gas provocó una crisis de casi tres horas. El helipuerto se convirtió en un escenario de gritos e imploraciones para no morir asfixiados. Del tercer nivel de la plataforma, donde se concentraron los superintendentes, llegaban algunas noticias parcialmente tranquilizadoras: viene el apoyo en camino.

Bimbas petroleras Al filo de las 2:00PM, las máximas autoridades de la plataforma, los superintendentes Miguel Ángel Solís, de PEMEX, y Guillermo Porter, de Perforadora Central —ambos habrían de morir en la mandarina dos— ordenaron cerrar la válvula de tormenta, última opción para controlar la fuga. Un equipo de seis obreros con tanques de aire a la espalda arriesgó la vida para detener el flujo de gas y aceite que brotaba del subsuelo marino. La operación duró treinta minutos que los obreros pasaron colgados en el aire cortando las tuberías en medio de rachas de viento de 136 kilómetros por hora. Ahí vieron que el cantiléver se había desplazado de su posición original, degollando el árbol de válvulas. Sin embargo, el cierre fue exitoso. Terminaron la tarea alrededor de la 1:30PM y le devolvieron el alivio a la población de Usumacinta. Los que estaban hincados o acostados se pusieron de pie, agradecieron que la fuerza de los vientos dispersara el olor a podrido del gas y se enfilaron al trabajo pendiente. El Negro y Rigoberto empezaron limpiar las manchas de aceite de la máquina auxiliar. Pero la tranquilidad no duraría ni dos horas.

¿Oye, Negro, esto es normal? —preguntó el cabo Nicolás González cuando vio una exhalación de gas en el pozo.
—No, no es normal. Avísale al Viejo —respondió.

El Viejo era Guillermo Porter, de 73 años.

En pocos minutos la desesperación volvió a la plataforma. Al filo de las 3:30PM se descubrió una segunda fuga proveniente del pozo 121.

Negro, ya no hay control, es la última válvula… —le dijo Granadillo.

Una convicción se apoderó de los superintendentes, de los intendentes, del capitán de la plataforma, de los cabos, los ATP, de los mecánicos y electricistas, de los cocineros y los meseros, del conjunto del personal de Usumacinta: después del cierre de la válvula de tormenta no existía una segunda oportunidad sobre la plataforma.

Y abajo, la violencia del mar, las oleadas de ocho metros, las rachas de viento de 130 kilómetros por hora.

El helipuerto se volvió a llenar de trabajadores. En el caos se revolvieron los tanques de oxígeno y se iniciaron las voces de alerta, algunas ciertas y otras equivocadas.

¡Yo no sé nadar! —vociferó la cocinera.

¡Ya agarró fuego! ¡Ya agarró fuego! —alarmó falsamente un obrero.

A lo lejos apareció el barco Morrison Tide al rescate. Pensamiento meditó sobre las dificultades: un helicóptero no podría acercarse, los vientos lo zarandearían como a un mosquito. El remolcador tampoco tendría éxito porque podría chocar contra las patas de acero de la plataforma. Lanzarse a la mar en los botes de salvamento, conocidos como mandarinas, tampoco garantizaba supervivencia. Igual que la embarcación, podrían estrellarse contra las patas de acero apenas cayeran al mar. La grúa tenía un índice de resistencia a los vientos y la escalera podría chocar contra la base del barco con el impacto de una ola. Pero quedarse en la plataforma significaba morir como ratas.

El tiempo de pensar se terminó cuando el viento cambió de dirección y lanzó el gas hacia el helipuerto. Un obrero amenazó con arrojarse al mar. El superintendente de PEMEX dio la orden de abandonar la plataforma.

Mandarina uno

El Negro ya había piloteado el bote salvavidas número uno. Dos meses atrás recibió un curso y de vez en cuando tomaba el timón del bote en los simulacros de rutina. Pero los ejercicios se hacían siempre en aguas mansas. Si el mar estaba picado, se posponía hasta que la superficie semejara el espejo de una laguna.

No era el caso del martes 23 de octubre, cuando el frente frío azotaba con vientos de 130 kilómetros por hora y marejadas de ocho metros de altura. Sergio verificó que se siguieran los procedimientos del manual de seguridad de la plataforma. El grupo abordó en orden, uno en estribor y otro a babor, para equilibrar el peso; se contaron hasta sumar cuatro; el ingeniero de la plataforma, Éder Ortega, confirmó por radio con el bote dos: estaban completos, no quedaba nadie en Usumacinta.

Sergio dio la orden de soltar el gancho al ayudante de mecánico Juan Gabriel Rodríguez y en segundos la mandarina bajó 10 metros. Al golpe con el agua dio varias vueltas sobre su eje y quedó en dirección a los pozos. Una ola los empujó debajo de la plataforma y el bote libró por centímetros el choque contra una de las patas de acero por centímetros. Sergio recordó que debía virar el timón 180 grados a babor y 180 a estribor para mantener la dirección al frente. El petróleo que regaba el viento había manchado la ventanilla del piloto y le impedía ver.

Desde la popa, un canal de agua se metió en la mandarina y serpenteó entre los pies de la tripulación. A los pocos minutos el chorrito se había convertido en un charco. Los tripulantes recogían las piernas para no mojarse las botas.

¡Entra más agua de la que sale —se oyó un grito al interior.

El Negro avistó al Morrison Tide.

Ya vienen por nosotros, tranquilos; ahí viene el barco. Ustedes achiquen (saquen el agua con la bomba), que el bote resiste.

A veces ocultado por las olas, a veces montado en una cresta, la imagen del barco alegró a los pasajeros del bote. Juan Gabriel Rodríguez, ayudante de mecánico y segundo al timón, abrió la escotilla para esperar la cuerda salvadora del remolcador. En la segunda lanzada, Juan Gabriel sujetó la cuerda y la atoró al gancho de arriado. Pero la emoción duró poco. En pocos segundos se formó una montaña de agua que embistió el bote. Juan Gabriel se quedó con un extremo de la cuerda en las manos y el otro se perdió como un latigazo en el aire.

La ola entró al bote y los inundó hasta las rodillas.

¡Aquí nos vamos a ahogar!

¡Nos vamos a salir! ¡Hay que salirnos porque de aquí no vamos a salir vivos!

El grupo prefirió abandonar la mandarina como minutos antes había optado por dejar la plataforma. Cada decisión desesperada buscaba incrementar las probabilidades de sobrevivencia. Afuera del bote los esperaba la furia del océano, la inexperiencia de los barcos petroleros en labores de rescate y su propio desconocimiento del mar. Ellos eran obreros, expertos en soldar, operar grúas y motores, perforar, preparar cementos y lodos o alimentar a la legión de trabajadores. El mar representaba para ellos una capa más entre el petróleo y la compañía, un perímetro que les imponía jornadas de 14 o 28 días de trabajo lejos de sus familias. Algunos no sabían nadar, otros tenían nombramiento de “capitán” cuando carecían de formación naval; “plataformeros” los llaman en Ciudad del Carmen.

Ya no había orden, sólo desesperación. Lo urgente era escapar. Una vez afuera, los trabajadores se pararon sobre un borde de la mandarina y se sujetaron de un tubo de aluminio colocado al centro. El Negro apagó el motor antes de salir por la escotilla. El Morrison Tide estaba cerca, cada vez más, y hacía esfuerzos por tirar otra cuerda que nunca llegó.

El mar se lanzó ahora sobre el barco con una ola que barrió la cubierta y arrojó a dos marineros al agua. Un tercer tripulante murió súbitamente al ser lanzado contra el malacate del remolcador. El Morrison Tide se tenía que ocupar ahora de sus propios náufragos.

La fuerza de un nuevo muro de agua se impactó sobre el bote. Por más energía que imprimieron en cerrar los puños y aferrarse al tubo, el agua los regó lejos de la mandarina. El Negro sintió por primera vez la revolcada de una ola monstruosa. El golpe de agua que le arrancó las manos del tubo le abrió la boca, invadió sus fosas nasales y lo hizo dar vueltas. Cuando regresó a la superficie vio a lo lejos el bote virado, con la propela apuntando al cielo y el techo hacia el fondo marino. Desistió de regresar a ella.

Jesús Manuel Domínguez sí se empeñó en regresar al bote. Llegó hasta él y se trepó a la base. El soldador de 57 años formó un grupo con cinco obreros más y usaron la mandarina volteada como una boya. Jesús Manuel había trabajado de noche, cargaba con el vacío en el estómago y tres cortas horas de sueño. Cada impacto de las olas lo alejaba del bote, lo arrojaba contra sus compañeros y lo obligaba a realizar un esfuerzo mayúsculo de regreso. Un joven motorista, Omar Andrade, utilizó el arnés del trabajo cotidiano para engancharse al tubo perimetral y evitarse el sufrimiento de verse arrojado por las marejadas y luego nadar de regreso al bote.

¡Señor, Dios mío, no me quiero morir! ¡Déjame vivir! —suplicaba.

Tres horas tardó Jesús Manuel en asir las cuerdas lanzadas desde el barco que se le escapaban de las manos por estar bañadas en chapopote.

Debido a su cansancio, el soldador cayó dos veces al cementerio marino, cerca de las hélices del barco. A punto de abandonarse, una ola suave lo lanzó junto a la defensa de la embarcación y le permitió sujetarse de la cadena.

¡No te vayas a soltar, tú ya la hiciste! —le gritó un marinero tras lanzarle una cuerda.

¡Ayúdame a subir!… Ya no tengo fuerzas —imploró.

Apenas le dio tiempo de dar gracias a Dios al poner el pecho en el borde del barco cuando una ola lo estrelló contra la pared; a pesar de los golpes, sobrevivió al naufragio. En cubierta ya estaban dos compañeros, y minutos después subieron a dos más del grupo de seis que se había aferrado a la mandarina. El motorista Omar Andrade no subió. Enganchado como estaba con el arnés, lo trituró el Morrison Tide cuando chocó con la mandarina.

En otro grupo que quedó a cientos de metros, El Negro se quitó las botas cuando perdió de vista al barco, preparándose para una larga jornada en el agua. Ubicó a más compañeros y formó con ellos una flor de 14 náufragos que entrelazaron las piernas o los brazos. Les dijo que un barco rescataría primero al grupo más grande, pero las oleadas fragmentaban la unidad y los regaban a varios metros. El Negro sintió a dos de sus compañeros colgados de sus hombros y los arrastró unos metros, hasta que pensó que tendría que deshacerse de ellos o lo hundirían en el mar.

Sabes qué, Martín, me estás cansando. Ya no tengo fuerzas —reclamó.

Es que… Negro, no sé nadar, se me sale el chaleco —le respondió el segundo de perforador.

Alrededor del grupo nadaba Francisco Abreu, un obrero alto y fortachón de 47 años. En la plataforma era de los hombres más serenos, pero entre las olas la ansiedad lo hacía nadar en círculos, desenfrenadamente, deteniéndose sólo unos segundos cuando sus compañeros le pedían que parase.

Cayó la noche. El Negro miró su reloj: las 7:05PM. Su esposa dijo que llamaría a las 7:00PM, pero su mano no estaba ahí para levantar el auricular y escucharla. La sal empezó a estropear su visibilidad. A lo lejos vio tres fulgores y pensó que eran tres barcos que iban en su rescate. Consideró que si ninguno de ellos los rescataba, a mediodía del miércoles estarían en tierra.

El sonido del motor de una hélice revivió el ánimo en el grupo, ya reducido a seis.
—¡Ya vienen a rescatarnos! ¡Son tres barcos y un helicóptero! —celebró.

Pero el helicóptero nunca bajó. Los vientos de más de 100 kilómetros por hora le alteraban el equilibrio. Apuntaba su luz hacia los grupos de sobrevivientes, los acompañaba durante un rato y se iba.

Un barco se acercó al grupo de náufragos. Era el Far Scotia, de mayor calado que el Morrison Tide. Les lanzó cuerdas y escaleras. El Negro trató de pescarlas dos veces, pero los vientos las lanzaban lejos. El Negro sentía en el cuerpo la batalla contra las corrientes subterráneas y el ventarrón iracundo, pero pataleó junto a sus dos rémoras en dirección del barco. Cuando ya estaban a unas brazadas, una ola levantó al Far Scotia y empujó a los tres obreros debajo del barco. El Negro elevó la mirada y vio la quilla encima de su cabeza como una guillotina a punto de partirlo en dos. Pensó en su mujer y tres hijos, en la vida combinada entre la tierra y la plataforma. Pensó en Dios.

El barco, en vez de caer con furia, descendió por el aire con la suavidad de una hoja de papel. La misma ola que los había metido debajo de la embarcación los sacó del punto donde el Far Scotia reventó sobre el mar.

Minutos después, la cuerda ondeó nuevamente sobre sus cabezas. El viento le dio una comba y Jorge Arturo la pescó en el aire. El Negro se sujetó y la tripulación los jaló a cubierta, en donde los esperaban con un cobertor y una taza de chocolate caliente. Vio su reloj: las 9:05PM.

En el transcurso de una hora subieron 11 de los 14 que habían formado la flor después de que la primera ola los dispersara de la mandarina.

Francisco Abreu, el obrero robusto, se aferró a la cuerda y empezó a ascender. A un metro de alcanzar la cubierta estiró la mano para que el marinero le diera el último jalón, pero se quedó a unos centímetros. Como si lo hubiera alcanzado un rayo, se congeló en esa posición y, con el mismo gesto y el brazo extendido, cayó de espaldas al mar. Tampoco subieron el médico ni el gruero de Usumacinta.

Tres compañeros de ustedes no la hicieron —les relató un marinero—. A uno grandote de overol naranja le faltaban tres o cuatro escalones para que lo pudiéramos agarrar, pero se quedó con la mano extendida y se fue para atrás. El otro era de camisa blanca. Le tirábamos el aro y quedaba cerca de él, y nada más levantaba la cabeza y movía el brazo en forma lenta. Ya no hizo más, ahí quedó. Al tercero vino una ola y medio se agarró de la popa del barco y medio agarró la cuerda, pero cayó otra vez al agua, y como estaba en la popa del barco, suponemos que lo agarraron las hélices porque no lo volvimos a ver.

El relato fue interrumpido por un radio de banda civil:

Acabamos de rescatar un cuerpo y su identificación nos dice que es Allende Alcudia Olán —informaba un rescatista de otro barco.

Uno de los 11 sobrevivientes era su hijo, Allende Alcudia Sánchez. Cuando estaban en la tempestad, Alcudia Sánchez fue dos veces por su padre cuando la ola lo había separado del grupo. A la tercera, su padre levantó el brazo e hizo una seña que pareció de despedida.

Mandarina dos

La mandarina número dos bajó por el malacate sin contratiempos, cayó al mar y dio un brinco suave con la primera ola.

Pensamiento encendió el motor y comenzó a navegar. El viento del norte y la fuga del pozo habían bañado de petróleo la superficie del bote, por lo que dejó abierta la ventanilla y su cinturón de seguridad desabrochado. Por ser el mecánico titular de Usumacinta, le correspondía el timón.

Se había ganado años atrás el apodo de Pensamiento por una ocasión en la que debía operar una grúa y mover una carga con extremo cuidado.

¡¿Qué hacemos?! —lo urgían sus trabajadores mientras lo veían reflexionar.

Espérense, que estoy pensando —les respondió.

La tarde del miércoles 23 de octubre, al mando de la segunda mandarina, Pensamiento volvía a meditar: debía alejarse de la plataforma lo más rápido posible y evitar así un choque con las patas de acero, que habría sido mortal. Pero no estaba convencido de acelerar el motor hacia la costa. Prefería mantenerse cerca de Usumacinta y del barco que hacía maniobras para acercarse.

No te alejes mucho porque vienen a buscarnos —le pedía Rigoberto Mendoza, quien mantenía comunicación por radio con el otro bote.

El bote sucumbía a la furia del mar. Pensamiento viraba el timón de izquierda a derecha para sostener la dirección. El viento y las olas le daban terribles golpes y empujones, la lanzaban por los aires y la recibían con una patada en la anarquía del agua.

Adentro olía a huevo podrido. El gas que había bañado al bote durante horas provocó el pánico en el interior: “¡Nos vamos a ahogar!””, clamó uno de los plataformeros. Y tras los gritos, el vómito que se dispersó como enfermedad contagiosa hasta sumar seis.

Pensamiento alcanzó a ver que el Morrison Tide se empeñaba en el rescate de la mandarina uno y lo fue perdiendo de vista hasta desaparecer.

Sin posibilidades de ser rescatados, el acuerdo fue navegar hacia la costa. Pensamiento aceleró el motor. Rigoberto le pidió que le cediera el timón en virtud de que había crecido en una familia de pescadores y ya había escapado de dos huracanes en lanchas de pesca. Él conocía el camino a tierra firme porque era oriundo de Emiliano Zapata, una colonia costera en la península de Atasta, pero Pensamiento rechazó la petición y le pidió que estuviera pendiente de la brújula.

El joven pescador alcanzó a ver una línea de espuma tan alta que no dio crédito a sus ojos. La muralla se acercó en una fracción de segundo y golpeó la pared. Toneladas de agua cayeron sobre el bote y lo desaparecieron de la superficie como si el mar lo hubiera tragado de un bocado.

¡Aguas! —gritó Rigoberto.

El grito se ahogó. La ola revolcó la mandarina, la hundió varios metros y la hizo dar vueltas. Pensamiento alcanzó a ver una sucesión de brazos y pantorrillas que no terminaban de caer cuando empezaban a elevarse de nuevo. Sintió los golpes en el cuerpo y en la cabeza, cayó, se levantó, se aferró a los bordes de los asientos. Escuchó el sonido de un tanque de oxígeno, de los llamados “equipos de respiración autónoma”, que golpeó las paredes y los cuerpos y que se había colado de manera irresponsable al interior del bote.

En la sucesión de hechos de la tarde del martes y la madrugada del miércoles, fue la primera de varias veces que Pensamiento se sintió parado al filo de la muerte. En esos largos segundos se agotó su convicción de que cada uno de los pasajeros a su cargo llegaría sano y salvo a tierra. Después de la última vuelta, la mandarina quedó a oscuras y empezó a subir con lentitud. Con cada metro que ascendía se filtraban lenguas de agua.

Cuando el bote reapareció en la superficie, Pensamiento entendió la expresión “tener el agua al cuello”. Jaló aire de un pequeño espacio libre de agua. Entre sus brazos, flotando, sintió los cuerpos inmóviles de sus compañeros, bocabajo, con los brazos en cruz, arrojando las burbujas de los últimos alientos. La mandarina estaba virada, con el techo en el fondo marino y la propela hacia la superficie, como un escarabajo acostado de espaldas.

Leopoldo Cuarenta, un mecánico que estaba a prueba en la plataforma, alcanzó a abrir las llaves de oxígeno. Con la cara hacia arriba en busca de aire, sus pies palparon el techo convertido en piso, descifrando con desesperación su estructura a fin de encontrar una salida. Cuando sintió el hoyo de la escotilla, se zambulló y se impulsó al fondo del bote, salió de él y pataleó hacia arriba.

Rigo, Pensamiento y el resto de los sobrevivientes del golpe de la ola salieron con el mismo método de leer con los pies y emplear sus fuerzas en bucear contra el impulso que les daban sus chalecos salvavidas.

Al llegar a la superficie, Pensamiento notó que una veintena de sus compañeros se aferraba a la orilla mientras otros se trepaban a la base del bote. Se sujetó a un tubo de aluminio del perímetro de la mandarina. En ese momento se percató de que no vivía un sueño, sino que ya estaba ahí, perdido en medio del mar, sin barcos cerca y atenido a sus fuerzas. Recordó que estaba a punto de cumplir 60 años, que le faltaban seis meses para la jubilación. Le vino a la mente su primer bisnieto y el coche que apenas había sacado de la agencia.

Dios mío, si eres tan así que si tú lo puedes todo, haz que amainen los vientos —pidió.

Se subió a la base de la mandarina en donde ya estaban algunos de sus compañeros. No se había dado cuenta de que la revolcada le cortó el pabellón de la oreja y abrió una herida de cinco centímetros en su cuero cabelludo, de donde escapaban sangre y fuerzas.

Del mar vio salir a su jefe y amigo, José Ramón Granadillo, sin chaleco salvavidas. Le dio la mano y lo ayudó a subir. El viento le quitaba volumen a sus voces y las convertía en susurros.

¿Qué te pasó? ¿Por qué te sacaste el chaleco? —le preguntó Pensamiento.

Me lo tuve que quitar porque no me dejaba salir.

Su jefe era esbelto y bajito. Cuando estaba dentro de la mandarina, se clavó dos veces al agua para liberarse por la escotilla, pero el chaleco lo botaba de regreso al interior. En la tercera zambullida logró salir porque se despojó del chaleco.

Pensamiento y Rigo amarraron a Granadillo al tubo perimetral de la mandarina. Los chalecos salvavidas se habían equipado con una lámpara, un silbato y una tira de seda que en caso de naufragio serviría para amarrarse a con otros.

El viento del norte y las marejadas no se conformaron con sacar a los hombres del bote y dejarlos perdidos en el mar. Los muros de agua persistieron en sus embestidas contra los obreros. “¡Aguas!” fue el grito más recurrente por las largas horas. Las olas los barrían de la superficie del bote, los desaparecían entre los pliegues del mar, los revolcaban hacia el fondo y de regreso a la superficie.

Una de esas olas rompió la cuerda que ataba a Granadillo al bote y lo alejó del grupo. Pero el jefe de mantenimiento no dejó de luchar y se empeñó en llegar al bote. Rigoberto lo arrastró y lo ayudó a subir.

Minutos después, otra ola gigante los barrió de la mandarina. Granadillo volvió a patalear. El golpe del mar agitó el bote y sacó de su interior dos chalecos salvavidas que aparecieron flotando entre las aguas. Granadillo quedó a tres metros de uno de los chalecos y a la misma distancia del bote. No titubeó. Prefirió asegurar su regreso al bote que arriesgarse por el chaleco.

El mar devoró uno de los chalecos en segundos, el otro se quedó flotando alrededor del grupo a sólo tres metros de distancia; era el chaleco que le hacía falta a Granadillo. Los náufragos lo miraron flotar varios minutos sobre la superficie. Estaban agotados, casi sin hablar, reservando las energías para la siguiente ola y el próximo golpe de viento. Al cabo de un rato el chaleco comenzó a alejarse, a tomar su camino hasta desaparecer.

Granadillo no pudo regresar de una tercera embestida del mar. La muralla de agua se abalanzó sobre la mandarina, regando a los trabajadores en diferentes direcciones. La furia de la ola golpeaba al náufrago que debía conservar el aire, aguantar la presión de agua contra su nariz y boca y nadar de vuelta a la superficie. Pensamiento y Rigo lo vieron salir exangüe de la revolcada, dar algunas brazadas y abandonarse en el desierto de agua.

Pensamiento vio partir así a siete compañeros. Uno de los obreros de Perforadora Central, Carlos Gurrión, trató de atar uno de los cadáveres al tubo del bote. No lo consiguió. Horas después él también sería vencido por el mar.

Más que las olas, los mataba el cansancio. Había un rictus que antecedía el momento de la muerte. La resignación aparecía en sus rostros morados y tras ella se apagaba la energía para regresar al bote.

La alegría, sin embargo, llegó a los náufragos con el sonido de las hélices. Estaba a punto de atardecer y Pensamiento contó a 11 compañeros cerca de la mandarina, algunos esforzándose por acostarse en la superficie y otros sujetos al tubo perimetral.

Primero fueron dos helicópteros de PEMEX los que se acercaron a seguirlos. Los sobrevivientes acordaron que el primer rescatado sería Pensamiento. La herida de su cabeza no dejaba de sangrar a pesar de que las aguas del Golfo la habían lavado y salado mil veces. La palabra rescate se convirtió en el aliciente durante la lucha contra los golpes de la naturaleza.

Pero los helicópteros, que no contaban con equipo de rescate, se fueron. Los vientos los zarandeaban y les impedían llegar más abajo. Después se acercó una tercera nave, ahora de la

Armada de México, la única que contaba con un malacate para asistir náufragos.

Una de las cientos de olas que los embistieron había alejado del bote al cocinero de noche, quien nadaba a la deriva. Sujeto al malacate, un buzo bajó hasta la superficie del mar, lo abrazó por la espalda y lo sacó del agua. Ambos empezaron a subir hacia el helicóptero tirados por el motor del cabo.

El marino, sin embargo, no soportó el peso del hombre robusto y agotado, del cocinero de noche que ya llevaba el rictus de la desesperanza. Unos metros antes de subir se le escapó de los brazos. Sus compañeros sólo alcanzaron a ver el hoyo que se formó en el agua. Los helicópteros no intentaron otro rescate de esas características.

Pero no se fueron. La noche cayó sobre el mar picado y las naves siguieron a los sobrevivientes en las largas horas de vida y muerte. Desaparecían unos minutos y regresaban. La luz de sus reflectores alumbraba las gotas de lluvia que bailaban al ritmo de las rachas de viento.

Diosito, Señor, si tú puedes todo, haz que amainen los vientos —suplicó Pensamiento por segunda ocasión.

La luz de los reflectores se volvió lejana, tenue. La sal del mar había debilitado la vista de los sobrevivientes. Las lámparas y los silbatos que portaban en los chalecos hacía muchas horas que los había dispersado la marejada. Con el embate de cada ola los náufragos se esforzaban por volver al bote. Se reportaban a gritos en medio de la noche y con la visibilidad casi en ceros.

¡Pensamiento!

¡Rigo!

¡Cuarenta!

¡Aquí estoy!

¡Aquí estoy!

¡Aquí estoy!

Pensamiento se subió al bote y oyó un “toc toc toc”. Respondió con los nudillos: toc toc toc. Pegó la oreja sana pero no escuchó voces, sólo los golpes del interior de la mandarina. Había sobrevivientes adentro del bote abatido cien veces por la ira del mar.

Adentro, Maribel Bolaños, empleada de Servicios de Comisariato (Sercomsa), permaneció a oscuras casi 12 horas. El agua le llegaba a los hombros y el golpe de las olas más altas la hundía por completo. Escuchó las últimas palabras de sus tres compañeros:

No sé nadar… —le dijo la cocinera.

No puedo más, estoy muy cansado… —sollozó rato después un trabajador—. No tengo fuerzas…

Nadie va a venir a rescatarnos —lamentó el tercero; su respiración se convirtió en un llanto y se apagó.

No se preocupen, vamos a rezar, vamos a pedir a Dios que nos ayudé —alcanzaba a responder Maribel.

Después del silencio del último, Maribel se quedó sola en ese vientre de fibra de vidrio y agua salada, sola con el contacto de los cadáveres.

Con los ojos entrecerrados, Rigoberto divisó dos luces ya entrada la madrugada. Eran los faros de la barra del río San Pedro y San Pablo, la división natural de los estados de Tabasco y Campeche. El faro del norte indicaba el inicio del pueblo de San Pedro en el territorio tabasqueño y el faro del sur el de Nuevo Campechito, el poblado vecino de su natal Emiliano Zapata.

¡Cálmense! ¡Ya me ubiqué, ya sé dónde estamos! Un ratito más y llegamos. Ya está cerca el río —animó Rigoberto.

En menos de una hora la marejada los condujo a las costas de Nuevo Campechito. El bote salvavidas, virado, golpeado y roto, arribó pasadas las 3:00AM. Rigo se soltó del tubo del bote y sintió el suelo bajo sus pies.

El helicóptero de la Armada aterrizó en un claro de la playa a 250 metros del punto de arribo de la mandarina.

Eran 12 los sobrevivientes que recalaron en una playa atiborrada de mangles. Temblaban de frío, estaban casi ciegos y sordos por la sal y los golpes. Se abrazaron en un solo cuerpo para darse calor, boca con oreja y pecho con hombro. Le dieron gracias a Dios por estar vivos y le pidieron por sus compañeros que se quedaron en el camino.

Pensamiento se apoyó en Rigo. Estaba exhausto. Había perdido conciencia de la herida que le marcaba la cabeza.

Déjame aquí, ya no puedo más —le imploró el mecánico.

Tanto nadaste para que en la orilla te mueras —le reprendió el joven ayudante de eléctrico y lo llevó hasta el helicóptero.

El grupo decidió que sólo ocho subirían a la nave, los otros cuatro regresaron al bote a tratar de virarlo para rescatar a Maribel. Consiguieron acercarlo tres metros a la playa. Aprovecharon el impulso de las olas para darle vuelta, pero les faltó un empujón, una poca de la fuerza que habían dejado en la lucha contra la rabia del Golfo.

Rigoberto encontró un hueco y metió la mano, pero la sacó de inmediato, instintivamente, al sentir una pierna sin vida. Un segundo helicóptero aterrizó a los pocos minutos y un marino les ordenó que lo abordaran. Venía en camino una tercera nave a rescatar la sobreviviente atrapada al interior de la mandarina.

El pescado

La playa amaneció tapizada de grumos grises de barro. Los pescadores de la colonia Emiliano Zapata pasaron la noche en vela por el escándalo de las olas, el silbido del viento y el motor de los helicópteros.

El pescador Atilano Noverola Casanova oyó el bullicio en la playa y salió con su hijo Eleazar. A unos cientos de metros al sur, un grupo de pescadores recogía el cadáver hinchado de una mujer. En dirección contraria, otro conjunto de lugareños trataba de virar la mandarina uno.

Atilano miró a un hombre parecido a un espantapájaros que se mecía sobre las olas con los brazos en cruz. Los más jóvenes de su grupo se lanzaron al agua y recogieron al joven. Tenía los ojos rojos y con la tos le salía agua. Estaba tan cansado que no podía ponerse en pie. Lo tendieron sobre una sábana y lo cargaron cuatro pescadores, cada uno tirando de una punta.

El náufrago dijo llamarse Éder Ortega, ingeniero con categoría de capitán en la plataforma Usumacinta y pasajero del bote de salvamento número uno. La familia Noverola lo acostó en la cama, le dio una muda de ropa seca y un café con leche caliente. Una hora después lo llevaron al centro de salud de la colonia, en donde le aplicaron gotas en los ojos, le dieron Melox y ranitidina para el ardor estomacal. Cuando el helicóptero bajó al campo de futbol para rescatarlo, ya se le habían calmado los temblores.

Una semana después Éder Ortega regresó a Emiliano Zapata para agradecer la ayuda de los Noverola. No se quiso llevar el chaleco salvavidas que le ayudó a llegar con vida a la costa. Los Noverola recogieron también el tanque de oxígeno que se había colado al bote de salvamento número dos y lo guardó de recuerdo junto a la cama.

***

Apenas amaneció, Pedro Contreras, “Pellica”, atravesó los manglares de la playa de Nuevo Campechito hasta el punto donde recaló la mandarina dos. En el camino llevó consigo a los vecinos que fue encontrando. Cuando llegó al bote vio a seis elementos de la Armada de México tratando de voltearlo.

Los marinos no habían podido virar la mandarina y tuvieron que hacer un vuelo en helicóptero a Ciudad del Carmen para llevar un hacha y abrir un boquete por donde pudiera escapar Maribel Bolaños. Ya con la ayuda de los 15 pescadores se logró darle la vuelta. Pellica vio dos cadáveres, hombres morados e hinchados, tan pesados que resultó imposible llevarlos a cuestas.

Tampoco podía arrastrarlos por una playa entretejida de manglares. Uno de los pescadores ofreció su machete. Escogieron el palo de mangle más largo y derecho, de unos tres metros y medio, y lo cortaron. Los marinos y los pescadores amarraron los cadáveres al tronco con tres nudos, uno a la altura del cuello, otro en el abdomen y el tercero en las piernas, y se lo echaron a los hombros. En el trayecto al helicóptero, Pellica tuvo que dar un ligero tirón al palo de mangle porque uno de los cuerpos se agarró de la rama de un árbol que se atravesó en el camino.

***

A raíz de la muerte de 22 personas —20 trabajadores de la plataforma Usumacinta y 2 más del barco Morrison Tide— Petróleos Mexicanos encargó al Premio Nobel Mario Molina que integrara una comisión investigadora y pidió otro estudio a la consultoría estadounidense Instituto Batelle, ésta para indagar la causa-raíz del accidente. La Comisión Molina apuntó hacia la cadena de negligencias que arrojaron a los obreros al mar embravecido: a pesar de que se disponía con mucha anticipación de datos sobre la peligrosidad del frente frío, la calidad y precisión de los pronósticos fue inadecuada; aun cuando el frente frío tenía características de huracán, el nombre no ameritó el desalojo de las plataformas; no se tomaron en cuenta que plataformas anteriores habían modificado el suelo marino, razón por la cual los planos no coincidían con la realidad y provocaron inestabilidad en Usumacinta; no había instrumentos para detectar el movimiento anormal de las plataformas; el personal no estaba capacitado para enfrentar una emergencia, y los barcos que asistieron el rescate tampoco contaban con capacitación ni equipo adecuado.

El Instituto Batelle anotó que desde meses atrás se habían reportado problemas en el pozo KAB-121. El reporte, sin embargo, indica que quizá nunca se conozcan las causas del mal funcionamiento de la válvula. Batelle recomienda una serie de acciones para reducir la probabilidad de un accidente similar: tener información sobre el lecho marino y el peso necesario de las plataformas para evitar su desplazamiento, inspecciones periódicas, considerar el riesgo de las tormentas aunque no se llamen huracanes, hacer de los dormitorios refugios seguros a prueba de explosiones y con fuentes independientes de electricidad, en fin, tener un plan de emergencia, refugio seguro y rescate con capacitación a todos los trabajadores, independientemente de su rango o de si son empleados de PEMEX o de un contratista.

Pero el Instituto Batelle lava las manos de PEMEX. La causa raíz de los fallecimientos, dice, fueron las decisiones que tomaron los trabajadores después de que se subieron a las mandarinas: “La decisión de abrir una o más escotillas fue la causa raíz del estado fallido y de los decesos relacionados”, es el dictamen del reporte de 900 páginas, aun cuando reconoce, por ejemplo, que los materiales de la mandarina dos eran inferiores a lo esperado. “La expectativa errónea de que la transferencia (de las mandarinas a los barcos) pudo haberse realizado a salvo en aguas tempestuosas fue el origen del intento de transferirse y de los decesos resultantes”, asegura con prosa redundante y burocrática. En pocas palabras, la culpa fue de los muertos y de los sobrevivientes.

De manera diametralmente opuesta, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) reportó en la recomendación 014/2009 violaciones a los derechos humanos a la vida, la integridad física, la seguridad jurídica y a la legalidad por omisión de PEMEX debido al incumplimiento de las normas y reglamentos de seguridad, además de deficiente capacitación y equipo, sumado a la falta de embarcaciones de salvamento en la zona. Según los testimonios recabados por la CNDH, muchos trabajadores jamás habían asistido a un simulacro, los equipos de respiración autónoma estaban encadenados y no podía dárseles uso, las alarmas nunca sonaron, se bloqueó deliberadamente las puertas de la zona habitacional y una de las mandarinas tenía pegotes de silicón que se botaron a la primera ola. PEMEX, afirma la CNDH, conocía de múltiples quejas de trabajadores y no actuó para remediar los problemas de seguridad.

Se acreditan violaciones a los derechos humanos en agravio de las 22 personas que perdieron la vida el 23 de octubre de 2007 en la Sonda de Campeche, así como de las 68 personas que resultaron lesionadas, toda vez que los servidores públicos de PEMEX toleraron que la plataforma Usumacinta funcionara en condiciones que no garantizaban cabalmente la integridad física y la vida de los trabajadores”, enfatiza la Comisión, denunciando también la obstaculización ilegal de sus investigaciones por parte de la Procuraduría General de la República, que negó el acceso a los expedientes.

A pesar de la estridente queja de la CNDH, ni un solo funcionario de PEMEX fue juzgado por las omisiones que llevaron al accidente. Nadie tuvo que renunciar tampoco.

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Después del accidente, Pensamiento notó que se convertía en pez. Su piel endureció y se hizo escamosa. Las ministraciones de suero se volvieron una batalla para los médicos, que no sólo no encontraban las venas, sino que no podían clavar los catéteres.

La noche del miércoles 24, cuando estaba en el hospital del Seguro Social de Ciudad del Carmen, Pensamiento se resignó a esperar en urgencias a que se desocupara una cama, lo cual ocurrió hasta el viernes 26.

La herida de cinco centímetros en su cuero cabelludo se había infectado y debió pasar internado 14 días. De la oreja derecha quedó sólo el lóbulo; se acostumbró a que la pata de los anteojos se apoyara en el vendolete blanco. A pesar de que la prueba de audibilidad mostró que había perdido 50 por ciento de ésta en el oído derecho, los médicos le dijeron que podía volver a trabajar.

Después de que la piel se le puso escamosa, Pensamiento la mudó como si fuera serpiente. Al amanecer notaba que las escamas aparecían en montoncitos al pie de la cama. Una capa nueva y delgada de epidermis surgió de abajo de los pellejos que fue dejando con el paso de los días.

Pero si bien la piel de pescado se cayó de su cuerpo, a Pensamiento le quedaron las huellas del naufragio adheridas al alma. Uno de sus placeres era acostarse a dormir y disfrutar los sueños, en donde aparecía su familia o los buenos momentos del día. La furia del mar, sin embargo, invadió ese territorio antes inexpugnable con lagunas, plataformas que se hunden, cadáveres y marejadas. Una noche de noviembre, de camino a Mérida, Pensamiento se alarmó cuando un pescado del tamaño de un hombre se atravesó en la carretera caminando sobre la cola.

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Una versión de este artículo se publicó en el suplemento “Enfoque”, de Reforma, el 10 de febrero de 2008.

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