Por Daniela Rea

Después de casi cuatro horas por caminos de terracería, desde la cabecera municipal de Cochoapa el Grande, el municipio más pobre del país, se llega a un caserío clavado en medio de la montaña.

El camino de tierra rojiza que lleva a él está bordeado por campos sembrados de amapola, la flor roja se levanta entre las milpas devorándolas casi por completo. El poblado tiene unas 10 casas de madera y techo de lámina y una sola construcción de cemento, es la escuela primaria.

Desde la ventana se puede ver una veintena de pupitres empolvados, un pizarrón que aún tiene la última lección escolar de sumas y restas y un espacio vacío donde debía ir la televisión. El último maestro enviado por la Secretaría de Educación Pública duró apenas dos semanas. Cuando él llegó tenían 3 años sin profesores.

Así ha sido casi siempre en esos pueblos de la Montaña. Para los maestros de la SEP, llegar a estas comunidades alejadas y pobres a dar clases es un castigo. Para los niños la falta de clases es una condena a convertirse en jornaleros o sembradores de amapola. Una de las niñas de esta comunidad tiene 15 años y no sabe escribir su nombre. Eso la entristece hasta llorar.

A estos poblados y a estos niños se deben los maestros que egresan de la Normal de Ayotzinapa, que dedicarán su vida a enseñar en las lejanías. Sin embargo, el gobierno estatal y federal ha intentado asfixiarla por considerarla un “semillero de guerrilleros”: han cortado recursos, han eliminado plazas, han criminalizado a los estudiantes y en esa violencia han matado a cinco (dos en el desalojo de la autopista del Sol en 2011 y tres en los ataques cometidos por policías municipales de Iguala, donde además 43 fueron desaparecidos).

Alejandro Soto es un joven de 19 años, sobreviviente de los ataques de la noche del 26 de septiembre en Iguala. “Entré aquí porque no tenía otras opciones de estudiar en otro lado por falta de dinero, soy de familia pobre y mis papás no pudieron apoyarme para seguir. A nuestra escuela no la maneja el gobierno, aquí es una escuela donde te despierta la conciencia, donde entiendes por qué tanta injusticia. Yo siempre he sido pobre, pero hasta que llegué aquí supe por qué había pobres y ricos”.

Cuando los estudiantes de primer año llegaron a la Normal a iniciar sus clases, sus compañeros mayores les recitaron una leyenda que está pintada en la Normal:

Bienvenidos a lo que no tiene inicio.
Bienvenidos a lo que no tiene fin.
Bienvenidos a la lucha eterna por ser mejores día a día.
Unos la llaman necedad.
Nosotros la llamamos E-S-P-E-R-A-N-Z-A”

Yo no sabía que lo que comencé como estudiante para ser maestro normalista en las comunidades más pobres de nuestro estado, las más lastimadas, terminaría en una lucha por la justicia de todo el país. A la gente le quiero decir que no nos dejen solos, necesitamos de todas esas personas que están cansadas de la impunidad y de las injusticias para continuar con esta lucha”, dice Alex Soto, a quien le falta su mejor amigo, desaparecido la noche del 26 de septiembre.

Ellos han decidido ser los maestros de los más pobres, de los olvidados. Nosotros no podemos darnos el privilegio, el gozo del descanso ni el olvido.

*Texto publicado en Periodistas con Ayotzinapa

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