Entrevista a Chinua Achebe

Por Jerome Brooks

Jerome Brooks: ¿Podría hablarnos un poco acerca de la familia Achebe, la experiencia de crecer en una villa Igbo, sus primeros años educativos y si hubo algo que lo encaminó desde tan temprano rumbo a la escritura?

 

Chinua Achebe: Creo que lo que me encaminó definitivamente hacia la escritura fue mi interés por las historias. No necesariamente escribir historias, porque hubo momentos en los que escribirlas no era una opción viable, así que ni siquiera se te ocurría hacerlo. Pero sí estaba al tanto de mi amor por las historias: historias contadas en casa, primero por mi madre, luego por mi hermana mayor —como la historia de la tortuga—; cualquier cachito de las historias que escuchaba sentándome cerca de mi padre cuando recibía visitas.

 

Cuando comencé a ir a la escuela, me encantaban las historias que leía. Eran distintas, pero también me gustaban. Mis padres fueron de los primeros convertidos al cristianismo en aquella región de Nigeria. Y no eran sólo conversos; mi padre era evangelista, un maestro religioso. Él y mi madre viajaron por 35 años a diferentes partes de Igboland, esparciendo el evangelio. Yo fui el quinto de sus seis hijos. Durante mis años de crecimiento, mi padre ya estaba retirado y había regresado con su familia a la villa ancestral.

 

Cuando comencé a ir a la escuela y aprendí a leer, encontré historias de otra gente, de otras tierras. En uno de mis ensayos, recuerdo el tipo de cosas que me fascinaban. Cosas raras incluso, como magos africanos que viajaban a China para encontrar una lámpara… Fascinantes para mí porque trataban sobre cosas remotas, y casi etéreas.

 

Luego crecí y comencé a leer aventuras en las que no estaba enterado de que tenía que estar del lado de los salvajes que eran encontrados por hombres blancos y buenos. Fue instintivo que tomara el lado de los blancos. ¡No eran tan malos! Eran gente excelente, de inteligencia. Los otros no eran nada de eso… Eran estúpidos, y feos. Ahí fue donde conocí el peligro de no contar con historias propias. Hay un gran proverbio que dice: hasta que los leones tengan sus propios historiadores, la historia de la caza siempre glorificará al cazador.

 

Eso no lo comprendí hasta mucho después. Una vez que me di cuenta, tenía que ser escritor. Tenía que ser ese historiador. No es trabajo para un solo hombre. No es trabajo para una sola persona. Pero es algo que debemos hacer, para que la historia de la caza refleje también la agonía, el esfuerzo, el valor incluso, de los leones.

 

JB: Usted fue uno de los primeros egresados de la gran Universidad de Ibadan. ¿Cómo fueron los primeros años de la universidad, y qué estudió ahí? ¿Le ha resultado útil para su escritura?

 

CA: Ibadan era, en retrospectiva, una gran institución. De cierto modo, revelaba la paradoja de la institución colonial, porque la universidad fue fundada en los últimos años del régimen británico en Nigeria. Si dejaron cosas buenas, Ibadan fue una de ellas. Comenzó como una extensión de la London University, porque con los británicos, uno no se apresura a hacer cosas como una universidad así como así. Se empieza como un apéndice de alguien más.

 

Se pasa por un período de tutelaje. Éramos el Colegio Universitario de Ibadan de Londres. Entonces me titulé de la London University. Así eran las cosas entonces. Uno de los primeros signos de independencia, cuando llegó, fue la transformación de Ibadan en una universidad tal cual.

 


Comencé con las Ciencias, luego Letras Inglesas, Historia y Religión. Estas materias me parecían emocionantes y muy útiles. Estudiar religión era algo nuevo e interesante para mí porque no se trataba de teología cristiana nada más; también estudiamos religiones de África Occidental. Mi maestro de entonces, el Dr. Parrinder, ahora un profesor emérito de la London University, era un pionero en el área. Había elaborado amplias investigaciones en el África Occidental, en Dahomey. Por primera vez, fui capaz de ver sistemas —incluyendo el propio— colocados y comparados lado a lado, lo cual fue muy emocionante. También tuve un profesor, James Welch, en ese mismo departamento. Era un hombre extraordinario que había sido capellán de Jorge VI y de la BBC; había ocupado toda clase de puestos de alto rango antes de llegar con nosotros. Era un orador bastante elocuente. En una ocasión me dijo “Puede que no podamos enseñarles lo que necesitan o lo que quieren. Sólo podemos enseñarles lo que sabemos”. Eso me pareció algo maravilloso.

 


Esa fue realmente la mejor educación que haya tenido. No aprendí nada necesario, a excepción de aquella actitud. Tenía que salir al mundo por mí mismo. El departamento de Letras Inglesas es un muy buen ejemplo de lo que menciono. La gente que daba clases ahí se hubiera reído ante la idea de que cualquiera de nosotros saliera escritor. Una vez pusieron un anuncio: escribe un cuento durante las vacaciones y gana un premio. Nunca había escrito un cuento, pero cuando llegué a casa pensé, bueno, ¿por qué no? Así que escribí uno y lo entregué. Pasaron meses; finalmente, un día, había un aviso anunciando los resultados. Decía que no se entregaría ningún premio porque ninguno de los cuentos participantes era de calidad. Me mencionaron, dijeron que mi historia merecía una mención. Ibadan no era poca cosa en aquellos tiempos, así que si Ibadan decía que tu trabajo merecía una mención, era un gran honor.

 

Fui con la profesora que había organizado el premio, y le dije: “Usted dijo que mi historia no era lo suficientemente buena pero que era interesante. Dígame, ¿qué tenía de malo?”. Y contestó: “Bueno, es la forma. La forma no era la correcta”. Así que yo le dije: “Ah, ¿puede enseñarme?”. Y ella dijo: “Sí, pero ahora no. Voy a jugar tenis; luego hablamos de eso. Recuérdamelo y te digo”.

 

Así nos la pasamos por todo un semestre. Siempre que la veía, le decía, ¿podemos hablar sobre las formas?, y ella contestaba no, ahora no, lo haremos después. Luego, justo al final del semestre, la vi de nuevo y me dijo: “Sabes, volví a echarle un vistazo a tu cuento y no encontré nada malo en él”. ¡Y así fue! Eso fue todo lo que aprendí en el departamento de letras inglesas acerca de cómo escribir cuentos. Es cosa de aventurarse uno mismo.

 

JB: Cuando se graduó de la universidad, uno de los primeros empleos en los que se embarcó fue con la Nigerian Broadcasting Corporation.

 

CA: Conseguí el empleo gracias al profesor Welch. Intentó conseguirme una beca en el Trinity College, de Cambridge, y no se pudo. Así que intentó luego con el departamento de radiodifusión que acababa de fundarse en Nigeria con un montón de gente de la BBC. Así fue como conseguí el empleo. No fue porque quisiera involucrarme en los medios. No tenía ni la menor idea de lo que iba a hacer una vez que saliera de la universidad. Me sorprendo al pensar en los estudiantes de hoy. Saben desde el primer día en lo que se convertirán.

 

Nosotros no sabíamos. Sólo vagábamos. Sólo sabíamos que las cosas iban a salir bien. Por fortuna, así fue. No habíamos muchos. Eso no se puede hacer hoy en día, no con éxito. Así que me involucré en los medios, y descubrí que el lugar donde trabajaba, el departamento de la palabra hablada, el Departamento de Voces, como le decían, era un lugar muy agradable. Era justo lo que quería. Se editaban textos. Discursos. Cuentos. Me involucré mucho en la edición y comisión de cuentos. Las cosas sucedían muy rápido en nuestro país recién independizado, y pronto me promovieron lejos de tanta emoción, a un puesto gerencial.

 

JB: Los títulos de sus primeros libros —Things Fall Apart y No Longer at Ease— provienen de poetas modernos: un irlandés y un americano. Otros escritores negros —pienso particularmente en Paule Marshal— han tomado cosas de Yeats. Me pregunto si Yeats y Eliot están entre sus poetas favoritos.

 

CA:Lo están. Y en verdad yo no le buscaría mucho significado a eso. Lo hice más que nada por presumir. Como le dije, me titulé de una carrera muy general, con Letras Inglesas como parte del paquete, y uno tenía que mostrar la evidencia. ¡Pero me gustaba Yeats! Ese irlandés tan alocado. En verdad que me encantaba su amor por el lenguaje, su flujo. Sus ideas tan caóticas me parecían lo más adecuado para un poeta. ¡Pasión! Siempre estaba del lado correcto. Puede que estuviera mal de la cabeza, pero su corazón estaba donde tenía que estar. Escribía poesía preciosa. Es el mismo efecto mágico que el mago tenía sobre mí. Solía inventarme frases con cualquier cosa que me viniera a la cabeza, cualquier cosa que sonara interesante. Así que Yeats era el tipo de poeta para mí. Fue después que descubrí su teoría de los círculos o ciclos de la civilización. No estaba pensando en eso cuando se me ocurrió el título. La frase “things fall apart” me pareció lo más apropiado.

 

T.S. Eliot es otra historia. Tuve que estudiarlo en Ibadan. Tenía la erudición de un monje, una elocuencia diferente, académica hasta el extremo. Pero creo que el poema del que tomé el título de No Longer at Ease, el que trata sobre los tres reyes magos, es uno de los grandes poemas del idioma inglés. Esta gente que se fue y luego volvió a sus tierras “ya no estaba tranquila”… Creo que eso es maravilloso, el uso de un lenguaje simple cuando se habla de cosas profundas; muy emocionante, muy conmovedor. Eso es lo único que tengo que decir al respecto. Pero notará que luego de esos dos primeros títulos, ya no volví a hacerlo.

 

JB: Alguna vez escuché a su editor inglés, Alan Hill, hablar sobre cómo fue que usted le envió el manuscrito de Things Fall Apart.

CA:Esa es una larga historia. La primera parte cuenta cómo el manuscrito casi se pierde por completo. En 1957 recibí una beca para ir a Londres y estudiar un par de meses en la BBC. Tenía un borrador de Things Fall Apart, así que me lo llevé para terminarlo. Cuando llegué a la BBC, uno de mis amigos —habíamos dos nacionales de Nigeria— dijo, ¿por qué no le muestras esto a Mr.Phelps? Gilbert Phelps, uno de los profesores en la escuela de la BBC, era novelista. Le dije “¿Qué? ¡No!”, y así nos la pasamos por un tiempo.

 

Eventualmente me convencieron de hacerlo, así que tomé el manuscrito y se lo di a Mr. Phelps. Dijo: “Bueno… Está bien”, tal como yo lo haría si alguien me trajera un manuscrito; no estaba muy entusiasmado. ¿Por qué lo estaría? Se lo llevó de todos modos, muy amablemente. Fue la primera persona, aparte de mí, en decir “Esto me parece interesante”. De hecho, le pareció tan interesante que un sábado se vio orillado a buscarme y decirmelo. Yo estaba de viaje, fuera de Londres; encontró donde me hospedaba, llamó al hotel y me pidió que le devolviera la llamada. Cuando recibí su mensaje, se me llenaron los pies de plomo. Pensé que tal vez no le había gustado, pero si fuera así, ¿por qué me llamaría para decirme que no le gustó? Así que seguro llamaba para decirme que le había gustado. Yo estaba muy emocionado. Cuando volví a Londres, me dijo: “Esto es maravilloso. ¿Quieres que se lo enseñe a mi editor?”. Le dije que sí, pero que todavía no, porque la forma no me parecía adecuada. En mi intento por abarcar la saga de tres familias, había cubierto demasiado terreno en mi primer borrador. Me di cuenta de que tenía que hacer algo drástico, darle más cuerpo a la obra. Así que le dije a Mr. Phelps: “Mire, estoy muy agradecido, pero me gustaría llevarme esto de vuelta a Nigeria y echarle otro vistazo”. Y eso hice.

 


Cuando estaba en Inglaterra, había visto anuncios de agencias de mecanografía. Había escuchado que si uno quería dar una buena impresión, tenía que llevar el manuscrito mecanografiado. Así que, tontamente, mandé mi manuscrito por paquetería desde Nigeria —escrito a mano, por cierto, y era la única copia en todo el mundo— a una agencia de mecanografía que se anunciaba en The Spectator. Me escribieron de vuelta, diciendo “Gracias por el manuscrito. Le cobraremos 30 libras”. Eso pedían por hacer dos copias, y querían el dinero por adelantado. Así que mandé 30 libras por correo certificado de Inglaterra y ya no supe más al respecto. Pasaron semanas, meses. Yo escribí, y volví a escribir y volví a escribir. Sin respuesta. Ni una palabra. Comencé a adelgazar más y más y más. Finalmente, resulta que tuve muy buena suerte. Mi jefa en la radiodifusora iba ir a Londres durante su descanso. Era una mujer inglesa y muy testaruda. Le conté sobre el manuscrito y me dijo “¡¿Cómo se atreven?!”. Seguro se sorprendieron mucho, porque supongo que no esperaban que alguien le diera seguimiento a un manuscrito enviado desde África. Los ingleses no suelen ser así, pero algo venido de África era tratado de otro modo. Así que cuando esta mujer, Mrs. Beattie, apareció en sus oficinas y les preguntó qué estaba sucediendo, estaban muy confundidos. Le explicaron que habían enviado el manuscrito, pero que la aduana lo mandó de vuelta. Mr. Beattie dijo “¿Puedo ver su bodega de libros?”. No tenían bodega. Mr. Beattie les dijo “Bueno, envíenle el manuscrito mecanografiado para la próxima semana, si no, ya sabrán de mí”.

 

Poco después, recibí el manuscrito mecanografiado de Things Fall Apart. Una copia, no dos. Sin ninguna carta para explicar lo sucedido. Mi editor, Alan Hill, aún cree que se habían olvidado de la obra, que la dejaron acumulando polvo en un rincón. Eso no fue lo que sucedió. Esta gente no quería devolverme la novela, no tenían intenciones de hacerlo. Bueno, cuando recibí el manuscrito, lo mandé de vuelta a Heinemann. Nunca habían visto una novela africana. No sabían qué hacer con ella. Alguien les dijo “Oh, hay un profesor de economía de la London School of Economics and Political Science que andaba por allá. Él podría ayudarte”. Por fortuna, Don Macrae era un hombre muy culto, maravilloso. Pude conocerlo mejor más tarde. Escribió lo que, según se dice, era el reporte más corto escrito sobre una novela. Siete palabras: “El mejor debut novelístico desde la guerra”. Y fue así como comenzó mi carrera.

 

JB: Heinemann no tenía idea tampoco sobre cuántas copias debían imprimirse…

 

CA: Oh, sí. Imprimieron muy, muy pocas. Era todo un riesgo. Algo que nunca habían hecho. No sabían si alguien estaría interesado en leer la novela. El tiraje se acabó muy pronto. Y se habría quedado en eso si no fuera porque Alan Hill decidió subirle a la apuesta y sacar una edición en pasta suave.

 

Otros editores pensaban que era una locura, que estaba demente. Pero fue así como comenzó la African Writers Series [Serie Escritores Africanos]. Al final, Alan Hill fue nombrado Komtur del Imperio Británico por ayudar en el establecimiento de un corpus literario que, dijeron, se encontraba entre los más grandes desarrollos de las letras británicas del último siglo. Así que fue un comienzo pequeño, pero estalló pronto.

***

JB: ¿Podría decirnos algo acerca del germen de su trabajo? ¿Qué viene primero? ¿Una idea general, una situación específica, una trama, un personaje?

 

CA: Es distinto con cada libro. Generalmente, creo que lo primero que viene es la idea general, seguida casi de inmediato por los personajes principales. Vivimos en un mar de ideas generales, así que una novela no trata de eso, ya que éstas abundan. Pero cuando una idea general conecta con un personaje, es como un motor que la mueve. Es entonces que se tiene una novela en camino.

 

Esto sucede particularmente en novelas con personajes distintivos y grandiosos, como Ezeulu en Arrow of God. En obras como A Man of the People, o mejor aún, No Longer at Ease, con personajes de personalidad más dócil, ahí creo que la idea general juega un papel más central durante la fase inicial. Pero una vez resuelta la primera fase, no hay diferencia entre la idea general y los personajes; ambos tienen que funcionar.

 

JB: ¿Qué lugar ocupa la trama? ¿Piensa en ella sobre la marcha? ¿La trama surge de los personajes o del concepto?

 

CA:Una vez que la novela está en marcha y yo sé que es algo viable, dejo de preocuparme por la trama o los temas. Estas cosas surgirán casi en automático porque los personajes empujan la historia. Uno llega al punto en el que no se siente tan en control de las cosas, de los eventos que uno creía conocer. Hay elementos que un relato debe tener, si no, se sentirá incompleto. Y estos elementos se harán presentes casi en automático. De no hacerlo, te metes en un verdadero problema, y la novela se detiene.

 

JB: Entonces, ¿escribir le viene con facilidad? ¿O es algo que le resulta difícil?

 

CA: La respuesta más sincera es que, sí, es difícil. Pero el término “difícil” no describe del todo lo que quiero expresar. Es como en la lucha greco-romana: uno lucha con el relato y las ideas. Hace falta mucha energía. Y al mismo tiempo, es emocionante. Así que es fácil y difícil a la vez. Lo que debes aceptar es que tu vida no será la misma mientras escribas. He dicho alguna vez, con la exageración típica de los escritores y profetas, que la escritura, para mí, es como ser sentenciado a prisión: se sabe a lo que se va, por tanto tiempo como haga falta. Así que es algo placentero y a la vez difícil.

 

JB: ¿Tiene algún momento o lugar preferido para escribir; alguna porción del día o un espacio en su casa o su oficina?

 

CA: Me he dado cuenta de que trabajo mejor en mi casa en Nigeria. Pero uno aprende a trabajar en otros lados. Yo me siento más a gusto en lugares que reflejan los ambientes sobre los que estoy escribiendo. El horario no importa, la verdad. No soy madrugador; no me gusta salir de la cama, así que no me levanto a escribir a las cinco de la mañana, aunque he escuchado que hay quienes lo hacen. Escribo cuando comienzo el día. Y puedo seguir trabajando hasta altas horas de la noche también. Por lo general evito intentar escribir una cierta cantidad de palabras por día. La disciplina radica en trabajar independientemente de si se produce mucho o no, porque el día que más produces no es necesariamente el día que escribes tus mejores palabras. Así que se trata de escribir con regularidad sin hacerlo…. sin imponerte programas demasiado rígidos. Eso sería lo ideal para mí.

 

JB: ¿Escribe con pluma, a máquina, o ha caído en brazos de las computadoras?

 

CA: ¡No! No, no… Soy muy primitivo; escribo con pluma. Pluma y papel son el método ideal para mí. No me siento muy cómodo con las máquinas; nunca aprendí a teclear muy bien. Cuando intento escribir algo a máquina, es como tener un aparato entre las palabras y yo; el resultado no es el mismo que si escribiera a mano. Para empezar, no me gusta ver errores impresos. Me gusta la perfección en los manuscritos. Cuando escribo a máquina, a veces dejo alguna frase que requiere trabajo, que no es la que busco, porque es todo un problema corregirla. Así que, cuando me fijo en todo esto…resulta que soy un hombre pre-industrial.

*Fragmento de entrevista publicada en The Paris Review (1994). Traducción de Staff El Barrio Antiguo.

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