Por Roberto Bolaño

Foto por Victor Hugo Valdivia

La relación con el poder de los intelectuales mexicanos viene de lejos. No digo que todos sean así. Hay excepciones notables. Tampoco digo que los que se entregan lo hagan de mala fe. Ni siquiera que esa “entrega” sea una entrega del todo. Digamos que sólo es un empleo. En Europa, los intelectuales trabajan en editoriales o en la prensa, o los mantienen sus mujeres, o sus padres tienen buena posición y les dan una mensualidad, o son obreros y delincuentes y viven honestamente de sus trabajos. En México, y puede que el ejemplo sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales trabajan para el Estado. Esto era así con el PRI y sigue siendo así con el PAN. El intelectual, por su parte, puede ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio. Con su enorme cohorte de escritores más bien inútiles, el Estado hace algo. ¿Qué? Exorciza sus demonios; cambia o al menos intenta influir en el tiempo mexicano. Añade capas de cal a un hoyo que nadie sabe a bien si existe o no existe. Por supuesto, esto no siempre es así. Un intelectual puede trabajar en la universidad o, mejor, irse a trabajar a una universidad norteamericana cuyos departamentos de literatura son tan malos como los de las universidades mexicanas. Pero esto no lo pone a salvo de recibir una llamada telefónica a altas horas de la noche y que alguien que habla en nombre del Estado le ofrezca un empleo mejor remunerado, algo que el intelectual cree que se merece, y los intelectuales “siempre” creen que se merecen algo más. Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los intelectuales mexicanos, los vuelve locos. Algunos, por ejemplo, se ponen a traducir poesía japonesa sin saber japonés. Otros, ya de plano, se dedican a la bebida. Almendro, sin ir más lejos, creo que hace ambas cosas. La literatura en México es como un jardín de infancia, una guardería, un kindergarten, un parvulario, no sé si lo puedes entender. El clima es bueno, hace sol, uno puede salir de casa y sentarse en un parque y abrir un libro de Válery, tal vez el escritor más leído por los escritores mexicanos, y luego acercarse a casa de los amigos y hablar. Tu sombra, sin embargo, ya no te sigue. En algún momento te ha abandonado silenciosamente. Tú haces como que no te das cuenta, pero sí que te has dado cuenta.

Tu jodida sombra ya no va contigo, pero, bueno, eso puede explicarse de muchas formas: la posición del sol, el grado de inconsciencia que provoca en las cabezas sin sombrero, la cantidad de alcohol ingerida, el movimiento como de tanques subterráneos del dolor, el miedo a cosas más contingentes, una enfermedad que se insinúa, la vanidad herida, el deseo de ser puntual al menos una vez en la vida. …Ellos sólo escuchan los ruidos que salen del fondo de la mina. Y los traducen o reinterpretan o recrean. Su trabajo cae por su peso, es pobrísimo. Emplean la retórica allí donde se intuye un huracán, tratan de ser elocuentes allí donde intuyen la furia desatada, procuran ceñirse a la disciplina de la métrica allí donde sólo queda un silencio ensordecedor e inútil. Dicen pío pío, guau guau, miau miau porque son incapaces de imaginar un animal de proporciones colosales o la ausencia de ese animal.

—No entiendo nada de lo que has dicho —dijo Norton.

—En realidad sólo he dicho tonterías —dijo Amalfitano.

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