Alguien se quejaba de que no se podía abrir el periódico en estos días sin enterarse de un gran desfalco, un nuevo problema nacional o un desastre. Al oír la queja yo expliqué que la proliferación de noticias desagradables no era culpa de los periódicos, sino que se debía a un reajuste muy natural causado por la salida de unos funcionarios la entrada de otros nuevos en la administración pública.

Para aclarar esta idea, puse de ejemplo las experiencias que tiene cualquier persona cuando llega a una ciudad extraña y alquila una casa amueblada. La visita preliminar, que es la que hace que firme uno el contrato, no cuenta, porque está uno viendo la casa todavía con ojos de extraño. Todo parece adecuado y hasta cierto punto agradable. Los problemas empiezan cuando llega uno con las maletas, los palos de golf y un paquete de comestibles a instalarse. Lo primero que nota uno en la alfombra y en los muebles son las huellas de una procesión de inquilinos pasados e invisibles pero repulsivos. En estas circunstancias, los niños tienen la tendencia a abrir cajones buscando billetes de mil pesos olvidados. Los adultos, en cambio, abren el refrigerador creyendo encontrar en él los restos de una anciana acurrucada. Esto, afortunadamente, ocurre muy rara vez. Pero de todas maneras se encuentran rastros siniestros.

Un zapato de mujer debajo de la cama, unas chaquiras en un cajón o un gancho de colgar ropa encima del ropero bastan para conjurar en la mente del nuevo inquilino visiones de orgías sórdidas con mujeres gordas, de pleitos conyugales, de pasiones oscuras y reprimidas.

Pero afortunadamente pasan los días y uno se acostumbra a todo. La mugre de los inquilinos pasados empieza a confundirse con la que suelta el nuevo. Cada uno de nosotros deja tras sí una estela de algo, que le parece lo más natural, que es una de sus características fundamentales, y que para los demás es mugre. Por ejemplo, quemaduras de cigarro en la mesa de noche, cuentas de supermercado, cadenas de clips, hojas de papel en las que se han hecho anotaciones crípticas, etcétera.

Cuando en la casa recién ocupada empiezan a aparecer signos del aura peculiar del nuevo inquilino, éste se siente tan a gusto como en la propia.

Lo mismo pasa con los funcionarios. En el periodo de acomodamiento todo les produce alarma y les da la impresión de ser completamente inaceptable. Esto ocurre en todas las capas de la administración, desde las secretarías de Estado hasta los escalones más humildes. Ejemplo de esto último es lo que ha pasado en la oficina de correos que está cerca de mi casa. Ha habido cambios y se ha descubierto que uno de los miembros de personal saliente tenía la costumbre de almacenar tarjetas de Navidad. Ahora las están repartiendo. No porque se crea que sirva de algo recibirlas o que a alguien le interese lo que dicen, sino para poner en evidencia que la oficina está ahora en manos de gente honrada y para subrayar que los anteriores empleados tenían malas mañas.

La labor del funcionario entrante empieza con una pequeña definición que cada uno da de sí mismo. Como por ejemplo, “Soy producto típico de la juventud revolucionaria”, “Lo único que me interesa es depurar”, “Nada más lejos de mi intención que acusar a alguien de incompetencia, pero de ahora en adelante las cosas se van a hacer mejor”.

Después viene lo bueno, cuando se descubren los grandes fraudes, los negociazos, las torpezas. Este momento corresponde al inquilino descubriendo un zapato debajo de la cama.

Se descubre que en tal dependencia, encargada de reforestar cierta zona del país, se gastó más dinero en pintar piedras de blanco y en poner letreros anunciando quién hacía la reforestación que en plantar árboles. O bien, que las partidas de dinero que se habían destinado a comprar maquinaria sirvieron en realidad para comprar casas en las Lomas, etcétera.

Pero estos descubrimientos desagradables no se hacen en privado, como en el caso del inquilino del ejemplo, sino en público, y no se puede dar rienda suelta al asco que producen. Hay que proceder con tiento. No vaya a ser que por andar diciendo que lo anterior estaba podrido vaya la gente a pensar que lo actual también está podrido. Hay que proceder con orden, arreglar la escena, para que las emociones no vayan a salirse de cauce. Dosificarlo todo.

Alguien resulta un bandido, pero alguien se reivindica.

Por ejemplo, gracias a las declaraciones de un líder, se descubre que en administraciones pasadas se compraron locomotoras al triple de su precio normal. Se ordena una investigación, se hace una junta y un funcionario comenta: “¡Qué bueno que tenemos sindicatos honrados, porque así nos ayudan a descubrir esta clase de irregularidades!”.

Sí. Y qué lástima de que sean los sindicatos los únicos que saben cuánto cuestan las locomotoras.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1970).

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