Por Carmen Libertad Vera

—A ver, Gerardo: cuéntame ahorita uno de tus famosos sueños.


Gerardo, el aludido, quien en esos momentos terminaba de contar y rotular unos archivos respaldados en DVD, no mostró la menor sorpresa al escuchar aquella petición inusual. Pero asintió, haciendo con su cabeza un leve gesto.


Mientras Gerardo concluía aquella rotuladora tarea, su interlocutor se puso a observarlo detenidamente. Por primera vez lo advirtió más moreno y chaparro de lo que creía. Y descubrió que dentro de su cuadrado rostro destacaban dos rasgos muy visibles, inadvertidos hasta ese momento: una profunda cicatriz frontal y unas ojeras permanentemente violáceas.


Eso sí, Gerardo le seguía pareciendo un tipo bastante peculiar. Tan peculiar como desde el mismo día en que lo conoció, cuando, después de escucharlo decir su nombre, en lugar de oírlo continuar con un “mucho gusto”, a manera clásica de cortesía, sorpresivamente y de un solo resuello le soltó el contenido de una tarjeta de presentación oral, mismo choro que repetía siempre ante cualquier otra persona que él conociera.


—Manejo cartomancia, quiromancia, sugestión, magnetismo, clarividencia, telepatía, hipnosis, psicología, sexto sentido, fenómenos ovnis, paranormales y tengo un amigo en extra-normal. Soy un elegido del Ser Supremo, y él me ama.


A diferencia de lo que en un inicio pudiera pensarse, Gerardo no se dedica profesionalmente al oficio de nigromante. Es profesional, sí, pero en la reparación de cualquier aparato electrodoméstico que en desconchinflado estado ante él se pueda presentar. Razón por la que con cierta frecuencia cursa diplomados de actualización, cuya versión digital y modular es la que guarda contenida en los DVDs que ahora se afana en rotular.


Terminada su momentánea tarea, sin mayor reticencia, Gerardo procedió a contar ahí, en plena vía pública, uno de sus famosos sueños. Sueño que para él, según dijo, marcó una gran diferencia en su vida. Aquí esa narración onírica en palabras del propio Gerardo:


—Me soñé de pie sobre una larga planicie de duras piedras. Alrededor podía ver unas construcciones con agujeros grandes, cuadrados, como puertas y ventanas. Pero eran sólo agujeros; no tenían nada, sólo el vacío. Debajo de ahí, en la parte central, se encontraba una especie de cancha de basquetbol. Estaba hacía abajo, hundida, rodeada en sus cuatro lados por una especie de gradas de piedra. De pronto se aparecieron frente a mí unos seres extraños. Eran tres, con batas blancas. Un amigo me dijo que eran seres de luz. Uno de ellos me dijo al oído la ciudad y el año en que me encontraba. Luego, con sus manos, me ofreció un objeto triangular y brillante, como un pedazo de pizza pero con los bordes más irregulares.

Ellos me dijeron: “Te traemos esto porque lo que nosotros preparamos no puede expulsar lo que tienes dentro”. Lo empecé a comer. Y me dio miedo. Pensé que me querían envenenar. Decidí escupirlo. Lo hice y fui entonces hacia adentro de aquellas construcciones con agujeros. Ahí pude ver una mesa larga, larga.

Sentada, en el centro, había una persona con aspecto oriental. Tenía las mismas facciones de alguien con quien tenía fricciones y asperezas. En mi sueño, él tenía los ojos jalados jalados, como de chino.

Además, de su cabeza colgaban dos largas, muy largas trenzas, una a cada lado. Llegaban por debajo de su pecho. Ahí también encontré unos escudos grandes redondos, como platones cubiertos con una especie de óxido en polvo. En un principio quise, pero no pude, quitar ese polvo de la superficie. Pero, al tomar uno de ellos, como por arte de magia se cayó al piso aquel recubrimiento. Pude ver ahí entonces, en ese escudo, la figura del dios egipcio que tiene cuerpo de hombre y cabeza de chacal.


Gerardo detuvo su narración. Miró entonces a su interlocutor como él suele hacerlo: fija y directamente, sin hacer un solo gesto con su rostro.


Entonces, adoptando un preconizado cariz de vidente, concluyó su relato diciendo:


—Fue un mensaje divino. Lo sé. A partir de ahí me llegó la necesidad de alejarme de muchas cosas perjudiciales. Adicciones y chingaderas de ese tipo. Fue a raíz de lo que me dieron a probar. ¡Aunque yo lo escupí casi todo! Esa vez desperté intentando escribir en un papel el mensaje que dijeron. No pude recordarlo. Ni siquiera en otro sueño. Pero para mí fue un mensaje importante. Lo sé.


Terminado su relato, Gerardo se despidió elevando su mano en el aire y haciendo una especie de bendición. Su interlocutor se quedó ahí sin poder poner en duda nada: ni el sueño, ni las palabras de Gerardo.


Una frase escapó finalmente de sus labios: “¡Ese bato está re’loco, me cai si no!”.

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