¿Por qué son menospreciados algunos oficios que salvan vidas a diario?

Por Melva Frutos

Después de 60 horas de lluvia continua, la ciudad se volvió un caos: destrucción, daños y muerte. El primero de julio del 2010 el huracán Alex arribó a Nuevo León; fue el primer fenómeno meteorológico de la temporada. Llegó a las costas mexicanas durante la madrugada como categoría 2. En el estado iniciaron las lluvias intermitentes durante la noche del 30 de junio y azotaron la mañana con gran fuerza, llevándose entre sus ventarrones una parte importante de la infraestructura urbana y del patrimonio de la comunidad. Subsistió un enorme quebranto emocional.

La información corría por todos los medios. La televisión local, Internet y las radiodifusoras advirtieron a la población acerca de la potencia del huracán: “quien no tenga a qué salir de sus casa, no lo haga. Si está en su trabajo, quédese ahí. La ciudad es un caos”. La Comisión Nacional del Agua registró 616 milímetros de precipitación; por La Estanzuela se reportaron hasta 700. El total superó el promedio anual estimado en Nuevo León de 600 milímetros por metro cuadrado. Las rachas de aire fueron menos intensas que las del huracán Gilberto de 1988, pero la cantidad de agua por las precipitaciones fue mayor.

Los neoloneses sintieron ese día un gran balde de agua helada en la cara. La infraestructura urbana y vial recibió gravísimos daños. Se vieron afectados los sistemas de telecomunicaciones, energía y agua. Hubo desbordamiento de ríos y arroyos, se desgajaron cerros, avenidas y caminos. El agua se llevó puentes, dejando incomunicadas a muchas comunidades de todo el estado. Las imágenes de uno de los desastres más grandes ocurridos en Nuevo León eran proyectados a través de las redes sociales y otros medios de comunicación electrónicos: carros encimados unos sobre otros en calles y avenidas, arrastrados por la corriente; montañas de lodo invadiendo la vía pública y las casas; muebles, animales y automóviles acarreados por el caudal de ríos y arroyos. Para la vida comercial, educativa y social, el impacto fue grave.

De acuerdo con registros del Consejo Estatal para la Reconstrucción de Nuevo León, formado para llevar a cabo la recuperación del estado a raíz del fenómeno, resultaron damnificadas 15 mil 800 familias y las pérdidas materiales fueron cuantificadas en 16 mil millones 896 pesos. La gran cantidad de agua y devastación convirtió al estado en una zona completamente vulnerable en todos los sentidos. Había que empezar desde abajo: socorrer a los heridos y buscar a los desaparecidos, auxiliar a los necesitados, llevarles comida, agua potable y ropa, remover lodo y escombro.

Destacó la participación de miles de empleados de seguridad y de auxilio, tanto de base como voluntarios. El pueblo se unió de nueva cuenta ante la tragedia y todos contribuyeron durante semanas en las diversas labores del rescate de Nuevo León. Pero hubo actos que pasaron prácticamente desapercibidos entre todo este torbellino. Ante la fragilidad en la que se encontraba la región, el riesgo de la propagación de enfermedades era inminente. Todo el estado corría peligro, pero había zonas más vulnerables, como los asentamientos irregulares, ya sea en la ciudad, en los cerros o en los márgenes de los río. Allí entraron en acción los fumigadores.

EL PEOR TRABAJO DEL MUNDO”

Apenas cesó la lluvia, fue momento de poner manos a la obra. Arturo Arnaiz Lara llegó a la comunidad de La Alianza, al margen del río San Martín, en el municipio de Escobedo. Su labor ese día era colaborar, junto con el departamento de Vectores de la Jurisdicción Sanitaria Número Uno de la Secretaría de Salud, en la remoción de escombros y limpieza del área. En la primera fase del operativo Arturo no necesitó su motomochila. Bastó con la fumigada regular en los interiores de las casas afectadas.

Al arribar al humilde asentamiento en donde decenas de familias vivían a la orilla del cauce sin agua potable ni servicios básicos, se enfrentó a la devastación y la tristeza que prevalecía entre los habitantes del lugar. La mayoría de las casas que meses atrás había acudido a fumigar junto con sus compañero ya no existían. El departamento de Control de Vectores se había dividido en varias zonas. 60 elementos operativos, más los administrativos, se desplegaron sobre los puntos de mayor daño en la plaza. Su labor de momento era remover, limpiar, controlar y fumigar para evitar la propagación del virus del dengue que vendría después. Arturo se acercó a un matrimonio que se encontraba al pie de lo que había quedado de su casa. La corriente se lo llevó todo durante la noche. El hogar se desmoronó poco a poco en pedazos que se sumergieron en la corriente del río, así, en partes. Durante su sueño cayeron al agua ellos dos, sus hijos y la abuelita. Lograron salir con vida la pareja y los menores, pero a la anciana se la llevó la intensa corriente de ese trágico día. “Estaban muy tristes y es algo a lo que te tienes que enfrentar; es parte de la ayuda que te toca dar cuando hay situaciones como ésta”, remarcaría Arturo.

Para el joven de 28 años fue difícil sobrellevar el hecho de que en sus manos sólo estaba el apoyar con un poco de soporte moral y en la remoción de escombro. Lo que pedían los afectados era agua y alimento. “Estaban prácticamente sin nada, todo se fue al arroyo. Nos decían que para qué nos querían ahí si no traíamos agua y comida. Lamentablemente era poco, pero era lo que podíamos hacer. Más tarde llegó la comida y el agua y durante más de dos semanas estuvimos en las labores de limpieza y de repartición de ayuda de todo tipo”. A primera vista, ser fumigador es un trabajo ingrato y muchas veces poco reconocido.

De apariencia juvenil y moderna, Arturo viste una camisa de rayas arremangada, pantalón de mezclilla desteñido y tenis azules.

Lleva su cabello castaño claro casi a rapa de los lados y las puntas de arriba levantadas con gel. Tras sus gafas para el sol color crema tiene unos ojos azules y pequeños. Lleva la barba clara, crecida de tres días, bien delineada.

Antes de trabajar como técnico rociador intradomiciliario, Arnaiz Lara se dedicaba a organizar eventos para una empresa cervecera. Viajes, fiestas, dinero y mujeres. Un día decidió darle el gusto a su esposa, Evelyn Sue, de establecerse en un trabajo en el que estuviera más tiempo en casa para convivir con ella y el hijo de ambos, Iker Alejandro, ahora de cinco años.

Cuando entré lo veía como el peor trabajo del mundo porque no estaba acostumbrado a nada de eso. Desde hace casi seis años que estoy aquí ha sido andar en la calle y en el sol. Pero ya después de que tienes mucho roce con la gente, pienso que esto es lo mejor, se me hace. Te ubican en dónde estás. Vamos a casas muy necesitadas y le platicaba a mi esposa que a veces uno menosprecia lo que tiene y ves estas familias y entonces valoras mucho lo que tienes y haces”.

LA ESTRATEGIA DE COMBATE

Este departamento, que es dirigido por la bióloga Maribel Villarreal, se ubica en la colonia Tierra y Libertad. Su labor es ardua porque, desafortunadamente, el dengue es un problema de salud pública en la actualidad. “Inició en 1980. Ya tenemos aproximadamente 33 años de tener este padecimiento en Nuevo León y llegó para quedarse. No hay registros del fenómeno antes de esa época, no era un problema de salud pública”.

Sentada en su escritorio del que sobresalen legajos, expedientes y papeles con reportes, la coordinadora explica que el dengue se puede transmitir de dos formas: con el vector, que viene siendo el mosquito o sancudo, de nombre Aedes aegypti, y por medio del virus que circula en las personas enfermas. Desafortunadamente en muchas viviendas de Nuevo León existen las condiciones para su reproducción. El proceso es el siguiente: si hay un depósito de agua que no esté tapado, llega el zancudo hembra y deposita sus huevecillos en él. Ahí se desarrolla la siguiente fase, la que los inspectores observan con más facilidad: la fase transitoria, la pupa. Posteriormente emergen decenas de pequeños sancudos.

Maribel Villarreal se encarga de dirigir a los distintos componentes que luchan de lunes a sábado, de las seis de la mañana a las nueve de la noche, en alrededor de 500 colonias o barrios, por erradicar al zancudo transmisor del virus.

El primer componente es el encuestador, quien realiza el diagnóstico entomológico para conocer la cantidad de vectores que hay en una colonia; es la forma de determinar el riesgo de transmisión. Se revisan los depósitos en los domicilios a los que se ingresa con previa autorización del propietario. Si hay larvas, que es la fase acuática del mosquito, se identifica la localidad como área de riesgo y se suman las casas que cuentan con depósitos positivos, o sea, con larvas o pupas.

Después viene el turno del componente de control o de eliminación de criaderos y Villarreal envía una brigada al lugar. “Si encuentras cinco casas con larvas, el 90 por ciento de la colonia va a tener porque el zancudo tiene mucha capacidad de reproducción”.

En la brigada participan siete personas y un coordinador, todos identificados con un chaleco color verde y una credencial. Revisan el cien por ciento de las casas. Se rocía larvicida, conocido comúnmente como Abate – que en realidad es la marca del veneno, muy utilizado hasta hace poco – en los depósitos de agua de todo tipo. Hasta las macetas, tinacos y aparatos de aire lavado reciben una dotación de éste. Posteriormente se procede con el siguiente componente, que es el controlador. Durante esta fase sucede el rociado intradomiciliario en el que una persona con una motomochila hace el regado del veneno que puede ser ligeramente nocivo para las personas, por lo que les piden que se alejen un momento después del rociado. A la vez, en ese mismo sector, interviene el componente de nebulización, la fumigación con equipo pesado al que le llaman “de volumen ultra reducido” que va montado sobre la caja de una camioneta. Con éste se dispersa el insecticida en forma de aerosol y entra a los domicilios como pequeñas gotitas. Se cuenta además con el componente que va en busca de febriles, o lo que es lo mismo, de personas que hayan padecido recientemente o estén padeciendo fiebre. Si no hay fiebre, no hay dengue. La búsqueda se hace a través de las encuestadoras o enfermeras que realizan brigadas. Se le pregunta a la familia si algún integrante tiene o ha tenido fiebre en las dos últimas semanas. Regularmente, cuando la brigada de vectores acude a la zona, es porque en algún hospital o centro de salud de la localidad se recibió a un paciente con los síntomas de la enfermedad: fiebre, dolor de cabeza y de ojos. Estos lo canalizan a un laboratorio para la realización de una muestra de sangre y lo notifican al sector salud. La Secretaría de Salud pasa el reporte a la jurisdicción sanitaria correspondiente para que sea enviada la brigada de vectores, independientemente de que el resultado del análisis esté listo o no o que dé o no positivo. La información recabada en todo ese proceso es subida a la Plataforma Nacional, en donde queda asentado cada caso y cada brigada realizada.

LA HORA DE LA ACCIÓN

Arturo Arnaiz conduce la camioneta blanca que lleva el equipo de fumigación hacia la colonia Garza Nieto, al oriente de Monterrey. Con él viajan el biólogo Hugo Rodríguez Méndez, quien es supervisor de la oficina central del estado y verifica los trabajos de dos jurisdicciones: una urbana y una rural. Se une a ellos el biólogo Arturo Zapata Martínez, quien se enfoca en detectar las larvas en depósitos de agua, aunque por lo regular su trabajo va más orientado a la revisión de arroyos, ríos y canales.

En el traslado los tres conversan acerca de venenos de animales rastreros y niños mordidos por arañas.

Al arribar al barrio regiomontano de fama dura, se encuentran con Aurora, la coordinadora de la brigada; viene caminando después de haber distribuido las labores a los encuestadores. El técnico detiene el vehículo y esta les indica las calles que en el momento se están revisando.

Llegan hasta el domicilio en donde se encuentra Janet Rodríguez, quien pide permiso a su propietaria para hacer una revisión: “Buenas tardes, señora. Vengo de la Secretaría de Salud (SSA) y estamos haciendo una revisión para la prevención del dengue. ¿Podría pasar?”, dice con tono amable. La mujer de avanzada edad abre la puerta de un corredor para que ingresen la encuestadora y los dos biólogos. Arnaiz se separa del grupo momentáneamente. Janet inicia la inspección, “agarra corte”. Va buscando depósitos de agua por su lado derecho. A mitad del pasillo se encuentra con una cubeta que contiene el líquido y lo vierte sobre un árbol que está junto. Sigue hasta el fondo y llega al patio en el que revisa un contenedor metálico tapado con periódicos viejos. También contiene agua, al igual que una maceta. Ambos son tratados con el larvicida en polvo que trae en una botella azul. Voltea boca abajo algunos envases de vidrio que están en el piso y luego sube por una pequeña montaña de piedras y madera en la que pone de cabeza otra cubeta y un tinaco. En el espacio hay sartenes, vasos y ollas que también vira boca abajo. Explica a la señora de la casa que estos objetos pueden ser criadero de moscos porque acumulan el agua de la lluvia. La mujer mayor no parece poner mucha atención a las indicaciones de la trabajadora de salud. Entonces el biólogo Zapata Martínez inspecciona el agua contenida en una cubeta que está al inicio del pasillo. La vierte en una hielera que encontró por ahí. El agua se ve negra y lamosa. Efectivamente, después de sacar en un poco del líquido en un tubo de ensayo y observarlo a detalle, se percata de que contiene larvas. Tienen una apariencia como de gusanitos que flotan en el pequeño colector.

Es momento de dar el siguiente paso, el rociado intradomiciliario. Arnaiz, quien regresó hace unos segundos, se coloca una mascarilla, unas gafas protectoras, guantes y en su espalda la mochila que contiene el insecticida preparado previamente en las instalaciones de la dependencia. Se trata de un polvo cuyo ingrediente es la deltametrina y que se diluye de forma profesional. Al igual que Janet, toma por su lado derecho e inicia el rociado. En ese momento todos se alejan del lugar. El químico puede irritar la piel y los ojos. Le piden a la propietaria de la casa que salga a la calle por un lapso de media hora para evitar riesgos. Al concluir la mujer escucha a Hugo pedirle que mantenga los depósitos de agua volteados o tapados. Ella da las gracias y se queda sentada en una banca en el exterior de su casa. Después de ésta siguen revisando más domicilios, a los cuales Arnaiz visitó en su ausencia para preguntar a los propietarios si deseaban ser atendidos.

LA DESCONFIANZA

Hace dos años, cuando Arturo Arnaiz fumigaba una casa en el Barrio San Luis, se percató de que la señora de la casa, sentada afuera en una silla, se comenzó a poner mal. “Le empezó a dar dolor el pecho y su hija estaba llorando. La niña tenía como 12 años, estaba más alterada que nadie. La niña le daba masajes en los brazos y en los hombros y estaba grite y grite”. A pesar de que nunca había vivido un episodio similar, al percatarse de que sus brazos se entumecían, tomó la decisión de trasladarla al hospital más cercano, a donde fue ingresada en una camilla. Ya no supo qué pasó con la salud de la mujer, pero le quedó la satisfacción de haber hecho bien.

En 2012, la SSA recolectó 13 mil 201 muestras, de las cuales mil 616 resultaron positivo para dengue clásico y 64 hemorrágico. Hasta lo que va del 2013, se han registrado ocho mil 512 pruebas; mil 84 con dengue clásico y con 17 hemorrágico.

A pesar de la intensidad con la que se trabaja y del hecho que las cifras muestran un aumento del fenómeno en Nuevo León, las jornadas laborales se han vuelto más difíciles en comparación con otros estados de la República para estos profesionistas en los últimos años. A los participantes en la lucha por la erradicación del dengue también les ha tocado enfrentarse a los casos de violencia que se han manifestado en el estado.

El biólogo Arturo Zapata Martínez vivió en carne propia un episodio de la inseguridad. A sólo tres meses de haber ingresado a laborar en la dependencia, cuando ejercía la función de entomólogo –en general trabajan solos–, se encontraba indagando las necesidades de la colonia Fomerrey 35 para determinar qué acciones se emplearían cuando llegó a una esquina a preguntar a la señora de la casa si podía entra a inspeccionar su vivienda. El frente de esa casa tenía como barda una hilera de cuatro blocks de altura. Recuerda que la poca elevación de ésta le ayudó a ponerse a salvo: “De repente llegaron personas disparando a la casa de la contra esquina, rafagueando. Lo que hice fue arrojarme dentro de la bardita, así, pecho tierra. Los de Fuerza Civil no tardaron en llegar y se metieron a esa casa para sacar a sus habitantes. Nomás vi eso. Y la señora de inmediato se escondió en su casa y cerró la puerta”. A pesar de no ser socorrido por la mujer a la que ofrecía un servicio, salió ileso para continuar su camino y su trabajo. Dice que le dio miedo, pero no como para dejar el trabajo tirado, así que continuó por las calles de Fomerrey 35 encuestando y revisando.

Desde que los enfrentamientos entre las bandas del crimen organizado atemorizaron a la ciudadanía neolonesa y a partir de las extorsiones telefónicas que se volvieron moneda corriente, la actitud de la población cambió ante ellos. Al brindar un servicio y solicitar el teléfono de la familia que lo recibió, generalmente queda en blanco el apartado, y eso cuando les permiten la entrada a la morada. “Es difícil, y si te permiten ingresar a revisar es con mucho miedo y precaución. De unos años a la fecha, las puertas se cerraron porque la gente desconfía”.

QUITARSE EL CHALECO VERDE

El mosquito habitúa alimentarse por la mañana y por la tarde debido a que encuentran una temperatura más fresca y cómoda. Como cualquier ser vivo, busca las mejores condiciones y hacer el menor esfuerzo posible. Vive cerca de los hogares porque es en donde tiene su alimento más factible. La hembra, que es la que se alimenta de sangre, no acostumbra picar a una sola persona, sino que lo hace a cuanto humano se le atraviese en el camino. Por eso en las revisiones se encuesta a toda la familia y a los vecinos que viven alrededor del hogar afectado.

Ya casi son las cuatro de la tarde y Arnaiz se prepara para terminar la jornada y salir a prisa por su pequeño hijo. Cuando Iker sale de la escuela lo cuida una tía hasta que Arnaiz llega para dirigirse a recoger a su esposa a la oficina en donde trabaja como asistente administrativa.

Desde que dejó su anterior trabajo en el que en un sólo día ganaba hasta cuatro mil pesos, la economía familiar se ha visto un poco mermada, pero entre los empleos de la pareja y un pequeño negocio que tienen de compra venta de antigüedades, han podido salir adelante. “Para el negocio no tengo un local como llegué a tener en un tiempo. Pero sigo atendiéndolo por el teléfono en las tardes. Los clientes me llaman y les llevo lo que tengo”.

Para Arnaiz, lo importante de ambas labores es que mantienen una cercana convivencia con las personas y que le da tiempo para salir con su familia y juntos asistir a los partidos del equipo de su corazón, los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). “A mi niño le encanta y también lo llevo a los juegos de los Sultanes. El béisbol ni le gusta, pero le encanta el ambiente de ahí y va y grita y baila. Eso es lo más importante para mí”.

La lucha contra el vector no para. Éste se ha convertido en una cadena que ha sido incansable durante más de 30 años a pesar de la batalla sostenida por el sector salud con todo el apoyo de los tres niveles de gobierno.

Otro de los factores que ha facilitado la supervivencia del dengue es que en los últimos años se ha adaptado a cualquier clima. Tiempo atrás el zancudo no sobrevivía al frío, pero ahora lo hace. Significa que aún en invierno puede mantenerse con vida, aunque, claro, el frío de estos últimos años es por mucho inferior al de hace una década.

Maribel Villarreal advierte que es preponderante tratar de inmediato a las personas que presentan síntomas porque es la manera más común de transmisión de la enfermedad. “No todos los mosquitos tienen el virus. El mosquito lo adquiere de una persona enferma que tiene temperatura, que es la fase viral. El sancudo se alimenta de ella, pasa a un proceso de aplicación del virus y cuando ya está listo, pica a otra persona e inyecta literalmente el virus”.

La ciudadanía debe tomar las medidas básicas de saneamiento dentro y fuera del domicilio. La comunidad necesita colaborar y volverlo una costumbre que a la larga disminuirá la efectividad del vector.

El dengue clásico puede tardar desde cinco hasta 15 días a partir de que la persona fue picada por un mosquito infectado, dependiendo de la inmunidad de la persona. Si no acude al médico o se auto medica, puede ocasionar que éste se transforme en un dengue hemorrágico. El organismo pierde líquido y glóbulos rojos. Una característica importante es que empieza a haber sangrado, ya sea de la nariz, de encías o una menstruación anormal. Entonces el caso se vuelve grave y el paciente puede morir.

Al final del día, Arnaiz se retira el chaleco verde y se pone el traje de superhéroe con el que llegará a sorprender a su pequeño hijo. No se da cuenta de que el traje más imponente y que tiene los súper poderes es el que portó toda la mañana, en donde con una palabra, un consejo y un rocío de insecticida salva más vidas de las que él mismo es consciente.

Sólo en esta zona de la ciudad conviven más de 60 héroes anónimos que trabajan diariamente salvando una vida a la vez; aconsejando, volteando una cubeta, ensuciándose las manos bajo el sol y el calor. Nadie los mira, ni cuando llegan a su puerta, porque el beneficiado no tiene idea de la importancia de la labor de la persona del chaleco verde. Para ellos, la batalla se ganará cuando cada persona tome el tema del dengue como un problema de todos.

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