¿Cómo infiltró un islamista radical las filas del ejército estadunidense?

Por Lawrence Wright

Temprano por la mañana, cuando el sol golpeaba las torres del World Trade Center, las sombras gemelas se estiraban a lo largo de la isla que es Manhattan. Ambos edificios se habían hecho para notarse. Eran las dos torres más altas del mundo cuando fueron terminadas, en 1972 y 1973 respectivamente, un record que no duró mucho, pues los egos arquitectónicos siempre se elevan hacia el cielo. La vanidad era su aptitud más valiosa; fuera de eso, ambos edificios eran aburridos y nada prácticos. Los inquilinos vivían aislados; descender a la calle para comer implicaba una largo viaje a través de varios elevadores y una vigorosa caminata entre las multitudes hasta emerger, finalmente, al amigable olor y el ajetreo de la ciudad.

La construcción “tubular” que sostenía a este extraordinario par de zancos requería columnas separadas por sólo 50 centímetros de vacío, lo cual daba la impresión, desde el interior de las oficinas, de estar dentro de una jaula. Pero la vista era maravillosa: la culebra interminable de luces sobre el New Jersey Turnpike; el muelle llenísimo junto a una pequeña Estatua de la Libertad; petroleros y cruceros rebanando horizonte sobre el Atlántico; las costas grises de Long Island; los árboles que se transformaban en Connecticut; y Manhattan, yaciendo cuan larga es, como una reina recostada sobre su cama entre dos ríos. Semejantes edificaciones irrumpen en el subconsciente, tal y como se espera de ellas. “Esas torres, simbólicas e increíbles, que hablan de libertad, derechos humanos y humanidad”, como las describiera bin Laden.

La vista más impresionante del World Trade Center se tenía desde Jersey City,al otro extremo dl Río Hudson; ahí, en un vecindario conocido como Little Egypt, el fiel Omar Abdul Rahman —el jeque ciego— conspiraba para derribar ambas torres. Abdul Rahman buscaba asilo en los Estados Unidos a pesar de llevar la marca del terrorista en los archivos del Departamento de Estado. Tal como lo había hecho en Egipto, emitió una fetua para sus seguidores en América: ahora tendrían permiso para robar bancos y matar judíos. Viajó ampliamente por los Estados Unidos y Canadá, agitando a miles de jóvenes musulmanes con sus sermones, comúnmente dirigidos en contra de los americanos, a quienes identificaba como “hijos de monos y de cerdos que se han estado saciando en la mesa de los sionistas, de los comunistas y de los colonialistas”. Convocó al mundo musulmán para atacar a Occidente, “cortar el transporte entre sus países, destajarlo, destruir su economía, quemar sus empresas, eliminar sus intereses, hundir sus barcos, derribar sus aviones, matarlos en la tierra, en el aire, en el mar”.

Y sus seguidores trabajaron duro para lograrlo. Tenían esperanzas de paralizar Nueva York mediante el asesinato de varias figuras políticas y la destrucción de muchos de los puntos más importantes de la ciudad —el Puente George Washington, los túneles Lincoln y Holland, la Federal Plaza y las Naciones Unidas— con explosiones simultáneas. Era una reacción en contra del gobierno estadunidense por su apoyo al presidente egipcio Hosni Mubarak, a quien pensaban asesinar en su visita a Nueva York. El FBI se enteró después de que las operaciones del jeque ciego estaban siendo financiadas por Osama bin Laden.

Muy pocos americanos (incluso entre los miembros de la comunidad de inteligencia) sospechaban de la red de islamistas radicales que se había instalado y crecido en el interior del país. Hubiera dado lo mismo si el jeque ciego hablara en marciano o en árabe, ya que casi no había especialistas en lenguas medio-orientales dentro del FBI, mucho menos dentro de la policía local. Incluso si sus amenazas hubieran sido escuchadas alto y claro, la percepción del pueblo estadunidense se encontraba ofuscada por su relativo aislamiento del resto del mundo y velada por su propia comodidad, que hacía de un ataque desde el interior del país algo impensable.

Luego, el 26 de febrero de 1993, un Ford Ecoline rentado entró al enorme estacionamiento subterráneo del World Trade Center. Dentro de la camioneta se encontraba Ramzi Yousef. No se sabe si era un enviado de bin Laden, pero sí que había salido de un campo de al-Qaeda en Afganistán, donde aprendió a ser bombardero. Había llegado a Estados Unidos para supervisar la construcción de lo que el FBI reconoció como el explosivo improvisado más grande que habían visto hasta entonces. Yousef encendió cuatro mechas de aproximadamente seis metros cada una y huyó a un punto de mira al norte de Canal Street, desde donde esperaba ver la caída de las torres.

Yousef era delgado y de piel oscura, con un ojo desviado y marcas de fuego en la cara y las manos: rastros de una explosión accidental. Su nombre verdadero era Abdul Basit Mahmoud Abdul Karim. Su madre era palestina y su padre pakistaní. Creció en la ciudad de Kuwait y de ahí se fue a Gales a estudiar ingeniería eléctrica. Tenía esposa y un hijo, más otro que venía en camino; su familia vivía en Quetta, capital de la provincia de Baluchistán, en Pakistán. No era particularmente devoto a la fe islámica —lo movían más que nada su apego a la causa palestina y su odio por los judíos—, pero fue el primer terrorista islámico en atacar Estados Unidos. Más importante aún, su imaginación, tremenda y oscura, fue el capullo utilizado por el movimiento para transformarse. Hasta que Yousef llegó a América, la célula en Brooklyn había estado experimentando con bombas caseras. Fueron la ambición y habilidad de Yousef lo que cambió radicalmente la naturaleza del terror.

Al colocar la bomba en la esquina sur del estacionamiento, Yousef buscaba empujar una torre encima de la otra, derribándolo todo y llevándose consigo la vida de lo que él esperaba fueran 250 mil personas: una cifra que a su criterio igualaba el dolor sufrido por los palestinos gracias al apoyo de América para Israel. Esperaba maximizar las pérdidas atascando el explosivo —hecho de nitrato de amonio y aceite de motor, con cianuro de sodio— o armando una bomba sucia con material radioactivo traído de contrabando desde la ex-Unión Soviética, contaminando así una buena porción del sur de Manhattan.

La explosión arrasó con seis niveles de cemento y metal, alcanzando la estación de trenes PATH que corría por debajo y el salón de fiestas del Marriott que quedaba arriba. El golpe fue tan fuerte que los turistas en la Isla Ellis, a kilómetro y medio de ahí, sintieron un temblor. Hubo 6 muertos y mil 42 heridos, causando la mayor cantidad de muertes en un hospital en tierra estadunidense desde la Guerra Civil. Las largas torres temblaron y se tambalearon, pero no cedieron. Cuando Lewis Schiliro, entonces jefe de la oficina del FBI en Nueva York, inspeccionó el cráter de 60 metros de diámetro que había quedado en el corazón subterráneo de ambos edificios, quedó atónito. Le dijo al ingeniero estructural: “Este edificio no caerá nunca”.

Yousef voló de regreso a Pakistán, y de ahí a Manila. Comenzó a confeccionar varios planes extraordinarios: estallar una docena de aviones americanos simultáneamente, asesinar al Papa Juan Pablo II y al presidente Clinton e incluso estrellar un avión privado en el cuartel de la CIA. Cabe señalar el deseo de los islamistas por concretar ataques muy complejos y de naturaleza simbólica, de una escala muy por encima de lo logrado hasta entonces por otros grupos terroristas, y esto a alturas muy tempranas del partido. La teatralidad siempre ha sido una de las cualidades del terror, y estos eran terroristas con una ambición dramática que no tenía rival. Pero Ramzin Yousef y los seguidores del jeque ciego no sólo buscaban atención para su causa; querían humillar al enemigo matando a tantas personas como pudieran. Tenían el ojo puesto en objetivos de relevancia económica, y consideraban utilizar las represalias para estimular a otros musulmanes. No se puede decir, sin embargo, que contaran con un plan económico fuerte. La venganza por muchas y variadas injusticias era un tema recurrente, incluso cuando la mayoría de los conspiradores gozaban de libertades y oportunidades garantizadas por Estados Unidos, a diferencia de sus países de origen. Contaban con una red de conspiradores dispuestos, iracundos y listos para atacar. Lo único que le faltaba a los yihadistas para llevar a cabo un ataque devastador en suelo estadunidense eran la organización y el conocimiento técnico empleados por Ayman al-Zawahiri y al-Jihad.

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Un mes después del bombardeo del World Trade Center, Zawahiri dio conferencias en varias mezquitas de California. Llegó desde Bern, Suiza, donde al-Jihad le tenía un refugio. (El tío de Zawahiri era un diplomático en Suiza). Aunque entró a Estados Unidos con su nombre verdadero, Zawahiri viajaba bajo su nom de guerre: Dr. Abdul Mu’iz, haciéndose pasar por un representativo del Creciente Rojo de Kuwait. Decía estar juntando fondos para los niños afganos que fueron víctimas de las minas soviéticas en tiempos de yihad.

Por años, Estados Unidos fue una de las zonas principales para la recaudación de fondos utilizados por muyahidines árabes y afganos. El Jeque Abdullah Azzam abrió camino a través de las mecas de Brooklyn, St. Louis, Kansas City, Seattle, Sacramento, Los Ángeles y San Diego; en total, hubo 33 ciudades en Estados Unidos que abrieron ramas del Buró de Servicio, la organización de Azzam y bin Laden dedicada al apoyo del yihad. La guerra contra la Unión Soviética también había creado una red de organizaciones caritativas —particularmente densa en Estados Unidos— que permaneció operando tras la caída del Muro y aún después de que los afganos comenzaran a pelear entre sí. Zawahiri esperaba sacar provecho de esta abundante fuente para al-Jihad.

El guía de Zawahiri en los Estados Unidos fue una figura singular dentro de la historia del espionaje: Ali Abdelsoud Mohammed. Más de metro ochenta, casi 100 kilos y con una figura excepcional. Mohammed era artemarcialista y un lingüista muy hábil, capaz de hablar inglés, francés y hebreo con naturalidad, además de árabe. Era disciplinado, ingenioso y gregario, con una facilidad notoria para hacer amigos; la clase de hombre sería capaz de llegar a la cima de cualquier organización. Había ejercido como mayor en la misma unidad del ejército egipcio que produjo a Khaled Islambouli, asesino de [Anwar] al-Sadat, y el gobierno tenía buenas razones para sospechar que era un fundamentalista islámico (ya era miembro de al-Jihad). Cuando el ejército egipcio lo destituyó, Zawahiri le dio la tremenda tarea de penetrar la inteligencia americana.

En 1984, Mohammed caminó como un valiente hacia el interior de las oficinas de la CIA en Cairo. Ahí ofreció sus servicios. El oficial que lo evaluó pensó que probablemente era un espía enviado por los egipcios; sin embargo, contactó a otras estaciones y cuartales para ver si había algún interés. La estación de Frankfurt, que albergaba a la oficina iraní de la CIA, respondió. Mohammed no tardó en convertirse en un novato que trabajaba entre la inteligencia de Hamburgo. Entró a una mezquita asociada a Hezbollah y de inmediato le dijo al iraní a cargo del templo que era un espía estadunidense al que le asignaron penetrar la comunidad. No sabía que la CIA ya había penetrado la mezquita; su declaración fue reportada al momento.

La CIA despidió a Mohammed, envió comunicados que lo identificaban como un agente nada fiable y lo colocó en la lista del Departamento de Estado para prevenir su entrada a suelo americano. Sin embargo, para entonces Mohammed ya estaba en California bajo el programa de exención de visa patrocinado por la misma CIA, diseñado para proteger agentes valiosos y a todo aquel que hubiera prestado un servicio importante al país. Para permanecer en los Estados Unidos, Mohammed tendría que convertirse en ciudadano, así que se casó con Linda Sánchez, una técnica médica de California que conoció en un vuelo trasatlántico rumbo a Estados Unidos.

Un año después de la llegada de Mohammed, éste retomó su carrera militar, esta vez como un miembro del ejército estadunidense. Logró que lo asignaran en el JFK Special Warfare Center and School, en Fort Bragg, Carolina del Norte. Aunque no era más que un sargento de suministro, Mohammed causó una impresión tremenda, ganándose una recomendación especial de parte de su oficial al mando, “por un desempeño extraordinario” y por vencer en competencias de acondicionamiento a los soldados mejor entrenados del mundo. Sus superiores, impresionados, lo encontraron “por encima de todo reproche” y “de logros consistentes”.

Quizá el secreto para la preservación de su identidad doble fue el hecho de que nunca escondió sus creencias. Comenzaba cada día con oraciones al amanecer, seguidas por un trote prolongado mientras escuchaba las palabras del Corán en su Walkman; palabras que intentaba memorizar. Cocinaba sus propios alimentos para asegurarse de que siguieran los estatutos sagrados del Islam. Además de sus deberes militares, estudiaba para conseguir un doctorado en Estudios Islámicos. El ejército estadunidense respetaba tanto sus creencias que le pidieron dar un curso sobre política y cultura de Medio Oriente y armar una serie de videos en los que le explicara los estatutos del Islam a los otros soldados. Según los registros de su servicio, Mohammed “preparó y ejecutó más de 40 programas de orientación para equipos desplegados en Medio Oriente”. Al mismo tiempo, llevaba mapas y manuales fuera de la base para fotocopiarlos en una tienda Kinko’s. Usó estos documentos para escribir una guía de entrenamiento compuesta por varios volúmenes que se convertiría en el manual de operaciones de al-Qaeda. Los fines de semana viajaba a Brooklyn y a Jersey City, donde entrenaba musulmanes militantes en tácticas de guerra. Entre ellos se encontraban miembros de al-Jihad, incluido el-Sayyid Nosair, el egipcio que mataría al Rabino Meir Kahane, extremista judío, en 1990.

En 1988, Mohammed informó casualmente a sus superiores que se iba a tomar un descanso para “ir a matar rusos” en Afganistán. Cuando volvió, presumió unas cuantas hebillas que decía haberle quitado a unos soldados soviéticos que despachó durante una emboscada. De hecho, había estado entrenando a los primeros voluntarios de al-Qaeda en técnicas alternativas de guerra, técnicas que incluían secuestros, asesinatos y toma de aviones, cosas que había aprendido de las Fuerzas Especiales estadunidenses.

Mohammed dejó de servir activamente en la milicia en 1989 y se unió a las reservas del ejército estadunidense. Él y su esposa se asentaron en Silicon Valley. Ahí logró conseguir empleo como guardia de seguridad (para una empresa de defensa que estaba desarrollando un sistema de activación para los misiles Trident) a pesar de que a veces desaparecía hasta por varios meses, según él para “comprar tapetes” en Pakistán y Afganistán. Mientras tanto, continuó sus intentos por penetrar la inteligencia estadunidense. Había aplicado para un puesto como traductor en las oficinas del CIA y del FBI en Carolina del Norte.

Luego, en mayo de 1993, John Zent, un agente del FBI radicado en San José, buscó a Mohammed para conseguir información sobre el tráfico y falsificación de licencias para conducir. Aún con esperanzas de ser reclutado por una de las agencias de inteligencia, Mohammed desvió la conversación hacia actividades radicales en una mezquita local y contó un par de historias tremendas sobre los soviéticos en Afganistán. Debido a la naturaleza militar de estas revelaciones, Zent contactó al Departamento de Defensa, y un equipo de especialistas en contra-inteligencia viajaron desde Fort Meade, en Maryland, hasta San José para hablar con Mohammed. Desplegaron mapas de Afganistán sobre el suelo de la oficina de Zent, y Mohammed señaló los campos de entrenamiento muyahidines. Mencionó el nombre de Osama bin Laden, diciendo que éste se encontraba preparando un ejército para derribar el régimen saudí. Mohammed también habló de una organización, al-Qaeda, que operaba campos de entrenamiento en Sudán. Incluso admitió que estaba enseñándole tácticas de secuestro y espionaje a los miembros de la organización. Al parecer, los interrogadores no sacaron conclusión alguna de esta información. Tomarían casi tres años para que volviera a escucharse el nombre de al-Qaeda en la comunidad de inteligencia estadunidense.

Quizá Mohammed reveló estos detalles a causa de una necesidad psicológica por elevar su relevancia. “Se creía James Bond”, observó un agente del FBI que conversó con él. Pero es más probable que este agente buscara cumplir la misión que le había asignado Zawahiri: penetrar la inteligencia estadunidense. Al-Jihad y al-Qaeda aún eran entidades distintas en primavera de 1993, y Zawahiri aún no se había unido a la campaña de bin Laden contra América. Al parecer, Zawahiri estaba dispuesto a traicionar a bin Laden para así conseguir acceso a la inteligencia estadunidense que beneficiaría a su propia organización.

Si el FBI y el equipo de contra-inteligencia del Departamento de Defensa hubieran actuado en base a las declaraciones de Mohammed, habrían tenido en sus manos a un doble agente muy peligroso y con habilidades formidables. Mohammed reveló ser un miembro del círculo más cercano a bin Ladden, pero eso no significaba nada para los investigadores de entonces. El agente Zent escribió un reporte que envió al cuartel del FBI, donde no tardó en ser olvidado. Más tarde, cuando el buró buscó rescatar las notas de la conversación entre Mohammed y los especialistas de Fort Meade para saber lo que se dijo aquella vez, el Departamento de Defensa declaró que las habían perdido.

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La escasez de fondos era frecuente para al-Jihad. Muchos de los seguidores de Zawahiri eran hombres de familia en necesidad de comida y hospedaje. Algunos tuvieron que recurrir al robo y la extorción para mantenerse a flote. Zawahiri reprochaba este tipo de actos con fervor; cuando varios miembros de al-Jihad asaltaron una base militar alemana en Yemén, Zawahiri investigó el incidente y expulsó a los responsables. Pero los problemas económicos no cesaban. Esperaba que en Estados Unidos pudiera juntar suficientes fondos para mantener su organización con vida.

Zawahiri no tenía ni una pizca del carisma del jeque ciego, así que cuando apareció durante las oraciones vespertinas de la Mezquita de al-Nur, en Santa Clara, con el nombre de Dr. Abdul Mu’iz, nadie lo reconoció. Ali Mohammed le presentó al Dr. Ali Zaki, un ginecólogo de San José, y le pidió que los acompañara en su tour por Silicon Valley. Zaki llevó a Zawahiri a varias mezquitas en Sacramento y Stockton. Ambos doctores pasaron la mayor parte de su tiempo discutiendo problemas médicos que Zawahiri había visto en Afganistán. “Hablamos sobre los niños heridos y los granjeros que perdieron brazos y piernas por la explosión de minas rusas”, recuerda Zaki. “[Zawahiri] era un médico equilibrado, bastante leído”.

Hubo una ocasión en la que ambos hombres discutieron por lo que Zaki percibía como la perspectiva demasiado cerrada que Zawahiri tenía del Islam. Como la mayoría de los yihadistas, Zawahiri seguía las enseñanzas selafistas de Ibn Tamiyyah, el reformador que intentó imponer interpretaciones literales del Corán en el siglo xiii. Zaki le dijo a Zawahiri que estaba ignorando las otras dos afluentes del Islam: la mística, nacida de los escritos de Harith al-Muhasibi, fundador del sufismo; y la racional, reflejada en el pensamiento de Mohammed Abdu, gran jeque de al-Azhar. “El Islam que tú sigues nunca tendrá lugar en Occidente, porque en Occidente eres libre de elegir”, dijo Zaki. “Aquí puedes ver la afluente mística esparciéndose como un fuego, ¡y los salafistas no han tenido que convertir a nadie!”. Zawahiri permaneció inmutable.

Zaki estimó que, cuando mucho, el dinero recaudado durante todas sus visitas a las mezquitas de California no pasaba de unos cuantos cientos de dólares. Ali Mohammed calculaba unos 2 mil dólares. De todos modos, Zawahiri regresó a Sudan, y ahí tuvo que tomar una decisión: mantener la independencia de su pequeña organización o unir fuerzas con bin Laden.

Cuando se encontraron, casi 10 años antes, Zawahiri era mucho más poderoso que bin Laden; tenía una organización que lo apoyaba y un objetivo claro: tumbar el régimen egipcio. Pero ahora bin Laden, que siempre contó con más dinero, también tenía una organización, mucho más ambiciosa que al-Jihad. Como una empresa que maneja varios negocios bajo un mismo sello, bin Laden quería fundir todos los grupos terroristas en un mismo consorcio multinacional, con un entrenamiento común, economías enormes y departamentos dedicados a todo: desde manejo de personal hasta creación de políticas organizacionales. El estudiante había comenzado superar al maestro, y ambos lo sabían.

Zawahiri también enfrentaba la posibilidad de ser eclipsado por el carisma del jeque ciego y las actividades del Grupo Islamico. A pesar de que había ensamblando un grupo capaz y dedicado, con agentes hábiles y muy bien instruidos (como Ali Mohammed, quien se movía con facilidad entre los suburbios de Silicon Valley y las calles terregosas de Jartum), al-Jihad aún no había ejecutado ninguna operación exitosa. Mientras tanto, los seguidores del jeque ciego habían llevado a cabo una racha de muerte y destrucción sin paralelo. Para debilitar al gobierno y provocar rebelión entre el pueblo, habían decidido atacar la industria turística, el gran pilar de la economía egipcia, exponiendo al país a la corrupción occidental. El Grupo Islámico inició una guerra en contra de las fuerzas de la ley en Egipto, anunciando su plan de asesinar un policía diario. También pusieron la mira sobre extranjeros, cristianos y, particularmente, intelectuales, comenzando con la muerte a balazos de Farag Foda, un columnista secular que sugirió que la fuerza que impulsaba a los islamistas no tenía que ver con la frustración política, sino sexual. El jeque ciego también había pronunciado una fatua contra el nobel Naguib Mahfouz, llamándolo infiel; en 1994, Mahfouz fue apuñalado y casi muere. Había cierta ironía melancólica en este atentado: había sido Sayyid Qutb quien descubrió a Mahfouz. Más tarde, ya que Mahfouz había ganado cierta fama, le regresó el favor a Qutb visitándolo en prisión. Ahora los herederos de Qutb estaban destrozando el círculo intelectual que él mismo, de cierto modo, había producido.

Zawahiri había impuesto una estructura ciega en al-Jihad, de modo que los miembros de un grupo no conocían las identidades ni las actividades de otros grupos; sin embargo, las autoridades egipcias lograron capturar a un hombre que tenía todos los nombres a su haber: el director de todas las membrecías. Su computadora tenía una base de datos con las ubicaciones, sobrenombres y posibles escondites de cada miembro. Con esta información a la mano, las fuerzas de seguridad atraparon a cientos de sospechosos y los acusaron de sedición. La prensa nombró al grupo como “La Vanguardia de la Conquista”, aunque en realidad eran parte de al-Jihad. A pesar de que había muy poca evidencia en su contra, los estándares judiciales no fueron nada rigurosos.

“Los periódicos del gobierno estaban contentísimos con el arresto de 800 miembros de al-Jihad, y sin un solo disparo”, escribió Zawahiri en sus memorias. Lo único que quedaba de la organización que tanto le había costado construir se encontraba esparcida por varios países —Inglaterra, Estados Unidos, Dinamarca, Yemen y Albania, entre otros—. Se dio cuenta de que tenía que hacer algo para mantener los fragmentos de su grupo en unión. Pero necesitaría dinero.

A pesar de los problemas financieros de al-Jihad, muchos de sus miembros sospechaban de bin Laden y no tenían intenciones de virar sus esfuerzos fuera de Egipto. Además, se sentían indignados por la captura de sus colegas en Cairo y por el circo que se armó en la corte. Querían venganza. Sin embargo, a esas alturas, la mayoría de los miembros de al-Jihad se habían pasado al campo de al-Qaeda. Zawahiri consideró la alianza como un matrimonio por conveniencia, pero temporal. Luego le confesó a uno de sus asistentes que la unión con bin Laden había sido “la única solución para mantener a al-Jihad a flote en el extranjero”.

***

Era seguro que Zawahiri no había abandonado su sueño de capturar Egipto. De hecho, Sudán era un punto ideal para lanzar sus ataques. La frontera —larga, sin asfalto y con prácticamente cero vigilancia— permitía hacer movidas secretas con facilidad; antiguos caminos caravaneros proporcionaban rutas muy convenientes para el contrabando de armas y explosivos montados sobre las jorobas de camellos, y la cooperación por parte de las agencias de inteligencia y la milicia de Sudán garantizaban un santuario para Zawahiri y sus hombres.

Al-Jihad comenzó su ataque a Egipto con otro atentado en contra del ministerio de interiores, Hasan al-Alfi, quien estaba al frente de los operativos contra los militantes islámicos. En agosto de 1993, una motocicleta cargada de explosivos estalló junto al coche del ministro, dejando muerto al bombardero y a su acompañante. “El ministro eludió la muerte, pero su brazo quedó roto”, Zawahiri señaló, lamentándose.

Fue otro fracaso, pero uno significativo, pues fue con este atentado que Zawahiri introdujo el uso de bombarderos suicidas, que se convirtieron en el sello de los asesinatos ejecutados por al-Jihad, y más tarde de las “martirizaciones” de al-Qaeda. Esta estrategia rompió con un poderoso tabú religioso que se oponía al suicidio. Aunque Hezbollah, una organización chiíta, ya había utilizado camiones suicidas para atacar la embajada estadunidense y las barracas del ejército americano en Beirut en 1983, era la primera vez que una organización sunita hacía cosa semejante. En Palestina, los bombarderos suicidas eran algo prácticamente desconocido hasta mediado de los 90, cuando comenzaron a negociarse los Acuerdos de Oslo. Zawahiri viajó a Irán para recaudar fondos, y mandó a Ali Mohammed y otros agentes a Líbano para recibir entrenamiento de Hezbollah, así que es posible que fuera así como llegaron los bombarderos suicidas a al-Jihad. Otra de las innovaciones de Zawahiri fue la grabar los votos de martirio de cada bombardero en la víspera de su misión. Distribuía los casetes en los que los bombarderos justificaban su sacrificio de viva voz.

En noviembre, al tiempo que sucedían los juicios de al-Jihad, Zawahiri intentó asesinar al primer ministro egipcio, Atef Sidqi. Un carro bomba estalló mientras el ministro pasaba frente a una escuela para jovencitas en Cairo. El ministro, que viajaba en un auto blindado, no sufrió daño alguno, pero la explosión hirió a 21 personas y mató Shayma Abdel-Halim, una de las niñas que iban al colegio; murió aplastada por una puerta que salió volando gracias a la fuerza de la explosión. Su muerte enfureció a los egipcios, que ya habían atestiguado la muerte de 240 personas a manos del Grupo Islámico en tan solo dos años. Aunque esta había sido la única muerte causada por al-Jihad, la muerte de la pequeña Shayma capturó el corazón del pueblo de un modo especial. Mientras su ataúd circulaba las calles de Cairo, la gente gritaba “¡El terrorismo es enemigo de Dios!”.

Zawahiri estaba conmocionado por la ira del pueblo. “La muerte accidental de la niña causó dolor en todos nosotros, pero no había nada más que pudiéramos hacer, y teníamos que combatir al gobierno”, escribió en sus memorias. Ofreció pagar reparaciones a la familia por la muerte de la pequeña. El gobierno egipcio arrestó a otros 280 de sus seguidores; 6 de ellos fueron condenados a muerte. Zawahiri escribió: “Esto significaba que querían que mi hija, que entonces tenía apenas dos años, y las hijas de mis colegas, quedaran en orfandad. ¿Quién se preocupaba por nuestras hijas?”.

*Fragmento de The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11 (2006). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo

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