Para la clase alta de esta ciudad, graduarse de alguna prestigiosa universidad americana se ha convertido en un fin y no en un medio. Ser admitido en Stanford o en Harvard es la meta última, el éxito profesional, no una manera de aprender de los mejores para llegar lejos.

Las grandes empresas que llenan de orgullo a los regiomontanos fueron fundadas por personas con pocos estudios profesionales, pero con un gran empuje y mística de trabajo. Gente austera que no buscaba enriquecerse para hacer alarde de ello o presumir un título como si fuera una joya en la vitrina.

Los hijos y nietos de aquellos grandes emprendedores hoy comandan las empresas familiares. Y aunque el clamor popular, cargado de ignorancia y envidia, les imputa ser unos vividores y destruir el legado de sus padres, nada puede ser más lejano de la realidad. La mayoría de las empresas regiomontanas han visto su expansión e internacionalización de la mano de las segundas y terceras generaciones. Con esto se puede concluir que el papelito emitido por universidades Ivy League, además de ser un trofeo para presumir, rinde frutos fáciles de observar y medir en el estado de resultados de las empresas.

¿Pero cómo quedan las nuevas generaciones de empresarios en lo que a presencia en la comunidad se refiere? No se trata de medir sus apariciones en las páginas de sociales, sino su compromiso para ser lo que fueron sus padres y abuelos: una fuente de presión para el gobierno y un referente de liderazgo para la sociedad.

En décadas pasadas, cuando el PRI reinaba a sus anchas y era verdaderamente peligroso criticar al gobierno, los empresarios de Nuevo León se distinguieron por su valentía y su fuerte voz crítica. Hoy que es deporte nacional tirarle al gobierno, resulta difícil de entender que en aquel entonces una crítica al gobierno podía significar el cierre del negocio o el riesgo de la integridad física. Luis Echeverría llamaba “Los encapuchados de Chipinque” a los empresarios regios críticos a su gobierno. López Portillo le pidió a más de uno abandonar el país si apreciaba su vida. Sin embargo, los industriales regiomontanos se mantuvieron en pie de lucha.

Actualmente, sobre todo a nivel local, pululan los gobiernos mediocres. Lo que antes significaba un honor, hoy cualquiera con la mínima capacidad puede llegar a alcanzarlo, puede llegar a ser alcalde, diputado o gobernador. Sólo así se explica la meteórica carrera de Rodrigo Medina: de repartidor de volantes en la primera campaña de su padrino Natividad, a gobernador 12 años después. O el paso de la señora Ivonne Álvarez: de presentadora de videos gruperos a Senadora de la República. Si el pecado de los gobernantes locales fuera solamente su ineptitud y falta de talento, el problema no sería tan grave. Desgraciadamente, la falta de inteligencia que evidencian en ciertas áreas, desaparece para lo que a hacer crecer su patrimonio se refiere. Sin el más mínimo decoro, aprovechan su posición privilegiada para llevarse su tajada de cuanta obra pública emprenden y servicio contratan. Y ante el desfalco, el siguiente recurso es endeudarse o subir los impuestos.

¿Cómo se han posicionado los principales empresarios frente a esto? Salvo el férreo activismo de algunas cámaras industriales, los grandes empresarios han brillado por su ausencia. Lo anterior fue evidente en el aumento al ISN, donde nadie de los grandes levantó la mano para detener el despilfarro del gobernador. ¿Por qué la apatía en estos tiempos de apertura y libertad? ¿Será que lo prohibido siempre es más emocionante y por eso en los años setenta y ochenta alzaban la voz? ¿O será que los MBAs en Estados Unidos les han enseñado a ser más técnicos y preocuparse sólo por el UAFIR de la compañía?

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