¿Cómo se construye la masculinidad moderna?

 

Por Fabrizio Mejía Madrid

Ilustración por Haydeé Villarreal

En 1983 el médico británico Giles Brindley se inyecta fenoxibencina en una vena del pene antes de su presentación en la reunión de la Academia Americana de Urólogos. Está, por supuesto, en Las Vegas, y lo que seguirá a continuación será algo parecido a The show must go on. Él sabe que sus erecciones con la sustancia relajante le permiten hasta cuarenta y cuatro horas de firmeza. Ha descubierto la paradoja que aquejó a los que, desde lo mecánico, químico y físico, trataron de resolver la impotencia: para estar duro, se necesita estar relajado. Así que baja al auditorio, con su paquete de casi sesenta años de edad, se sube al escenario, explica la mecánica de su nueva droga: fentolamina. Y se baja los pantalones. Enseña su firmeza, pasa entre las butacas de sus colegas para que comprueben que no es un truco de magia estilo Las Vegas. Será el rey del espectáculo por los dos días que tarda en asimilarse el relajante muscular de las paredes de las arterias que llenan de sangre eso que los anatomistas llaman “el cuerpo cavernoso”. Sale el hombre de la caverna de nuevo casi con el descubrimiento del fuego. Lo muestra a los demás de la tribu. En las siguientes cuarenta y cuatro horas tendrá problemas para caminar, sentarse, ir al baño. Ha inventado una nueva industria. La industria de la erección.

La reciente autorización a los laboratorios Pfizer para vender el correlato de los éxitos de Giles Brindley es que ya no se necesita una inyección directa con efectos eternos, sino una pastilla azul, Viagra —anagrama del apellido de Ronal Virag, el médico francés que en 1982 inyectó por error papaverina y le causó una erección a un paciente anestesiado—, cuyo efecto no dura sino escasas cuatro horas. Han tomado la idea de relajar el músculo para endurecerlo y le han agregado una alquimia, el citrato de sildonafilo, que desactiva la enzima que normalmente descompondría las sustancias eréctiles que se activan cuando un hombre se excita. En los hombres maduros esa enzima en el pene, llamada PDE 5, es la aguafiestas. Pero el Viagra la inhibe por horas y permite la erección calculada, planeada, agendada.

El largo camino del pene —tan largo como se quiera— había pasado por tres estaciones: de la elevación a grado de mitología con Freud, a ser repudiado por las feministas radicales de los setenta y a resurgir, hacia el nuevo siglo XXI, como un inflable. Con Freud, por supuesto, el pene se hace falo y nos acecha, le tenemos envidia o tememos perderlo. Las mujeres freudianas no buscan placer sino poseer el envidiado pene aunque sea tan sólo por unos minutos —segundos, en casos bastante bochornosos—. Para Freud los varones reflejamos el miedo a que nos castre el padre por andar deseando a nuestras madres, llevando a cabo proyectos. Según él, los escritores de novelas voluminosas serían personas aterrorizadas. Pero es el pene el centro de todo: está en todo lo que vemos y deseamos. Érase una vez un Freud pegado a un pene. Se trata de un pene simbólico, separado de lo eléctrico y químico, es lingüístico. Desde el doctor Sigmund todos hemos sido tocados por el mismo pecado: desear a la madre. Todos hemos sido condenados a la neurosis, es decir, a la civilización. Don Sigmund tiene sus deficiencias. En una carta a James Jackson Putman, el profesor que había prolongado sus ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad, reconoce que “a pesar de que apoyo una libertad sexual infinitamente mayor, yo mismo no he hecho uso de ella”. Ya desde 1893 sabíamos de estas represiones de Freud por una carta a su amigo el otorrino Wilhelm Fliess: “Vivo en la abstinencia para evitar los embarazos o los métodos que los previenen”. Uno de sus miedos es que morirá de un infarto a la mitad de un coito. Fliess, por su parte, piensa que es la nariz donde se resuelven los problemas genitales. Por eso concluye, la cocaína debe ser una cura. Le hace saber a Freud su teoría de que los hombres también tienen ciclos menstruales, nada más que cada veintitrés días, en un resort alpino en Achensee. Es el verano de 1900 y se pelean. Fliess acabará disintiendo de las teorías freudianas:

—Sigmund, me temo que estás leyendo en la mente de otros tus propios pensamientos.

Si era el pensamiento de Freud o no, ya no lo sabremos; todos somos freudianos y pensamos en sus términos. Durante la primera mitad del siglo XX el pene pasó a ser el símbolo de todo lo deseable, temible y envidiable.

El segundo alto en el camino sucede el 23 de junio de 1993. John Wayne Bobbit llega borracho a su casa de Manassa en Virginia y trata de violar a su esposa ecuatoriana, Lorena Gallo. Los nombres lo son todo en esta historia: John Wayne, el vaquero norteamericano; el gallo, el nombre del pene para los estadunidenses, cock. Lorena va por un vaso de agua a la cocina y ve un cuchillo cebollero. Vuelve a la recámara y le corta el miembro viril a su esposo de un tajo. Luego, arrepentida, llama al teléfono de emergencias y John Wayne es operado y su pene repuesto. A partir de ese momento, John Wayne Bobbit se convierte en una estrella de cine porno. Lorena Gallo, tras el juicio por agresión y el divorcio, inaugura una tienda de cortes de cabello. Quedarán marcados por sus dos armas.

Recuerdo una charla por esos días:

—¿Pero cómo fue que encontraron el pito de Bobbit?

—En un terreno. Los avientas ahí y vuelven a crecer.

Además de los chistes, el impacto de la pelea de los Bobbit es que señala a cierto discurso feminista de los años setenta en los Estados Unidos: en la cruzada de Andrea Dworkin contra la pornografía en 1976 —según ella ver mujeres desnudas alentaba a los hombres a cometer violaciones— se permitió dos frases que justifican a Lorena Bobbit: “En la sexualidad masculina la violación es sólo una cuestión de grado” y “El pene recto causa literalmente una erosión del cuerpo femenino”. Obesa, con cabellera desgreñada, la feminista radical proponía la desaparición del pene, su cercenamiento, terminar con el problema de raíz. Visto como un arma, había que despistolizar al mundo.

El cuchillo de Lorena Bobbit era la cristalización de otro tipo de discurso feminista radical que había comenzado cuando Anne Koedt publicó El mito del orgasmo vaginal. En su manifiesto proponía compartir el poder en la recámara —lo que llevaría a compartirlo en las oficinas también: una suposición un tanto dudosa— y centró el orgasmo en el clítoris. La penetración masculina se convertía, así, en irrelevante para el placer femenino. En Sexual Politics de 1970, otra feminista influyente, Kate Millet, acusó a los penes de ser el fundamento de la sociedad patriarcal y llevó a cabo un proyecto inmobiliario en Nueva York en el que se albergaba a artistas con tal de que fueran mujeres, es decir, de que carecieran de pene (de hecho, Millet no sólo acusó de “falocráticas” a las novelas de D.H. Lawrence, Norman Miller y Ernest Hemingway, sino que incluyó en la lista al gay más connotado: Jean Genet). Hace unos años la alcaldía patriarcal las desalojó. Pero todos estos discursos generaron una incomodidad en el pene: era egoísta o innecesario. ¿Qué le había pasado al falo freudiano tan envidiable y, a la vez, temeroso?

A la fantasía de la niña freudiana con su padre se le había dado la vuelta: el abuso infantil era un recuerdo, no una fantasía. En 1975, Susan Brownmiller publicó Against Our Will, un estudio sobre las violaciones contra mujeres que, concluía, no eran de orden sexual, sino político. A lo que apuntaba el innecesario pene no era al deseo, sino al control. En realidad, si uno intercambia el término pene por arma nuclear, la cosa no suena extraña: algo innecesario cuya sola existencia amenaza al género. Pero cuando se piensa en ese pedazo lánguido de carne meando en un baño público, no puede uno sino levantar las cejas. Las feministas radicales habían cometido una injusticia creyendo en la plenipotencia del pene: que la simple idea de un hombre hacia una mujer ya era, en sí misma, un comportamiento. Y un segundo error: que la idea del comportamiento era siempre agresión. Seguramente sin saberlo, compartían ideas con el inventor del pletismógrafo, un condón de vidrio conectado a un medidor de aire para ver la respuesta de un pene a fotografías de desnudos femeninos. El checo Kurt Freund, casi hermano de Sigmund, desarrolló la idea hasta sus últimas consecuencias: en el caso de que el hombre se excitara con fotos de otros hombres, recibía automáticamente una descarga eléctrica. Pero a tres años de iniciado su experimento, concluyó que la homosexualidad no era una patología y huyó de los electrocutados hombres de Checoslovaquia en 1968. En los setenta, en Toronto, Canadá, se usó una versión mejorada del pletismógrafo (medía el grosor) para detectar violadores en potencia. Lo único que un aparato así podía medir era cuántas fantasías puedes llegar a tener en una estación de policía, con un tubo en el pito y con imágenes de desnudos de Anna Nicole Smith.

Pero un día vino el Viagra. Los impotentes la asimilan al ritmo de sus taquicardias. Se mueren de infartos porque, además de la erección, el sexo es algo más complejo: hay que hacerlo. Y se la administran a un anciano de ochenta y un años. Y claro que la empalma para, luego, palmarla de una insuficiencia cardiaca en brazos de ¿quién? ¿De su mujer madura? ¿Y si la viejita no tiene ganas? Una opción es la negación: el viejo toma la Viagra, la esposa, “la píldora rosa”, que supuestamente estimula a las mujeres. ¿Y luego? Pero si lo de menos es empalmarla y lubricar. No habíamos quedado en eso. ¿Qué pasó con la sexualidad integral, invisible, no-mecánica, no-genital, no-biologizante, despojada de relaciones de poder?

Está bien. La batalla la ganan los urólogos y no los psicoanalistas. El viejo se gastó su jubilación en una sola pastilla y olvidó comprar la de su mujer. La esposa no tiene ganas y, entonces, tenemos al anciano enviagrado, viendo la tele o dormitando por ahí con una erección inútil, una erección absurda, puesta ahí para demostrar que todavía puede. Pero, ¿puede qué? ¿Qué significa? ¿De plano vamos a volver a la mitología del gran rábano que gozaba solo? ¿Del falo siempre dispuesto, valeroso, presidenciable? ¿Del rifle que no sabía nada más que de “preparen, apunten, fuego”?

Antes de todo el bla bla bla sobre el Viagra, los hombres habíamos encontrado un punto de acuerdo con las mujeres: que el pene estaba genuinamente arrepentido de haber encarnado en falo, que aceptaba quitarse el uniforme militar e irse de descanso (Bruckner), a cambio ya no de representar el ridículo numerito del Poder único y ganar algo de deseabilidad, para repartir el resto de la pasión, no sólo entre otras partes del cuerpo de los hombres, sino también de otros aspectos no corporales. Ahí nos quedamos. Las mujeres dijeron: compartan el poder, el Gran Falo de “no hay más ruta que la nuestra” cayó en descrédito y los hombres descansamos de la obligación de parecernos a Bogart hasta en la cama (cigarro llevando a las mujeres al éxtasis con un rictus de desperdicio). O al menos recuerdo que ya nadie quería ser Steven Seagal, sino Woody Allen: todos los amigos hablando de encontrar “su parte femenina”, mujeres diciendo “me excitas cuando hablas de Bergman”, uno sintiendo pena por las vidas vacuas de los fortachones que no lloran. Ahí estábamos. Pero ahora resurge el genitalismo más compasivo —los viejitos tienen derecho a empalmarla a diez dólares la hora—, el sexo médico para todos —coito olímpico, terapia ocupacional, el sexo aeróbico, el récord orgásmico (¿cuántos?, ¿en cuánto tiempo?), sexólogos dando consejos inverosímiles: “trescientas embestidas hacen un orgasmo de clítoris”, el punto G, el punto G, el punto G—, la seducción de la imagen porno que funda a Internet y, véanlo sentado: el anciano absurdo con una erección que a su mujer no le va ni le viene y que, para ella, es la repetición en la tele de una película de Errol Flynn que vio durante los primeros años de su matrimonio: el bandido está firme para quien no lo desprecie. Y, si se le desprecia. Y ahí va nuestro viejo enviagrado por las calles de la ciudad, mirando lascivamente a las colegialas, excitándose con las falditas, las calcetas, las ombligueras, creyendo que sus 10 dólares por píldora le sirven para conquistar, seducir, recobrar el tiempo perdido, volver a ser el hombre con pantalones, aunque se los pretenda quitar para demostrarlo. Nuestro anciano boquea con la taquicardia y padece uno de los efectos secundarios en las venas de las retinas de sus ojos: ve todo ligeramente azul. Y no tiene la aventura sexual de su antigua vida, no, la seducción todavía no viene en píldora.

 

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El triunfo del Viagra señala la derrota de todos los bandos anteriores y, en general, de la profundidad. Que la impotencia tenía una base psicoanalítica, es decir, venía de una historia contada de algo que no se recuerda más que con palabras. Que la potencia es, en realidad, una discusión sobre la política de los géneros. Nada. Se nos ha terminado el gusto por la cultura de lo amplio y ahora nos contentamos con la banalidad. Dejemos hablar al doctor Irwin Goldstein de la Universidad de Boston: “El pene es una llanta. Una erección tiene que ser inflada. Si se poncha tienes que buscar la fuga o revisar lo que lo bombea”. La erección había pasado de ser una memoria de infancia a un asunto de dos, a ser la llanta del automóvil de la excitación. Los urólogos, para quienes todo era “una patología del sistema vascular”, habían finalmente ganado al sintetizar la Píldora Azul. En el camino habían quedado el médico de Hitler, Adolphe Butenand (de la farmacéutica Schering y Premio Nobel) que le inyectaba testosterona al Führer para rejuvenecerlo. O Eugen Steinach, director de investigaciones biológicas de la Academia Vienesa de Ciencias, que le hizo las vasectomías a Freud y a W.B. Yeats porque “rejuvenecían el libido”. Tendido en el camino había quedado también Serge Voronoff que, entre junio de 1920 y octubre de 1923, practicó 52 trasplantes de testículos de chimpancé en humanos para reconstruir el deseo sexual de los viejos. En 1935, Peter Medawar (otro Premio Nobel) demuestra que esos trasplantes fueron destruidos por el sistema inmune de los receptores. Voronoff muere en 1951, a los 85 años, aislado y deprimido. Está seguro de que, queriendo ayudar, todo lo que consiguió fue esparcir la sífilis de los monos a los hombres. De hecho, cuando en 1985 se dan los descubrimientos del VIH-SIDA, su nombre emerge como posible culpable. En la ruta hacia el Viagra, en fin, quedará también A.P. Frumkin, otro ruso que trató de restaurar la potencia de los combatientes a quienes les habían estallado minas o granadas durante la Segunda Guerra Mundial. Su idea era crear un baculum, como en las ballenas y los zorros, insertándoles a los ex soldados en 1944 una parte de sus costillas. Luego se dio cuenta de que, si no se les caía, sí era un tanto estorboso y demandó a la industria de la moda plantear una alternativa al pantalón. No le escucharon. La prótesis de silicón inflable que en 1973 inventó el Doctor Brantley de la Universidad de Minnesota dio origen al pene de plástico y transportable, el dildo, luego, se hizo de baterías y vibraba o giraba en círculos. Hasta que todo se redujo a una pastilla azul. El debate había concluido. El sexo se había convertido en una rama de la urología. Ningún hombre podía pretextar no tener ganas. El sexo se hizo obligatorio.

 

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Es de entrada curioso que el creador de la gimnasia (1793) tenga este nombre, J.F.C. Guts Muth, y que se haya referido a “los guerreros indios de América” junto a los atletas griegos como “castos, puros, capaces, valerosos, verdaderos y listos para empuñar las armas”. Con su gimnasia se da la militarización de la masculinidad: ser hombre es estar preparado para la guerra. El hombre, para serlo, debe defender con su cuerpo un ideal que lo trasciende. La perseverancia de alguien haciendo cien abdominales se traslada a la defensa de la patria. Con la gimnasia en las escuelas se unen por primera vez en una política de Estado dos ideas antes distintas: la fuerza a punto de desplegarse en una matanza y la exigencia de que “el hombre debe ser temerario contra sí mismo”. Se ha inventado el estado moderno de la autocontención. El estereotipo de lo masculino es el que acepta la muerte sacrificial y, para ello, consigue la disciplina que comienza con la gimnasia escolar. Los machos del siglo XX serán un resultado de semejante idea. La idea de que hay un territorio a defender —no es muy viril el desplazado, el exiliado, el fugitivo— y que triunfan a base de energía pura sobre países o sociedades envejecidas o decadentes. Lo auténtico es instintivo, es una redundancia del poder de la voluntad y hay que demostrarlo tolerando el dolor sin hacer gestos. Es también la camaradería masculina la de los soldados en una trinchera: hay que cumplir con un deber, afrontar las demandas de la situación y vencer. Una verdad más profunda que la simple defensa de un territorio se dará ya en el combate: el descubrimiento de nuestra naturaleza guerrera, la purificación por el callado dolor de ver al camarada muerto, las ganas de sacrificarse aguantando el miedo, el dolor y el sufrimiento. Ésa es la masculinidad normativa que viven Freud y sus mujeres histéricas. Y, por cierto, lo contrario de ese macho en la trinchera no son las mujeres. Es el intelectual desgarbado, narizón de anteojos, los gordos, los contrahechos. Los que dudan. Esa masculinidad normativa de las guerras es sólo fiel a su propia voluntad. No piensa. No duda. Y duerme sus ocho horas.

El piloto de aviones de guerra se convierte en el macho por excelencia: desde arriba, solitario, selecciona a vivos y a muertos, riéndose de sus víctimas, en control absoluto de la tecnología. Lleva a cabo una tarea para la que los hombres no estaban hechos: volar. Soporta el terror de lo antinatural y cumple con la función de aventar bombas, salirse con la suya y regresar a su base. Es el héroe, es decir, el que vence todo, hasta a sí mismo.

Pero esta masculinidad normativa de las guerras del siglo XX se desvaneció en la última posguerra. Se puso en duda. De pronto, los varones educados en ella se sentían fuera de lugar exigiendo la cena a tiempo o no avisando si iban a regresar a dormir. Las mujeres tenían cosas que decir. Ya no eran las histéricas y fantasiosas de tiempos de Freud, con las crinolinas ocultando sus calores. Una generación de hombres que entraron a sus vidas creyendo que serían como sus padres todopoderosos sufrieron el descrédito de lo patriarcal, aprendieron a cocinar, nunca entendieron el psicoanálisis, se retiraron cuando se hablaba de sentimientos y terminaron por no saber cuál era su lugar dentro de las familias y en las sociedades. Callados, rumiando sus dudas, fueron los que se educaron en la Guerra Fría y se casaron en los sesenta. Ajenos a sus mujeres vociferantes, nunca encontraron la pista de regreso.

 

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Hace más de diez años Marcel Mario Melo publicó en Brasil su Manifiesto masculinista nordestino (Pasquim de Sao Paulo, 1989), bajo la premisa de las posliberaciones: “Los que no somos ni mujeres ni homosexuales ni bisexuales y que rechazamos el modelo machista impuesto….” Autodenominados una “minoría”, en Brasil los “masculinistas” buscaban encontrar una nueva masculinidad en el estereotipo femenino: “Abajo la exigencia de ponerse traje y corbata; por el derecho a orinar sentados; el respeto al pudor masculino con la consiguiente construcción de mingitorios privados; por el amparo a los padres solteros abandonados por las mujeres amadas —desalmadas—, con la consecuente habilitación de guarderías en las cantinas; queremos pensión por viudez alimenticia y licencia de paternidad; no amamantamos pero preparamos biberones y cambiamos pañales; por la liberación de la lágrima masculina; por el reconocimiento de la menstruación masculina; contra el cierre del mercado laboral a los hombres: queremos ser secretarios, telefonistas, nanas y etcétera; no queremos ser jefes de familia, ni reyes sexuales. Igualdad fuera y arriba de la cama. Por el derecho a decir no, sin pleitos ni cuestionamientos a nuestra masculinidad. A la mujer también le falla. Aquél que nunca falló que tire la primera piedra; abajo la cara de la fortaleza masculina, queremos tener derecho a asumir nuestras fragilidades; abajo el complejo de cornudo. ¿Por qué ellas no son cornudas? Fidelidad e infidelidades recíprocas; la caballerosidad es aburrida y costosa. La delicadeza es unisex. Que se extinga la caballerosidad o se instaure, también, la damosidad; queremos recibir flores; exigimos la modificación del Padre Nuestro: ‘Padre y madre nuestros, bendito sea el fruto de tu vientre y tu semen’; por la capacitación de los hombres desde la infancia para tareas consideradas femeninas: aprendamos corte, confección y costura, cuidado de los niños, tengamos muñecas, etcétera; les enseñaremos a las mujeres a cambiar llantas, tanques de gas y fusibles, a defenderse con los puños, a espantar ladrones, a matar cucarachas y ratones; estamos contra el uso de los hijos como chantaje emocional; protestamos en contra de que nuestro órgano de amor sea representado con espadas, cañones, macanas y otros instrumentos de agresión y guerra; sólo aceptaos la simbolización a partir de cosas gustosas y sanas: barras de chocolate, bananas, lápices de labios, paletas”.

El de Melo era el hombre posfeminista que nunca existió. Parte de una idea de la feminidad apacible, oral, en paz consigo misma, opuesta a la voluntad y decisión de la masculinidad de tiempos de Freud. Pero las mujeres han entrado en la idea del triunfo, en la consecución de lo que se busca, en la victoria que salta dificultades, en el coraje unido al dolor de lo que se encara. Las trincheras pasaron a ser parte de los atributos deseables de una vida cualquiera, una vida que vale la pena. Ya sin guerras de trincheras, la gimnasia de la voluntad se fue a las oficinas, a las escuelas, a todos los mercados, empleos, relaciones, incluso, a la educación de los hijos. Terminó siendo unisex (término inventado en 1896) como una competencia por logros materiales, trascendentes. La vida respetable es la del héroe y la heroína, aunque sea en un talk-show sobre el cuidado de los bebés. Sus mortificaciones. Y cómo las superaron.

¿Y cómo combatir la extensión de ese Viagra de la voluntad? No sé. Yo estoy en un parque de Bogotá escribiendo esto. Las chicas pasan en vestidos de veranos sonriendo, moviéndose para el espectador. Soy un viajero, un pasajero en tránsito, alguien que se irá. En mis fantasías podría abordar a cualquiera de estas lindas colombianas y seducirla. Llevarla a mi cuarto de hotel. Amanecer con ella. Pero mi mujer me espera. Espero que ella no esté fantaseando con otros. Si yo lo hago, ella también debe hacerlo. No quiero ni pensarlo.

De todas las memorias del cineasta Luis Buñuel admiro sólo una: cuando dice que se le ha terminado el deseo. Sufrió con todas sus actrices —de Silvia Pinal a Catherine Deneuve— para no ser infiel. Un combatiente de su propio deseo. Un hombre de tiempos de Freud. Un cineasta surrealista y ateo reprimiendo sus deseos. Cuando se acaban sus excitaciones, descansa, es un alivio. Ahora, ese deseo tiene un aliado químico, la pastilla azul. Me plantea un futuro que no quiero: uno donde el deseo nunca termina. Uno donde tendré que ser el macho luchando contra el obstáculo: ¿iré a la farmacia por un condón y por un Viagra recreativo? Y, decidiré, que un macho es el que es infiel porque le ganan las urgencias biológicas o que es un macho porque aguanta las tentaciones. No tengo forma de ganar. En uno se gana variedad. En otro, estabilidad. De todas formas de algo me perderé.

 

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