Por Luis Felipe Lomelí

Ilustración por Cristina Guerrero

(a Thomas De Quincey, en memoria)

Inventaron la sospecha. Cuando los paramilitares comenzaron a hacer incursiones en Montemorelos, la población quedó en medio del fuego entre éstos y la guerrilla. Era verano y el verano en el noreste de México supera los cuarenta grados centígrados a la sombra. Unos y otros grupos armados destruyeron las norias y los canales de riego, entre los huertos de naranjo se colocaron minas antipersonales y alambre de púas. También se cortaron las vías de comunicación. De nada sirvió que el alcalde fuera a Monterrey en varias ocasiones a pedir la ayuda del ejército, jamás acudieron.

Primero porque no podían descuidar la ciudad y al Estado Mayor le urgía proteger a las clase altas de ésta, la apodada Sultana del Norte, amenazada por el terror de los sicarios y las pandillas encastradas en los cerros cercanos; y segundo porque nunca hay que confiar en los campesinos, tal vez la petición de ayuda era un gancho para una emboscada de la guerrilla o de los paramilitares. En esa época ya no se podía saber quién estaba al lado de quién. Así, se dejó a su suerte a los pobladores de Montemorelos y poco a poco fueron fraguando la fuga. Al inicio hubo mucha reticencia, nadie quería dejar su tierra, se pensaba que pagando tributo a unos y otros podrían vivir en paz. Pero no fue así. Se incrementó el número de muertos, de violaciones, de niños y jóvenes que se perdían en los cerros para no volver. O por lo menos para no volver completos. Así que se consolidó la fuga. Una noche el pueblo salió de sus casas arreando con sus cabras, sus televisiones y los objetos de valor que creían poder cargar hasta el otro extremo de Monterrey, hasta los cerros rebanados de Santa Catarina. La columna se organizó disponiendo a la mitad de los hombres y las armas al frente; las mujeres, los niños y los ancianos al centro, y el resto de los hombres y las armas en la retaguardia. Una autodefensa de Santa Catarina les había asegurado protección una vez que llegaran allá, así que tendrían que andar por lo menos dos días a través de la carretera y luego por las calles de Monterrey. Sin embargo se corrió la voz, la guerrilla y los paramilitares pensaron que era un acto de traición; el ejército y los industriales de la ciudad, que era una avanzada de la guerrilla. Tuvieron que salir intempestivamente, dejaron los víveres pensando que podrían comprar en las tiendas de la carretera y de la capital. Avanzaron. Desde un flanco una columna paramilitar les perseguía y durante las horas que antecedieron al amanecer se podía ver los relámpagos de los fusiles mientras los hombres de la retaguardia repelían. De tanto en tanto un vehículo con una metralleta montada salía de los huertos a disparar contra la columna de campesinos y los hombres dividieron la vanguardia para poder detener estos ataques. A las ocho de la mañana había treinta grados de temperatura y decenas de cadáveres regados por el asfalto, junto con televisores y demás bienes que retardaban el paso. Todos los que podían, iban corriendo. Poco a poco los viejos, las mujeres embarazadas y algunos niños fueron quedando atrás, a merced de los paramilitares. A media mañana la temperatura había alcanzado los cuarenta y tres grados a la sombra. Las tiendas estaban cerradas. Tal vez por los rumores de que venía una avanzada de la guerrilla. Tal vez desde antes. El arribo a Monterrey tampoco fue como estaba previsto, un par de hombres de la vanguardia se adelantó y volvió con el informe de que el ejército los consideraba guerrilleros. Cayó la noche antes de entrar a la ciudad. Durmieron tres horas en las faldas de la sierra, combatiendo los ataques esporádicos de los paramilitares y con el temor de que el ejército fuera a enviar un batallón hacia ellos. Ahí cambiaron la ruta, ya no entrarían por la Carretera Nacional sino que bordearían los cerros –los de Sierra Ventana y Loma Larga– por donde lo hacían los sicarios. El día lo pasaron combatiendo de cuadra en cuadra, por las serpientes de tierra y las casas de lámina acanalada del territorio de las pandillas. Las tiendas seguían cerradas, abandonadas, saqueadas por alguien más antes de que llegaran ellos. Cruzaron la avenida Alfonso Reyes y antes del túnel de Carranza volvieron a dormir tres horas. Quedaba menos de la mitad de los que habían partido. Ahí ya no había ataques de los paramilitares pero sí de algunos sicarios, así como la incursión de un pequeño regimiento de caballería que pudieron contener. La mayor parte del ejército se había engarzado en dos batallas: una en el sur con los paramilitares y la otra en Apodaca contra la guerrilla. Esa noche la temperatura no bajó de los treinta grados. Volvieron a avanzar. La sed iba en aumento. Algunos niños se desmayaron y sus madres prefirieron esperar con ellos en brazos a que alguien viniera a matarlos. Cruzaron avenida Constitución, el lecho seco del río, y pasaron entre las calles y las fábricas combatiendo contra los elementos de seguridad privada de las industrias. Al atardecer llegaron a los cerros rebanados de Santa Catarina. La sed hacía casi imposibles los pasos cuando miraron la pileta de agua de una cementera. Corrieron todos al lago pequeñito de agua caliente y ahí, en la fosa, a unos metros del territorio de las autodefensas que les habían asegurado protección, un batallón del ejército los alcanzó. Como si la última decisión de sus vidas se diera entre morir de sed o morir acribillados, la mayoría permaneció tomando agua a pesar de las ráfagas de las metralletas. Unos cuantos alcanzaron a correr hacia el territorio seguro. No miraron atrás. No vieron el agua roja atestada de cadáveres. No volvieron nunca a Montemorelos.
Inventaron la sospecha, me dijiste. Ésa que se inventa en cada guerra civil, donde todos parecen enemigos.

* Los desplazados, “cóver” de La rebelión de los tártaros de Thomas De Quincey, es parte del cuento El croar de las ranas publicado en Ella sigue de viaje (Tusquets, México, 2005).

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