Hace tiempo, un joven estudiante de Medicina intentó quitarse la vida al saberse reprobado en la materia de anatomía. Era su tercer intento de pasar la materia y la primera vez que intentó suicidarse. Hoy, él forma parte de las estadísticas de suicidios o intentos de suicidio que van en aumento en el estado.

Tras fallar en su intento, creó un club llamado Desertores de la Medicina, que se reunía en secreto una vez al mes en algún punto de la ciudad de Monterrey.

Carlos, hijo de un conocido cirujano plástico, decidió estudiar la carrera de su padre. Alguna vez le dijeron que el Che Guevara también había estudiado para doctor y eso lo motivó a inscribirse en la difícil carrera para llegar a ser médico. “Siempre hay formas de cambiar el mundo”, pensó cuando pagaba su curso propedéutico.

En la bienvenida que anualmente organiza la mesa directiva, conoció a Camila, estudiante de cuarto semestre, quien para seguir la fiesta le ofreció tachas. Bailaron hasta el amanecer y construyeron una amistad donde el negocio fue también parte importante de su relación: él como alumno de primer ingreso se convirtió en dealer de su generación. Ofrecía productos “para mantenerse despierto/para no dormir” entre sus compañeros. Se hizo de nombre por la facilidad para entablar diálogo. Era un vendedor nato, un líder carismático a quien el aire le acomodaba el cabello.

El primer año de su carrera logró acreditar las materias y sólo dejó para segunda oportunidad la materia de anatomía. Decidió llevársela tranquilo, dedicarle un año al estudio completo de una sola materia y, junto a Camila, atender el negocio de la venta de pastillas. En el área médica tenían clientes de Psicología, Odontología y Enfermería. Son muchos los estudiantes de estas carreras que ocupan una ayudadita para el desvelo. Cuando un alumno necesitaba estudiar un fin de semana completo, ahí estaban Camila & Carlos y sus pastillas, listos para ofrecerles el empujón valioso, bendito amuleto en temporada de exámenes.

Carlos estaba pagando un coche del año con el apoyo de su padre y con la gran ayuda que el narco-negocio le brindaba: “son muchas las utilidades”, sonreía frente al espejo cada vez que hacía una venta, una buena venta.

Una tarde de abril, angustiado por la exigencia de sus jefes, que le pedían vender más pastillas, y asustado por el examen de tercera oportunidad, decidió ingerir un puñado de medicamentos. Cuando abrió los ojos se encontraba descansado de un lavado de estómago que le practicaron en el Hospital Universitario. Fue atendido por el catedrático que impartía Anatomía. Esto le permitió descansar unos días y aplazar el examen para el mes siguiente.

Llegó la fecha del examen y lo reprobó; dejó los estudios, pero no los contactos de estudiantes y decidió formar el club Desertores de la Medicina, considerado por muchos como el cartel que maneja las drogas en el área de Medicina. Hizo alianza con amigos de otras facultades y crearon grupos como Desertores de la IngenieríaDesertores de las Letras, y demás carreras, todos unidos por el consumo de las drogas, una vida fácil, rápida, veloz, unos antiNinis en potencia.

“Die Young” es la frase que se lee en el antebrazo de cada uno de los líderes de estas células del crimen organizado, que de ser distribuidores pasaron a ser productores de drogas. Su forma de trabajar es más organizada que la de otros narcotraficantes, pues con la ayuda de los Desertores de la Comunicación, crearon un mecanismo de publicidad en redes sociales, conciertos, fiestas temáticas y actividades estudiantiles y culturales. Son muchos los rumores de que consiguieron hasta becas del gobierno estatal y federal para realizar festivales internacionales de música y arte, meros eventos pantallas para vender sus productos.

Hoy es casi imposible contactarlos personalmente. Las redes sociales que crearon quedaron en el abandono. Ya no revisan su número de seguidores y amigos de Facebook. Cuando la policía descubrió que se reunían en la estatua de Gonzalitos, ubicada en el patio de la honorable escuela de Medicina, ellos dejaron de verse y de trabajar. Cada uno se escondió como pudo. Unos se fueron a Estados Unidos y otros hicieron cita con dermatólogos para eliminar  de su brazo  el tatuaje.

Carlos fue operado por los mejores cirujanos plásticos de la ciudad, entre ellos su padre. Ahora su rostro es otro y le es fácil camuflarse entre sudamericanos. Vive en Santiago de Chile y algunas veces pone discos en el Centro Cultural Amanda, donde lo vi por primera y última vez en 2012, cuando fui a Lollapalooza. Él fue quien me saludó y se dirigió a mí como “tú eres el chavo de la radio, el que dice las noticias y sale en la tele de la uni”. Fuimos a un café de piernas en el Paseo Ahumada para charlar y me contó esta historia que nunca será noticia.

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