Se ha hablado antes de la literatura de lo cotidiano: el viaje épico del ama de casa a través del mercado, las aventuras del niño entre los callejones de su vecindad, la lucha del oficinista que navega pasillos gélidos y estériles. El género es un esfuerzo admirable por elevar los elementos más comunes de la vida al estatus increíble del suceso mitológico.

No es mi intención despreciar a nadie, pero me parece que no existe pieza de la llamada literatura de lo cotidiano que supere (o que se acerque siquiera) a Los desayunos [Breakfasts] de Timothy White.

Los datos biográficos, aunque a veces sobren dentro del comentario crítico, son más que adecuados para este caso. Timothy White (1939 – 1992) nació en Stuttgart, Arkansas, un pueblo pequeño que apenas araña los 10 mil habitantes. Hijo de un vendedor de abarrotes, tuvo una infancia común y corriente; según su biógrafo [1], el pequeño Timothy pasó la niñez explorando el monte y dándole la vuelta al pueblo en su bicicleta. A los 18 años se mudó a Fort Smith, donde estudió la universidad, graduándose de Ingeniería Agrícola, y a los 24 encontró empleo en las oficinas de un ganadero llamado Ron Hammilton. En 1965 se casó con una joven llamada Magda, con la que tuvo dos hijas. Su vida permaneció relativamente invariable hasta 1989, cuando fue obligado a retirarse de sus labores en la oficina por problemas de salud. Tres años después, murió de un paro respiratorio en la sala de su casa; sobre el sillón, con el periódico de la mañana caído como una sábana sobre su pecho.

No nos consta si Tim White fue un hombre ejemplar o de gran intelecto. Lo único que podemos decir con cierta certeza es que tuvo una vida común y corriente, quizá demasiado. Su biografía —escasa, oscura— no hace mención de otras facetas de su vida, ni siquiera de pasiones, hobbies o intereses; el texto es tan básico que, como proyecto biográfico, bien ameritaría su propio comentario [2]. Es, sin embargo, esa misma sobriedad de la existencia lo que añade al misterio de Los desayunos y a su fuerza como pieza de literatura.

Los desayunos (1995) es una colección de viñetas fechadas esporádicamente de enero de 1974 a octubre de 1979. Como habrá de suponerse, las viñetas tratan el tema de los desayunos, específicamente los desayunos de Tim White. El hombre pasó casi seis años escribiendo sobre lo que comía en las mañanas, y para colmo, lo hizo bien y con cierta disciplina.

Las viñetas son relativamente breves. La mayoría se extiende entre 5 y 8 páginas, con unas cuantas apenas pasando de las 10 y una que llega hasta las 15. Todas van encabezadas con una fecha y los platillos que conformaron el desayuno de aquella mañana —“14 de marzo de 1975: dos huevos estrellados, dos tiras de tocino, un vaso de jugo de zanahoria” —. Su contenido, aunque de tema único, es sorprendentemente variado. Las primeras viñetas son muy descriptivas; Tim White hace un fuerte énfasis en los colores y las texturas de su comida. Más adelante detalla no sólo los atributos de los platillos, sino también los efectos que el entorno inmediato tiene sobre los mismos: los cambios ejercidos por el sol que brilla desde la ventana, la brisa que se filtra por el mosquitero, la sombra de su propio cuerpo proyectada sobre el plato y la mesa. Después hay un desvío hacia otros fenómenos sensoriales; Tim White ahonda no sólo en lo visual, sino también en las sensaciones táctiles y auditivas: dedica párrafos y hasta páginas a la sensación del pan tostado en la boca, sobre su lengua, contra sus dientes, resbalando a través de su garganta y en la caída de la pieza recién masticada hasta el estómago; también al sonido que hace la rebanada al crujir por primera vez entre sus molares, y las diferencias discernibles de ese mismo crujir con cada mordisqueo con el que es molido. El sabor, por supuesto, también juega un papel central en casi todas las piezas, aunque Tim White parece esforzarse por no utilizar la terminología típica del repertorio literario al momento de describir a qué sabe lo que sea que come. Opta por términos más bien musicales, haciendo de sus desayunos —por gastada que sea la frase— una sinfonía de sabores, a veces elegante, clásica, y en otras ocasiones expansiva, psicodélica.

El resultado de los textos es una lectura sensorialmente profunda y a ratos sinestética. Tim White logra, a través de un esfuerzo extraño, retratar el desayuno como un momento —quizá el primero del día— cargado de estímulos que el cuerpo puede experimentar con toda precisión, suponiendo que quien desayuna alcanza el nivel necesario de concentración y discernimiento. Los desayunos es una obra que encuentra en lo cotidiano, quizá no una experiencia mística, ni tampoco un suceso mitológico, pero sí un instante de contacto íntimo con el universo material.

Es extraño que Timothy White, oficinista e ingeniero agrario, un hombre que llevó una vida (hasta donde se sabe) banal, aislada de todo pensamiento místico y estético, haya alcanzado un momento de iluminación y fuego artístico engullendo trozos de huevo y vasos de leche fría. Pero eso es, quizá, lo más adecuado. El mundo es extraño, y no merece algo menos que una literatura extraña.

Por Kaizar Cantú

[1] Patricia Schmidt se hizo cargo de escribir una muy breve biografía de Timothy White, publicada con el título de Rise Early and Eat: The Biography of Timothy White (Stork Books, 2001).

[2] Me he enterado de que Samuel Neuman, en efecto, escribió un ensayo sobre la labor biográfica de Schmidt. Apareció publicado n Journal of Lives Past (FEB 2003), y se titula “On a Brief Biography of the Mundane”.

Comments

comments