Un mirada a lo que se pierde en el paisaje

Por George Orwell

Al pasar el cadáver, las moscas abandonaron la mesa del restaurante y lo siguieron volando en tropel, aunque volvieron al cabo de unos minutos. El pequeño grupo de dolientes —todos ellos hombres y muchachos, ni una sola mujer— avanzaba abriéndose paso por el mercado, entre montones de granadas, los taxis y los camellos, con voces plañideras que entonaban un cántico breve, repetido una y otra vez. Lo que en verdad atrae a las moscas es que los cadáveres aquí nunca son acomodados en un ataúd, sino que van envueltos sólo en una pieza de tela tosca y portados sobre unas angarillas de madera, a hombros de cuatro amigos del difunto. Cuando los amigos llegan al lugar donde se hará el entierro, cavan un agujero oblongo, de medio metro de profundidad, en el cual depositan el cuerpo para cubrirlo después con terrones de tierra reseca, como ladrillo triturado. No hay lápida, no hay nombre, no hay nada que identifique la presencia de nadie.

El lugar del entierro es una vasta extensión de tierra estéril, como un solar abandonado donde no se ha construido nada. Al cabo de un mes, o dos, nadie tiene la menor certeza de dónde están enterrados sus familiares.

Cuando uno deambula por una ciudad como esta —200 mil habitantes, de los cuales al menos 20 mil son dueños literalmente de nada más que los andrajos que los cubren—, cuando ve cómo vive la gente, e incluso con qué facilidad muere, siempre es difícil creer que uno camina entre seres humanos. Todos los imperios coloniales, en efecto, han sido erigidos sobre esta realidad. La gente tiene la cara morena, oscura; además, ¡son muchísimos! ¿Son de veras tan de carne y hueso como uno mismo? ¿Acaso tienen un nombre propio, o están hechos tan sólo de una suerte de pasta informe, de tonalidad tostada, tan individuados como las abejas u otros insectos que viven en colonias? Surgen de la tierra, sudan y pasan hambre durante unos cuantos años, y al cabo vuelven a hundirse en los montículos sin nombre de los cementerios, sin que nadie repare en que ya no están. E incluso las tumbas se desdibujan, se difuminan pronto en el terreno. A veces, cuando uno sale a pasear, a medida que avanza entre las chumberas, repara en que el terreno es desigual, y sólo una cierta regularidad en los abultamientos del terreno le indica que, de hecho, camina sobre los esqueletos.

Fui a dar de comer a una de las gacelas de los jardines públicos. Las gacelas son casi los únicos animales que se antoja comer cuando aún están vivos. De hecho, es difícil mirarles la grupa sin pensar en una buena salsa de menta. La gacela a la que daba de comer parecía leer mis pensamientos, pues me resultó evidente que, aunque se llevó el mendrugo de pan que le tendía, yo no le había caído nada bien. Mordisqueó el pan deprisa, bajó la testuz y trató de embestirme; mordisqueó otro poco e hizo un nuevo amago de embestida. Es probable que pensara que, si conseguía alejarme un poco, el pan quedaría a su alcance, suspendido en el aire.

Un jornalero árabe que trabajaba en la senda dejó a un lado su pesado azadón y se acercó a nosotros. Dirigía la mirada de la gacela al mendrugo de pan y de este al animal con una suerte de tranquila perplejidad, como si nunca hubiera visto nada semejante. Al final se dirigió a nosotros tímidamente, en francés:

—A me vendría bien un poco de ese pan.

Partí un pedazo, se lo di y lo guardó agradecido en algún secreto lugar, bajo sus andrajos. El hombre es un empleado municipal.

Cuando se recorre la judería, uno se hace una idea seguramente acertada de cómo eran los guetos de la Edad Media. Bajo el poder de los musulmanes, los judíos sólo tenían permiso para poseer tierras en determinadas zonas restringidas, y al cabo de muchos siglos de recibir ese trato, han dejado de preocuparse por la superpoblación. Muchas de las calles tienen una anchura que ni de lejos llega a los dos metros, las casas carecen de ventanas y los niños, con los ojos irritados por alguna infección, se juntan por doquier en cantidades inauditas, como enjambres de moscas. Por el centro de la calle corre casi siempre un riachuelo de orines.

En el bazar, familias muy numerosas de judíos, vestidos todos con una túnica negra y también con el pequeño casquete negro, trabajan en lúgubres zaquizamíes infestados de moscas, que más parecen cavernas. Hay un carpintero sentado con las piernas cruzadas ante un torno prehistórico, torneando patas de sillas a una velocidad que da vértigo. Lo hace girar con un arco que sujeta con la mano derecha, y guía el escoplo con el pie izquierdo. Gracias a que ha pasado la vida entera en esa postura, tiene la pierna izquierda totalmente combada, deforme. A su lado está su nieto, de seis años de edad, que ya conoce lo más elemental del oficio.

Pasaba yo por delante de los tenderetes de los caldereros cuando alguien se fijó en que acababa de prender un cigarrillo. En el acto, de los oscuros agujeros que había en derredor, salió en tropel una frenética avalancha de judíos, muchos de ellos ya abuelos, con luengas barbas grises, todos pidiendo a voz en cuello un cigarro. Incluso un ciego que se había guarecido en lo más recóndito de un cuchitril oyó el rumor a cuento del tabaco y salió a gatas, palpando el aire con la mano. En menos de un minuto se me había acabado todo el paquete. Ninguno de ellos, creo yo, trabaja menos de doce horas al día. Todos contemplan un simple cigarrillo como si de un lujo inaccesible se tratara.

Como los judíos viven en una comunidad cerrada, se dedican a los mismos oficios que los árabes, con la excepción de la agricultura. Hay vendedores de fruta, alfareros, orfebres, herreros, carniceros, curtidores, sastres, aguadores, mendigos, mozos de cuerda… Se mire a donde se mire, no se ven más que judíos. De hecho, son unos 13 mil, que viven hacinados en muy pocas hectáreas. Menos mal que Hitler no ronda por aquí. Quién sabe, tal vez ya esté en camino. Se oyen los rumores siniestros de costumbre a cuento de los judíos, y no sólo entre los árabes, sino también entre los europeos con menos medios económicos.

—Pues sí, mon vieux, a mí me quitaron el puesto de trabajo y se lo dieron a un judío. ¡Peste de judíos! Son los que en verdad tienen el poder en este país. Son los que tienen todo el dinero. Controlan los bancos, las finanzas, todo.

—Pero veamos —dije yo—, ¿no es cierto que el judío normal y corriente trabaja por un penique a la hora?

—Ah, eso lo dicen sólo para darnos pena. En realidad, todos son prestamistas. Muy astutos, los judíos, ya lo creo.

Más o menos de esa forma, hace 200 años quemaban a las viejas pobres en la hoguera acusándolas de brujería, cuando no eran capaces de hacer magia ni para comer algo decente.

Todas las personas que viven de trabajos manuales son en parte invisibles, y cuanto más importante sea su trabajo, menos visibles son. Aun así, una piel blanca siempre llama la atención. En el norte de Europa, cuando se ve a un labrador que faena en el campo, posiblemente lo miramos dos veces. En un país de clima caluroso, en cualquier lugar al sur de Gibraltar o al este de Suez, lo más probable es que ni siquiera lo veamos. Es algo en lo que he reparado una y mil veces. En un paisaje tropical el ojo lo absorbe todo, salvo a los seres humanos. Absorbe la tierra reseca, la chumbera, la palmera, las montañas lejanas, pero siempre pasa por alto al campesino que labra su terruño. Es del mismo color que la tierra, y mucho menos interesante de ver.

Sólo por esta razón, a los países asiáticos y africanos azotados por las hambrunas se los considera lugares idóneos para el turismo. Nadie en su sano juicio organizaría viajes baratos a las regiones más deprimidas. En cambio, allí donde los seres humanos tienen la piel morena, oscura, su pobreza apenas se percibe. ¿Qué significa Marruecos para un francés? Un naranjal o un trabajo de funcionario. ¿Y para un inglés? Camellos, palmeras, la Legión Extranjera, bandejas de cobre y bandidos. Es probable que uno pudiera vivir años aquí sin darse cuenta de que, para el 90 por ciento de la población, la realidad de la vida no es sino una lucha inacabable en la que se desloman con tal de arrancarle a una tierra erosionada algo que llevarse a la boca.

La mayor parte de Marruecos es tan desértica que ningún animal salvaje más grande que una liebre puede vivir. Zonas muy amplias, en otro tiempo boscosas, se han convertido en eriales sin un solo árbol, sin vegetación, donde el terreno parece de polvo de ladrillo. No obstante, en gran medida está cultivado, aunque a costa de un trabajo espantoso. Todo se hace a mano. Largas colas de mujeres encorvadas como una ele mayúscula invertida faenan despacio por los campos, arrancando las malas hierbas con las manos, y el campesino que recoge alfalfa para el forraje arranca las plantas tallo a tallo en vez de segarlas con la guadaña, con lo cual ahorra unos centímetros en cada tallo. El arado es un artilugio de madera tan frágil que se puede llevar al hombro, y que remata en un extremo una tosca punta de hierro que revuelve el terreno a una profundidad no mayor que un palmo. A eso equivale la fuerza de las bestias de carga. Es normal que aren la tierra con una yunta compuesta por una vaca y un asno. Dos asnos juntos suman la fuerza suficiente, mientras que dos vacas son más costosas de alimentar. Los campesinos no tienen rastras; se limitan a arar la tierra varias veces, cada una en un sentido diferente, dejándola al final con largos surcos, tras lo cual es preciso dar forma al terreno a golpe de azada, en trechos desiguales, para conservar el agua de riego. Salvo en los dos días posteriores a un chubasco, casi nunca hay agua suficiente. A lo largo de la linde de los campos, se cavan acequias de hasta nueve metros de profundidad para recoger cualquier gota que pueda circular por el subsuelo.

Todas las tardes pasa por delante de mi casa una hilera de mujeres de avanzada edad, cada una con un hato de leña. Todas están momificadas por la edad y el sol, y todas son muy delgadas. Parece ser corriente en las comunidades primitivas que las mujeres, cuando pasan de cierta edad, se encojan hasta quedar del tamaño de un niño. Una vez, una pobre mujer que no medía más de un metro y veinte centímetros de estatura pasó por debajo de donde yo estaba con una carga de leña enorme. La detuve y le puse en la palma de la mano una moneda de cinco sous (poco más que un céntimo). Respondió con un quejido agudísimo, un chillido casi, en parte de gratitud, pero sobre todo de sorpresa. Supongo que, desde su punto de vista, al haber reparado en ella prácticamente había quebrado yo una ley de la naturaleza. Aceptaba su condición de anciana, esto es, de bestia de carga. Cuando una familia viaja, es habitual ver a un padre y a un hijo crecido montados en sendos asnos, mientras una anciana los sigue a pie, cargando con el equipaje.

Pero lo extraño de estas personas es su invisibilidad. Durante varias semanas, siempre a la misma hora del día, la hilera de ancianas pasaba renqueando por delante de la casa, cargadas todas con sus hatos de leña. Pues bien, aun cuando mis pupilas las registraban, dudo que en verdad pudiera decir que las había visto. Era la leña lo que pasaba por allí; así lo veía yo. Sólo un día en que me vi por azar caminando tras ellas, el curioso movimiento de sube y baja que efectuaba cada hato de leña hizo que me llamara la atención la figura humana que caminaba bajo el pesado fardo.

Fue entonces cuando reparé en los pobres y viejos cuerpos del color de la tierra, cuerpos reducidos a poco más que los huesos y la piel correosa, encorvados bajo un peso descomunal. Sin embargo, supongo que no llevaba ni cinco minutos en tierra marroquí cuando me percaté de que todos los asnos iban cargados en exceso, cosa que me enfureció. No cabe duda de que a los asnos se los trata de una manera execrable. En Marruecos, el asno es apenas más grande que un perro San Bernardo, pero porta una carga que en el ejército británico se tendría por excesiva para un mulo. Muy a menudo no se lo despoja del aparejo de carga durante varias semanas. Lo más penoso de todo es que se trata del ser más voluntarioso y terco de la Tierra, que sigue a su amo como un perro, y que no necesita ni brida ni ronzal. Tras una docena de años dedicado a trabajar de sol a sol, de repente se cae muerto, momento en el cual su dueño lo arroja a una zanja y los perros de la aldea le devoran las entrañas antes de que se haya enfriado.

Es algo que a uno le hace hervir la sangre, mientras que, en general, no sucede lo mismo con la penosa condición de los seres humanos. No me extiendo en comentarios, me limito a señalar un hecho. La gente de piel oscura es poco menos que invisible. Cualquiera siente lástima del asno con el lomo arqueado, aunque en general se debe a un mero accidente que uno llegue a percatarse de la anciana que se fatiga bajo el peso de la leña.

Así como las cigüeñas volaban rumbo al norte, los negros caminaban hacia el sur; una larga y polvorienta columna de infantería, baterías de cañones desmontables y más infantería, 4 o 5 mil hombres en total serpenteando por la carretera, con el atronar de las botas y el retumbar de las ruedas de hierro.

Eran senegaleses, los negros más negros de África, tan negros que a veces es difícil verles el nacimiento del cabello en la nuca. Sus cuerpos espléndidos iban ocultos bajo los uniformes caqui heredados, y llevaban los pies embutidos en botas que parecían bloques de madera y cascos de acero varias tallas menores de lo debido. Hacía mucho calor y los hombres habían recorrido un larguísimo trecho a pie. Iban encorvados bajo el peso de la impedimenta, y los rostros curiosos, sensibles, rebrillaban debido al sudor.

Cuando pasaron de largo, un negro alto y muy joven me miró a los ojos. La mirada que me lanzó no se pareció en nada a lo que cabría esperar. No fue hostil, ni despectiva, ni malhumorada, ni siquiera inquisitiva. Fue la mirada tímida, con los ojos como platos, de un negro; en realidad, una mirada que denota un profundo respeto. Vi de qué se trataba: ese desdichado muchacho, ciudadano francés y, por tanto, arrastrado desde la selva para fregar suelos y enfermar de sífilis en cualquier cuartel, en realidad siente un respeto reverencial ante la piel de un blanco. Se le ha enseñado que la raza blanca es su dueña y señora. Y lo sigue creyendo a pie juntillas.

Pero hay un pensamiento que tiene todo hombre blanco (y, en este sentido, importa un comino que se considere socialista) cuando ve a un ejército de negros pasar de largo: “¿Por cuánto tiempo seguiremos engañando a toda esta gente? ¿Cuánto falta para que empuñen sus fusiles contra nosotros?”.

Fue curioso, de veras. Cada hombre blanco tiene este pensamiento alojado en alguna parte. Yo lo tenía, y lo tenían los demás testigos que presenciaron el momento, así como los oficiales con sus casacas sudorosas y los suboficiales blancos que marchaban en las filas. Era una suerte de secreto que todos sabemos, y que no caeremos en la estupidez de revelar a nadie. Sólo los negros lo ignoraban. Y la verdad es que fue casi como ver a un gran rebaño mientras mirábamos la larga columna, tal vez tres kilómetros de hombres armados, que avanzaba en paz por el camino, mientras las grandes aves de color blanco volaban sobre ellos en dirección opuesta, brillantes como pedacitos de papel esparcidos al aire.

*Texto publicado en New Writing (1939).

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