El Gobierno como patrocinador de las artes siempre me ha parecido una entidad ridícula. Los frutos de la injerencia oficial que me ha tocado ver son raquíticos —“Ese señor que ves allí sentado, lamiendo sobres, es nada menos que N el crítico más respetado en tiempos de Ávila Camacho. Si no fuera por esta chambita ya se hubiera muerto de hambre”—, elefantinos —“Métale más personajes y todos los cambios de escena que crea convenientes. Al cabo ya el señor Presidente le dijo a Celestino que nos van a dar dos millones”, frase dicha por Salvador Novo a un servidor en 1960—, o sencillamente descarriados —si juntara todo el papel que he tirado a la basura en forma de invitaciones que me manda Bellas Artes para acontecimientos que no me interesan, alcanzaría para hacer una edición de tiro limitado de mis obras completas—. Bueno, pues este concepto ya se acabó, y he tenido que modificarlo a últimas fechas.

A principios de diciembre suena el teléfono y la voz de una secretaria me anuncia:

—Va a hablar con usted el señor… —para los efectos de este artículo voy a llamarlo Rigodón.

Mientras me comunicaban con él, lo recordé: muy amable, bien educado. En 15 años lo había visto dos veces, una detrás de un escritorio diciéndome que no está listo mi cheque; otra, frente a un plato de langostinos. Su voz interrumpió el pensamiento:

—Hermano —me dijo— vente corriendo a mi oficina, que tengo que platicar contigo.

Me dio su dirección usando el noi magestaticus: “Ahora estamos en…”, el departamento de actividades culturales de una Secretaría de Estado.

Fui al día siguiente creyendo que querría montar alguna de mis obras de teatro. Él me recibió en su despacho bien puesto.

Nos abrazamos, nos sentamos y durante 45 minutos me contó la historia de su carrera.

Está llena de esplendores y descalabros: “Estábamos en el extranjero […] nos llamaron para ser secretario particular […] se nos ocurrió poner la bandera rojinegra […] tuvimos que renunciar. El señor N se había fijado en nosotros […] me dijo: ‘Véngase, Rigodón, para que los haga sufrir como me hacía sufrir a mí’. Estuvimos allí seis años. Se me ocurrieron varias ideas [mencionó varias empresas semiculturales de mucho éxito, que todo el mundo cree que nacieron en otros cerebros]. El señor Presidente dijo: ‘Hombre, qué buena idea’, etcétera”.

Después de tantos combates por la cultura, Rigodón está acorralado en su despacho suntuoso, con su presupuesto, su chaleco bien cortado y su cara rozagante, dispuesto a dar la última batalla.

—Podría retirarme, pero creo que todavía puedo hacer una labor muy bonita.

Se trata de muchas cosas: de tomar los frutos más sublimes del intelecto humano y ponerlos al alcance de los habitantes de los barrios más pobres de la ciudad —por ejemplo, llevar una orquesta y tocar la Novena en el Pedregal de Santa Inés, y después explicarles a los que salgan a ver qué está pasando, quién fue Beethoven—, de formar una nueva clase de actores, imbuidos de una gran conciencia social —“No les pagaremos, pero les daremos oportunidad de foguearse ante un público desconocido”—, de ir a buscar este público desconocido en los lugares y en los momentos más inesperados —“Hemos mandado hacer unas graderías que se montan rápidamente con el objeto siguiente: buscamos una calle apropiada, en una colonia industrial en donde todas las puertas sean fábricas. A las cuatro de la tarde cerramos la calle y montamos las gradas. A las cinco salen los obreros del trabajo, encuentran la calle cerrada, no pueden irse a sus casas y tienen que quedarse a ver la función de teatro”—, educar al público así apresado por medio de obras que inculquen en el trabajador una nueva dignidad y conciencia de clase —“Obras que digan: tú vales, tú te asociaste, tú formaste el sindicato, tú te enfrentaste al patrón, fuiste tú quien derrotó a las compañías imperialistas, gracias a ti se hizo la expropiación petrolera…”—; por último, combatir el elitismo, el comercialismo y la pornografía que reina en la cartelera.

Me contó la historia de una de las obras que forman parte de este programa:

—… fue escrita a la carrera y tuvimos que estrenarla con sólo dos ensayos, porque llegó a México el presidente de —aquí entra el nombre de un país que está haciendo expropiación petrolera— y quisimos que la viera para que supiera cómo había estado aquí la cosa. Salió bien de milagro. A todos los que la vieron les gustó muchísimo.

Ahora el Gobierno tiene el monopolio de las obras “subversivas”.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1976).

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