¿Es posible para un ladrón de bancos llevar una vida normal y tranquila?

Por Alex Kotlowitz

Ni las personas más cercanas a Ray Bowman lo conocían tan bien. Llevaba una vida común y corriente en las afueras de Kansas City, Missouri, en una pequeña casa de campo que compartía con su novia Jenny Delamotte, sus dos hijas y una de las niñas que Delamotte tuvo en su otro matrimonio. Bowman vendía podadoras y también trabajaba como investigador privado, o al menos eso le decía a sus amigos y familiares; pero le daba a uno la impresión de que disponía de mucho tiempo libre. Con frecuencia desaparecía por semanas, sin decirle a Delamotte dónde estaría. Cuando ella le hacía preguntas sobre su trabajo, Bowman sólo respondía con enojo. “Sentía que… no sé, que tenía otra vida completamente ajena a mí”. Un día, en enero de 1997, Bowman le dijo a Jenny que se fuera a comprar despensa y se llevara a las niñas con ella, un signo de que él no estaría en casa cuando volvieran. Tomó el coche y agarró la carretera hasta Kent, Washington, donde se encontró con su compañero, Bill Kirkpatrick, en el Pony Soldier Motor Inn.

Bowman y Kirkpatrick eran una pareja extraña: Bowman era bajito, un hombre de 53 años con aspecto insigne y facciones bruscas, de cabello entrecano y bien peinado, que vestía trajes oscuros y costosos. Kirikpatrick —mayor por cuatro años y unos 15 centímetros más alto— usaba lentes de aviador y peinaba todo su cabello para atrás; tenía mejillas como pocillos, ojos tristes y unos hombros encorvados que le daban a uno la impresión de que había pasado años trabajando en la línea de ensamblaje. Bowman era un bromista; Kirkpatrick era taciturno, casi tímido. Como de costumbre, rentaron habitaciones separadas porque Kirkpatrik no aguantaba la roncadera de Bowman. Desayunaban juntos, pero nada más.

Esta era la tercera vez en cuatro meses que viajaban a aquel lugar. En cada visita pasaban unas cuantas semanas familiarizándose con los ires y venires del Seafirst Bank, un edificio de una sola planta, armado por completo con ladrillo, ubicado al extremo de la avenida comercial en Lakewood, un suburbio de Tacoma. De vez en cuando ambos hombres entraban al banco por algo de cambio o para conseguir un giro postal; así podían contar el número de empleados y aprenderse sus rutinas. Bowman y Kirkpatrick, dos de los ladrones de bancos más consumados en la historia de los Estados Unidos, estaban a punto de ejecutar el vigesimoséptimo de sus atracos.

En los 7 mil 127 asaltos bancarios sucedidos en Estados Unidos durante el año 2000, se robó un promedio de mil 200 dólares, y la mayoría de los ladrones fueron capturados eventualmente. Los asaltos bancarios suelen ser cometidos por gente desesperada y sin experiencia, pero Bowman y Kirkpatrick lo hacían con un control y una preparación impresionantes, y nunca presumían sobre sus logros. Operaron por 15 años, un año menos que Jesse James y su banda; su promedio de asaltos era de dos bancos al año, cada uno en diferentes ciudades del noreste y medio-oeste estadunidense. “Son como el retorno de los viejos tiempos”, me dijo un veterano del FBI. “Espero que no nos topemos con más tipos como ellos”.

Al final, Bowman y Kirkpatrick fueron capturados, pero sólo después de que cometieran un error pequeño y poco común. Un error que se dio, en buena parte, gracias a un impulso de la mediana edad por llevar vidas más ordinarias.

***

Aunque el FBI no tenía idea de a quién estaba buscando, el patrón era muy claro: dos hombres —un agente los llamó Mutt y Jeff— entraban a un banco justo antes de que abriera o poco después de que cerrara, cuando ya no había gente. Por lo general llevaban gabardinas, además de pelucas, unos guantes y una capa de maquillaje tan oscuro que algunos testigos los identificaban como hispanos o nativos americanos. No lastimaban a nadie, aunque durante su tercer atraco —Minneapolis, 1983—, una cajera llamada Allaire Wilson recibió un disparo en la espalda cuando se negó a entrar la bóveda como se lo había ordenado Kirkpatrick; pero no sufrió heridas graves. A pesar de aquel disparo, Wilson me comentó que ambos ladrones habían sido bastante amables, y hasta considerados. Tras haberla herido, Bowman le aseguró que no planeaban encerrarla dentro de la bóveda. “Siempre me acuerdo de que se tomó el tiempo para decirme eso”, comentó Wilson.

En otra ocasión, el dúo irrumpió en la casa del gerente de un banco. Lo obligaron a subirse al coche —junto con su esposa y su hijo de 14 años—, y a punta de pistola hicieron que los llevara hasta el banco. Años después, uno de los pocos detalles que el hijo del gerente pudo recordar es que el más bajito de los dos ladrones le compró una 7 Up de la máquina que había en el banco.

En 1989, después de que el Dúo Gabardina —así los llamaban las autoridades— se llevaran 400 mil dólares del banco de Milwaukee, el FBI creía haber encontrado a los culpables. Frank Bolduc y Francis Larkin fueron arrestados por el presunto robo de un coche blindado en Massachusetts, y los agentes notaron que su apariencia concordaba con las descripciones ofrecidas por los cajeros en Milwaukee. El jurado los condenó por el atraco de Milwaukee y por otro robo que sucedió cerca hacía poco.

Sin embargo, poco después de que Bolduc y Larkin fueron a prisión, dos hombres —uno alto, otro bajito— asaltaron un banco en Lincoln, Nebraska. Un dúo que coincidía con esa descripción había asaltado otros siete bancos para finales de 1994, incluido el Valley Bank de Nevada, en Henderson, donde los empleados alcanzaron a activar la alarma. Los ladrones tomaron un cajero como rehén, la metieron al asiento trasero de un sedán robado y salieron volando, perseguidos por la policía. Hubo un tiroteo. El auto despareció en un complejo departamental construido como un laberinto; al parecer, los ladrones habían explorado el área y elegido el complejo como la mejor ruta de escape. Cambiaron de coche detrás de un bar, liberaron a la rehén y escaparon con 138 mil dólares. El FBI se vio forzado a concluir que Bolduc y Larkin pertenecían a una pandilla de ladrones más grande o que el Dúo Gabardina seguía suelto.

***

En una ficha policial de 1962, Ray Bowman, arrestado por robo en Kansas City, le frunce el ceño a la cámara. Es muy buen mozo: 18 años, con patillas largas y un copete enorme. El padre de Bowman, un ebanista, murió cuando él tenía 12 años. Su madre tuvo que conseguir trabajo en Hallmark Cards para mantener a Ray y a su hermano menor, Dan. Bowman dejó la escuela cuando estaba en la secundaria, y pronto se involucró en el bajo mundo, robando tiendas para un mafioso de muy poco renombre llamado Tiger Cartarella. Cartarella, quien moriría en un tiroteo, distribuía “listas de compras” entre los adolescentes. Las listas incluían discos, relojes, raquetas de tenis y cualquier cosa con alta demanda. Ellos robaban los productos y él los guardaba. Pero Bowman tenía cuidado de no robar en Kansas City. “Ray solía decir que ‘No cagas en tu propio jardín’”, recuerda uno de sus antiguos cómplices, que lo acompañó a zonas tan lejanas como Wisconsin y Colorado. Todos querían ir a robar con Bowman, explica su ex-compañero, porque era imperturbable y nunca abría la boca. “Ray no te diría ni siquiera su segundo nombre, a menos que tú lo dijeras primero”.

Durante sus días como ladrón de tientas, Ray Bowman se juntó con un muchacho llamado Billy Kickpatrick, también sin estudios. Comenzaron a robar juntos; vestían pantalones y gabardinas enormes para disimular la mercancía que robaban. Los arrestaron sólo una vez: en Springfield, Missouri, en 1974, cuando los atraparon con 38 discos robados de un K Mart. Para mediados de los 80, Bowman y Kirkpatrick dejaron de aparecer juntos en público, ya que sus amigos comenzaron a preguntarse de dónde sacaban tanto dinero.

Durante buena parte de los 80, Bowman fue un solterón derrochador y testarudo. Según Cheryl Clark, una repartidora de blackjack que vivió con él en aquella época, le gustaban las limosinas, la cocaína, las cenas de 800 dólares, las faldas de seda y la colonia. (Una cajera le comentó a la policía que “olía muy bien”.) Bowman también desconfiaba mucho del gobierno; tenía una colección de armas tremenda y un montón de literatura supervivencialista. Una de las habitaciones de su casa tenía cerradura doble, y sólo Bowman poesía la llave. “Nunca pregunté nada porque se enojaba tanto; me hacía pensar que me golpearía”, dice Clark. Cuando se separaron, en 1989, Bowman confiscó los diarios en los que dejó anotadas las fechas en las que estuvo fuera de la ciudad.

Un año después, Bowman —con 46 años ya— conoció a Jenny Delamotte, una joven modesta de 26 años que tenía una hija y trabajaba en un bar. Delamotte y su hija no tardaron en mudarse con Bowman; dos años más tarde, Jenny y Bowman tuvieron su primera hija (Samantha), seguida por otra más (Taylor). Parecería que las niñas hicieron que Bowman sentara cabeza. Llevaba y traía a las niñas del colegio, y solía acompañarlas a los viajes escolares. Aprendió español por sus propios métodos mientras Samantha lo estudiaba en la escuela. También leía con voracidad, y comenzó a practicar seriamente la fotografía. Cambió su Corvette por un Crown Victoria, dice Delamotte, y se convirtió en un “hombre hogareño”.

Era otoño de 1996 cuando Ray Bowman llamó a su hermano, Dan, por primera vez desde 1985, cuando Dan se rehusó a guardarle una caja de zapatos. Durante ese tiempo, Dan había prosperado en Kansas City como vendedor de bienes raíces y dueño del Sidekicks Saloon, un bar gay muy exitoso. “Pensé que quería que le prestara dinero”, dijo Dan. Pero no, Ray quería que su hermano fungiera como ejecutor de su testamento. Ya reconciliados, Dan se sorprendió de la vida tan frugal que Ray y Jenny estaban llevando. Su casa de un piso, que rentaban por 800 dólares al mes, era tan modesta que Delamotte tenía que disimular un agujero en el piso de la cocina con un tapete. “Llevaban una vida carente de tantas cosas”, me dijo Dan.

***

Mientras eso sucedía, a Kirkpatrick lo atraparon intentando robar un coche al sur de Illinois. Pagó fianza y huyó, brevemente, a Kansas City, donde se hizo pasar por el dueño de un bar bajo el nombre de Charles Gehts. Kirkpatrick se mudó a Minneapolis un tiempo después junto con su novia, Myra Penney, y también comenzó a armar una vida más tranquila.

Penney es 17 años menor que Kirkpatrick, y apenas si le llega a los hombros. Tiene cabello rojo y ondulado, además de un carácter fuerte. Penney me contó que conoció a Kirkpatrick gracias a una amiga y se enamoró de inmediato. Acababa de divorciarse y trabajaba como chofer de un autobús escolar para mantener a sus dos hijos. Cuando Kirkpatrick abandonó Kansas City, ella decidió ir con él, dejando a sus dos hijos con su padre. No cruzó palabra con su familia por casi 10 años.

Penney era la única persona al tanto de lo que hacían Bowman y Kirkpatrick. Cuando Kirkpatrick regresaba de sus viajes, Penney revisaba los recibos de todos los moteles y coches rentados para asegurarse de que no le habían cobrado de más, y luego los echaba al fuego. También inscribió a ambos en el Priority Club del Holiday Inn para aprovechar los descuentos. Penney nunca vio a aquel hombre que conocía sólo como “Ray de Kansas City”, aunque había fotos de Bowman y sus dos hijas pegadas al refrigerador.

En 1988, cuando Kirkpatrick sondeaba un banco en Duluth, él y Penney se enamoraron de la costa rocosa de Lake Superior. Seis años más tarde, decidieron construir una cabaña a 28 kilómetros de la frontera canadiense, en Hovland, Minnesota, un pueblito compuesto sólo por una gasolinera y una tienda de abarrotes. Contrataron a Michael Senty, un constructor local, y juntos diseñaron una cabaña de cedro de tres niveles cerca del lago. Penney pagó la casa en efectivo: con billetes de 50 y 100 dólares hechos rollo y sujetos por bandas elásticas y entregados en bolsas de papel marrón. “[Penney] me hizo creer que había heredado el dinero”, dijo Senty.

La pareja se estableció en verano de 1995. Kirkpatrick había tomado otra nueva identidad; ahora se presentaba como Don Wilson, aunque Penney siempre lo llamaba big guy por temor a usar el nombre equivocado. Para justificar las ausencias tan frecuentes de Kirkpatrick, Penney le decía a sus amigos que era dueño de algunas bodegas y un negocio de cerrajería; Kirkpatrick, en efecto, había tomado en 1989 un curso de 52 sesiones por correo impartido por Foley-Belsay, una de las cerrajeras más reconocidas del mercado. Penney pasaba la mayor parte del tiempo ocupándose de los vegetales de su vivero y punteando cobijas. Cuando Kirkpatrick estaba en casa, trabajaba en un camino de piedra que llevaba al lago y refinaba sus habilidades de cerrajero en el sótano. Kirkpatrick llegó a sentirse tan cómodo en Hovland que dejó de cargar un arma.

Kirkpatrick y Penney se hicieron buenos amigos de Randy y Monica Schnobrich, una pareja joven; a veces cuidaban de sus dos hijos pequeños. “Siempre tuve esta sensación de que estaban gastando su dinero con mucha más soltura que antes”, dijo Randy. “Pero pensamos que las cosas eran distintas acá [en Hovland], así que confiamos en ellos”. Sin embargo, hubo un par de situaciones de misterio. En una ocasión, Randy entró a la casa para usar el teléfono y vio a Kirkpatrick tumbar una funda vacía de la mesa al piso. Y cuando Randy tomó una fotografía de Kirkpatrick y Penney sentados en el sillón con Sebastian, su hijo de cuatro años, entre ambos, los dos escondieron sus rostros detrás del niño.

Para primavera de 1996, la casa de Lake Superior estaba casi completa. Penney fastidió a Senty respecto a los últimos ajustes con tanta vehemencia que, encabritado por sus exigencias, Senty hizo una llamada anónima a la IRS [Servicio de Impuestos Internos] y reportó que una mujer llamada Myra Penney había pagado por una casa en Hovland completamente en efectivo.

***

Bowman y Kirkpatrick esperaron hasta enero para verse de nuevo en Washington. El plan era asaltar el Seafirst Bank.

Haciendo uso de un par de llaves maestras que Kirpatrick pidió por correo haciéndose pasar por un cerrajero, ambos hombres robaron un Jeep Grand Cherokee. Eran las 6:30pm del 10 de febrero, justo después de que el banco cerrara, cuando Bowman y Kirkpatrick manejaron hasta el edificio y abrieron la puerta principal usando una herramienta delgada con forma de L. Los dos vestían gabardinas con cuello de botones, lentes oscuros y unas gorras con la insignia del FBI; Kirkpatrick también llevaba un auricular que iba conectado a un scanner policíaco que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Había tres mujeres en el banco cuando el dúo entró con sus armas al aire.

“Vengo por su dinero”, declaró Bowman y guardó su pistola en la gabardina, advirtiéndole a las tres empleadas que si no hacían todo lo que les decía, tomaría rehenes. Ambos hombres acarrearon a las cajeras hasta la bóveda abierta, que contenía un carrito metálico con techo de plexiglás, lleno de billetes. “¡Mira todo ese dinero!”, exclamó Kirkpatrick. Ató las manos de las cajeras con bridas de plástico y les ordenó que cerraran los ojos mientras Bowman abría los compartimentos sellados del carrito metálico y metía el efectivo en un maletín deportivo. Una de las cajeras les advirtió que como no se había comunicado con su esposo, éste tal vez decidiera ir al banco a ver si todo estaba bien. “No se preocupe”, respondió Bowman. “Para entonces nos habremos ido”. Antes de huir, amarraron los tobillos de las cajeras a una mesa. Luego salieron del banco cargando 160 kilogramos en billetes.

Tan pronto como los dos huyeron en el jeep robado, una de las cajeras logró liberarse y activó la alarma. Resulta que el banco recibía depósitos diarios de otros bancos, además de dinero de un casino indio. Bowman y Kirkpatrick habían robado 4 millones 461 mil 681 dólares; el botín más grande en la historia de los Estados Unidos.

El FBI sospechó de inmediato que se trataba del Dúo Gabardina. Los agentes contactaron a cada hotel en la Interestatal 5 y detuvieron el tráfico de la hora pico para preguntarle a los conductores si no habían notado anda extraño en las cercanías del banco. Cuando encontraron el jeep robado, una semana después, estaba aún más limpio que cuando lo robaron; no había rastro alguno de manipulación, y las autoridades ni siquiera pudieron encontrar las huellas dactilares del dueño original, mucho menos las de los ladrones.

Bowman y Kirkpatrick pasaron la noche en un motel de Porland, Oregon, y luego se separaron, cada uno con su mitad del botín. De camino a Kansas City, Bowman depositó buena parte del dinero en cajas de seguridad en bancos de Oklahoma, Nebraska y Missouri; Kirkpatrick manejó por dos días hasta un Holiday Inn en Egan (Minneapolis), donde Penney lo esperaba para celebrar San Valentín. “Llegó a mitad de la noche”, recuerda Penney. “Traía como cuatro o cinco maletines, y le pregunté si eso era lo que yo creía que era. Estaba sonriendo”. Fueron a cenar al Napa Valley Grill en el Mall of America, donde se tomaron dos botellas de Dom Perignon. Kirkpatrick nunca reveló cuánto dinero traía en las maletas. “Sólo una vez, cuando íbamos rumbo al norte, me dijo que tenía suficiente dinero para el resto de nuestras vidas. Me sentía tan feliz sólo de pensar que ya no tendría que hacer nada de eso”.

***

La primavera del 97 fue un intermedio tranquilo para ambos hombres. Bowman pasó el rato con sus hijos y comprando libros y ropa cara. Hasta le organizó una fiesta sorpresa a su hermano Dan en un restaurante. “Era la primera vez que mi hermano hacía algo por mí”, dijo Dan. “Se convirtió en una persona muy cariñosa”. En Hovland, Penney trabajó en su jardín mientras Kirkpatrick siguió armando el camino de piedra con ayuda de un vehículo todo terreno. “Daba la impresión de que al fin habían sentado cabeza”, recuerda Randy Schnobrich.

Mientras tanto, el FBI ofreció una recompensa de 100 mil dólares y convocó su tercera conferencia en ocho años para discutir el caso —al que ahora se referían como Trenchrob.Agents— y comparar notas con los departamentos de 18 ciudades reunidos en Tacoma.

Billy Waters trabajó por 21 años como un agente especial de la División de Investigaciones Criminales de la IRS. Un hombre modesto de cincuentaitantos y cuerpo semi-atlético, Waters le pidió al cuartel de la IRS que lo asignaran a su oficina en Duluth porque disfrutaba mucho de la caza y la pesca. Cuando el cuartel le pasó el rastro que apuntaba a Penney, le echó un vistazo a los documentos locales de la CTR [Currency Transaction Reports] que todos los bancos estaban obligados a certificar por cada transacción de más de 10 mil dólares. Los reportes indicaban que un constructor de cabañas llamado Michael Senty había hecho un deposito de 174 mil dólares en efectivo. Cuando Waters descubrió que Penney no hizo declaración alguna de impuestos, consiguió un citatorio para ponerla frente a un jurado.

Fue la tarde del 12 de agosto de 1997 que Waters apareció en la cochera de la casa de Penney y Kirkpatrick y se presentó. Penney declaró que no contestaría ninguna pregunta hasta poder hablar con un abogado. Luego me contó que después de que Waters se fuera, le mostró el citatorio a Kirkpatrick. “Billy abrió una cerveza. Yo destapé una botella de Zinfadel blanco y tomé un vaso; me senté en la orilla del lago, y lloré. No teníamos idea de lo que querían”.

Durante los próximos días, Kirkpatrick y Penney juntaron todas las herramientas de cerrajería, las llaves en blanco y la cortadora de llaves y lo tiraron todo en el basurero. Luego Kirkpatrick juntó todo el efectivo que había guardado en cajas de seguridad y manejó hasta Las Vegas, donde lo guardó todo en un casillero. Mientras Kirkpatrick andaba fuera, Bowman llamó a su casa. “Tuvimos visita del Tío Tom”, le dijo Penney. El “Tío Tom” era el nombre código de las autoridades.

“Es broma, ¿verdad?”, respondió Bowman.

“No”.

“Esta línea no es segura”, dijo Bowman y luego colgó.

De hecho, sus llamadas estaban siendo monitoreadas, pero no porque el FBI sospechara que él fuera un ladrón de bancos. Tres meses antes, Bowman, quien había rentado un casillero en Kansas City bajo seudónimo, olvidó pagar su renta. Los encargados del lugar, incapaces de contactarlo, tuvieron que abrir el casillero, revelando un escondrijo de material sospechoso: panfletos y videos con títulos como “Experto en forzar cerraduras” y “B&E: Todo sobre cómo llegar a cualquier lugar en cualquier momento”, varios libros y disfraces y lo que aparentaba ser partes de un silenciador. Cuando Bowman al fin fue a las oficinas a pagar la renta por el casillero, uno de los empleados anotó sus placas y le pasó la información al Buró de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego [ATF]. Un agente de la ATF llamado Pual Marquardt examinó los contenidos del casillero y de inmediato concluyó que estaban lidiando con “un Tim McVeigh”. Llamó a la policía local, y seis meses después se unió al FBI para poner a Bowman bajo vigilancia.

Seguro Bowman presentía que lo estaban siguiendo. Según Delamotte, comenzó a leer libros sobre lavado de dinero, y una noche de octubre apareció en casa de su hermano, sin avisar, con dos carteras de cuero selladas. Le pidió a Dan que cuidara las carteras por él, asegurándole que no se trataba de dinero del narcotráfico. Después le dijo que, en caso de que algo le sucediera, los contenidos de la bolsa serían para su hija.

Tras la visita de Waters, Kirkpatrick y Penney no supieron nada de la IRS por tres meses, y pensaron que habían dejado de ser fuente de sospecha. De hecho, Waters había rastreado a la madre de Penney, en Kansas City, y ella le dijo que su hija estaba viviendo en el norte del país con un hombre llamado Billy Kirkpatrick. Waters no tardó en exhumar el récord criminal de Kirkpatrick, pero no encontró indicio alguno de narcóticos en su registro, ni en el de Penney, que pudiera explicar semejantes cantidades de dinero. Pensó entonces que tal vez se trataba de ladrones de joyería.

En otoño, Kirkpatrick comenzó a preocuparse ante la posibilidad de que alguien abriera su casillero en Las Vegas y robara todo su dinero; una inquietud más que entendible considerando la vocación del mismo Kirkaptrick. En noviembre tomó un avió a Las Vegas, vació el casillero y manejó de regreso a casa. En la Interestatal 80, a las afueras de Lincoln, Nebraska, un policía estatal lo detuvo por manejar 10 kilómetros por encima del límite de velocidad. Kirkpatrick —con una licencia a nombre de Don Wilson— dijo ser un cerrajero que había volado hasta Las Vegas para llevar a su sobrina a Denver en coche. Pero el oficial se mostró escéptico. Inspeccionó el coche rentado y encontró cuatro pistolas, dos bolsas con bigotes falsos, una máquina para moldear llaves y herramientas de cerrajería. También descubrió, en dos cajones de zapatos con cerrojo, casi 2 millones de dólares.

Kirkpatrick fue arrestado por posesión de armas, pero el FBI sospechaba que podría ser parte del Dúo Gabardina, ya que algunos billetes fueron fáciles de vincular al Seafirst Bank. En Duluth, un agente que sabía del interés de Waters por Don Wilson le mostró un par de esbozos hechos tras un asalto de ambos ladrones en 1988. Waters identificó al más alto como Billy Kirkpatrick.

Mientras, Kirkpatrick había logrado avisarle a Penney de su arresto. Ya tenían planeada la situación: Penney debía cambiar su identidad y huir a Seaside, Oregon, uno de sus lugares favoritos para vacacionar. En vez de hacer eso, viajó hasta Lincoln y pagó 100 mil dólares de fianza para sacar a Kirkpatrick. “Me ganó el corazón”, dijo. Fue arrestada en la corte de Lincoln y la acusaron de complicidad e inducción al crimen. Penney aceptó cooperar con el FBI. Le dijo al buró que el compañero de Kirkpatrick era un hombre llamado Ray que vivía en Kansas City.

***

Un vistazo a los antecedentes penales de Kirkpatrick reveló que él y Bowman habían trabajado juntos robado tiendas, y una registro de su casa en Hovland llevó al descubrimiento de tres gabardinas. Sin embargo, sólo había un rastro de evidencia que conectaba a ambos hombres: la fotografía de Bowman y sus hijas en el refrigerador; coincidía con las fotos que la policía había sacado del basurero de Bowman. Pocas semanas después, la policía de Kansas City arrestó a Bowman mientras iba a un quisco de Flash Photo para revelar el video que había tomado de su hija Taylor en su viaje escolar a la granja.

Durante un registro de la casa de Bowman, 27 agentes fueron convocados para revisar la montaña de cajas y papeles que había en el sótano. Los investigadores encontraron, entre otras cosas, llaves en blanco para coches, cuatro pelucas grises, removedor de maquillaje, latas de colorante temporal para el cabello, un directorio de frecuencias policíacas, 97 mil dólares en efectivo y 67 armas de fuego. Los elementos más incriminatorios, sin embargo, eran dos pedazos de papel: en uno de ellos, Bowman había anotado las placas del conserje que trabajaba en el Seafirst Bank; en el otro venía escrita la fecha de un recital de piano al que planeaba asistir, en la Universidad de Washington, hecho que lo colocaba muy cerca del Seafirst Bank unos meses antes del robo.

Las prescripciones de varios de los crímenes cometidos por el Dúo Gabardina ya habían expirado. Kirkpatrick fue acusado de tres robos, incluido el de Seafirst. Un juez de Nebraska declaró que el registro del coche de Kirkpatrick estaba fuera de la ley, haciendo de la evidencia inadmisible —aunque ésta podía ser (y sería) utilizada contra Bowman—. No obstante, Penney convenció a Kirkpatrick de declararse culpable y cooperar con el FBI. Él se rehusó a dar el nombre de su cómplice, pero sí admitió haber trabajado con la misma persona en cada robo. Durante cinco días, le describió varios de los robos a los agentes, incluyendo unos cuantos que no estaban en la lista armada por el FBI. Los agentes, en cambio, le describieron a Kirkpatrick parte de su investigación. “Era como ver un par de maestros comparando notas”, recuerda una de las personas presentes durante la reunión.

Kirkpatrick le contó a los agentes que él y su compañero a veces entraban a un banco por la noche y dormían ahí mismo para sorprender a los empleados cuando llegaran por la mañana. Les explicó que ambos planeaban rutas de escape que involucraban vueltas a la derecha para no quedar atrapados en el tráfico. Dijo que usaban la misma ropa para que los cajeros confundieran a uno con el otro en sus recuerdos. Y también narró con detalle cómo él y su compañero habían cometido dos robos por los que Frank Bolduc y Francis Larkin habían sido condenados ocho años antes. (Ambas condenas fueron anuladas.) El 19 de agosto de 1999, Kirkpatrick fue sentenciado a 15 años y 8 meses en prisión.

Los cargos contra Myra Penney en Nebraska fueron retirados; se declaró culpable de conspirar para cometer lavado de dinero en Minessota y fue sentenciada a tres años bajo libertad condicional. Poco antes de sus sentencias, Penney volvió a su casa en Hovland y se sentó a la orilla del lago junto con Randy Schnobrich. “Te medio-extraño y también estoy medio-enojada contigo”, le dijo Randy. (Había desenterrado unos bulbos plantados por Penney y Kirkpatrick frente a su casa, pensando, según dijo, que “Tal vez esta sea la fuente”.) Penney manejó hasta su cabaña, que para entonces había sido subastada, y recogió unos cuantos narcisos que había plantado. Le frustraba que los documentos de Duluth describieran la casa como un “escondite”. Kirkpatrick “construyó esa casa por el amor que me tenía”, dijo Penney. “Me molesta que lo perviertan”.

Penney ahora trabaja como gerente en un hotel de Minneapolis. En una carta, Kirkpatrick le pidió matrimonio, pero ella respondió, con cierta tristeza, que “15 años es mucho tiempo”.

***

Delamotte siempre ha mantenido que no sabía nada acerca de los robos. Durante el primero de los dos juicios contra Bowman —en junio de 1998, por poseer partes de un silenciador—, ella se soltó a llorar cuando supo que había escondido casi 2 millones de dólares en varias cajas de seguridad distribuidas por todo el país. “Tenía que ir a pedirle todo”, dijo Paul Marquard, el agente de la ATF. “Como una niña que va por su mesada”. Desde la cárcel, Bowman le preguntó a Delamotte si “las niñas se habían comido la avena”. Jenny examinó la caja de avena que tenían en la cocina y encontró las llaves de las cajas con dinero. Se las entregó al abogado de Bowman.

Cuando Bowman fue arrestado, Dan llevó las dos carteras selladas que estaba guardando a casa de un amigo; así, cuando la policía llegara a hacer preguntas, podría decir con toda honestidad que no tenía nada de su hermano. Pero al final decidió dársela a las autoridades. Resulta que cada cartera contenía 240 mil dólares. Dan pasó varias noches en vela después de enterarse. “Sentí que lo había traicionado”, dijo. Uno de los fajos de dinero tenía una banda con marcas del Seafirst Bank, que fue utilizada como evidencia en contra de Ray cuando fue enjuiciado por el robo del Seafirst y otros cuatro bancos.

Durante el juicio, que involucró a 108 testigos y más de 3 mil piezas de evidencia, Bowman fue condenado con una sentencia de 24 años y 6 meses en prisión. Dan fue convocado como un testigo, y, mientras testificaba sobre la reconciliación con su hermano, quebró en llanto. Ray, sentado en la mesa del acusado, se golpeó el pecho con la mano derecha y dijo al aire y en silencio “Te quiero”.

La discreción de Ray Bowman no fue afectada por su arresto. “Me pregunto qué otras cosas hicieron de las que nunca nos enteramos”, me dijo Marquartd. La fortuna de Bowman y Kirkpatrick podía calcularse sólo en aproximaciones, y uno de los fiscales cree que aún hay dinero por encontrar. En efecto, 18 meses después de la condena de Bowman, un banco cercano a su casa abrió una caja de seguridad sin reclamar y encontró 7 mil 550 dólares en efectivo, siete pistolas y unos cuantos diamantes; las autoridades vincularon el botín a Bowman.

***

Se me permitió visitar a Bowman en una prisión pequeña (y privada) en Leavenworth, Kansas. (Ahora se encuentra en una penitenciara federal en la misma ciudad.) Nos encontramos en una sala de visitas prácticamente vacía e iluminada con luz fluorescente; estábamos sentados en sillas de plástico, con las rodillas pegadas, y el abogado que le asignó la corte a un lado suyo. Bowman tiene 57 años, pero parecía mucho más viejo. Se veía flácido, casi rechoncho, y su piel era pálida. Siempre trae sus lentes puestos, por temor a que se los roben. Una risa nerviosa apuntalaba sus respuestas, y parecía consciente del efecto de sus palabras.

Explicándome por qué aceptó hablar conmigo, me dijo: “Esta es una oportunidad para, supongo, ser yo mismo, y quizá así digan que no soy un monstruo”. Cualquier pregunta sobre Kirkpatrick o los robos estaban prohibidas, ya que apenas estaba apelando su primera sentencia. (Ya agotó todas sus apelaciones pero aún se rehúsa a discutir el caso.) Así que habló de su negocio de podadoras, que, dice, “nunca tuvo oportunidad de levantar vuelo”, y de su lectura de Platón, que, confiesa, “iba muy despacio”. Habló de sus hijas, haciendo pausas para retirar sus lentes y limpiarse las lágrimas. Delamotte les ha dicho que su papá fue a prisión por “romper una regla”. Ahora vive en Georgia con las niñas.

Hubo un momento en el que el abogado de Bowman soltó: “¿Cómo es que no le dijiste a nadie?”. Pero Bowman no contestó. Quienquiera que hubiera robado esos bancos, dije, debía ser muy bueno en lo que hacía.

“Quienquiera”, contestó Bowman, riendo.

“El FBI sentía una amarga admiración por quien lo hizo”, le dije.

“Qué curioso”, contestó con una sonrisa apenas perceptible, un indicio de que tal vez aún sabe un par de cosas que el resto de nosotros ignora.

*Texto publicado en The New Yorker (JUL 2002). Traducción al español de Staff de El Barrio Antiguo.

Comments

comments