¿Por qué las autoridades locales ignoran los reclamos de una discreta y bien portada comunidad extranjera?

Quince minutos antes de la medianoche del viernes 14 de junio de 2013, tras una larga jornada de trabajo, ocho ciudadanos chinos fueron interceptados mientras se dirigían a su casa en la colonia Il Tamarindo, en el municipio conurbano de Apodaca, Nuevo León.

En la camioneta Odissey viajaban un joven de 16 años, una mujer y otros seis hombres adultos, cuando un par vehículos les cerraron el paso y un grupo de hombres armados descendieron y los encañonaron para luego llevarlos a bordo de su propia camioneta a una casa de seguridad. Los trabajadores extranjeros habían quedado secuestrados.

Ninguno de los delincuentes hablaba chino, mientras que los orientales hablaban poco español. No podía haber llamadas amenazantes a quien contestara del otro lado de la línea del teléfono. Ni había a quién llamar y que pudiera entender que tenían a sus con nacionales privados de la libertad, amordazados y aterrados. Debido a eso, los agresores tuvieron que dejar en libertad a uno de los plagiados para que acudiera con los miembros de su comunidad y reuniera el millón y medio de pesos que pidieron por la liberación de los otros siete. El Grupo Anti secuestros intervino en las negociaciones y tras sostener varias conferencias convinieron dar 200 mil pesos a los plagiarios. A pocas horas de estar cautivos fueron liberados cuatro de ellos; en las 36 horas posteriores soltaron a los tres que faltaban.

El martes 18 de junio, la sociedad regiomontana despertó con la noticia del secuestro masivo de chinos residentes en la ciudad. El cliché de ver a los oriundos de uno de los países más poderosos del mundo como personas calladas y apartadas, cambió drásticamente. Ese día, decenas de ellos gritaron y denunciaron ante las cámaras de televisión y medios electrónicos la inseguridad que padecen en Nuevo León. La mañana de ese día, más de 200 ciudadanos chinos se presentaron ante la oficina del Instituto Nacional de Migración (INM), en la colonia Jardín de las Torres, al sur de Monterrey. Durante la protesta, los manifestantes chinos revelaron los múltiples secuestros de con nacionales suyos, de los cuales la gran mayoría no había trascendido en la prensa.

Mientras tanto, el cónsul general de China en México, Liang Jinan, se entrevistaba con las autoridades diplomáticas en Nuevo León. Algunos de los manifestantes esperaron pacientemente por una respuesta en el exterior del inmueble oficial en tanto que otros se ubicaron a pocos metros de distancia, cerca de un restaurante chino. Sentados en las banquetas, recargados en los coches o parados dentro y fuera del negocio con la decoración de su país natal, dieron a conocer a los ávidos reporteros los casos de secuestros que han padecido. Como refuerzo a su protesta, ese día, la comunidad china cerró el 95 por ciento de sus restaurantes en señal de reprobación y del miedo que sienten al ser acosados por los grupos de la delincuencia organizada.

Durante la protesta, una mujer denunció que cinco de sus familiares habían sido secuestrados en la colonia Contry. En entrevista, Cindy Chen dijo que cuando transitaban por ese sector, sus familiares fueron interceptados por hombres armados, quienes los plagiaron durante dos días hasta que sus parientes pagaron una suma no especificada. Otra mujer que no se identificó y que dijo ser residente de esta ciudad desde hace 20 años, reveló el caso de dos plagios en los que siete chinos fueron afectados. Uno de los tres consejeros que acudieron con la muchedumbre china, quien sólo se identificó como Ho, señaló que se reunieron para aclarar que sí ha habido casos de secuestro “para aterrizar la información de lo que estamos viviendo y quitar mitos”.

De acuerdo con la investigadora de la UANL, Patricia Cerda, en 2012 se cometieron 540 privaciones de la libertad en Nuevo León, de las que sólo 46 fueron tipificadas como secuestros por la Procuraduría de Justicia, de los cuales, un 33 por ciento fueron perpetrados en el área metropolitana de Monterrey. Por su parte, el vocero de seguridad en Nuevo León, Jorge Domene, calificó al secuestro de los ocho ciudadanos chinos como un hecho fortuito “y esto quiere decir que no era acción dirigida en particular, donde se da un asalto a una camioneta en donde iban ocho personas de origen chino. Al realizar este asalto las personas toman la camioneta y llevan a bordo a estas personas de este origen”, precisó. También declaró que no hubo solicitud de rescate por parte de los plagiarios. El Cónsul de China contradijo de inmediato al vocero oficial diciendo que “fue un secuestro porque se privó de su libertad varios días y se pidió rescate. No es una, sino varias ocasiones, varias veces”. Adrián de la Garza Santos, procurador del estado, dio a conocer que se presentaron únicamente tres denuncias en ese secuestro. Son mil 200 personas dedicadas a la industria restaurantera y a la venta de artículos chinos de importación, que están temerosos de ser víctimas del secuestro, mal que ha arreciado en los últimos años en el estado.

En contraste con los restaurantes asiáticos que permanecieron cerrados por algunos días como muestra del pánico provocado por la delincuencia, Ham Min, un comerciante taiwanés con varios años de vivir en el norte de México, siguió vendiendo sus alimentos en un mercadito al poniente de San Nicolás. No es que no tenga miedo, explica en su precario español mientras amasa la harina con levadura para preparar su famoso pan relleno, pero su bajo perfil y su buena integración en la comunidad regia lo mantienen relativamente a salvo de este tipo de ataques dirigidos. Para los demás oferentes, incluso para los compradores del mercado sobre ruedas que abarca alrededor de diez cuadras de la calle Nuevo León de la colonia Nicolás Bravo, él se llama Humberto. Para tener una comunicación más simple, muchos de los orientales de Nuevo León adoptaron un nombre latino que les evite tener que repetir infructuosamente el suyo frente a sus clientes. El local de Ham Min, formado por una estructura metálica cubierta de lonas y telas y las mesas de plástico, es similar al del puesto de la señora que vende gorditas. Lo único que se sale de lo habitual en este espacio es su vitrina térmica que ofrece comida china vegetariana: arroz, diversos guisos de carne de soya y los productos estrella, que son el pan relleno de verdura y los rollos con verdura, manzana o arroz.

II

En la cocina del puesto, sobre una mesa enharinada reposa una gran vasija metálica que guarda en su interior la masa que preparó en su casa a las cuatro de la mañana. Ham es alto y delgado, de tez morena clara y con cabello negro a rapa. Unos delgados lentes redondos cubren sus ojos rasgados. Usa una cómoda playera negra, bermudas celestes que dejan ver sus gruesas y torneadas piernas. Lleva zapatos deportivos para soportar la larga jornada en la que anda de un lado a otro dentro del local de comida. Inmerso en una faena instintiva, toma un poco del aglomerado y lo extiende sobre la fécula para dar forma a pequeños círculos. A sus espaldas aguarda un wok con aceite hirviendo y junto a él una olla repleta de panecillos que se doran a fuego lento.

Tiene 43 años y hace 12 llegó a Monterrey procedente de Taiwán, en compañía de su esposa Mei Wei. Su hermana, quien ya residía en la ciudad y tenía un negocio de venta de productos chinos, lo invitó, aunque ahora ella ya regresó a su país. El primer año en la ciudad fue muy difícil, reconoce; no hablaba español y sus ingresos económicos eran pocos. Tomó clases de castellano durante un año en el Centro de Idiomas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), pero dice que no le sirvió de mucho y que el poco español que sabe lo ha aprendido conversando con los mexicanos. Su primer negocio fue la venta de productos naturales chinos que, irónicamente, compraba en el Distrito Federal y vendía en algunos mercados locales, sin embargo, la ganancia era mínima. Un día decidió aplicar los conocimientos culinarios que su madre le enseñó en su país y aunque la cocina no era su fuerte, supo que si diseñaba una mezcla de ello con el estilo de la dieta vegetariana que ha llevado desde hace 21 años, podría obtener un resultado que le brindara lo necesario para mantener una familia.

A Ham le parece normal que en México y en China la gente quiera carne, pero desea transmitir los beneficios que le ha dado la dieta vegetariana debido a su gran variedad de alimentos que sacian el hambre de manera sana. No compra nada hecho, cada platillo es preparado por él mismo en su casa en Guadalupe. De sus recetas sólo comenta que no incluyen huevo o champiñones, pero no desea revelar más porque son secretas, como la de cada restaurante chino. Cada cocinero guarda celosamente su toque especial. No le gusta la comida china, menciona, mientras sigue cocinando, al menos no la que la mayoría de los regiomontanos degustan; le parece muy condimentada y sólo prueba la que él mismo prepara.

Es un chino que desde hace seis años es mexicano pero que no gasta su dinero como los occidentales: “mexicanos gastan, tienen dinero y gastan porque dice: ‘mañana tengo más dinero’. Chino no gasta, guarda y no vacaciones, no sale, se queda en casa y come en casa”. Con la mirada fija en su labor, toma uno de los círculos de masa ya extendido y lo rellena con una mezcla de carne de soya, zanahoria y repollo. Uniendo los extremos da forma a lo que será uno de los más de 200 bollos que prepara al día. Los panes que tiene en una bandeja son colocados uno a uno en la cazuela del aceite caliente. Mexicanizado, Ham grita a la par de los demás vendedores de los otros puestos: “pásele comida, chéquele”. La actividad en su local es constante; mientras prepara pan, también fríe rollos y sirve comida. Su esposa va muy poco por ahí, más bien se dedica al hogar y a cuidar a sus dos pequeños: una niña de cinco años a quien le encanta comer tortillas y un pequeño de ocho. Ambos asisten a una escuela pública, y pese a que llevan una vida normal en la que conviven con sus amiguitos mexicanos, él prefiere que no salgan mucho a la calle, le da miedo que les pase algo. Los recientes sucesos de inseguridad que se han vivido en el estado le han provocado el mismo temor que a todos los vecinos de su colonia. Prefiere tomar sus precauciones porque ya no son los tiempos que sus vecinos le cuentan, en que se podía salir a la calle de madrugada o en que los niños iban al parque sin correr peligro.

Es probable que por el perfil bajo con el que se maneja, aunado al hecho de que no tiene muchas amistades de origen chino, no se sienta expuesto a un secuestro, como ha pasado con sus con nacionales. Además de que en Monterrey gana mucho menos de lo que percibía en China. En su país, hace 12 años ganaba lo que ahora serían 17 mil pesos mexicanos al mes. Pero prefiere ganar poco, sólo lo indispensable para que a su familia no le falte nada y para poder llevar una vida tranquila en esta tierra que dice, es muy parecida a la suya: con gente amable y buena, que no le ha hecho sentir como si fuera un lugar extraño. Sabe que existen redes comandadas por jefes que traen chinos y les brindan trabajo en sus restaurantes, o les prestan para instalar uno propio, pero se dice completamente ajeno a ellos y desde que arribó a Monterrey no mantiene contacto con la gente de su país.

Ham es una excepción dentro de la comunidad china de Monterrey. Mientras se mantiene al margen de la vida de sus connacionales, la mayoría de sus compatriotas obedecen a un sistema establecido jerárquicamente. Hay 220 comunidades chinas y cada una es regida por un jefe. Para organizar y asesorar a esos 220 jefes, existen 36 coordinadores, comenta Víctor Badillo, colaborador de la cadena CNN en el estado y especialista en el tema. Como parte de las acciones que realizaron en conjunto, en respuesta al acoso de extorsionadores y secuestradores que han sufrido, los asiáticos mandaron una carta al presidente de China, Xi Jinping, informándole de la situación en el noreste de México y del riesgo que corren.

En entrevistas posteriores, informaron que la comunidad local estaba molesta por la actitud liviana del cónsul chino, quien sólo les recomendó abrir sus negocios y no les ofreció mayores garantías de seguridad que las prometidas por el gobierno estatal. Los coordinadores planearon sus propios mecanismos de defensa: además de aprender métodos básicos de protección personal, utilizarán ahora un GPS en sus aparatos móviles que les permita monitorearse entre ellos. También crearon una cuenta bancaria de toda la comunidad donde hacen depósitos regulares con el propósito de contar con un fondo para el pago de rescates, en caso de padecer nuevamente algún secuestro.

III

La estancia de los chinos en México data de hace más de un siglo. La divergencia en la distribución de la riqueza china y la pobreza en la que vivían a finales del siglo 19 y a principios del 20, motivó a que miles de chinos emigraran a occidente, a Estados Unidos principalmente, refiere Lawrence Douglas Taylor Hansen del Colegio de la Frontera Norte. Los asiáticos arribaron a México en barcos que anclaban en Mazatlán, Ensenada y Guaymas, desde donde viajaban a Estados Unidos; al principio eran acarreados por la compañía estadounidense Colorado River Land Company, para la construcción de las vías del ferrocarril. Ahí, los orientales fueron sometidos a trabajos de marchas forzadas y con un mísero salario. Mientras que otros tantos se establecían en nuestro país en ciudades como Mexicali y Ensenada. La población china llegó a ser tanta en Estados Unidos que los nativos empezaron a protestar y en 1904 se pronunció una ley que prohibía su entrada. Coincidentemente, la ciudad de Mexicali, Baja California, vivió un proceso de crecimiento en el ámbito agrícola y precisó de mucha mano de obra. Los mexicanos eran insuficientes para el trabajo de campo por lo que entre 1910 y 1920 se permitió que los chinos, a quienes les llamaban “culis”, llegaran a trabajar la tierra.

Históricamente los chinos han padecido la discriminación de los mexicanos. En el texto La matanza a los chinos, Carlos Castañeda cuenta que en 1911 fueron asesinadas 303 personas de origen chino en la ciudad de Torreón, Coahuila, en una de las peores matanzas de la historia mexicana moderna. Familias chinas asentadas en esa zona de La Laguna, dedicadas a la agricultura, fueron víctimas de una cruel matanza por parte de fuerzas revolucionarias. Los habitantes de la Colonia China fueron protagonistas de un crimen de odio por raza, en la lucha de Francisco I. Madero contra Porfirio Díaz. El 15 de mayo, el general Benjamín Argumedo, seguidor de Madero, y su cuadrilla, llegaron a Torreón a una reserva militar conocida como Los Amarillos, por ser el color del uniforme que portaban los chinos, fieles a Díaz. A pesar de no estar armados y no oponer resistencia, la tropa los golpeó y masacro. Algunos se escondieron en el edificio del Banco Chino, pero fueron perseguidos, sus cuerpos lanzados por las ventanas y algunos otros murieron cuando los llevaron amarrados a los caballos de los soldados. Los militares atracaron los comercios y las pérdidas económicas fueron cuantiosas. El 22 de agosto de 1911 se creó una comisión para la investigación de los hechos, integrada por el diplomático el Owyang King, ministro chino en Vancouver y en Panamá, Arturo Bassett y Antonio Ramos Pedrueza, como representante del Presidente de México. Se supo que algunos torreonenses ayudaron a evitar la muerte de más asiáticos y se concluyó con la exigencia de una indemnización de 500 mil pesos por los daños ocasionados, suma que nunca fue entregada por el gobierno mexicano.

En 1917, un nuevo episodio de violencia racial afectó a la comunidad china en México. Más de 300 chinos fueron apresados sin motivo aparente en la cárcel de Hermosillo, Sonora. Padecieron torturas y muchos de ellos fueron asesinados. En su libro El Siglo de las Drogas, Luis Astorga Almanza relata que al llegar los chinos a México por el puerto de Mazatlán, trajeron consigo al opio. Por las condiciones climáticas de esa zona del país, el cultivo de la amapola, planta de donde es extraído el narcótico, fue fructífero. Los chinos vendían libremente la droga en Estados Unidos hasta que en 1926 fue prohibida su comercialización. Entonces los mexicanos, al conocer ya el trayecto trazado para su distribución y la labor para su cultivo, dieron inicio al negocio del narcotráfico hacia el vecino país del norte en 1930. Con la misma intención de expulsarlos de la industria, se inició una campaña de desprestigio hacia los orientales, en la cual los tacharon de flojos, viciosos, jugadores y en donde se hizo frecuente alusión a su mal aspecto, argumentando que podrían transmitir enfermedades por su falta de higiene e inclusive se les llamó débiles y feos. No era bien visto que las mexicanas se casaran con los chinos y si lo hacían, eran merecedoras de palizas.

En la actualidad, en Nuevo León hay 494 extranjeros chinos residentes con una forma migratoria vigente, según las cifras publicadas en el banco de datos del Instituto Nacional de Migración (INM). También se emitieron 132 tarjetas de residente temporal de enero a diciembre del 2012. La actividad comercial de este sector de la población va en crecimiento, pero ni la Cámara Nacional de Comercio ni la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados tienen sus negocios registrados.

IV

Aunque pocos se atreven a denunciar, los secuestros de extranjeros o mexicanos de origen asiático son una realidad en Nuevo León, afirma Xim Wang, una joven estudiante de origen chino que ha vivido varios casos cercanos. Los hampones no saben si son chinos, coreanos o japoneses, sólo ven que tienen ojos rasgados y suponen que son ricos restauranteros, por lo que los secuestran y piden sumas económicas excesivas a cambio de su libertad. A sus 20 años, la joven alumna de la UANL se desenvuelve bien en el ambiente regio. Llegó hace cinco años, cuando su mamá – quien fue contratada por el Instituto del Deporte como maestra de tiro con rifle- aún residía en la ciudad. Hace tres años, al terminar su contrato, regresó a su país a lado de su esposo, quien es militar como ella, mientras su hija permaneció en Nuevo León. Ahora vive con su primo de 25 años en San Nicolás de los Garza.

Con una voz delgada, casi infantil, comenta que después de estudiar castellano por casi un año en el Centro de Estudios y Certificación de Lenguas Extranjeras de la UANL, se matriculó en Negocios Internacionales, carrera que terminó en diciembre pasado. Ahora cursa una maestría en la misma área y da clases de chino mandarín en la escuela donde aprendió español. Actualmente es traductora de la UANL.

No ha tenido dificultades para adaptarse a la vida en México. Entre carcajadas por la pregunta, responde que su organismo se ha acostumbrado a la alimentación norestense, no obstante que evita comer carne en la calle. Cuando lo hace, es con los pocos amigos que tiene, casi todos mexicanos. Su vida en la capital neolonesa ha sido muy independiente de las comunidades chinas establecidas, cuya existencia admite, pero con las que ha tomado cierta distancia. Cree necesario formar asociaciones en las que se apoyen entre sí con temas culturales y sociales, pero principalmente de seguridad y protección porque todos de alguna manera han padecido los años de violencia en esta región del país. Ha escuchado de secuestros en las familias de sus amigos orientales, sin que sean necesariamente chinos. Aunque toma medidas básicas de protección, admite que se siente más vulnerable y desprotegida al no contar con el apoyo de sus connacionales, ni sentir que las autoridades del estado garanticen su integridad.

Al igual que Ham, Xim Wang es el vivo ejemplo de una joven china que se ha integrado perfectamente a la sociedad nuevoleonense, a través del estudio y del trabajo. Pero los recientes secuestros perpetrados en contra de integrantes de la comunidad china en México han incrementado el riesgo que perciben estas personas de bajo perfil, a pesar de que no participan en los sistemas clánicos de sus compatriotas en tierra azteca. Aunque admiten que en Nuevo León el sentimiento de inseguridad es fuerte para la gran mayoría de la comunidad local, sea de origen extranjera o no.

V

Renato Balderrama Santander es director del Centro de Estudios Asiáticos de la UANL y lleva 13 años en el análisis de su cultura y economía. Desde su despacho universitario considera que los mexicanos minimizan al esfuerzo de los asiáticos y califican de milagroso que se hagan ricos de la noche a la mañana, porque “no pueden ser racionales y justos, infieren que todo lo que hacen los chinos es ilegal. Como si en México no hubiera corrupción.” Balderrama, recién llegado de China a donde acudió a establecer lazos académicos entre la UANL y algunas universidades mandarinas, comentó vía telefónica que la importación desmedida de productos de procedencia China en los últimos años ha provocado pérdidas económicas a fabricantes y vendedores nacionales, motivando cierto rencor de los locales. Los chinos que se quedan en su país se dedican a estudiar tenazmente y a ahorrar. Algunos logran tener éxito en su tierra y otros apenas completan para sobrevivir. Pero los que emigran, señala, generalmente sobresalen, como es el caso de los países del sureste de Asia, que están poblados en gran medida por chinos y que han llegado a controlar sus economías. En Indonesia por ejemplo, el tres por ciento de la población es china y controla el 90 por ciento de su economía.

La cultura china se basa en la filosofía de vida del confucionismo, donde uno de los principios más importantes es de la dedicación al estudio. En su carrera de 14 años como catedrático en México y China, Balderrama sabe que desde su formación los jóvenes estudian tan fuertemente que parecieran vivir bajo esclavitud. El ahorro también llega a ser una norma importante: China, como país eminentemente campesino, debe tomar medidas extremas de reserva pues las sequías e inundaciones han provocado históricamente grandes pérdidas y muertes. La cultura china está compuesta por clanes, remarca; a pesar de que son mil 300 millones de habitantes, sólo existen 88 apellidos y cada pueblo es un clan. Al existir estos clanes se facilita la aplicación de lo que se conoce como “Miamzi” que traducido al castellano es conocido como “cara”. En un país en el que durante tres mil años no existió el derecho escrito, quien falta al “cara” recibe un fuerte castigo social: la persona que transa recibe el castigo de nunca volver a ser contratado, así como toda su familia.

La pasión del catedrático Balderrama por esta cultura se percibe aun a través de la línea telefónica mientras enfatiza que la confianza y la solidaridad que desarrollan es la razón que permite a los chinos llegar a países como México. Entre ellos se ayudan en el proceso de desplazamiento, y una vez instalados, se apoyan, se prestan dinero con intereses muy bajos para iniciar sus negocios. “Un chino nunca va a dejar morir a un chino de hambre, eso es muy importante. Se prestan grandes cantidades y nadie se va a transar, por lo mismo que son clanes y el concepto de cara es muy importante”. En Monterrey en particular, la discriminación es intensa, asegura el especialista, y es precisamente por este rechazo que estas comunidades se cierran y se protegen entre ellas.

Revelar el secuestro de los ocho chinos en Apodaca ante la opinión pública fue destapar la cloaca que oculta un número desconocido de historias de amenazas, lágrimas y dinero pagado a cambio de la vida. Aunque se desconoce el destino de las personas raptadas ese día, es probable que en caso de haberse quedado en México, destinaran a partir de ahora una parte de sus ingresos a un posible pago de rescates. Pero esta historia de secuestro también sirvió para dar a conocer a una comunidad poco vistosa en la sociedad regiomontana. Al igual que durante toda su historia, los chinos están demostrando que la filosofía del confucionismo, con sus jerarquías y métodos de unión, les proporciona los elementos para construir una fortaleza, cual Muralla China en pleno siglo 21 y en Monterrey.

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