20 de noviembre del 2014

Por Raúl Lemuz

Los federales han blindado el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Están en la salida de los metros Oceanía y Hangares. Bloquean cada uno de los puentes peatonales desde el metro Oceanía hasta avenida Ignacio Zaragoza. Los puentes viales, sus trincheras. Son suficientes para combatir a una multitud o a un ejército. Son los mismos que le abrieron el cráneo a Kuy Kendall el 1 de diciembre del 2012, el día que los medios y el gobierno dibujaron al nuevo Satanás.

Belcebú usa botas negras

Belcebú de preferencia usa botas negras, pantalón negro, playera negra y capucha negra. Rompe vidrios de bancos por vándalo, no porque estos ocasionen crisis y ejecuten fraudes millonarios. Se cubre el rostro por cobarde, porque sólo el cobarde le teme al poder judicial mexicano, el mismo que desolló a un estudiante normalista el 26 de septiembre de 2014. Se enfrenta a los policías por resentido, porque fue maltratado en la infancia o porque no recibió una beca al extranjero; porque, ¿quién no quiere un masters o un PHD (doctorado) en EUA, o mínimo en el Colegio de México? ¿Solidaridad? ¿Cómo quieren ayudar si también se están muriendo de hambre? Seguro quiere un puesto en el gobierno.

El nuevo Satanás tiene un error de marco teórico, dice el estudiante “crítico” en un café de Coyoacán. La izquierda bien portada no encuentra otra respuesta a esas acciones más que la de ser los infiltrados del PRI que aparecen en España, Polonia, Brasil, Argentina, Chile, Italia, Grecia. No es que ya no crean en las instituciones, ni en las manifestaciones pacíficas que son ignoradas, sino que son violentos por naturaleza. La sociedad conservadora de México dice que son los “progres” resentidos y que Peña es su presidente. Ninguno atina, viven de esa confusión. Su postura política se construye alrededor de un fantasma.

De pacifista a radical

Un camión atravesado me impide ver quiénes son los que nos apedrean con cascajo de ciudad, una ciudad en construcción que nunca llega a ser la que se propone. En cambio, puedo ver a la gente emocionada sobre la banqueta, queriendo abarcar toda la escena, con la limitación que implica tener dos pupilas expuestas a la manipulación y terror del Estado. Humo negro que escapa al cielo, gritos, semáforo en rojo, silencio que no se escucha pero se siente.

Un joven escuálido (casi un charal), como la mayoría de nosotros, se amarra una playera negra en la cara y grita “Ya vienen los granaperros. No corran, hay que esperarlos aquí”. Nadie espera y todos corren en desbandada sobre la amplia avenida Zaragoza. Robert y yo nos quedamos parados. Queríamos demostrarnos el uno al otro que el miedo no era tanto, que lo podíamos controlar, incluso vencer por algunos segundos. Nada importante o heroico, una inyección de adrenalina.

Las piedras pasaban cerca de nosotros, como avisando. “Nos quieren rodear”, grito profético. Una columna de granaderos viene directo hacia nosotros, como una locomotora vieja devorando los rieles, mientras una segunda nos flanquea por el lado derecho. Corremos (por lo menos yo) sin mirar atrás, escapando de esa escena de valentía absurda y pasajera.

Me detengo entre la vanguardia y la retaguardia que nos adelantaba una cuadra. La retaguardia concentra el mayor número de mujeres, que un chico con megáfono y enmascarado intenta calmar. Lo reconozco. Lleva la misma playera que en la Asamblea Interuniversitaria del día anterior. Su escuela votó a favor del bloqueo al aeropuerto, como lo hicieron otras 24 facultades más de las distintas universidades de todo el país para presionar al Estado mexicano en la resolución del caso de los 43 normalistas desaparecidos de la escuela Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero.

Votación que para realizarse tomó cinco horas de debate, argumentación y gritos afilados en todas direcciones que calificaban posturas y conductas. “Pinches tibios”, gritaban en coro un grupo de la FES Aragón que tenía pinta de rude boys. Botas tipo minero y militar, pantalones entubados, tirantes y cabezas rapadas. Un grupo de estudiantes del Poli levantaron la mano. Nadie de la mesa vio esas cuatro manos desesperadas agitándose en el auditorio a reventar de la facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Rompieron su silencio: “UNAM, no sean tan protagonistas”.

El auditorio estaba divido en dos bloques: los que querían ir al aeropuerto y los que pensaban que la acción central tenía que ser la marcha convocada para las seis de la tarde. Uno de los grupos en favor del bloqueo: “Nos está dando marchitis”, lo que me hizo pensar si los científicos sociales han hecho alguna investigación sobre esta patología. El bloque en contra hablaba de la correlación de fuerzas, que según su diagnóstico no nos era favorable ¿Pero cuándo lo ha sido? Los que argumentaban a favor decían que las marchas no nos habían dejado ya nada, que teníamos que seguir los ejemplos de los normalistas en Guerrero. Por otro lado, los demás argumentaban que el bloqueo no sumaba y sí restaba al movimiento, además de no tener la fuerza para hacerlo. “¿Cuál fuerza? Si nada más tenemos que ir a pararnos ahí. No es mucho pedo, pinches moderados”, comentaban dos voceros que caminaban de un lado para el otro sin dejar de mover las manos con tensión. La votación final fue de 24 facultades y universidades a favor del bloqueo, 35 en contra y 10 abstenciones.

Las piedras pesan

He perdido a mi amigo en medio de correr, voltear y esquivar piedras. No lo veo entre los detenidos, ni cerca de la prensa. Lo busco en la retaguardia con la sensación de que los pedazos de banqueta me rozan las orejas. La imagen de estar descalabrado y en el suelo no deja de aparecerse en mi cabeza al ritmo de los disparos de un revolver.

Corro hacia una orilla de la avenida donde está la prensa. Los Marabunta (brigada humanitaria de paz independiente) vigilan de cerca el combate. Me asomo por una de las calles y sólo veo gente que saca la cabeza por ventanas y puertas como topos. Al fondo, otra fila de policías. Pienso en la posibilidad de que Robert haya sido detenido. Su primera participación política en veintiséis años de existencia en esta ciudad de desterrados y le tocaba politizarse en cana, en un cuarto donde el cagadero y la cama conviven por primera vez.

Las posibilidades para huir se han ido con el miedo en un rayo de sol. Busco una piedra para detener la persecución. Gritos, explosiones y piedras estrellándose contra el suelo es la música de fondo. En el primer plano están los granaderos que avanzan con lentitud, en la vista panorámica una minoría de estudiantes se enfrenta a los granaderos en mitad de dos camellones. Soy parte de esa minoría. La retaguardia no nos abandona, pero es pasiva. Somos rebasados en número, en orden, en estrategia. A nuestro favor están la improvisación, la velocidad y el azar.

Encuentro una montaña de piedras en uno de los camellones. Lanzo una, dos, y en la tercera piedra veo la silueta de mi amigo Robert a media avenida colocando un letrero amarillo como barricada. Me alegro, siento ganas de abrazarlo mientras la tercera piedra sigue enterrada en mi mano. La suelto y camino hacia él, que esta unos metros adelante de mí. Esquiva una piedra, corre tras ella. La piedra es de gran dimensión y vuela de regreso, toma altura y casi descalabrar a uno de nuestros combatientes en el intento de Robert por regresar el saludo policial. Robert voltea para ver si alguien lo ha visto. Me reconoce y sonríe. “Ni se imagina de la que se salvó ese compa”, me dice.

Los policías siguen avanzando y los últimos combatientes corremos una cuadra más. Ya no hay piedras, ni palos, sólo prensa de un lado y de otro. Reflexiono que Robert y yo no hemos cubierto nuestro rostro y en el noticiario de las diez treinta seremos los vándalos, los violentos, el aborto social, los bastardos de la izquierda.

Los negocios que están en las orillas comienzan a bajar sus cortinas mientras una pequeña célula y el encargado de una vulcanizadora tiene un diálogo inaudible para mí. El encargado, un chico joven de no más de veinticinco años, señala una pila de llantas. Dos protestantes toman algunas y las ponen a mitad del camino, otros más ayudan con rapidez al encargado a meter otra hilera de llantas a una puerta contigua y a bajar la cortina.

Se rocía gasolina sobre las llantas, que ahora cumplen la función de barricada. Los granaderos siguen avanzando. Dos chicos utilizan un tubo que simula la salida de un cañón, meten un chiflador que sale disparado y estalla sobre los granaderos. “¡Ahuevo!”, se escucha en coro, como si al fin hubiéramos conseguido algo; algo mínimo, pero algo. Un segundo chiflador estalla sobre la prensa, que parece más asustada que nosotros.

Corro hacia el chico encargado de encender los chifladores y le informo que la barricada hecha con gallitos (llantas casi viejas y semi-nuevas que sacan la casta para librar la batalla contra el asfalto) está lista para arder. Se dirige hacia los gallos y los enciende. Este estudiante será detenido y torturado por policías afuera de su universidad. Criminalizado por la izquierda obediente y satanizado en las redes sociales.

Cacería de brujas

Hemos quedado al frente un grupo de quince personas, los policías nos intentan rodear por ambos flancos. Todos corremos sin dirección aparente. Unos quieren ir a la izquierda (¿por dónde más?), otros creen que ir por la derecha es una traición a nadie. Por la colonia, sugieren algunos. “Es una ratonera”, argumentan otros. Finalmente, algo, alguien nos lleva por la colonia. Los granaderos vienen detrás de nosotros, cargando sus pesados uniformes, su pobreza y la de su país.

Mientras corremos por las calles que nos dan confianza y nos guían según su arquitectura y amplitud, un compañero sugiere que se necesita de alguien en la vanguardia que revise las calles que aún no han sido pisadas por los granaderos. Nadie va a la vanguardia, y si quiero escapar, tal vez deba de tomar esa responsabilidad. Hago un sprint corto con lo que queda de mis piernas, la gente alarmada en la calle me mira sin poder darme una respuesta, por ignorancia o miedo. En la esquina volteo a la derecha y hay granaderos, volteo a la izquierda y más nos esperan. Sigo adelante y con los brazos hago señas para continuar, señas que probablemente sólo el viento vio. Llegamos a lo que parece ser una glorieta, donde una unidad de la PGJ será noticia, porque al pueblo le duele perder una patrulla que paga con sus impuestos, pero no le duele pagar el avión presidencial del presidente de 6 mil 769 millones 996 mil 885 pesos.

Los granaderos nos respiran en la nuca, vienen atrás y por los lados, encuentro vacía una calle. Detrás de mí hay caras preocupadas. Al frente, tres columnas de granaderos como una muralla bloqueando nuestra única salida.

Estamos en la mitad de la calle, atrás los granaderos que nos han perseguido desde la calzada Ignacio Zaragoza. Nos metemos en lo que parece ser la parte trasera de una pequeña fábrica. Los trabajadores se quedan paralizados; una parte del contingente queda afuera y otro adentro de la fábrica. Los escudos de los granaderos están a diez centímetros de nuestros cuerpos. Comienzo a toser y a vomitar saliva blanca, seca. Una botella de agua llega por encima de mi hombro derecho, del cielo. Bebo un poco y escupo, le doy un buen trago y la paso con soltura. Los Marabunta construyen una cadena humana; los granaderos se molestan, como si la liebre se les escapara en su cara. Ya estaban afilándose los colmillos. La cárcel se ha convertido en deber. “Ni pedo, una canita”, comentan.

El sol lo siento intenso en mi cara, el miedo se ha ido. Espero el momento en que desde un escritorio se dé la orden de golpear y detener a los que se considera han quemado la puerta de palacio nacional y la estación del metrobús CU. A los que asustan al turismo plástico, amante de la “cultura” sin hombres, amante del huipil y la guayabera, de las ruinas y el mar de azul turquesa; amante de todo lo que consideran ya muerto, pasado; amante de todo lo que no los haga lidiar con los conflictos del presente; amante de los objetos, amante artificial, amante de nada.

Los granaderos que desde adentro de la fábrica expulsan al grupo que se resguardaba en ella se dejan sentir en mi espalda. Las pisadas de compañeros y el silencio. Tensión. Los cuerpos rígidos se comunican sin el permiso del pensamiento. Empujar es inevitable. Sudor. Risas nerviosas. Miradas que se retan unas a otras.

Nueve filas de granaderos nos estrangulan como una gigantesca anaconda. Cien manifestantes encapsulados. Marabunta tiende un cinturón que nos distancia de los granaderos, cesa la asfixia. Una parte de la prensa ha quedado encapsulada, otra se encuentra detrás de la línea de granaderos. Cuatro hombres desde la azotea de una casa nos ven el rostro a través del zoom de sus celulares. Ven jóvenes agotados, atrapados, pero también sonrientes.

Corre el rumor de que Marabunta está negociando con los policías. El ambiente se relaja. Los granaderos bajan sus escudos haciéndolos chocar contra el pavimento, el sonido nos pone en alerta. “Estos güeyes se calman con el himno nacional”; un pequeño grupo comienza a cantarlo. “Qué pedo, ya tienen miedo. Mmta madre, pinches patriotas. Un patriota: un idiota”, dicen los radicales entre los radicales.

No se canta ni la mitad del himno nacional y las voces se empiezan a apagar. Llegan noticias de Marabunta. La policía ha decidido llevarnos hacia el metro, ahí entraremos en grupos de cinco personas, primero las mujeres y después los hombres. La condición es que dejemos todo lo que traigamos: piedras, botellas y palos. Se comienza a escuchar la caída de botellas y piedras que se sueltan ligeramente al suelo. “¡No, ni madres! ¡Todos juntos o nada!”, dice una mujer. “¿Cómo los vamos a dejar solos para que les den en la madre? Las mujeres afuera y los hombres al centro”, esto con el fin de que los hombres sean protegidos por las mujeres. Retorno al útero, me tranquilizo.

Desde el megáfono alguien propone que nos sentemos a realizar una asamblea. Los granaderos se lanzan contra nosotros. Dos manos izquierdas me entierran sus uñas, Robert esta a mi lado. Nos comprimimos. Donde cabían dos personas ahora caben cinco. Todos gritan, nadie escucha. Una mujer con sangre en la nariz: “¡Son unos animales! ¡Déjalo, cabrón! ¡Se lo están llevando!”. Todos caminamos sobre el calzado de los demás. Los granaderos toman a dos, están encima de nosotros y nos golpean con sus escudos. Una chica rubia que entierra las uñas sobre mi brazo está llorando. Intento decirle que todo está bien, ella agacha la cabeza y no quiere ver a nadie. Los brazos de Marabunta se extienden a nuestro alrededor, una cuerda amarilla nos separa de lo que parece el abismo. Nadie está tranquilo, todos esperan otro ataque de los granaderos. Comenzamos a avanzar torpemente y aterrados.

Al perecer, la orden fue: tiene que haber detenidos; mételes unos calambres a esos mugrosos. Para ellos, ser consciente, crítico, manifestarse, protestar es de mugrosos. La estupidez es de los limpios.

No queremos ser detenidos. Brazo con brazo nos convertimos en una telaraña frágil, como el ser humano. Unos caminan incómodamente hacia atrás, yo camino en dirección hacia lo que parece ser un lugar perfecto para que nos vuelvan a golpear. Un camión y una camioneta crean un espacio pequeño hacia el cual nos dirigimos y donde nos esperan dos hileras de granaderos tipo fila india. Mucha gente sigue frenética, yo empiezo aceptar mi destino de descalabrado, de encarcelado, de “criminal”. No mostraré miedo, eso significaría una derrota visual, aparente. No me arrepiento en lo más mínimo de haber lanzado pedazos de ciudad contra los granaderos. ¿Acaso me dejaron otra salida? ¿Tuve la oportunidad de protestar? ¿Qué y quiénes nos han traído hasta aquí?

Avanzamos por el estrecho camino que dejaron los granaderos. Muchos tienen las agujetas desatadas, pero nadie quiere detenerse, nadie quiere quedarse atrás, solo. En la siguiente cuadra nos espera un grupo de vecinos curiosos. Nos toman fotos, preguntan a los policías a dónde nos llevan; no hay respuesta. Desde una azotea una mujer grita “¡Déjenlos salir, déjenlos salir!”. El cuerpo de granaderos comienza a tomar distancia de nosotros. Llega el momento de alivio, regresan las sonrisas, consignas y el puño izquierdo arriba. “Una selfie, casual, aquí encapsulados”, dicen dos amigos abrazados. Río junto con Robert, que es un conocedor de los chistes oportunos.

Instituciones inmaculadas

Pasamos a ser el entretenimiento de la colonia y punto de referencia de la protesta social. En cada calle nos esperan más y más vecinos, unos caminan junto a nosotros y nos pasan comida (cacahuates) y agua. Algunos de ellos nos acompañarán hasta avenida Congreso de la Unión (las dos filas de granaderos que nos encerraban desaparecerán) y otros aprovecharán el aventón hasta El Zócalo de la Ciudad de México, donde la policía federal frente a la puerta Mariana golpeará los escudos con sus puños para intimidar a los manifestantes. Minutos más tarde barrerá la plancha del Zócalo llena de mujeres y niños porque, según la declaración del secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong en el noticiario de las diez treinta de la noche, “No vamos a permitir que se lastime a terceros”. Los granaderos golpearán gente en medio de la cena en los restaurantes aledaños “con firmeza y determinación” porque no permitirán “que se lastime a las instituciones”. Estas instituciones inmaculadas que, según el secretario de Gobernación, debemos de cuidar de las agresiones de gente “violenta y ajena al movimiento”, desaparecieron a 43 normalistas el 26 de septiembre del 2014. 

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