Por Kaizar Cantú

Un grito estalla en el cielo. Desde abajo, medio millar de miradas empalan el cerro, las nubes y, sin buscarlo, el tiempo. El grito se estira, el grito se agrava; se vuelve bruma, se vuelve diamante. Eclipsa el monte entero y lo encierra en una noche transparente, vaciada de viento y llena de los aullidos que granulan las pantallas sin canal.

Un cable raja la noche en línea recta, cortando la luna y su aliento polar, luego vibra, se curva, se pierde. En la góndola hay cuatro. Uno asoma medio cuerpo, atrapado en el intento; los otros quedan dentro, con el rostro difuminado por el terror que ennegrece los cristales. Abajo sólo se mira, sólo se petrifica.

La góndola se inclina despacio. El cable reaparece, serpentea. Un par de manos arañan el aire. El viento rechina y corre las nubes, sacude el cerro. El tiempo aún sangra pero se mueve. Un borrón surca las alturas. Desde abajo lo leen en su caída: “¡Buen viaje!”. Algo se quiebra; es la noche.

***

Fue el 2 de junio de 1961 cuando cayó una de las góndolas durante el viaje inaugural del teleférico que trepaba el Cerro de la Silla. Era viernes. Los periódicos anunciaron un día antes que habría misa impartida por el padre Carlos Álvarez Ortiz, soñador del proyecto. La maquinaria comenzó su pesado movimiento a media tarde, a las cinco. Las góndolas subían acarreando nombres de mucho peso: banqueros, industriales, políticos, etc. A las 11:30PM, según la impresión sobre el papel encanecido de los diarios, se abrió la trenza que sostenía el cable a la altura de la torre número 6. La góndola que pasaba cayó 18 metros de vacío hasta la roca. Detuvieron la maquinaria de inmediato.

El rescate se prolongó hasta la madrugada. Los demás paseantes seguían colgados de un cable sobre el cerro ennegrecido sin saber qué sucedía; entre ellos iba un fotógrafo de El Norte que ya no pudo capturar nada. El equipo de rescate encontró la góndola masticada por las piedras. A su alrededor yacían César Augusto Leal Flores, Ángel Rodríguez González y Jesús González Guerra; dentro estaba Alberto Rocatti. Nota funesta: Rocatti había diseñado el teleférico, González Guerra lo construyó.

Cuesta creer a veces que el universo actúa por capricho o que en él operan reglas que todavía se le escapan al raciocinio; a fin de cuentas, el accidente es la máscara de un error fugaz. Comenzó de inmediato y por pura necesidad la búsqueda de culpables. Se habló exhaustivamente con los expertos, los candados de las trenzas fueron puestos a prueba una y otra vez. Seguro la falla tuvo su origen en algún desperfecto técnico, un descuido en el ensamblaje o la mala elección de materiales. La trenza funcionaba a la perfección, el material era de calidad y todo estaba en su lugar correspondiente. No había a qué ni a quién culpar. En su edición del 4 de junio de ese año, El Porvenir adelantó una lúgubre hipótesis: “sólo la fatalidad pudo reunir las dos condiciones para conseguir el desprendimiento del vehículo” (las itálicas son mías).

El paseo siguió funcionando a pesar de tan siniestra apertura. Las góndolas comenzaban su ascenso en Ciudad de los Niños y rodaban bajo 4 mil 800 metros de cable hasta la placa del teleférico, a mil 200 metros en vertical del punto de partida. La ciudad estaba orgullosa de su montaña y planeaba convertirla en un espacio digno de los mapas turísticos a nivel mundial. Les duró poco el proyecto.

Eran las 2:30PM del 22 de junio de 1964 cuando los gritos volvieron a cruzar el cerro. La torre número 13 soltó uno de sus cables; la góndola colgó unos segundos antes de los 6 metros de vacío y los 25 de barranco. Iban cuatro, murieron tres; el único convaleció en el hospital con raspones en la frente y una pierna rota. La fatalidad de nuevo. Fue imposible ver el ascenso sin pensar en abismos moteados por caras que se achican. El teleférico cesó sus funciones.

***

Del teleférico nos quedó poco: las torres aún suben y se oxidan; uno de los cables yace junto a la vereda que escala el cerro, muy arriba, medio enterrado bajo el polvo; la plataforma es un rectángulo de concreto yermo, nada más. Con todo y la nadería, el teleférico (sus pulsiones, su fantasma) continúa presente en las contadas memorias que trepan por el Cerro de la Silla.

Se llega tomando una vereda angosta de piedra angular y lisa. El camino es escarpado, difícil; poco esfuerzo se requiere para resbalar o torcerse un pie. Tres cuartos de hora a buen paso y se alcanza. A la izquierda aparece una senda por donde asoman los pies de la plataforma y el vértigo del grafiti.

Bajo la plataforma de concreto quedan las ruinas de la maquinaria: vigas metálicas rayan por completo el techo; dos barandales corren paralelos hasta un corte errático frente a la maleza; de un pozo emerge el doblez moribundo de una escalinata; una rueda es elevada al pie del pozo como el ídolo que activa las palancas de tan compacta existencia. El ritmo del espacio es marcado por una serie doble de columnas. La única pared es montaña, un amontonadero de rocas enormes; cualquiera diría que con un puntapié bastaría para un espectacular derrumbe. Ahí abajo reina el color del óxido, usurpado aquí y allá por aguacates con cara de payaso, la cabeza de un autómata, una mujer submarina que algo sostiene y nombres, tantos nombres exquisitamente ilegibles.

Se sube por unos cuantos escalones de piedra hasta una cabaña a medio comer. Del techo quedan trozos pudriéndose al aire y líneas como de costillar rojo; sólo faltan las moscas. Una de sus puertas da a otra serie de escalones que sube hasta la plataforma de concreto. Desde una de las orillas de ésta sale un brazo con ruedas por donde pasaba el cable del teleférico, y frente a él, asomándose entre el monte, asoman las torres. Abajo queda Monterrey, blanca y en cachitos, como hecha de dientes o caracoles.

Maldita fatalidad. 

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