El libro de Paul Eluard, Los animales y sus hombres, nos ha hecho pensar un buen rato en las relaciones del hombre con las bestias. El solo título del libro nos ha dado más de una cosquilla reflexiva. A otro autor, que no fuese superrealista, no se le habría ocurrido semejante inversión de las categorías estéticas del hombre y de los animales. Lo más racional y hasta científico, le habría parecido un título que dijese: “Los hombres y sus animales”. Pero la sorpresa superrealista del título que nos ocupa, reside, precisamente, en haber sacado a la luz una ecuación dialéctica del reino animal, superior e invisible para el ojo corriente o “realista”.

En efecto, para un criterio lógico o, mejor dicho, rutinario, y para cualquier transeúnte, la supremacía estética del hombre sobre los otros animales, no puede ponerse en duda, ya que ella emana de su propia supremacía natural. En cambio, para una sensibilidad libre, nueva y despojada de los anteojos de todo atavismo filosófico, como la de un superrealista, la jerarquía estética y aun natural del hombre y de las bestias, no es siempre idéntica. En ocasiones, el hombre puede ser un elemento estético superior y un ser natural superior y, en ocasiones, una rana o un mochuelo puede aventajarle irremisiblemente, no solo desde el punto de vista fisiológico o sensorial, sino desde el punto de vista psicológico.

Hay, sin duda —dice Varigny— muchas diferencias entre el hombre y el animal, que no son siempre ventajosas para el primero. El perro tiene un olfato extraordinariamente desarrollado, mientras que en el hombre y, sobre todo, en el hombre civilizado o tenido como tal, este sentido carece de acuidad. Acaso, por lo demás, ésta es una deficiencia psicológica, antes que fisiológica. Quizás hay aquí una falta de atención, antes que de percepción, pues esta falta de atención en el hombre civilizado se explicaría fácilmente por la circunstancia de que éste no tiene casi ocasión de ejercitar el olfato. En suma, el hombre civilizado demuestra que, olfativamente, es indigno de ser perro…

El libro de Paul Eluard nos ha hecho pensar, como hemos dicho, en la situación actual de los animales respecto de los hombres. Hemos pensado, naturalmente, en las sociedades protectoras de animales, en los hospitales para gatos, en los cementerios para perros, en las campañas contra la vivisección, etc., etc.

Una conclusión se desprende de todas estas reflexiones y es que el hombre recién está empezando a respetar y amar a los animales como a sus semejantes. Todas las flamantes instituciones sociales ya citadas nos llevan a ese convencimiento. Solo que caben aquí, como dice Chesterton, algunas dilucidaciones y muchas moralejas.

En primer lugar, nótese que este animalismo responde a un concepto y grado ultracivilizado de la sociedad. Es un refinamiento, que se produce únicamente en las sociedades muy cultas. La civilización ha engendrado el proteccionismo a las bestias. Ha sido menester que nazca el automóvil, para que el gato tenga derecho a un sepulcro, como el hombre. Más todavía. No podemos imaginar un hispano-suizo, sin un perro sentado junto al chauffeur. Las personas desprovistas del moderno sentido de la velocidad, carecen lógicamente del sentimiento, no menos moderno, del animalismo.

Es fácil constatar que aquel que no anda en automóvil, no forma tampoco parte de ninguna sociedad protectora de animales.

Del refinamiento al snobismo no hay más que una pendiente. El animalismo, por este camino, ha devenido un snobismo. Es de buen tono amar a los animales, porque ello denota que se es civilizado y que se está al día con el progreso. Al que no ama a los caballos, se le considera como un salvaje o, por lo menos, como un primitivo.

Tratándose de pasiones tan emotivas y caprichosas, como el snobismo, el amor a los animales tiene sus preferencias y predilecciones. La sociedad protege, en particular, a los perros, a los gatos, a los caballos. Los otros animales no gozan del mismo grado de amor humano. Se pesca y se caza. Se come carne de vaca y de pichón. Madame Rachilde, después de protestar por la prensa, contra los carreteros que castigan a sus mulos durante el trabajo, toma apresuradamente su caña y se va con amigas a pescar a las orillas del Marne.

Esto es muy diferente —argumentan los amantes de las bestias—. Se mata ciertos animales por necesidad, para alimentarnos o por sano esparcimiento, mientras que el carretero castiga a sus mulos, de puro salvaje y cruel que es…

El animalismo, como refinamiento que es de la civilización, resulta un lujo, un ejercicio de filantropía. Si cae un pajarillo a una casa, se le da unas migas, como a un mendigo o necesitado.

De este carácter facultativo y meramente moral del sentimiento animalista, resulta su elasticidad arbitraria: ciertos animales obtienen solamente algunas palabras de ternura y de piedad, en tanto que otros obtienen, en iguales circunstancias, sacrificios enormes de las gentes. Ello depende del momento filantrópico en que se encuentra el transeúnte y del animal de que se trata. Hay quienes darían su vida por salvar a un perro, pero no harían lo propio por salvar a un gato o una gallina.

El animalismo es un fenómeno social que se desarrolla paralelamente a la desnatalidad. Se prefiere criar un perro o un gato, antes que una criatura. Se ha argumentado que la desnatalidad proviene de la miseria. Sin embargo, las gentes sacan siempre dinero y se sacrifican para alimentar a un animal. Los hoteles rechazan, a ojos cerrados, los locatarios con hijos tiernos y, en cambio, reciben, también a ojos cerrados, cuando traen una jauría de perros.

Por último, es importante no olvidar un dato un tanto distante de la cuestión que nos ocupa, pero que no anda del todo lejos de ella. La civilización, en vez de acrecentar el amor entre los hombres, cualesquiera que sean su raza o nacionalidad, acrecienta la xenofobia.

En los pueblos más avanzados existe, después de la guerra, un resquemor tácito pero evidente contra el extranjero. Y, cosa realmente reveladora: se ha podido observar que las gentes que son rencorosas para las otras gentes, son las más inclinadas al amor de los animales. No es posible imaginar una verdadera matrona que, después de reprender y arrojar justa o injustamente de su casa a un criado, no penetre a sus salones y se deshaga en caricias y ternuras con su perro favorito.

Decíamos que en esto del amor a los animales, caben muchas apostillas y algunas moralejas. Se podría, en efecto, seguir apuntándolas al infinito.

 

Por César Vallejo

 

*Texto publicado en Mundial (1929)

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