Entrevista con Alicia Rosas

 

Por Kaizar Cantú

Su nombre es Alicia. No persigue conejos blancos, ni habla con mininos que se desvanecen en el aire. Tampoco atraviesa espejos, ni es un sueño que sueña a su soñador.

Alicia Rosas es editora de libros para niños y jóvenes. Está a cargo de la colección Libros de Alicia, el nuevo sello editorial de Veintisiete Editores. La primera obra de la colección —una reedición de Meñique, de José Martí— fue presentada en la Feria Universitaria del Libro, organizada por la Casa Universitaria del Libro de la UANL.

Antes de comenzar la entrevista, suena una alarma y Alicia saca una pastillita de su bolso. La pregunta es inevitable.

***

Kaizar Cantú: ¿Una pastilla para crecer?

Alicia Rosas: No, mejor para permanecer [risas].

KC: Tienes un nombre muy literario. ¿Fue a propósito?

Alicia Rosas: No, eso es una cosa chistosa; siempre es un poco penoso. En realidad nosotros estábamos pensando en Alicia en el País de las Maravillas. En la historia de la literatura infantil, Alicia, o el libro de Alicia, fue uno de los primeros que empezaron a tratar a los niños con el respeto que se merecen. En la época victoriana y antes, a los niños —en la literatura infantil, dirigida a ellos— se les consideraba personas en potencia. Eran como la semilla a la que había que educar. Entonces todo lo que se les contaba era con fines didácticos. A fuerza todo tenía que tener una moreleja, siempre tenía que tener un mensaje educativo. Lewis Carroll y algunos de sus contemporáneos empezaron a tratar a los niños de una manera muy distinta. Empezaron a ver que tenían un sentido del humor especial, que no era como el de los adultos, y que tenían curiosidad que los adultos ya no tenían, y que tenían necesidades de lectura que los adultos no tenían. Entonces pensamos que la más representativa de todos estos personajes y de todos estos niños era Alicia.

Lo que nos gustó también es que es un personaje que sigue absolutamente vigente. El libro se escribió a fines del siglo xix, pero tiene todas las características que comparten muchos de los autores que escriben para niños ahora. Entonces quisimos reconocer esa tradición, pero esa tradición que ya ve al niño diferente; no queremos libros educativos. La literatura es educativa, es informativa, pero de una manera que no es explícita. Digamos que habla de la vida en general de una manera lo más real posible, aunque los temas sean fantásticos. Entonces queremos que nuestra colección sea así, y por eso elegimos a Alicia, que es un personaje conocido, que todo el mundo ubica y que además sigue toda la tradición pero que sigue muy vigente.

Dentro del sello queremos hacer una colección que incluya muchas cosas que se hicieron antes de esos tiempos, pensando: ¿a Alicia qué le hubiera gustado leer?, ¿qué tenía en su biblioteca? Y como sigue vigente, ¿qué tendría en su biblioteca que se está escribiendo ahorita? Queremos hacer un recorrido desde esos libros de su época que todavía se pueden leer bien, que tienen mucho que decir, y combinarlos con autores mucho más contemporáneos.

Vamos a sacar una primera camada de libros con seis títulos. Son cuatro traducciones, utilizando obras de autores de esos tiempos, que son El viento en los sauces, con una adaptación y una traducción que quita todas las dificultades de lectura que tiene en inglés, porque en español ya no se utilizan arcaísmos, se utiliza un lenguaje muy actual, muy neutro, que no suena extranjero.

Tenemos un libro con dos cuentos de Rudyard Kipling que se centran en cómo podría haber sido la invención de la escritura. Él hace un ejercicio en el que una niña se da cuenta de que puede cifrar significado en algo que ella primero hace como un dibujo, pero eso es imperfecto, porque los dibujos no se dejan interpretar bien, y después empiezan a hacer el alfabeto ella y su papá. Ahí está muy, muy claro cómo se le pone el significado a las cosas, a las letras o al texto, que hace posible que otra persona lo entienda aunque tú no estés allí.

Otro es el de Meñique, de José Martí, que es de la época, pero en Latinoamérica, porque queremos incluir un universo más grande. Y un libro de Edith Nesbit que se llama Los buscadores de tesoros. Edith Nesbit fue yo creo que la primera que empezó a tratar a los niños… Bueno, los personajes que retrata en sus libros son mucho como niños. Uno sí puede escucharlos hablar a sí, o imaginárselos que así reaccionan. Es un libro muy bonito porque tiene dos lecturas: en una el adulto descubre que el niño está diciendo cosas que significan otra cosa de lo que él piensa, y el niño va pensando que la cosa va por un lado. Tiene un doble discurso que es muy curioso y que pensamos que es muy interesante rescatar.

Vamos a tener otro libro, que es inédito —también vamos a ver cosas modernas—, de Norma Muños Ledo, que uno de sus temas principales es la tradición oral, el folklor. Ella lo que hizo fue reelaborar algunas de las leyendas mexicanas de diferentes partes del país y pensar cómo sería si un niño hoy en día tuviera un encuentro con una sirena —que sí hay sirenas en México. Son verdes. Son sirenas que viven en la zona lacustre. Bueno, es lo que la gente dice, lo que se cuenta—. O qué pasaría si hoy alguien se encuentra un duende. Ella hace estas historias a partir de leyendas que existen y que se cuentan también, pero que siempre se dice que parecen viejas, que parecen antiguas, y sí lo son, pero, ¿cómo sería si eso le pasara ahorita a alguien con nombre y apellido?

Esa es nuestra primera entrega de libros para Libros de Alicia.

KC: En México existe este estigma de que somos un país que no lee, sin lectores. ¿Eso también aplica a los niños? ¿Pesa más en ellos?

AR: Pues es curioso, porque México no es un país de grandes lectores, es verdad, pero los que más leen son los niños. Y leen mucho.

Una parte tiene que ver con que en las escuelas ya están metiéndoles la lectura por los ojos. Los ponen a leer y tienen esta obligación de lectura. Es muy difícil porque luego los maestros no leen, pero yo creo que los niños sí están muy abiertos a la lectura. Luego llega la adolescencia y ahí como que se pierde, porque hay mucha competencia por la atención; el tiempo que ellos usaban antes para leer ahora lo usan para ver videos y chatear y todo eso. Pero aún así hay jóvenes lectores. Ya después como que se olvida.

Esa es una cosa que a lo mejor va a cambiar después de que crezcan todas estas generaciones que ya empezaron a leer desde muy chiquitas, mucho más que nosotros. Pero eso sí, a los niños sí les siguen gustando los libros.

Y muchas veces estaba esta cosa de ver qué pasa con los libros electrónicos, o con las tablets. ¿Van a dejar de leer libros? Y últimamente se han dado cuenta de que en realidad no, porque el libro, la lectura del libro, tiene mucho que ver con la relación de los papás con el niño. Muchas veces los niños no saben leer y los que tienen que leerles son los papás, y ahí se establece un vínculo que no te lo repone nada más que eso. Más adelante, cuando empiezan a leer, ya hay asociaciones hechas. Entonces sí les gusta leer, y sí les gusta leer libros.

Por otra parte, creo que en México y en el mundo ha habido ya desde hace un buen tiempo una oferta muy generosa de libros que están muy bien hechos, que son muy bonitos de ver. Por ejemplo, en el mercado de libros para niños se ve que por lo menos el 50 por ciento de los libros —y no en México, en el mundo— son comprados por adultos para adultos.

KC: ¿Cómo?

AR: Los libros están hechos como para niños, pero son tan bonitos que los adultos se los compran a ellos mismos. Y antes eso estaba muy mal visto, pero ahora ya no. Porque creo que también ha subido el nivel de edición y el nivel de contar historias. Entonces ahorita, por ejemplo, Harry Potter —que empezó con esto, la verdad— tiene ediciones para niños y ediciones para adultos. Y vas en el metro y puedes ver la edición leída por un adulto y una edición distinta del mismo libro leída por un niño.

Este es un fenómeno muy interesante. Funciona con los álbumes ilustrados, que son realmente obras de arte, que para mucha gente son casi la primera visita a un museo, porque son realmente obras de arte.

KC: Qué curioso esto. Me hablabas de niños que van creciendo y pierden el interés, casi como si estuvieran perdiendo, junto con la lectura, su infancia. Y se retoma en la adultez.

AR: Sí, está pasando eso. Y la pregunta es: ¿por qué? Por una parte, la lectura de libros para niños, o bueno, las historias que están dedicadas a los niños, son más o menos sencillas de leer, son divertidas —porque siempre tienes que tener la atención del niño— y hay muy buenos autores que escriben realmente bien y que además escriben de cuestiones muy importantes en la vida. No se escribe solamente por el humor, sino que se trata de entender lo que es ser un ser humano, y eso la verdad que le toca a todo el mundo, no importa de qué edad sea. Yo creo que por eso la literatura infantil y juvenil están siendo retomada también por los adultos. Si los adultos también leen otras cosas, eso no sé [risas].

KC: Es un comienzo.

AR: Es un comienzo, sí.

KC: Tú, como adulta, ¿en qué momento te dijiste “Me encanta la literatura infantil, y aunque tenga 80 años, nunca la voy a dejar”?

AR: Pues mira, yo tenía unos papás que me dieron libros desde niña. Luego me encontré El castillo de Kafka cuando tenía 10 años y empecé a leerlo y me gustó. Claro, entendí la mitad, pero me parecía muy interesante, realmente me parecía muy interesante. Pero mis papás me decían “Mira, mejor puedes leer este otro libro que a lo mejor te va a gustar más”. Y eso siempre fue, y hasta ahorita todavía me regalan libros para niños; nunca dejaron de hacerlo.

Pero bueno, eso no tiene nada que ver con una vocación profesional. Yo, después de estudiar Letras Hispánicas, empecé a trabajar en la industria editorial editando muchas cosas, no libros para niños; ni se me había ocurrido. Hasta que empecé a editar libros para niños. Como que tocaba.

El primero libro que edité, en Editorial Diana, fue Los pingüinos del Señor Popper, que luego hicieron película y todo. La película no me gustó mucho, pero el libro es realmente bueno. Entonces de ahí empecé a decir: “Está muy interesante hacer esto”. Y seguí por allí y después me fui a trabajar a Alfaguara Infantil y Juvenil, pero ahí sí ya con la consciencia de que eso es lo que me gustaba hacer. Y lo que más me gusta es trabajar con ilustradores, porque proponen una interpretación, un texto distinto, nuevo; a veces le dan un giro que permite darse cuenta de que no hay sólo una lectura del texto.

KC: Supongo que es un trabajo casi en conjunto.

AR: Sí. Por ejemplo, si está el ilustrador y hay un autor vivo y cercano, con el que puede estar en contacto, eso es siempre muy enriquecedor. Pero también suceden casos como Meñique, que el ilustrador no pudo hablar con José Martí. Él lo que hizo fue ver toda una tradición que ya existía de cómo se ilustran los libros de cuentos de hadas, cómo se ilustró Pulgarcito, y hacer un estudio antes para decidir cuál va a ser su aportación en este mundo de la ilustración de libros.

KC: Ahorita que me hablabas del mercado, que es algo ya establecido en México, ¿cuándo surge, más o menos?

AR: Pues esto empezó más o menos cuando comenzó la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil en el DF. La verdad es que eso fue lo que le dio mucha fuerza, donde se empezó a notar que había una necesidad. Entonces vinieron varias editoriales, sobre todo españolas, que tenían ya un fondo editorial en Europa y empezaron a traerlo; como Alfaguara, como SM. De pronto se dieron cuenta de que lo que necesitaban era autores mexicanos. Y no había. Entonces empezaron a buscar, y poco a poco así fue surgiendo. Había también dentro de los escritores como una especie de desprecio por la literatura infantil y juvenil. “Eso que lo hagan las mujeres” [risas].

KC: O las abuelitas.

AR: O que lo hagan las abuelitas, las tías o algo así, ¿no? Pero después se empezaron a dar cuenta de que sí tiene su chiste, porque el público infantil no es fácil, y además es importante, porque son estos niños los que están creciendo, los que tiene que recibir cosas de calidad desde chiquitos. Y así con los años, poco a poco, fue creciendo. Pero creo yo que el detonante sí fue la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Y ahorita es gigantesca, y hay ferias en todos los estados, una o varias al año, en las principales ciudades. Creo que esa es una cosa muy buena, porque los autores ahora saben que tienen que esforzarse y que tienen competencia, porque ahorita ya hay una buena plantilla de autores mexicanos y latinoamericanos, que son muchos y muy buenos.

KC: ¿Entonces llegan a los autores con una propuesta o fueron los mismos autores los que empezaron a escribir literatura infantil?

AR: No, fue al revés. Fueron las editoriales las que fueron con los autores y dijeron “Oye, necesito que hagas un libro para niños porque no tenemos”, porque no había. Las obras por encargo siempre son delicadas porque no sabes muy bien si va a salir bien o mal, y yo creo que en el principio hubo muchas que salieron mal y varias que salieron bien, para sorpresa de todos. Y ahorita ya no, ahorita los autores sí tiene su proyecto. También se hacen libros por encargo, pero ya hay todo un ejercicio previo. Yo creo que ahorita se hace muy buena literatura infantil en México, que antes costó trabajo, porque se madura en eso.

KC: Durante la presentación dijeron que Meñique es una rama de Pulgarcito, y me acordé muchos de los cuentos que me leían, y todos son de raíces europeas. ¿Sí hay una tradición, aunque sea oral, del cuento infantil latinoamericano?

AR: Claro, sí la hay, sobre todo en el folklor. Hay una tradición que es, por ejemplo, el romancero español. Toda Latinoamérica tiene rimas, cancioncitas, coplas que vienen del romancero español, y que son muy de ahí y que están hechas para niños y que funcionan porque tienen el juego con la rima, con el ritmo que a los niños pequeños les gusta mucho, y que además son como “versicuentos”, cuentos en verso.

Entonces sí hay una tradición latinoamericana, solamente que oral; no se imprimía. O si se imprimía era en estas grandes colecciones, como las que el COLMEX hizo alguna vez, pero eran ya muy académicas.

KC: O las que aparecían en libros de la SEP.

AR: Exacto, sí. Pero era poca en comparación con lo que ahorita se hace, con lo que se produce en este momento. Porque antes era como un corpus ya hecho, que se pasaba de generación en generación, que sí variaba, como todo lo que es tradición oral, pero que se conserva bastante bien y tiene una limitante creativa. Y ahora no, ahora se hacen cosas muy distintas, con una pretensión literaria.

KC: Hace mucho, hablando con un amigo sobre ficción para niños, me había dicho que, al menos a su parecer, las historias que se quedan en la imaginación de los niños son, por ejemplo, películas de Pixar, que esas son las nuevas historias infantiles, y que la literatura infantil sí tiene un lugar pero que no permea la imaginación de ese modo.

AR: Yo creo que son dos cosas distintas. Sí pienso que las nuevas películas para niños son muy determinantes, son muy fuertes, tienen muchísima energía, son muy atractivas, y que son un referente importante para ellos del mundo de la imaginación.

No creo que se excluyan. A lo mejor hay niños que no tienen mucho acceso a los libros y que los ponen a ver películas. Porque además las películas son una muy buena niñera. Yo no creo que sean la misma cosa, no creo que realmente haya una que sea más fuerte que la otra. Claro, las películas están muy presentes en todos lados y forman parte de la cultura popular de los niños, porque Frozen está por todos lados, y cuando llega una película de los Minions, pues también. Y pues sí, son cosas que están muy interesantes; son curiosas, son muy divertidas, claro que les gustan, y son mucho más accesibles. Es más fácil ver que leer, eso sí es cierto. Pero la lectura tiene un componente de imaginación que es distinto, que es mucho más activo. Entonces, si tienen los dos estímulos, no sé si quedan solamente con uno o los dos coexisten. Yo creo que coexisten.

KC: Ahorita que leían el cuento hubo una parte que me dio mucha risa pero que también me dejó pensando: las orejas sangrientas. Varias personas dirían que eso no es apropiado en un cuento para niños, que eso no cabe en un cuento infantil. Quería saber qué piensas de este “proteccionismo”, o no sé cómo decirle.

AR: De higienizar los libros.

KC: Sí, de esterilizarlos.

AR: Bueno, yo creo que el mundo y la experiencia de los niños siempre ha tenido mucho de brutal. Siempre. Claro, hay gente que ha podido vivir dentro de una burbuja bonita y linda durante su infancia, pero muchos niños no. Y en general los niños participan de la vida real con todos sus colores. La literatura —y el arte en general— creo que habla de la vida como es. Lo único es que cuando uno está pensando en literatura para niños hay un tratamiento de las cosas.

Creo que es importante que todos los temas se traten: los temas de violencia, los temas de abuso, los temas de muerte y destrucción, porque ese es el mundo en el que vivimos, y ellos tienen derecho a encontrar este tipo de cosas en sus libros, y también para tratar de entenderlos. Pero tiene que ser de una manera que sea adecuada. No higiénica, sino más bien que tenga sentido, que no sea grotesca, que no sea ofensiva. En este caso, por ejemplo, no había ningún tipo de consideración de decir que no, que la violencia. Yo creo que José Martí tenía muy claro que no quería hacer algo violento para los niños, pero en su tiempo no existía tanto la discusión, y pues quería demostrar un punto con esta obra, quería ver que había algo radical, violento. No les cortó la cabeza, no los mató; nada más les cortó las orejas [risas].

Y la verdad es que, por ejemplo, en Estados Unidos, los cuentos para niños que van a la escuela, que son casi todos, tienen unos criterios muy claros, muy establecidos, que son verdaderamente las reglas. Si quieres hacer un libro que llegue a los niños a través de la escuela, por ejemplo, no puedes tener ilustraciones que presenten caracteres sexuales secundarios. O sea que las mujeres son planas. Y no usan minifalda. Nunca. No puedes hablar de violencia, no puedes hablar de sexo, pero ni de chiste. ¿Sangre?; ni en sueños. Y sin embargo tienen otro estímulo con las películas, con las noticias, con la televisión, con las caricaturas, que son súper violentas… Pero claro, no están reguladas.

Entonces, ¿por qué no mejor hablar de eso bien a través de la literatura?, en donde los niños pueden hacer sus propios juicios, donde pueden juzgar y reflexionar sobre el asunto de la sangre, de la muerte, del abuso. Porque es un intercambio muy íntimo cuando uno lee.

Creo que ni un extremo ni el otro; tampoco cuentos con descripciones gore. Pero sí que este es el mundo y hablemos de las cosas.

KC: Sí, se trata de tratar a los niños… no como adultos, pero sí como seres pensantes.

AR: Como personas que están participando de este mundo, que sí ven balaceras y sufren las consecuencias… Claro, este cuento no habla de nada parecido; no es un cuento que se pueda decir que es violento, ni sangriento. Es bastante inocente el asunto. Pero ahí está otra parte que no está blanqueada.

KC: ¿Y aquí no hay de esas restricciones en las escuelas?

AR: A veces sí. Sí hay escuelas que…. Bueno, incluso no son tanto las escuelas, sino los padres de familia.

La literatura infantil tienen en realidad tres públicos. Hay dos que son los principales, como los mediadores, que son los padres de familia y los maestros. Uno tiene que llegarles y hablarles a ellos, y al pobre niño le llega de rebote. Entonces ellos casi nunca tienen ni vela en el entierro; les llegan los libros que les compran o que les recomiendan, pero normalmente —hay algunos que sí, obvio— no son ellos los que van a la librería y dicen “Quiero un libro de dragones” o “A mí me gustan estos dibujos y por eso quiero el libro”. A veces sí, pero normalmente les llegan filtrados por los padres de familia.

Muchas veces pasa que los papás dicen no, esto no lo quiero para mis hijos. Y se hacen problemones en la escuela y tienen que cambiar el libro de lectura. O son las mismas escuelas las que dicen no, a nosotros no nos gusta que hablen de cosas fantásticas, por ejemplo; es que esas son cosas del Diablo [risas]. O no quieren que hablen de divorcio; libros de personajes con padres divorciados: olvídalo.

Entonces hay de todo, pero como hay tanta oferta, pues hay mucho de dónde escoger. Ahora sí que cada quien. Y ojalá un día el niño pueda tener contacto con muchas cosas y decida qué le gusta.

KC: Al principio me mencionabas que antes de Carroll existía esta tradición de que el niño va a leer lo que le sirva, lo que lo moldee… ¿Se murió o aún sigue existiendo esta idea?

AR: Sí existe eso, por supuesto. La tendencia generalizada de la gente que se dedica específicamente a la literatura infantil trata de evitar eso, porque los niños no son ningunos tontos. Si les dicen en primer lugar que la lectura tiene que ser recreativa, pues no me estés dando lecciones, ¿no? No es escuela.

Ahora, la lectura sí desarrolla competencias, la lectura sí desarrolla una visión del mundo, o ayuda a desarrollarla, pero el niño tiene que hacer el trabajo, y es él quien tiene que llenar su afán de conocimiento, de curiosidad o de diversión, y eso no se lo puede dar una…Bueno, las fábulas pueden ser muy divertidas… pero los cuentos moralizantes, por ejemplo. No se puede hablar bien de literatura ahí, es una cosa que tiene una función, que es educarte para que entiendas. Como eres mensito, entonces yo te digo de qué se trata.

KC: Es un artefacto.

AR: Exactamente, es un artefacto que sirve para algo, para decirte esto. Pero es muy interesante esto del libro para niños, que empezó en Grecia —bueno, de que tengamos noticia, ¿no? —, que está ligado siempre a la infancia, a qué es un niño y qué quieres que un niño sea. Por ejemplo, en Grecia las historias estaban hechas para formar ciudadanos, entonces tenían una carga civil, en donde se trataba de dar instrucción. Ahí no era tan moral, pero para que tú sepas lo que eran los valores de la polis. Y bueno, los romanos, por ejemplo, querían mucho a sus hijos y eran muy cariñosos, pero era para educar.

Los niños, como te digo, son “proto-personas”, y eso es muy curioso, era una idea muy generalizada por mucho tiempo. Son embriones, son como semillas, pero todavía no son personas bien hechas, están en formación, entonces tienes que darle todo para que se convierta en persona ya después. Que crecían muy rápido. En la adolescencia ya ahora sí eran personas, pero antes no.

Y en la Edad Media, al contrario, la infancia terminaba muy rápido y ya eran personas que tenían que trabajar. Eran personas como de bajo rango, pero tenían que trabajar, entonces lo que se les daba era una instrucción para prepararlos para el trabajo. Eran los valores del oficio, o historias que ya preparaban con los procedimientos. Había muchas canciones que decían cómo se hacía algo. Había canciones que eran para cocinar el cuero. Entonces cantabas la canción cierto número de veces y ya estaba el cuero listo, y luego ya lo sacabas. Eso era lo que se le enseñaba a los niños.

Luego las historias que se contaban no eran para niños; todos estos cuentos de hadas no eran para niños. Era el chismarajo, los relatos que se contaban entre adultos, y los niños estaban ahí entre los adultos. Y se los apropiaron.

KC: ¿Pero entonces de dónde salió esta idea de que esto es un cuento para niños?

AR: Eso vino mucho después. El primer libro que se imprimió como para niños está en Alemania, y es un libro didáctico. Ese si es así, para que los niños aprendan cosas en la escuela. Es más como un libro de texto. Con dibujitos y no sé qué, pero es un libro de texto. Y a partir de allí ya empezó. Pero eso es Tardía Edad Media, y en el Renacimiento también había libros especialmente para niños. Todo sí es muy europeo.

KC: Cuando dices libro para niños, ¿te refieres a que ellos lo lean o que sea leído para ellos?

AR: Ambas cosas. Porque eran educativos y eran para la escuela, pero también habían otros que era para que se los leyeran cuando no sabían leer. Y, por ejemplo, en el siglo xix había mucho eso de que los adultos les leían a los niños. Era una cosa interesante. Entonces era muy común que los autores hicieran libros que tenían rima, aunque fueran prosa; juegos de sonidos, de palabras, para que fuera muy atractivo de estarse escuchando. Eso es una cosa muy interesante.

Como siempre, todas las revoluciones tecnológicas afectan este tipo de cosas. Surgió la imprenta y luego surgieron las publicaciones periódicas, y en el siglo xix, lo que había mucho eran las novelas por entregas. Para adultos y para niños. Y los niños estaban emocionadísimos esperando cada mes qué iba a pasar. Entonces así se hicieron la mayoría de las novelas, que ahora sabemos que son novelas pero en ese tiempo eran novelas por entregas. Y los niños se suscribían y lo buscaban y era una parte del periódico que era suyo. Y eran cortos. Era la lectura que se compartía con los padres; muchos padres leían a sus hijos. Pero sobre todo era para que los niños se divirtieran. Y ahí empezó la cosa de la lectura recreativa, donde se les hablaba más a ellos, porque eran los niños que pedían y estaban así: “¡Ya llegó, ya llegó!”.

KC: ¿Ahí se empezó a concretar un género entonces?

AR: Sí, creo que sí.

KC: No estoy seguro de cuántos de nuestros lectores tengan hijos, pero creo que sería interesante que nos dijeras lo que le recomiendas tú a un padre para iniciar a sus hijos en la literatura.

AR: Yo creo que el humor siempre es muy bueno. A los niños les gusta mucho reírse y les gusta mucho tener cosas que los haga divertirse.

Bueno, son dos cosas: una son los libros de imágenes, que son muy fáciles de leer porque no tienen letras, o tienen pocas letras, pero tienen un tipo de lectura distinto, que es la lectura de imágenes, que es lectura de ideas, de conceptos, que es todavía más difícil que leer palabritas. Es una muy buena entrada, y ahí se puede entrar desde que son chiquitos, aunque piensen que no entienden nada; ya están viendo, ya están observando.

Desde muy chiquitos los libros con imágenes son perfectos. Se llaman también álbumes ilustrados, y ahorita en México hay una muy buena oferta de eso. En los libros del Fondo de Cultura Económica; muchas editoriales ya están haciendo este tipo de libros ilustrados.

Y libros de humor. A mí me gusta mucho, por ejemplo, Roald Dahl, que es uno de estos autores que siempre se pone del lado de los niños; no importa qué pase, él siempre es cómplice de los niños. Y habla de cosas que a veces son tremenditas, pero siempre está del lado de los niños; como que los defiende, porque se pone en su cancha. Y en México, Francisco Hinojosa, que es uno de los que siguió muchísimo a Roald Dahl. Es como la versión mexicana de Roald Dahl, y que tiene muchísimo humor también. Pero bueno, hay muchos autores.

Los cuentos de hadas también son muy buenos, porque tienen un valor arquetípico, es decir, hablan de cuestiones del alma humana que siempre están ahí y que maravillan, con la fantasía, con la cosa maravillosa. Es como el deseo de los humanos de tener esto, de tener lo otro. Pero sobre todo porque siempre hay un desarrollo de los personajes, que es muy como el viaje del héroe. Los cuentos de hadas son absolutamente imperdibles.

No es cita, ¿eh?, pero Einstein decía que si uno quiere que los niños sean inteligentes, hay que leerles cuentos de hadas. Y por algo será. Yo creo que sí es cierto, yo creo que sí es verdad.

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