Por Kaizar Cantú

¿Qué hace la humanidad con sus monstruos? No me refiero a criaturas maravillosas ni al animal deformado por la mente supersticiosa. Hablo de los terrores que son suyos, es decir, que brotan de sus actos e infectan su historia. ¿Qué hacer con el germen de lo maligno y las densas selvas, con todo y sus ríos de agua oscura que se enroscan y seducen como profundas serpientes, que brotan de éste? ¿Qué espacio de la memoria ceder a nuestra vergüenza y nuestro arrepentimiento?

No planeo responder estas preguntas, al menos no con certeza. Quedará lo que la madrugada me permita.

Si se trata de decidir el destino de un recuerdo, existen dos opciones obvias: su permanencia o su olvido. En caso de que permanezca, habrá que trabajarlo; en caso de que se olvide, deberá resguardarse el umbral que lo separa de lo que continúa siendo y lo coloca entre aquello que ha dejado de ser en la memoria, de la palabra viva y la que no se pronuncia más. Ninguna de estas opciones es definitiva.

Conservar al monstruo en el recuerdo lo transforma en una imagen, o sea, un elemento lingüístico, un signo trabajable y proyectable. Pensando que la memoria conservará al monstruo dominado por sus cualidades monstruosas, surgen, una vez más, dos destinos posibles para éste: el terror y la repugnancia.

El monstruo puede que permanezca pintado en la memoria como el espectro de nuestras cualidades más destructivas. Quedará envuelto por un aura llameante, con carbón encendido en los ojos y espuma brincándole desde la garganta hasta las esquinas de la boca. Le temeremos porque es uno de nosotros, poseído por las pasiones más violentas, carne de los deseos más destructivos. Pero aún en nuestros ojos horrorizados por las llamas y la sangre podrán reflejarse los rasgos de un rostro, de una figura, los despojos de cierta humanidad. Así lo recordaremos. Será el signo que evoca el peor de nuestros potenciales.

La otra posibilidad es un poco más cruel. El monstruo puede permanecer como una imagen repulsiva, algo que repele a los sentidos, es decir, una experiencia ante la cual el cuerpo bloquea todos sus canales de percepción. Reaccionamos a ese mal como la escultura de los tres monos: no lo vemos, no lo escuchamos, no lo pronunciamos siquiera. Repugna a tal grado que reconocerle como parte de la especie nos tuerce las vísceras, nos obliga a imaginarlo y a hablarlo enmascarándolo con el nombre de otras criaturas (la rata, el cerdo, el buitre, la serpiente, etc.). Es como el parásito antártico de Carpenter; nos aterra en parte porque nos da asco, y nos da asco más que nada porque nuestra imaginación se niega a reconocer que esas formas tan grotescas de la criatura fueron humanas en algún punto del filme.

(Temo un poco a estas palabras porque hablan de imágenes y no de personas. Temo porque de ellas al final sólo queda una. O ninguna. )

¿Qué hacemos?

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