Era medio día. Hacía un calor que daba para pensar en salir o no a la calle. La avenida San Cosme, como siempre, repleta de automóviles que se detenían debido a que el gobierno de la Ciudad de México puso un semáforo en cada una de las 15 esquinas que había a lo largo de dicha avenida.

Un microbús acelera para ganar un pasaje; se trataba de un par de ancianos que agitaron la mano a modo de parar el transporte, pero al ver que no era la ruta en la cual ellos debían viajar, le hicieron una seña al chofer avisándole que siempre no subirían al vehículo. El conductor, con una mueca de fastidio, dio un tremendo acelerón a su unidad sin perder de vista a los viejitos. Por eso no vio cuando golpeo al “El Botas” con su parachoques cromado, arrojándolo a él y a su guitarra al suelo en forma violenta.

Ya tenía tiempo que El Botas trabajaba en el transporte público que circula en las principales avenidas de la Ciudad de México. Se ganaba la vida rasgando las cuerdas de su guitarra, produciendo las notas y reproduciendo con su rasposa voz canciones de rock clásico tanto en inglés como en el propio idioma. Los covers eran lo suyo: algo de los Rolling, un poco de los Beatles, varias del Creedence, mucho del Tri y el Haragán y Compañía; hasta Enrique Guzman y Johnny Laboriel sonaban en su vasto repertorio. Al final la gente con una sonrisa daba al músico una monedita que lo ayudaba a sobrevivir.

Yo le puse El Botas por que usaba unas botas militares con casquillo. Con el pantalón de mezclilla (siempre metido en ellas) y su guitarra a la granadera, daba la impresión de ser un guerrillero de la urbe que en cualquier momento tomaría rehenes para deleitarlos con sus rolas y después soltarlos, no sin antes darles un poco de sano entretenimiento en la gran ciudad a la que llegó para quedarse después de probar suerte en el estado de Hidalgo, de donde es originario. Se vino de allá porque el establecimiento del moderno TuzoBus hizo que dejaran de circular por las avenidas principales los viejos y pesados camiones donde el ejercía su buen oficio, haciéndolo emigrar a la Ciudad de los Palacios.

Él ya había andado antes por la “Capirucha”, cuando en el 2013 tocó su banda favorita: el grupo Ingles Status Quo. Nunca olvidará cuando acudió con su primo “ El Tatuajes” (le decían así porque se dibujaba con un plumón calaveras, rosas, su banda de rock favorita y/o el nombre de una que otra morra en ambos brazos, ya que su jefa no le daba chance de rayarse la piel con tinta en forma permanente) a las orillas del bordo de Xochiaca en la misma ciudad deportiva de Nezahualcoyotl, cuando acudieron al concierto que fue organizado para festejar los 50 años de vida del municipio. Ahí, junto a otras 200 mil personas, corearon hasta quedarse afónicos el boogie rock del Status Quo, gran momento para El Botas.

De tanto andarle dando a las cuerdas, pronto se dio cuenta de que también la Ciudad lo inspiraba. Tanto era así que durante sus descansos solía sentarse bajo un árbol (de esos que quedan muy pocos porque hay que darle paso a la urbanización), compuso una rolita a la cual le puso “Florecita de cemento” y que va más o menos así:

Me viste un día que pasé por ahí,

creíste que regresaría a preguntar por ti,

Que equivocado estaba, que equivocado estaba,

Cuando te conocí.

El sol se refleja en tu mirada,

Tu historia es como un cuento de hadas,

Soledad y tristeza, amor y esperanza,

Haces que mi vida sea menos pesada.

Florecita de cemento, ¿cuándo te volveré a encontrar?

Solo la lluvia y el cielo me dirán donde estas.

Florecita de cemento ¿Cuándo te volveré a ver?

Quizá mi sueño se haga realidad

Desde aquel día no dejo de soñarte

Mis pesadillas van de la fantasía a la realidad

Cuando todo lo que quiero de verdad

Es por la calle volver a encontrarte

Ahora no me importa, si te veo por allí

Debajo de ese puente inhalando alegría

Pues mucho me arrepiento, por ti y por mi

De no haber regresado a darte mi vida.

Florecita de cemento, ¿cuándo te volveré a encontrar?

Solo la lluvia y el cielo me dirán donde estas.

Florecita de cemento ¿Cuándo te volveré a ver?

Quizá mi sueño se haga realidad

Florecita de cemento uho ohhh

Florecita de cemento uho ohhh

Florecita de cemento ¿Cuándo de volveré a encontrar?…

No se sabe si era una vivencia urbana que había experimentado o simplemente era una musa imaginaria de esas que de pronto se le revelan a uno. Lo que sí se sabe es que El botas deseaba algún día poder presumirla como creación suya y ,quien sabe, a lo mejor algún ejecutivo la escuchara y pudiera hacerlo famoso.

Pero un maldito cafre le truncó su plan y fue directo a la sala de urgencias, agonizante, pero con suficiente fuerza para sacar un papelito de su chamarra de mezclilla que nunca se quitaba, tratando de decirle algo al enfermero, quien le dijo que todo iba a salir bien.

El Botas insistía con el poco aliento que le quedaba. Le extendió con su mano al asistente del paramédico el papelito doblado que ya parecía un papiro, indicándole que esa era la letra de una canción que había compuesto y que su deseo era que algún músico la grabara, ya que sentía que el ya no podría hacerlo.

El camillero le prometió que lo haría, pero tal vez acostumbrado a cientos de situaciones que se viven en un hospital, no le dio la importancia o solemnidad que se merecía, por lo que lo hizo bolita y lo arrojo al primer cesto de basura que se encontró a lo largo del frio pasillo del hospital.

El papel quedó en la basura como cientos de sueños y esperanzas de muchas personas.

Por Alex Fulanowsky

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