Por Kaizar Cantú

Con frecuencia me pregunto cuál será mi legado. Me gusta imaginar una novela, un cuento, tal vez una idea bien expuesta y redactada o ya de perdido una frase mísera y memorable. Me doblega el ansia y a veces el miedo. Es como la imagen clásica del venado que se paraliza frente a los faros en plena carretera, carburando a una velocidad inconcebible (pero aún insuficiente) el movimiento más sano. Siento lo mismo, sólo que ese instante previo al golpe, la luz que crece y crece hasta devorar el panorama, es eterno. Por desgracia esa eternidad en particular es indefinida, así que ya no sé si la urgencia es válida o apenas otro espectro más que me entumece con una de sus leves mordidas.

Estoy siendo dramático, lo sé. Considero de todos modos que la cuestión vale algo de drama, aunque sea poco. Se antoja casi inevitable la contemplación de nuestra propia mortalidad. Y lo que sigue… No, no la otra vida. No es lo que sigue, más bien lo que queda. Sí: lo que sigue es lo que queda, nada más. Estoy dispuesto a creer eso, al menos dentro de los límites de este texto. 

Recuerdo algo que dejó Becquer al inicio de sus Rimas y leyendas. Me permito incorporarlo a todo esto que le precede y le sigue, que es mío: “Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.”

No soy muy adepto a Becquer, pero esa última parte, creo, es por demás conmovedora. La poesía no como una voz, sino como un eco, la sombra de una vida, tan o quizá hasta más viva que su carne. Un eco porque la voz se apaga, una sombra porque cuando el cuerpo se extingue no deja más que sus restos, las marcas que habrán de ser encontradas, leídas e interpretadas por algo más, algo que, con suerte, imagine y se permita encantar por el misterio.

Becquer ha tenido suerte. Quedaron sus versos. Habló con mucha fuerza, y lo que dijo, eso que abarca mucho menos que un instante frente al primer respiro del universo, aún permanece. Aunque, quién sabe, tal vez esas palabras que quedaron, o, más bien, que las generaciones han decidido conservar, no son las que él hubiera preferido. Thomas Browne se preguntó (y todavía guardamos esa pregunta) si era posible sentir otra cosa que no fuera tristeza por el nombre y el rostro del pobre diablo que imaginó las pirámides. Uno nunca sabe lo que queda. Uno nunca está para quedarse.

¿Qué haría la humanidad si supiera que lo único que sobrevivirá a su último gran desastre, el definitivo, son unas latas de crema de tomate o una colección incompleta de recetarios? ¿Qué haría usted, lector, si le dijera que de su existencia sólo quedarán sus palabras más crueles, sus actos más ruines?

Leí hace un par de días que a un hombre lo premiaron por un dibujo. El Tiempo podrá borrar su nombre y sus facciones de nuestra memoria; esos trazos redondos, sin embargo, quedarán. Qué chistoso eso, cuando la imaginación es lo único que sobrevive, cuando la carne se convierte en la sombra, como si al universo sólo le importara conservar lo memorable, lo que trastorna el sueño con la impresión de su figura. Tlön se come al mundo empezando por las sienes.

Tal vez de todos sólo quede eso, un dibujo que no se parece en nada a nosotros, ni a uno solo, y que habla como lo hacen las criaturas del sueño. Aún así, lo más probable es que sobreviva porque, con todo y la lejanía, es lo que más se acerca a lo que fuimos. Lo mismo podría suceder con un par de zapatillas azules, una goma de borrar en forma de dinosaurio o las páginas de una guía televisaba correspondientes a un domingo de 1996.

Estoy siendo dramático, lo sé. Estas cosas me preocupan. Y a veces me ocupan.

Chesterton puso a uno de sus personajes en un zoológico y le insertó este pensamiento: seguro la Naturaleza esconde chistes oscurísimos en varios rincones de la creación, lo cual explicaría los rasgos más ridículos de ciertos animales. Creo que ninguno de nosotros está exento de ese humor tan macabro en su sabiduría. ¿Qué más da entonces lo que queda, siempre y cuando quede algo? Vale más dejar un eco, incluso (y tal vez hasta mejor aun) si es el de una buena risotada.

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