Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

Más de una vez habremos escuchado la famosísima frase de que el arte imita a la vida, razón por la cual la violencia siempre ha sido un tema recurrente dentro de la industria cinematográfica. Es un recurso con el que los directores, guionistas y productores cuentan sus historias, en ocasiones para divertir (y/o entretener) y, en otras, como elemento que expone fuertes críticas sociales.

Desde pequeño he tenido la fortuna de distinguir entre el cine y el mundo detrás del encuadre. Que si bien uno necesita del otro, los dos por su cuenta jamás serán lo mismo, y que por algo son diferentes. Bajo esta noción, más el poder del morbo, he ido desarrollando una insensibilidad (o tolerancia) a la violencia cinematográfica; esto a causa de filmes como, en un principio, la franquicia de Saw y, más adelante The Human Centpiede (1 y 2), Cannibal Holocaust, A Serbian Film y, aun más recientemente, la francesa Martyrs.

Quiero aprovechar este momento para aclarar que no soy un fanático del cine gore, sin embargo, las diferentes críticas y comentarios hacia estas películas fueron suficiente para llamar mi atención y convencerme de que tenía que presenciar estas cintas y así ejercer una opinión propia, ya que, como cinéfilo, debía conocer para saber.

Después de todo, no podían ser películas tan fuertes, ¿cierto?… ¿Cierto?

Sí y no. No y sí. Depende de la sensibilidad de cada espectador (porque sé muy bien que existen fanáticos de esta clase de cine que se ofenden fácilmente porque uno no comparte su opinión), aunque cabe recalcar que en cada uno de estos filmes he distinguido casi de forma inmediata el tema que abordan, razón misma por la que son tan violentamente gráficas. Y vaya que son ideas tan específicas como interesantes… Ideas poderosas con grandes verdades.

Entonces, al descubrir muy superficialmente la temática de Earthlings (2005), supe que esa sería razón suficiente para adentrarme de lleno en él, a pesar de las fuertes imágenes que contendría. La diferencia era que estas imágenes carecían por completo de ficción. En su lugar, estaría contemplando escenas horripilantes de la vida diaria y que se sitúan en los mataderos y fabricas co-dependientes a las grandes empresas alimenticias.

En su obra más popular, Shaun Monson nos recuerda que toda forma de vida en este planeta debe considerarse como terrícola; que a pesar de las millones de especies que existen, todas forman parte de una misma cadena creada por la naturaleza, y que por ello no debe de hacerse una distinción por cuestiones de aparente superioridad; de cómo el hombre es el único motor capaz de condenar el ambiente en base a su beneficio propio.

El documental se centra de lleno en el pésimo trato que se les da a los animales destinados para las industrias alimentarias y de vestimenta; a aquellos que se usan para propósitos científicos, de entretenimiento y culturales, entre ellos las mascotas. Lo que se ve en pantalla no es más que una tortura lenta y prolongada, de la cual ahora tú también formas parte, volviéndote cómplice que siempre has sido, pero que tanto has negado ser.

En Earthlings no existe la clemencia, ni mucho menos la misericordia. Es crudo, real y honesto; un reflejo de la época en la que vivimos, en donde todo se mueve más y más rápido, lo cual no necesariamente genera productos de calidad. Su fin no es glorificar la violencia, sino todo lo contrario: crear la conciencia necesaria para ayudar a detenerla.

Y, justo cuando piensas que has visto lo peor, te equivocas. El documental apenas empieza… Se extiende poco a poco, hasta alcanzar su final, dejándote agridulce, horrorizado e impotente. Pero ahí es donde radica su fuerza. Porque de no ser así de impactante, ¿entenderías igual el mensaje?

Es decir, sabemos que para la comida llegue a nuestra mesa, hubo todo un proceso detrás, un proceso en el que anualmente se concede la muerte de millones y millones de crías y animales. Sabemos que “a veces” se les da un mal trato, que las condiciones de vivienda son pobres y claustrofóbicas, que muchas especies han sufrido y que muchas más lo harán en un futuro, como si esto ya estuviera predestinado. Sabemos que cada vez hay más especies en peligro de extinción y muchas más que ya quedaron en el olvido; que el maltrato animal sigue vigente y que, en cada cultura, determinados grupos de fauna se ven sometidos a actividades ilícitas, violentas o agresivas, con fines de vil entretenimiento, haciéndonos cuestionar quiénes son los verdaderos animales.

Entonces, si somos conscientes de por lo menos la punta más alta del iceberg, ¿por qué no nos importa? La respuesta es sencilla: porque nos duele, porque nos vuelve parte del problema; porque estamos tan acostumbrados al estilo de vida que tenemos, a la comida que comemos, que es difícil cambiar nuestros hábitos.

Difícil, más no imposible.

Earthlings es un filme polémico. Quizás por esa misma razón me di la tarea de verlo: por el morbo y la controversia que le rodea; por su impacto en contra de la marea del tiempo, convirtiéndose en uno de los documentales más provocativos y escandalosos de la última década. Y lo que pretende es precisamente eso: generar un cambio, ya sea en el pensamiento o el estilo de vida.

Earthlings es una reflexión eficaz y directa, una obra que todo el mundo debería ver, porque quizás (y sólo quizás) así se pueda mejorar el raciocinio que tiene la gente en cuanto a lo que come. Y con ello el sistema entero.

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