En una carta dirigida a su prima Marie, Lilian Cavanaugh (Galway, 1930-1998) escribe: “El mundo no es suficiente. Debe haber más” [1]. La carta es del 3 de noviembre de 1951, y augura la obsesión que definiría la obra de Cavanaugh en años venideros.

Lilian Cavanaugh se distingue de entre sus contemporáneos (y, de hecho, de entre el total de los escritores en general) por ser una especialista consumada. Dedicó toda su imaginación y su habilidad artística a un único sub-género de la narrativa: la cosmogonía. Es lo único que alcanzó a escribir, y, hasta donde se sabe, es lo único que le interesaba escribir.

El diccionario define la cosmogonía como un “relato mítico relativo a los orígenes del mundo”. A esta primera definición sigue una más moderna y secular pero no menos mágica: “teoría científica que trata el origen y la evolución del universo”. Cavanaugh, convencida de que los mundos, si han de ser múltiples, tendrían que ser diversos, optó por la creación de orígenes variados, ajenos a las preferencias por el pensamiento mítico, científico o religioso.

La obra completa de Cavanaugh está compuesta por un total de 10 cosmogonías [2], casi todas de longitud moderada, con sólo dos que se extienden hacia la obscenidad. He leído la mitad del conjunto, pero aquí trataré únicamente tres; el par restante aún me parece incomprensible.

La primera de las cosmogonías que leí fue, de hecho, la que arrancó la obra de Cavanaugh: A World to Remember (1959). Su premisa es la de un universo que es una de tantas memorias retenidas en la mente de un ser supremo y sin nombre. Los primeros pasajes describen la percepción de un suceso u objeto (nunca se específica) original, la fuente de la cual aquel universo no es sino una sombra, aunque real a su manera. Aquí Cavanaugh echa mano de un lenguaje que mezcla el fervor mítico con las precisiones de un vocabulario especializado en la descripción de procesos neurológicos; una prosa técnico-poética, si se quiere. Luego sigue con lo que compone la mayor porción de la obra: una narración extensa y muy detallada de lo que podría llamarse el “proceso de impresión”, o sea, la constitución de la memoria en sí. Las particularidades del mundo van consolidándose desde el vacío, brotando como vapores dispersos que poco a poco toman la forma de lo que habrán de ser, primero difusos, luego cada vez más definidos. A esto sigue lo que es descrito como una especie de tormenta, durante la cual cada objeto que se ha formado desde la nada comienza a establecerse en la existencia, parpadeando dentro y fuera de ella. Finalmente, la memoria se afianza a la mente, y el mundo existe.

Cavanaugh rara vez profundiza acerca de los efectos que cada uno de los orígenes tendría sobre los principios y el funcionamiento de sus respectivos universos. Al final de A World to Remember, sin embargo, hace un comentario fugaz que revela la naturaleza de este en particular: “Y el mundo no pudo sino existir, y cambiar, y perderse” [3]. Como toda memoria, el primer universo de Cavanaugh es imperfecto y además voluble. Está condenado a un ciclo de cambios, de inconsistencias. Donde en algún momento hubo una montaña después puede haber un bosque, o un templo dedicado a la alabanza de los planetas; lo que era antes dejará de ser, o fluirá hacia otra forma, o funcionará bajo otras leyes. Y al final, el mundo entero habrá de desvanecerse, por sí solo o con la mente que lo retiene.

Otra de las cosmogonías que conozco es The Turtle that Ate Everything (1965). En esta ocasión, el universo es una especie de fruto que brota de un huevo descargado por una tortuga de tamaño cósmico. La tortuga, en su travesía por el vacío, deja el huevo incrustado en la nada, donde comienza a germinar pasados unos cuantos billones de años. El desarrollo del fruto es lento, extendiéndose por cantidades de tiempo concebibles sólo para un ser eterno. Cavanaugh representa esta aparente perpetuidad con descripciones exhaustivas, de una escala que se antoja inacabable.

The Turtle that Ate Everything es la única de las cosmogonías de Cavanaugh que está explícitamente estructurada (todas las otras son una narración de corrido, sin cortes). El libro está dividido en siete partes, con las primeras cinco dedicadas al proceso de siembra, germinación, crecimiento y maduración del mundo, abarcando hasta los pormenores más insignificantes. La sexta parte es una descripción del universo en su última etapa, establecido como “fruto maduro”. La séptima es lo que podría llamarse una narración apocalíptica que expone el destino final de aquel mundo. Ya madurado, el universo existirá inalterable por 20 billones de años. Luego, la tortuga volverá (su viaje es cíclico) para devorar el universo entero, tardando unos 10 millones de años en acabar su almuerzo. El último sonido de la existencia será el rugido de las fauces que se abren.

La tercera cosmogonía que pude leer y comprender lo suficiente es Words of Change (1967). En las otras dos cosmogonías mencionadas queda implícita la existencia de universos mayores que engendran los narrados y descritos por Cavanaugh; mundos enteros que existen dentro de mundos aún más grandes. Words of Change es peculiar, pues cuenta la historia de un mundo que cambia, desde sus principios esenciales, hasta transformarse en algo completamente distinto.

La primera mitad de Words of Change está escrita como un estudio lingüístico. Cavanaugh expone las generalidades de una lengua universal y ficticia, legada por un Creador ausente y usada con efectividad por miles de millones de años para describir el universo. La segunda parte es donde comienza el relato en sí: un puñado de monjes intergalácticos considera la posibilidad de un lenguaje nuevo, uno que, en este contexto, sería la expresión más directa de la herejía. Dios existe (o existía), y regaló al universo sus palabras; usar otras equivaldría a rechazar el regalo de Dios, además de ser un riesgo que podría desembocar en una lengua imprecisa, defectuosa. Los monjes, sin embargo, deciden crear este lenguaje nuevo, labor que requiere del sacrificio incesante de las generaciones. Pasan más de unos cuantos millones de años antes de que se concrete la nueva lengua, y unos cuantos millones más para que se esparza y sea utilizada por la vastedad del universo. Es entonces que los fundamentos de la existencia comienzan a deformarse, primero gradualmente, luego de golpe, desmoronándose y reconfigurándose de maneras distintas, hasta que el universo es otro, y los dioses también.

Son muy escasas las interpretaciones de la obra de Lilian Cavanaugh, y todavía menos las que ofrecen una lectura lúcida, acertada e interesante. La que más se acerca es la del doctor Tobias Wolff, quien ve en Cavanaugh “[…] una urgencia casi religiosa por creer en un dios laborioso de mentes múltiples, complementarias y contradictorias” [4].

Pero quizá no haga mucha falta buscar. Es posible que la misma Lilian Cavanaugh haya dejado por escrito la intención detrás de sus 10 cosmogonías. En una de sus últimas cartas (ésta dirigida a su hijo Finbar), Cavanaugh escribe: “Me duele dejar a mis pequeños mundos en la inconsecuencia. La verdad es que nunca me sentí capaz de regalarles algo más que un principio. Creo que pensé que, tal vez, alguien más se haría cargo de darles vida más allá de sus orígenes. Aún tengo esperanzas de que así suceda, cuando ya no esté”.

Por Kaizar Cantú

[1] La correspondencia y otros documentos de Lilian Cavanaugh se encuentran resguardados en una sala pequeña de la Biblioteca James Hardiman, en la NUI Galaway. El acceso es libre, pero son muchos los que ignoran la existencia de la colección, incluso entre el personal de la biblioteca.

[2] A World to Remember (1959), On Original Geometry (1961), And the Worms Ate Into his Brain (1963), The Turtle that Ate Everything (1965), Words of Change (1967), Eternal Chord (1970), What Shall Happen When the Machine Stops Turning? (1975), The First and Last Accident: A Story of Carelessness and Consequence (1976), An Arrow Stuck Between Arrows (1980) y Something Fell on Its Head and Bled Forever (1987).

[3] And the world could only exist, and change, and fade.”

[4] “The God of Multiplicity: Mythical Polymorphism in Lilian Cavanaugh’s Cosmogonies”, en The Journal of Modern Mythopoetics vol. 1, no. 3, 2001, pp. 15-32.

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